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BRUJAS

Mona Chollet  

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Fragmento

LAS HEREDERAS. INTRODUCCIÓN

Por supuesto está la bruja de la Blancanieves de Walt Disney, con sus cabellos grises de estopa bajo una capucha negra, su nariz ganchuda adornada con una verruga, su estúpido rictus tras el que se asoma un único diente en la mandíbula inferior, y sus pobladas cejas sobre unos ojos desorbitados que acentúan aún más su expresión maléfica. Pero la bruja que realmente marcó mi infancia no fue ella, sino Aleteo Brisalinda.

Aleteo aparece en Los hijos del vidriero, una novela juvenil de la escritora sueca Maria Gripe (1923-2007),1 que se desarrolla en un país nórdico imaginario. Vive en una casa situada en lo alto de una colina, al abrigo de un manzano cuya silueta, visible desde lejos, se recorta sobre el cielo. El lugar es hermoso y apacible, pero los habitantes de la aldea vecina evitan acercarse, ya que en otro tiempo colgaba allí una horca. Por la noche, se percibe un tenue resplandor en la ventana, junto a la que teje la anciana mientras conversa con su cuervo, Solon, bizco desde que había perdido un ojo al asomarse al Pozo de la Sabiduría. Más aún que los poderes mágicos de la bruja, me impresionó el aura que emanaba, hecha de una profunda calma, de misterio, de clarividencia.

Me fascinaba el modo en que se describía su aspecto. «Salía siempre envuelta en una amplia capa de color azul oscuro, cuyo cuello, agitado por el viento, “aleteaba” en torno a su cabeza», de ahí el apelativo de «Aleteo». «También iba tocada con un extraño sombrero. El flexible borde estaba salpicado de flores que caían desde un casquete de color violeta adornado con mariposas.» Los que se cruzaban en su camino se quedaban impresionados por el brillo de sus ojos azules, que «cambiaban continuamente y ejercían un auténtico poder sobre la gente». Bien pudiera ser que la imagen de Aleteo Brisalinda me preparara para apreciar, más adelante, cuando me interesé por la moda, las imponentes creaciones de Yohji Yamamoto, sus ropas amplias, sus inmensos sombreros, una especie de refugios de tela, en las antípodas del modelo estético dominante, según el cual las jóvenes deben dejar al descubierto la mayor cantidad posible de piel y de formas.2 Guardada en mi memoria como un talismán, una sombra benevolente, Aleteo me había dejado el recuerdo de lo que podía ser una mujer «de armas tomar».

Me gustaba también la vida retirada que llevaba, y su relación con la comunidad, distante y comprometida a la vez. La colina donde se alza su casa, escribe Maria Gripe, parece proteger la aldea «como si estuviera acurrucada bajo su ala». La bruja teje alfombras extraordinarias: «Sentada frente a su telar, meditaba mientras trabajaba. Sus reflexiones incumbían a los habitantes de la aldea y sus vidas respectivas. Tanto y tan bien que un día de buena mañana descubrió que, sin darse cuenta, sabía de antemano lo que les ocurriría. Inclinada sobre su labor, leía su futuro en el dibujo que, de manera absolutamente natural, surgía de sus dedos». Su presencia en las calles, por escasa y fugaz que fuera, era una señal de esperanza para quienes la veían pasar: debe la segunda parte de su nombre —nadie conoce su nombre auténtico— al hecho de que no se muestre jamás durante el invierno, y que su reaparición anuncie con toda seguridad la llegada inminente de la primavera, aunque ese día el termómetro marque aún «treinta grados bajo cero».

Incluso las brujas inquietantes, la de Hansel y Gretel o la bruja de la calle Mouffetard,3 o la baba yaga de los cuentos rusos, agazapada en su isba, su casa de troncos encaramada sobre patas de gallina, me han suscitado siempre más emoción que aversión. Eran un acicate para la imaginación, proporcionaban escalofríos de un delicioso pavor, daban la sensación de aventura, abrían las puertas a otro mundo. Durante el recreo en la escuela primaria, mis compañeras y yo acosábamos a la que había elegido vivir al otro lado de los arbustos del patio, obligadas a actuar por nuestra cuenta ante la flema incomprensible de nuestros maestros. La amenaza coqueteaba con la promesa. Sentíamos de pronto que todo era posible, y quizá también que la belleza inofensiva y la bondad pizpireta no eran el único destino femenino posible. Sin ese vértigo, a la infancia le habría faltado aliciente. Pero, con Aleteo Brisalinda, la bruja se convirtió definitivamente para mí en un personaje positivo. Ella era la que tenía la última palabra, la que hacía morder el polvo a los malvados. Ella ofrecía el goce de la revancha sobre un adversario que te había subestimado; un poco como Fantômette,4 pero por la fuerza de su espíritu, más que por su talento gimnástico, lo que me parecía maravilloso, porque detestaba los deportes. A través de ella me vino la idea de que ser una mujer podía implicar un poder suplementario, mientras que hasta entonces una impresión difusa me sugería que era más bien lo contrario. Después, allá donde la encuentre, la palabra «bruja» magnetiza mi atención, como si anunciara siempre una fuerza que podría ser mía. Hay algo en torno a esa palabra que bulle de energía. Te remite a un saber telúrico, a una fuerza vital, a una experiencia acumulada que el saber oficial desprecia o reprime. Me gusta también la idea de un arte que se perfecciona sin interrupción a lo largo de toda la vida, al que te consagras y al que se protege de todo, o casi, aunque solo sea por la pasión con que se practica. La bruja encarna a la mujer liberada de todas las dominaciones, de todas las limitaciones; es un ideal hacia el que tender, ella muestra el camino.

«Una víctima de los Modernos y no de los Antiguos»

He necesitado un período de tiempo asombrosamente largo para medir el malentendido que ha provocado el exceso de fantasía y la imaginería de la heroína con superpoderes asociados a las brujas en las creaciones culturales que me rodeaban. Para comprender que, antes de convertirse en un estímulo para la imaginación o un título honorífico, la palabra «bruja» había sido la peor de las marcas de infamia, la imputación mentirosa que había supuesto la tortura y la muerte de decenas de miles de mujeres. En la conciencia colectiva, las persecuciones de brujas que se produjeron en Europa, principalmente en los siglos XVI y XVII, ocupan un lugar extraño. Los procesos por brujería se fundamentaban en acusaciones extravagantes —el vuelo nocturno para acudir al aquelarre, el pacto y la copulación con el Diablo— que parecen haberlas arrastrado hacia la esfera de la irrealidad, arrancándolas de su arraigo histórico. A nuestros ojos, al descubrirla ahora, la primera representación conocida de una mujer volando sobre una escoba en el margen del manuscrito de Martin Le Franc Le Champion des dames (1441-1442) tiene una apariencia ligera y graciosa; parece surgida de una película de Tim Burton, de los créditos de la serie Embrujada, o de una decoración de Halloween. Y sin embargo, en el momento en que aparece, hacia 1440, anuncia siglos de sufrimiento. Evocando la invención del aquelarre, el historiador Guy Bechtel constata: «Este gran poema ideológico ha matado mucho».5 En cuanto a las torturas sexuales, su realidad parece haberse diluido dentro de la imaginería sádica y las turbias emociones que suscita.

En 2016, el Museo Saint-Jean de Brujas consagró una exposición a las brujas de Brueghel, del maestro flamenco, el primer pintor en abordar este tema. Sobre un panel figuraban los nombres de decenas de mujeres de la villa, quemadas por brujas en la plaza pública. «Muchos habitantes de Brujas llevaban aún esos apellidos e ignoraban, antes de visitar la exposición, que quizá habían tenido una antepasada acusada de brujería», comentó el director del museo.6 Lo dijo sonriendo, como si el hecho de contar en el árbol genealógico con una inocente masacrada por culpa de alegaciones delirantes fuera una pequeña anécdota simpática para contar a los amigos. Y cabe preguntarse: ¿de qué otros crímenes en masa, incluso antiguos, es posible hablar así, con una sonrisa en los labios?

Exterminando a veces a familias enteras, haciendo que reinara el terror, reprimiendo sin piedad ciertos comportamientos y ciertas prácticas consideradas a partir de entonces como intolerables, las persecuciones de brujas contribuyeron a moldear el mundo de hoy. Si no se hubieran producido, seguramente viviríamos en sociedades muy diferentes. Nos dicen mucho sobre las elecciones que se hicieron, sobre los caminos a los que se dio prioridad y los que fueron condenados. Sin embargo, nos negamos a afrontarlo. Incluso cuando aceptamos la realidad de ese episodio de la historia, hallamos medios para mantenerlo a distancia. Así, cometemos a menudo el error de situarlo en la Edad Media, descrita como una época atrasada y oscurantista, con la que ya no tenemos nada que ver, cuando las grandes persecuciones se produjeron en el Renacimiento; empezaron hacia el 1400 y se extendieron sobre todo a partir de 1560. Se hicieron ejecuciones incluso a finales del siglo XVIII, como la de Anna Göldi, decapitada en Glaris, Suiza, en 1782. La bruja, escribe Guy Bechtel, «fue una víctima de los Modernos y no de los Antiguos».7

De igual manera, las persecuciones se atribuyen con frecuencia a un fanatismo religioso encarnado por crueles inquisidores. Sin embargo, la Inquisición, preocupada ante todo por los herejes, persiguió muy poco a las brujas; una aplastante mayoría de las condenas las dictaron tribunales civiles. En cuestiones de brujería, los jueces laicos resultaron ser «más crueles y más fanáticos que Roma».8 De hecho, la distinción no tiene más que un sentido muy relativo en un mundo donde no existía la posibilidad de vivir al margen de la creencia religiosa. Ni siquiera las escasas voces que se elevaron en contra de las persecuciones, como la del médico Johann Wier que, en 1563, denunció un «baño de sangre d

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