Loading...

BUENA SUERTE

David Baldacci  

0


Fragmento

Título original: Wish You Well

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: junio, 2013

© 2000 by Columbus Rose, Ltd.

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 18.621-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-504-8

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para mi madre, inspiradora de esta novela

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Nota del autor

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

En la actualidad

Agradecimientos

Nota del autor

La historia de Buena suerte es ficticia, pero la ambientación, salvo los topónimos, no lo es. He estado en esas montañas y también he tenido la suerte de crecer con dos mujeres que durante muchos años consideraron que las cumbres eran su verdadero hogar. Mi abuela materna, Cora Rose, residió con mi familia durante los últimos diez años de su vida en Richmond, pero pasó las seis décadas anteriores, más o menos, en la cima de una montaña en la Virginia suroccidental. De ella aprendí sobre la vida en esas tierras. Mi madre, la menor de diez hermanos, habitó en esa montaña durante sus primeros diecisiete años; a lo largo de mi infancia me contó cientos de historias fascinantes sobre su juventud. Creo que las dificultades y aventuras por las que pasan los personajes de la novela le resultarían familiares.

Aparte de las historias que escuché de niño he entrevistado largo y tendido a mi madre para preparar Buena suerte y, en muchos sentidos, ha sido una experiencia sumamente esclarecedora. Cuando llegamos a la edad adulta solemos dar por sentado que sabemos cuanto hay que saber sobre nuestros padres y los demás miembros de la familia. Sin embargo, si uno se toma la molestia de preguntar y escuchar las respuestas se da cuenta de que todavía le queda mucho que aprender sobre esas personas tan allegadas. Así, esta novela es, en parte, una historia oral sobre dónde y cómo creció mi madre. Las historias orales constituyen un arte en vías de extinción, lo cual es ciertamente triste ya que muestran la consideración que corresponde a las vidas y experiencias de quienes han vivido antes que nosotros. Asimismo, documentan esos recuerdos, puesto que cuando esas vidas llegan a su fin el conocimiento personal se pierde para siempre. Por desgracia vivimos en una época en la que parece que sólo nos interesa el futuro, como si creyéramos que en el pasado no hubiera nada digno de nuestra atención. El futuro siempre resulta estimulante y atrayente y nos influye de un modo que el pasado jamás lograría. No obstante, bien podría ser que mirando hacia atrás «descubriéramos» nuestra mayor riqueza como seres humanos.

Si bien se me conoce por mis novelas de suspense, siempre me han atraído las historias del pasado de mi Virginia natal y los relatos de personas que vivieron en lugares que marcaron sus vidas y ambiciones por completo pero que, sin embargo, les ofrecieron un tesoro de conocimientos y experiencias de que pocos han disfrutado. Irónicamente, como escritor me he pasado los últimos veinte años a la caza de material para novelar y nunca supe ver el inagotable filón de recursos que había en mi familia. No obstante, si bien ha llegado más tarde de lo que debería, escribir esta novela ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida.

1

Había humedad en el aire, las nubes grises y abultadas presagiaban lluvia y el cielo azul se desvanecía rápidamente. El sedán Lincoln Zephir descendía por la carretera llena de curvas a un ritmo aceptable, si bien pausado. Los olores tentadores que invadían el interior del coche provenían de la masa fermentada del pan, el pollo asado y el pastel de melocotón y canela que estaban en la cesta de picnic que descansaba entre los dos niños en el asiento trasero.

A Louisa Mae Cardinal, de doce años, alta y delgada, con cabellos del color de la paja veteada por el sol y ojos azules, solían llamarla Lou a secas. Era una muchacha bonita, y no cabía duda de que se convertiría en una mujer hermosa. Sin embargo, se oponía a las convenciones de tomar el té, las coletas y los vestidos de volantes, y, en cierto modo, salía ganando. Era su forma de ser.

Lou tenía la libreta abierta apoyada en el regazo y llenaba las páginas en blanco con palabras importantes, del mismo modo que el pescador llena la red. A juzgar por su mirada, estaba pescando un bacalao de lo más suculento. Como siempre, permanecía muy concentrada en lo que escribía. Ese rasgo era típico de Lou, y su padre mostraba un fervor incluso más acusado que el de ella.

Al otro lado de la cesta de picnic estaba Oz, el hermano de Lou. El nombre era un diminutivo de su nombre de pila, Oscar. Tenía siete años y era menudo para su edad, aunque sus largos pies auguraban que sería alto. Carecía de las extremidades desgarbadas y la gracia atlética de su hermana. Oz tampoco tenía la confianza que con tanta intensidad resplandecía en los ojos de Lou. Así y todo, sujetaba su desgastado osito de peluche con la inquebrantable fuerza de un luchador y su carácter, en cierto modo, reconfortaba el alma de los demás con una naturalidad absoluta.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta