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BUENAVENTURA

Toni Aparicio  

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Fragmento

Unas manos grandes y fuertes la zarandearon suavemente, pero no se despertó. Al cabo de un par de segundos, la volvieron a zarandear.

—Neña, ya hemos llegado. Despierta.

Esperanza abrió los ojos. Todo lo que vio a su alrededor le resultó completamente desconocido. No recordaba dónde estaba ni cómo había llegado hasta aquel lugar extraño. Vio que una llamita encerrada de por vida en la jaula de un quinqué emitía una luz débil y pálida. El quinqué estaba torpemente sujeto al arco metálico que enmarcaba las espaldas anchas de un hombre con gorra calada hasta las cejas. Miró de reojo el interior del carruaje donde se encontraba.

—He debido de quedarme dormida… —musitó todavía aturdida.

—Nada más tumbarte, cuando te he recogido en la estación.

—Cuánto lo siento, entonces ¿hemos…?
—Aquí es, sí —dijo el hombre cabeceando perezosamente.

Un relámpago rompió la oscuridad en algún lugar no muy lejos de allí y Esperanza vio, a través del espacio que había entre el hombre y el hueco de la capota del carro, cómo las gotas de lluvia se transformaban en lágrimas plateadas que caían silenciosamente.

Arrastró la única maleta que llevaba hasta la parte trasera del carro y descendió a tientas. No recordaba si había algún estribo o escala donde poner el pie. En un acto reflejo miró hacia el conductor, que, ligeramente encorvado y sujetando con las dos manos las riendas, se limitaba a esperar a que la chica bajara del carro.

El cochero se asomó para buscar a la muchacha. Surgió por su derecha, acarreando la maleta de cartón y tratando de protegerse inútilmente de la lluvia con una toquilla de lana que comenzaba a empaparse.

—Muchas gracias por todo —dijo Esperanza mientras buscaba con la mirada algo más allá de un grupo de árboles imponentes.

—La tapan esos carballos, pero está ahí mismo —se limitó a decir el conductor a la vez que señalaba con un movimiento de cabeza en una dirección indeterminada a su izquierda.

Esperanza estiró el cuello e intentó escrutar, pero solo veía oscuridad. Sintió una leve punzada de inquietud.

—¿Está seguro?
—Claro que estoy seguro, y ahora me tengo que marchar. —Sin mediar palabra, azuzó los caballos.

La muchacha se tuvo que apartar un poco para evitar que uno de los caballos la atropellara. Aquel hombre dio una vuelta en redondo y se marchó por donde había venido.

Parecía que comenzaba a llover con más intensidad.

Se dijo a sí misma que sería demasiado tarde y que la

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