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BUSCANDO AL AMOR PERFECTO (EN BUSCA DE... 2)

Jennifer Probst  

5


Fragmento

1

Nathan Ellison Raymond Dunkle no tenía un momento de respiro.

Salió a la carrera de su laboratorio, otra vez tarde, con la cabeza un poco abotargada después de la intensa sesión en la que intentaban encontrar una innovadora fórmula física capaz de mejorar la tecnología avanzada de propulsión. Cogió su coche, se incorporó al tráfico de la ciudad y trató de mantener la calma. Ese evento podía cambiar su vida y no estaba dispuesto a perdérselo. ¿Y si su posible futura esposa se encontraba allí y había conocido ya a otro hombre porque él se había retrasado en el trabajo? De nuevo.

Puso freno a su impaciencia y avanzó unos metros más. Estaba cansado de que su vida social girara en torno a su compañero de investigación, Wayne, y su hermano Connor. Desde que dejó la NASA para trabajar en el sector privado de la ingeniería aeroespacial, sus días se habían convertido en una larga sucesión de fórmulas e investigaciones. Las escapadas para jugar al golf con sus amigos se habían acabado. Su vida sentimental, por lo general poco activa, estaba ahora bajo mínimos. Hacía tres meses que había cumplido los treinta y dos años, y fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenía a nadie a quien invitar. En el laboratorio lo celebraron con una tarta pequeña y, después de que Wayne tarareara el Cumpleaños feliz, volvieron al trabajo.

Patético.

En aquel momento tomó la decisión de cambiar.

Vio el cartel que daba la bienvenida a Verily y comenzó a buscar aparcamiento en la calle. Las iluminadas tiendas que se alineaban en las aceras estaban orientadas hacia el río Hudson y tenían un encanto pintoresco que atraía al visitante, de manera que el lugar resultaba acogedor. Su hermano se había burlado de él cuando le habló del evento, dedicado a las citas rápidas, pero Connor no tenía ninguna intención de sentar la cabeza con una mujer. Durante años había estado viendo a su hermano salir con mujeres sin querer comprometerse y eso lo deprimía. Ese interminable desfile basado en la conquista y el abandono le parecía… vacío.

Él ansiaba un vínculo real con una mujer, alguien con quien compartir su vida. No le interesaba ir de copas ni saltar de cama en cama. El matrimonio equivalía a todas las cosas que él buscaba: estabilidad, sexo y compañerismo. Una vez que tomaba una decisión, empleaba todo su tiempo y su energía en dar los pasos necesarios para alcanzar el objetivo, y su más reciente idea no iba a ser una excepción. Después de seis semanas de intensa investigación, estaba preparado.

Aparcó en un espacio libre y apagó el motor. Rebuscó en la guantera hasta dar con un paquete de caramelos de menta y se metió uno en la boca, tras lo cual se limpió las manos en los pantalones chinos. Mierda. Se había olvidado de quitarse la bata blanca, que esa misma mañana se había manchado de café en toda la pechera. Se mojó un dedo con saliva y trató de frotar la mancha marrón, pero lo único que consiguió fue empeorarla. ¿Y si se quitaba la bata? Tiró de un hombro, pero vio que debajo llevaba una camisa de algodón arrugada y finalmente decidió dejársela puesta. ¡Qué más daba! De todas formas, no quería una mujer a la que solo le importaran la ropa y las apariencias.

Se subió las gafas por la nariz y se echó un vistazo en el retrovisor. El favorecedor tono bronceado que esperaba lucir era un desastre. Dichoso autobronceador. La temporada de golf no había empezado todavía y esa mañana se había dejado llevar por el pánico al comprobar lo pálido que estaba. Sabía que a las mujeres les gustaban los hombres de aspecto saludable, así que había comprado un bote de autobronceador a la hora del almuerzo y se lo había aplicado en el trabajo. Había seguido las instrucciones al pie de la letra, pero en vez de lucir un moreno natural, tenía la cara de color naranja. Se la frotó con frenesí e intentó rebajar un poco el tono zanahoria. No estaba tan mal. Después del almuerzo le había preguntado su opinión a Wayne, y este, tras mirarle un instante, le dijo que estaba bien. Claro que estaba ocupado con las pruebas de velocidad, así que a lo mejor no le había prestado demasiada atención.

Reprimió un suspiro, salió del coche y se dirigió al Cosmos, el restaurante donde se iba a celebrar el evento. Al menos no era un bar. Apretó el paso y, después de tropezar con la acera porque no estaba bien nivelada, por fin alcanzó su destino. Nada más entrar sintió el aire caliente del local y llegó hasta él el olor a ajo, a tomate y a pan recién horneado. El restaurante estaba decorado con los elegantes colores de la Toscana y las mesas del comedor estaban suavemente iluminadas. En cada una de ellas se había dispuesto un cronómetro y la gente conversaba mientras bebía y picaba algo de comer.

Se quedó paralizado.

Luchó contra el impulso de dar media vuelta y salir de allí, pero no era de los que se echaban atrás cuando tomaba una decisión y no tenía intención de empezar a hacerlo ahora. Se había preparado para eso. Ese era su momento.

—¿Puedo ayudarte?

Bajó la vista y vio a una chica joven que sostenía una carpeta y lo miraba con una sonrisa.

—Sí. Soy Ned Dunkle. Estoy registrado para participar en el evento.

—Por supuesto. —La chica tachó su nombre de la lista y le ofreció un tíquet—. Bienvenido a las citas rápidas de Kinnections. Tienes tiempo para pedirte una copa en la barra. Aquí está tu número. Empezarás en la mesa nueve. Cinco minutos como máximo en cada mesa. Aquí tienes un listado con todas las participantes. Si te gusta alguien, anota el nombre y al final del evento presentaremos a las personas que están mutuamente interesadas.

—Genial.

Aceptó el tíquet y se abrió camino hasta la barra. Se oían carcajadas y conversaciones fluidas, aderezadas con el olor a perfume y a algo más fuerte. ¿Era él? Pues sí, se había pasado con la colonia. En casa le gustó el olor, pero en ese momento parecía estar ahogándose entre las notas de madera que prometía la etiqueta. En fin, confiaba en que nadie lo notara.

Echó un vistazo a su alrededor dispuesto a entrar en acción. Y entonces fue cuando la vio.

La perfección.

La mujer se movía por la estancia irradiando energía y aplomo. Se detenía de vez en cuando para charlar con unos y otros, y llamaba la atención de hombres y mujeres por igual. Unos ojos ambarinos destacaban en

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