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CAñAS Y BARRO (LOS MEJORES CLáSICOS)

Vicente Blasco Ibañez  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

Blasco Ibáñez vive entre 1867 y 1928. Es esta una época conflictiva, rica en acontecimientos de diversa índole, que gesta la gran crisis de fin de siglo de la que nacen los cambios que llevaron a la sociedad occidental decimonónica a la modernidad del siglo XX. Nunca la humanidad había experimentado una evolución tan intensa como en estas décadas y Blasco Ibáñez vivió con destacado protagonismo el camino hacia el progreso en todos los aspectos, tanto en el político, como en el socio-económico y el cultural.

Políticamente, es un periodo de mucha inestabilidad. En estas seis décadas se acumulan hechos trascendentes que construyen la gran historia: sucesión de cuatro reinados —Isabel II, Amadeo I, Alfonso XII y Alfonso XIII—, regencia de María Cristina, dictadura de Primo de Rivera, varios conflictos bélicos —guerras de España en ultramar y en Marruecos y dos grandes conflictos europeos: la Primera Guerra europea, en 1914, tan próxima a nuestro escritor y su obra, y la revolución bolchevique en Rusia, en 1917—, y al principio de este periodo, una revolución, la de 1868 —la Gloriosa— en cuyo seno nace la primera República española. La muerte impide a Blasco Ibáñez ser testigo del final de la dictadura de Primo de Rivera y la posterior proclamación de la segunda República, hechos, ambos, a los que dedicó sus últimos esfuerzos de lucha política.

Por encima de estas vicisitudes históricas, hay dos rasgos que marcan esta época: el asentamiento definitivo de la burguesía en el poder económico, social y político y —como señala Jover— el nacimiento y desarrollo de “una conciencia proletaria”. Es sintomático que los sucesivos gobiernos —a excepción del de Primo de Rivera— se concentren, no en manos de militares, sino de civiles; que el espíritu republicano se difunda por toda España —véanse las actividades políticas y periodísticas de Blasco Ibáñez— y que los grupos republicanos no sólo puedan tener representación parlamentaria sino que se proclame el gobierno de la primera República; que se alcance el derecho de reunión y asociación, formándose grupos de ideología proletaria: fundación del PSOE, en 1877; de UGT, en 1888; presencia activa de grupos libertarios, fundándose, en 1911, la CNT y el PCE, en 1920. A la vez que se desarrolla en ciertos sectores de la sociedad española un sentimiento de crítica social y política, tantas veces plasmada en una literatura a la que Blasco Ibáñez no es ajeno, literatura que se mantendrá a lo largo de todo el siglo XX.

Blasco Ibáñez nace en “los amenes del reinado” de Isabel II, de intensa crisis económica y política. En septiembre de 1868, en una unión de fuerzas sociales, tiene lugar el pronunciamiento de los generales Prim, Serrano y Topete con el consiguiente derrocamiento de Isabel II, que se establece en París. El triunfo de la Revolución —la Gloriosa—, en septiembre de 1868, obtiene importantes logros sociales, pero sólo dura seis años —el sexenio revolucionario— en los que hay una sucesión abigarrada de acontecimientos. Ante la imposibilidad de conseguir un gobierno democrático constitucional, se elige rey a Amadeo de Saboya. En 1871 inicia un reinado que los muchos problemas, entre ellos el comienzo de la tercera guerra carlista y la rebeldía colonial, lo llevan a abdicar en febrero de 1873, proclamándose pocos días después la República que tampoco consigue estabilizar la situación española, agravada por los problemas cantonales y la desconfianza de los sectores más conservadores. En once meses, al gobierno republicano de Figueras le suceden otros tres presidentes: Pi y Margall —gran maestro de Blasco Ibáñez—, Salmerón y Castelar. En enero de 1874, el general Pavía da un golpe de estado contra la República, formando un gobierno provisional presidido por el general Serrano, y, en diciembre, el general Martínez Campos se pronuncia, en Sagunto, a favor de la restauración borbónica en la persona del que sería Alfonso XII a partir de enero de 1875.

Comienza aquí el largo periodo denominado la Restauración, de la mano de Cánovas del Castillo, que significará el recorte de muchos de los derechos adquiridos en el sexenio anterior. A la muerte de Alfonso XII, en 1885, se adopta el sistema de bipartidismo turnante —conservadores de Cánovas / liberales de Castelar—, mantenido durante la regencia de Mª Cristina, hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII, en 1902. Es una época de abundantes sombras, acentuadas por las guerras de Filipinas y de Cuba que desembocan en el “desastre” de 1898, con la derrota de España frente a la armada de los EE.UU. y por una difícil situación social en la que aflorarán importantes crisis como la “Semana trágica” de Barcelona, en julio de 1909, contra el embarque de tropas para la guerra de Marruecos, y, unos años después, en 1917, la huelga general en las ciudades más importantes. La década de los veinte está presidida por la dictadura de Primo de Rivera, contra quien va dirigida la crítica de la mayoría de nuestros artistas e intelectuales, incluido Blasco Ibáñez, que, en sus últimos años, firma duros manifiestos contra la monarquía de Alfonso XIII y a favor de la República que llegaría dos años después de la muerte de nuestro autor.

Socialmente, es esta una época de grandes contrastes. Por un lado, como ya se ha comentado, el país atraviesa situaciones socio-político-económicas en constante conflicto, agravadas por el retraso material y cultural en el que permanecen algunos grupos sociales, tanto en las zonas rurales, definidas por el latifundismo y el caciquismo —recuérdense las denuncias que, en este sentido, emiten las doctrinas regeneracionistas—, como en las zonas industriales urbanas y en las mineras, situaciones todas ellas que denuncia Blasco Ibáñez en sus cuatro “novelas sociales” y, en general, en la “novela social” española de todo el primer tercio del siglo XX.

Por otra parte, y en abierta contradicción, es evidente que este periodo es uno de los más ricos de la historia de nuestra cultura —es conocido ya como la Edad de Plata— y, a la vez, es un tiempo de auge vitalista, como se puede comprobar en los importantes cambios registrados en la vida común y cotidiana. Pese al lamentable estado social —ya comentado— de ciertos grupos, es innegable que la sociedad avanzó más en estas décadas que en toda la historia anterior. Las bases de lo que hoy llamamos “nuestra vida actual”, con todas sus modernidades, hay que buscarlas ahí. No es este el momento ni el lugar adecuado para profundizar en este aspecto tan rico —y frecuentemente tan poco tratado—, pero sí conviene recordar el gran cambio que supuso, tanto en la vida común privada como en la pública y en la cultural, el uso de una serie de avances que se viven en este periodo, como la progresiva difusión de la luz eléctrica; el cambio en el transporte: desde el uso de medios animales al tren, tranvía, metro (el primer tramo de metro en Madrid se inaugura en 1919), automóvil y, finalmente, la aviación que la Gran Guerra europea descubre sus grandes posibilidades y que llega, incluso, a cambiar el punto de perspectiva en el artista, tanto plástico como literario; los medios de comunicación gráficos y audiovisuales: el telégrafo, el teléfono, la fotografía —hacia 1888 Kodak saca al comercio una máquina portátil que pronto tendrá gran aceptación— y su aplicación a los medios periodísticos que conocen una gran expansión tanto en la prensa diaria como en las revistas de información general, La Ilustración Española y Americana, Blanco y Negro, La Esfera, Estampa y un largo etcétera de gran interés. El imperio de los medios audiovisuales, que condicionará la vida del siglo XX, tiene aquí sus raíces. El cinematógrafo, desde sus tímidos inicios —los hermanos Lumière presentaron la primera sesión pública de cine en el Grand Café de París, el 28 de diciembre de 1895— se convierte muy pronto en “el séptimo arte” (Ricciotto Canudo le da este nombre, por primera vez, en el Manifiesto de las siete artes, que promulga en París, en 1914), siendo inmediatamente reconocido por los artistas en general, y no sólo por las vanguardias. Autores tan distintos entre sí como Valle-Inclán y Blasco Ibáñez son fervientes admiradores de él. Dice Valle-Inclán en 1921:

Y a los cinemas, ya lo creo que voy. Ese es el teatro nuevo, moderno. La visualidad. (...) Un nuevo Arte. El nuevo arte plástico. Belleza viva. Y algún día se unirán y completarán el Cinematógrafo y el Teatro por antonomasia, los dos Teatros en un solo Teatro.

Blasco Ibáñez, con su capacidad de adelantarse a su tiempo, mostró muy pronto su interés por el cine, adivinándole un brillante futuro como expresión de cultura de dimensiones universales. Dice en el prólogo a El paraíso de las mujeres (1922):

El cine es uno de los medios más formidables de cultura que existen. (...) Gracias a este nuevo medio de expresión, el novelista que por su nacimiento pertenece a un país determinado puede tener por patria intelectual la tierra entera y ponerse en comunicación con los hombres de todos los colores y de todas las lenguas [se refiere al cine mudo, el único que conoció]. Por m

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