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CAíDA LIBRE

Nina Sadowsky  

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Fragmento

LA CRÍTICA HA DICHO:

«¡Una novela genial! La he leído de un tirón.
La premisa de Sadowsky es original;
su voz, clara; sus dotes de narradora,
muy remarcables, y su ritmo, perfecto.»

SUE GRAFTON

«Rica en personajes y compulsivamente adictiva,
Caída libre es una sorpresa maravillosa.
Mediante la exploración de la necesidad universal
de tener familia y relaciones humanas,
y el precio que se paga cuando se rompen estos lazos,
la novela acompaña al lector en un paseo salvaje
por la psicología de dos personas dañadas que anhelan encontrar su redención en el otro, con un estilo lleno de matices
y agudas percepciones. Es un libro magnífico.»

DIANE KEATON

«Caída libre es una novela para disfrutar: es inteligente,
intrigante, sexy como pocas y con un estilo que te arrastra.
En Ellie descubrimos cómo se construye una femme fatale
como nunca antes lo habíamos visto. Ni una psicópata ni la
típica niña buena convertida en niña mala:
Ellie es una verdadera mujer moderna.»

MICHELLE RAIMO KOUYATE,
productora ejecutiva de Chocolat

«En un diabólicamente ingenioso cuento de amor, mentiras
y traición, Sadowsky da la vuelta a nuestras más anheladas fantasías románticas y las convierte en espantosas
fachadas que ocultan terribles secretos. Perdida se funde con Fuego en el cuerpo, junto a todo el sexo y la intriga
que quieras, aunque nunca del modo que esperas.»

TED SULLIVAN,
guionista y productor de Revenge y Supergirl

«Comparable a La chica del tren y Perdida…
La tensión crece hasta hacerse casi insoportable.
Los hilos narrativos se van entretejiendo hasta que
la historia se precipita hacia su chocante final.»

Booklist

«Impactante y memorable. Las habilidades creativas
de Sadowsky aparecen aquí en todo su esplendor.
Ella sabe qué dar al lector, y cuándo.»

Bookreporter

«Un debut que es una salvaje y febril pesadilla.»

Entertainment Weekly

«Escalofriante… El debut de Sadowsky
es una excelente incursión en las profundidades
de la depravada mente criminal.»

RT Book Reviews

«Una intriga fascinante. Sexo y violencia a mansalva.
Ellie debe decidir cuánto está dispuesta a sacrificar por
el hombre al que creía conocer.»

Publishers Weekly

Dedicado a G. H.

Mi querida Ellie:

No te imaginas cuánto lo siento.

Por favor, sigue al pie de la letra las instrucciones que acompañan a esta carta. Espero con toda mi alma que todo salga bien.

Eres la mujer de mi vida, y siempre lo serás, créeme.

Lo eres todo para mí.

ROB

Caída libre

Ahora

La brisa salobre y el olor sutil y dulzón del alcohol, el azúcar y la fruta dejados demasiado tiempo al sol. El sol coronado de ámbar, el cielo de un azul terso, la arena fina como el polvo, las olas añiles en somnolienta pugna contra la orilla.

La habitación en cuestión se ubica en la tercera y última planta del hotel. El edificio se extiende alargado y esbelto, una dentada columna vertebral que bordea la costa prístina, las habitaciones escalonadas para disfrutar de las mejores vistas.

Las habitaciones son amplias y profundas. Todas ellas dan a una terraza o un patio privados. Las puertas correderas de cristal se complementan con unos postigos laminados por si acucia la necesidad de echar una perezosa cabezada vespertina. O un polvo.

Diseminado sobre la hermosa playa, un nutrido muestrario de ejemplares de la especie humana: pálidos, bronceados, tostados, quemados por el sol, curtidos, abrasados; delgados, gordos, rollizos, fornidos, voluptuosos, larguiruchos; leyendo, durmiendo, babeando, flotando, nadando, navegando. Besándose, roncando, bebiendo, coqueteando.

El personal del hotel pulula entre ellos, ofreciéndoles menús, trayéndoles cócteles, toallas y protección solar, plantando sombrillas, desplegando sillas adicionales. Es una verdadera suerte poder alojarse en este hotel.

Justo frente a la habitación en cuestión, unos muchachos de músculos pétreos se lanzan un balón de fútbol americano entre las olas. Gritan, ríen y gruñen, su bullicio llevado por las caricias balsámicas del aire.

En la ventana de la habitación en cuestión, una mujer contempla el juego de los muchachos.

La mujer, rubia, grácil, está apoyada sobre la repisa del balcón, una parte del cuerpo dentro de la habitación y la otra parte fuera. Una sombra divide por la mitad su rostro adorable, dejando sus ojos resguardados en la penumbra.

Se inclina hacia fuera para observar mejor el partido. Tiene la tez pálida, salvo por las dos franjas arreboladas que se asientan sobre sus mejillas. Una aspiración ligera, súbita, por la boca engolada cuando uno de los jóvenes salta para recoger el balón, el cuerpo tenso arqueándose en el aire y cayendo con fuerza sobre la arena. Gruñe en el momento del impacto y ruge con teatralidad antes de levantarse dando un brinco y profiriendo una carcajada.

La rubia se aparta de la ventana.

A su espalda, dentro de la habitación, en la mullida cama blanca, hay un hombre tendido. Un brazo cuelga con ebriedad sobre su frente, una sábana fresca retorcida sobre su torso desnudo, está completamente inmóvil.

Parece gozar de buena salud. Es lo que pensaría cualquiera que lo viese. Sus piernas son extremidades robustas, muy morenas, que se tornan más pálidas a la altura de los muslos. Un hombre que pasa mucho tiempo fuera, que viste pantalones cortos, que ejercita su cuerpo. Sus hombros son anchos; sus brazos, fuertes. Tiene las manos palma arriba, extendidas, relajadas.

¿Qué relación guardan? Aventuremos una teoría. O dos.

¿Un idilio vacacional, el mero anonimato de la escapada, la emoción? Tal vez. Por algún motivo no terminan de parecer una pareja.

¿Recién casados, por fin a solas tras el ajetreo de la boda? ¿O, más probablemente, tras una riña dramática y dolorosa, las primeras astillas punzantes de la leña conyugal sobre las cuales se habrá de erigir la pira funeraria de su relación? No es una hipótesis cínica. El pragmatismo consciente en realidad resulta romántico.

¿O serán amigos íntimos de toda la vida que —desencadenada su pasión a causa de los mojitos— ahora se enfrentan a un arrepentimiento embarazoso? ¿Amantes adúlteros, embriagados por el cóctel de la culpa apremiante y la perentoria búsqueda de emociones? ¿Una puta y su cliente, el sexo a modo de negocio, el cuerpo disociado de alguna manera de la mente y el corazón?

Fijémonos en detalle.

Al principio la rubia no nos dice gran cosa. Mantiene sereno su rostro adorable, relajado su cuerpo hermoso. Está el rubor de sus mejillas. Podría ser una quemadura solar. O quizá un síntoma de fiebre. Pero atención: mira a todos lados excepto al hombre tendido en la cama.

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