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CALOR EXTREMO (SERIE CASTLE 7)

Richard Castle  

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Fragmento

Capítulo
1

Lo último que Nikki Heat esperaba cuando la ascendieron a comisaria del Departamento de Policía de Nueva York era el fuerte deseo que sentiría por Rook al ver su expresión de orgullo entre el público. Durante la ceremonia, ella se había mostrado circunspecta, atenta, concentrada y profundamente conmovida. Pero a medida que se acercaba el final, al ir liberándose de la actitud formal y decorosa que se le exigía durante el acto, agarró su nueva placa dorada, examinó las filas llenas de familiares y amigos dentro del auditorio y vio a su prometido.

En el taxi de vuelta a casa de Rook, cuando Nikki le estaba contando que el vídeo de Héroes que habían puesto con la voz de James Earl Jones la había hecho llorar, se dio cuenta de que él la estaba mirando fijamente, escuchándola con atención mientras ella le contaba lo que había sentido y pensó en hacerle el amor allí mismo. A continuación, Rook le sostuvo la mirada de tal forma que ella supo que él también sentía lo mismo.

El calor mudo del deseo de los dos y las expectativas de lo que les esperaba durante el trayecto en ascensor hasta el loft que Rook tenía en Tribeca no eran ninguna novedad. Todo eso y mucho más chisporroteaba entre los dos durante el lento ascenso mientras permanecían apoyados en rincones opuestos de aquella bestia traqueteante. Pero esta vez, en medio de la atmósfera cargada de aquel ascensor industrial, los juegos de ojitos, las miradas directas y la transparencia de su deseo se volvieron lo suficientemente densos como para cobrar vida. El decoro desapareció para dar paso al impulso animal.

Como si fueran una sola mente, se arrojaron el uno sobre el otro. Nikki, que empezó con cierta ventaja, llevaba suficiente fuerza en su deseo como para llegar hasta Rook antes de que él recorriera su mitad del camino y le empujó hacia atrás hasta chocar con el cierre de corredera de la cabina del ascensor. El gemido de él tras el impacto no fue en absoluto de dolor, sino más bien de deseo. Rook estrechó sus largos brazos alrededor de ella. Nikki se apretó contra él desde abajo, estremeciéndose y atrapando el lóbulo de su oreja entre los dientes. Una de las manos de él abandonó la espalda de ella para buscar con torpeza el panel de los botones. El ascensor se detuvo con una sacudida entre dos plantas, haciendo que se tambalearan el uno sobre el otro.

Juntaron sus bocas. Rook volvió a colocar la palma de la mano sobre el trasero de ella para atraerla hacia él. Ella se resistió, pero solo para hacer el espacio suficiente como para meter las manos entre los dos cuerpos y desabrocharle el cinturón. Para cuando lo hubo hecho, los dedos de él ya estaban bajándole la cremallera a Nikki.

Tras una unión cósmica interrumpida por una serie de voces impacientes desde el hueco procedentes de un repartidor de pizza que estaba en el vestíbulo, hicieron bajar el ascensor con sus ruidos metálicos y recorrieron el corto pasillo hasta el loft mientras seguían pegados el uno al otro como imanes.

—No puedo creer que no hayamos hecho esto antes —dijo ella.

Rook sonrió.

—La clave está en tener el ascensor para los dos solos. Créeme, no te gustaría montar una escena como esa mientras el señor Zeiss, el del 302, nos está mirando.

Nikki se imaginó al diminuto vecino de gafas gruesas y se rio. A continuación, tras pensarlo mejor, miró a Rook de soslayo.

—No lo habías hecho antes ahí dentro, ¿verdad? —preguntó—. Es decir, has sido bastante hábil con el interruptor.

—Digamos que hoy es un día de primeras experiencias y dejémoslo ahí. —Se giró ante la puerta para mirarla y le acarició las nuevas insignias doradas del cuello de su uniforme blanco—. Por ejemplo, has sido mi primera comisaria de policía, comisaria Heat.

Nikki se sorprendió al oír su nuevo rango, lo mismo que cuando el inspector de policía se lo había dicho al tomarle juramento. Una vez más, Heat sintió la extrañeza de su nuevo cargo y el peso abrumador de sus nuevas obligaciones. Aunque sabía desde hacía meses que su ascenso estaba cerca, ahora que había prestado juramento, le habían puesto las insignias y le habían actualizado la placa, aquella buena noticia ya había dejado de ser como hablar sobre la Navidad en una merienda campestre el Día del Trabajador. Había llegado el momento, su cargo de comisaria era oficial y con él una sensación punzante a la que ella había puesto el nombre de Asustada-Feliz.

Rook abrió la puerta y la dejó pasar delante de él. Desde el umbral, oyó un débil gimoteo y la acompañó al interior, donde ella se limpiaba una lágrima de la mejilla. Ante ella se abría un loft transformado en una carroza con los colores del Departamento de Policía de Nueva York: manteles azules que cubrían la encimera y la mesa de comedor de la enorme sala que había más atrás; banderines azules y blancos que colgaban del techo entrelazados con lazos azules y blancos que sujetaban globos de helio azules y blancos; media docena de arreglos florales de rosas tintadas de blanco mezcladas con lirios azules que adornaban las mesas y las estanterías; una tarta blanca con una fotografía de un distintivo de comisario azul y dorado que incluía la insignia del laurel y la corona y que estaba colocada sobre la mesita de centro junto a una cubitera azul con el blanco preferido de ella, una botella de Jean-Max Roger Sancerre.

—Espera —dijo Rook mientras cogía un mando a distancia para que empezara a sonar Blue Champagne, de Glenn Miller en su Spotify. Tras unos cuantos compases, Nikki cerró los ojos y dejó caer el mentón, como si tratara de ocultar el rostro—. ¿Demasiado hortera? —preguntó él.

Nikki levantó la cabeza y se giró para mirarlo y grabar el recuerdo de su amigo, su amante, su prometido al que tan perfecto le quedaba el Hugo Boss hecho a medida que se había comprado exclusivamente para la ceremonia. Volvieron a besarse, con ternura esta vez, y ella enganchó su brazo al de él para llevarlo hacia la mesa de centro.

—Trae las copas de vino —dijo ella tras coger la cubitera.

—¿Y la tarta?

—Primero los postres, luego la tarta —respondió y lo condujo por el pasillo en dirección al dormitorio.

Una sola vibración de la nueva BlackBerry que le habían dado en la comisaría y que estaba sobre la mesilla de noche despertó a Nikki dos minutos antes de que sonara la alarma de las cinco y media en su iPhone. Se dio la vuelta para mirarla y vio un correo electrónico enviado desde la central de la policía en el que les informaban a ella y a la lista de los otros sesenta y seis comisarios de policía de los nuevos protocolos para introducir las cifras del sistema CompStat en la base de datos. Mientras revisaba la invasión del mensaje aparentemente infinito sobre categorías de denuncias, órdenes y tipos de arrestos, la familiar y tensa sensación de Asustada-Feliz se introdujo en su estómago, cobrando más peso la parte de Asustada. Aquel era el primer correo oficial que recibía la comisaria Heat como nueva jefa de la comisaría Veinte después de haber esperado más de medio año para conseguir ese puesto.

Lo últimos siete meses habían supuesto un ejercicio de paciencia y diplomacia para Nikki, que había soportado tener que dirigir su brigada de homicidios bajo el blando liderazgo del comisario interino tras la muerte del comisario Irons, mientras todos, incluido el propio comisario interino, eran conscientes de lo que era un secreto a voces: que el puesto sería de ella tan pronto como la maquinaria de la política del departamento pusiera una fecha.

La insignia de comisaria había llegado el día anterior. Ahora sentía el impacto de la cruda realidad: la asunción del mando.

Había oído a Rook levantarse media hora antes y lo encontró sentado en la mesa de comedor en camiseta y calzoncillos, iluminado por el resplandor lunar de su ordenador portátil. Cerró la tapa y lo apagó en cuanto Nikki entró en la habitación arrastrando los pies.

—No dejes de trabajar por mí.

—No pasa nada. —Ordenó los bordes de unas notas y las metió en una carpeta que también cerró, casi de forma furtiva, pensó ella—. Es tan buen momento como cualquier otro para hacer un descanso.

—¿En qué estás trabajando?

—¿Te hago yo esa pregunta? —Se levantó para ir con ella y la envolvió con un cálido abrazo que los dos mantuvieron.

—A todas horas —contestó ella sobre su pecho—. Pero si acabas escribiendo otra novela para que la firme otro, algo que juraste que nunca volverías a hacer, comprendo que no quieras reconocerlo, Victoria St. Clair.

—Por suerte, Disney ha confirmado la posible película basada en mis informes sobre Chechenia, así que ya no tendré que rasgar ningún otro corpiño bajo ese seudónimo. Salvo el tuyo, claro.

—A propósito, anoche parecías muy empeñado en eso de «Déjate puesta la camisa del uniforme».

Rook frunció el ceño y fingió inocencia.

—¿Eso hice?

—Ya te digo. Y me pediste que dijera: «Ahora soy la comisaria».

—Vale. —Inclinó la cabeza de un lado a otro y sonrió—. Admito que sentí una pequeña excitación inesperada ante esa almidonada camisa blanca con la insignia de comisaria en el cuello.

—¿En serio? Rook, ¿mi uniforme te excita?

—Rara vez te he visto de uniforme. Y, desde luego, nunca en la cama.

—Esto va pareciéndose a un juego de rol. ¿Se trataba de un juego de rol y yo no lo sabía?

—En absoluto. A menos que te haya gustado. —Se rio entre dientes—. No hay nada de malo en hacerlo interesante y divertido.

—¿Necesitamos eso?

—¿Necesitarlo? Por supuesto que no. Pero está bien mantenerlo fresco, ¿no?

—¿Es que no lo está?

—Me parece que me estoy metiendo en un agujero. —Notó su mirada fija y no pudo más que seguir cavando—. Está muy fresco. Aunque, de vez en cuando…, solo de vez en cuando…, admitirás que has estado un poco… distraída.

—¿Como en el ascensor?

—En el ascensor no estabas nada distraída. Ni la mayor parte de las veces. Me estoy expresando mal. Lo único que digo es que quiero asegurarme de que cuando nos casemos podamos…

—¿Mantener la chispa?

—Bien dicho. Sí. La chispa. —Cambió de conversación en cuanto pudo—: Vamos a desayunar. He preparado café.

—Estupendo —dijo ella—. Me lo tomaré con mi tarta.

—Mira qué bien, doña comisaria de las tartas para desayunar.

—Mantengamos la chispa.

Él fingió sufrir el impacto de un puñetazo de Nikki y fue a la cocina en busca de tazas y platos.

Cuando estaban terminando, Rook pasó el dedo índice por su plato para rebañar el glaseado que había quedado.

—Deberíamos encargar nuestra tarta de bodas a esta pastelería.

Esto hizo que Nikki empezara a entrar en pánico por lo retrasados que estaban en sus planes de boda. Hacía tiempo que los dos habían acordado que sería en agosto, por lo cual quedaban aún cuatro meses, pero, con tanto trabajo de los dos, hasta ahora no habían reservado ningún sitio para la ceremonia ni para el banquete ni habían hecho planes para la luna de miel, aparte de hablar de las posibilidades de Venecia, Niza y Portofino. Para las dos agendas de profesionales de alto nivel, eso suponía una auténtica locura.

—Como poco, deberíamos decidir qué fin de semana para que algunos se reserven el día —propuso ella.

—Estoy totalmente de acuerdo. —Le ofreció el dedo lleno de azúcar glaseado y Nikki lo apartó como cuando Sabathia, el jugador de béisbol, no hace caso de una señal de Stewart—. De lo contrario, a alguno de los de mi lista provisional podrían surgirles otros compromisos. —Se pasó el glaseado por la lengua y empezó a enumerar a unos cuantos invitados—. Sir Paul tiene su gira. Annie Leibovitz está siempre ocupada. Bono me dijo que le dijera una fecha y dejaría lo que esté haciendo, pero no quiero tentar a la suerte, sobre todo si se trata de alguno de sus actos benéficos. Lena Dunham está escribiendo su autobiografía…, otra más. George Stephanopoulos trabaja todos los días de la semana. Va a tener que inventarse un día nuevo, porque… —Rook se dio cuenta de que Nikki miraba pensativa hacia un globo azul que durante la noche se había desinflado—. ¿Estoy acaparando toda la conversación? Tú también tienes una lista de invitados, lo sé.

—Bueno, vamos a ver. Están mi padre y su nueva novia. Y su hermana, la tía Jessie.

—¿Jessie? ¿Me la has presentado?

—Dos veces.

—Claro. Es… ¿Estás segura de que se llama Jessie? —El teléfono de Heat vibró—. Qué incómodo resulta que la gente se muera cuando estamos tratando de mantener una conversación.

Al ver la expresión de Nikki después de que contestara, deslizó un bolígrafo y uno de sus cuadernos de espiral de periodista sobre el mantel azul hacia ella. Se trataba de una llamada que él había presenciado muchas veces: una serie de «ajá, ajá» y la cab

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