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CAMBIAR DE IDEA (CABALLO DE TROYA 2019, 2)

Aixa de la Cruz  

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Fragmento

Accidente

Es julio de 2017. Iván y yo deambulamos de ciudad en ciudad porque el piso que me presta mi abuelo en temporada baja está alquilado. Mis vacaciones son un desahucio encubierto. Esta noche la pasamos en Madrid con June, en su casa con vistas a Palacio que cada sábado por la noche se convierte en un after para escritores y políticos de izquierda. Ahora hay cargos públicos entre nuestras filas y necesitan drogarse en privado. Solo dejan de actuar, de ser institucionales, representantes del pueblo, cuando acceden a la intimidad de un salón con pocos muebles y muchas baldas de novelas literarias. Nos emborrachamos sin tregua para hablar sin tregua y, mientras lo hacemos, siempre hay alguien que le dice a otro: deberías escribir sobre esto, sobre tu experiencia con los autobuses, por ejemplo, sobre aquella vez en Córdoba, a los dieciocho años, cuando te montaste sola en uno que jamás alcanzó su destino porque tu compañera de asiento comenzó a apretarte la mano gritando me ahogo, me ahogo, me está dando un infarto, y aunque era evidente que tenía un ataque de ansiedad, avisaste al conductor, y este llamó a la ambulancia, y entre una cosa y otra, cuando al fin llegaste al barrio periférico al que te dirigías, el centro de planificación familiar estaba cerrado y tuviste que abortar por la seguridad social, que era a lo que te negabas por miedos que no resultaron infundados: te atendió una ginecóloga cuya consulta estaba decorada con estampas de la Virgen del Rocío y te obligó a rellenar un cuestionario que te pareció humillante y no te sonrió ni una sola vez. Y luego a los diecinueve te mudaste a vivir a Oviedo con un mexicano sin papeles que te pidió matrimonio y el día antes de la boda, de camino a la estación, tuviste que parar en Correos para echar la solicitud de una beca y le pediste que se adelantara, que te esperara en el andén, y la cola de Correos era inmensa, entregaste el paquete y saliste corriendo, pero a pesar de la carrera el bus se fue a Bilbao sin ti y con tu futuro marido dentro, y aquel matrimonio fracasó pero la beca te la concedieron, y con ella escribiste una novela que todavía te parece digna.

June dice que estas historias contienen el sustrato de un buen cuento. June grita que solo escriben autoficción los señores aburridos y solemnes, y las señoras judías. Que Vivian Gornick no tiene ni idea de lo que es una madre difícil. Que visto el fracaso cosechado, quizás vaya siendo hora de subastar nuestras vísceras. En pleno apogeo etílico, todo el mundo habla de lo mucho que quiere escribir, pero nadie escribe. Surgen otros planes. Me ofrecen cocaína, por ejemplo, y mi atención se dispersa. Monologo ante un cargo de Podemos. Le reprocho que su formación no esté capitalizando los resultados que obtuvieron en Euskadi. Me siento una autoridad en la materia hasta que confieso que yo jamás los he votado, y me da la risa. Hay una chica que está de MDMA por primera vez y le encanta el tejido de mi camiseta. Le encantan los letreros luminosos que se ven por la ventana, las cosquillas de un reguero de sudor que le atraviesa la nuca, las imágenes ralentizadas como si el cinemat

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