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CAMELOT (BRITANNIA. LIBRO 2)

Ana Alonso   Javier Pelegrín  

4


Fragmento

Capítulo 1

Arturo apretó las palmas de las manos contra sus ojos cerrados en busca de alivio. El agudo escozor que sentía le había hecho perder la concentración. Tantas horas de escritura seguidas no podían ser buenas para la vista… ni tampoco para la mente. Necesitaba despejarse para volver más tarde al scriptorium con fuerzas renovadas.

Casi nunca salía al jardín de Camelot. Por eso, cada vez que lo pisaba lo encontraba cambiado. Más frondoso, más rico en matices de verdes diferentes y en aromas de plantas traídas de muy lejos. Gwenn era la que había diseñado los senderos blancos entre bosquecillos de árboles milenarios; y los arcos de las rosaledas, sobre los que crecían innumerables variedades de rosales trepadores; las escaleras de piedra que descendían hacia el estanque; las estatuas de mármol de las fuentes, al estilo de las que podían verse en los antiguos mosaicos de las ruinas de Aquae Sulis… Todo había sido idea suya. Conocía los efectos del velo a la perfección, y sabía cómo utilizarlos para realzar aquí la fragancia de una nueva variedad de magnolia, allí el rojo intenso de las hojas de un arce o la impresión de frescor al aproximarse a un estanque. El resultado era espléndido, había que reconocerlo. Lástima que nunca dispusiesen de un momento para disfrutarlo juntos. Dirigir los destinos de Britannia exigía una dedicación a tiempo completo.

Arturo tomó uno de los senderos blancos que conducían a las terrazas de piedra donde Gwenn había hecho plantar diversas especies exóticas de frutales. La lluvia de la mañana había limpiado la atmósfera, avivando los tonos dorados y cobrizos del otoño. Quizá parte de aquella pureza de los colores se debiese al influjo del velo de Britannia… En cualquier caso, suponía una delicia para los sentidos y un descanso para el alma.

Dejándose llevar por un impulso, Arturo abandonó la gravilla del sendero para adentrarse en el bosquecillo de hayas. La tierra oscura y esponjosa amortiguaba el sonido de sus pasos. La sombra rápida de un pájaro cruzó por debajo del tapiz de hojas de oro que se recortaban contra el cielo gris. Arturo la siguió con la mirada hasta que se perdió entre las ramas de otros árboles más lejanos. Escuchó una secuencia de trinos leves que procedía de aquel mismo punto. ¿Qué especie de ave sería aquella? No se había fijado. Ya nunca se fijaba en esa clase de cosas. Toda su atención permanecía volcada hacia dentro, hasta tal punto que había perdido la capacidad de observar.

Pensó en la despreocupación de otros tiempos, cuando no era más que un viajero desconocido que recorría las regiones del sur y el este del Imperio. Entonces no tenía que dar cuenta a nadie de sus pasos, ni siquiera a sí mismo. Podía dejarse llevar por la inspiración de un instante para cambiar el rumbo de su viaje, podía ir adonde lo llevase el viento. Esos tiempos, por desgracia, no volverían. Ahora que sus sueños se habían cumplido, debía esforzarse día y noche para que su frágil estructura no se derrumbase. La Britannia que él le había devuelto a su pueblo, la que había conseguido reiniciar con el poder de Excalibur, era más poderosa que la anterior, pero también más vulnerable.

Eso era lo que le impedía dormir por las noches. Todo lo que había construido se podía venir abajo en cualquier momento.

Si hubiese sabido proteger mejor a Excalibur… Si no la hubiese perdido…

Un crujido de hojas secas a su espalda le hizo volver la cabeza, sobresaltado. Sus facciones se relajaron al reconocer a su mujer.

—Gwenn —dijo—. Qué susto me has dado… ¿Qué haces aquí?

—Te vi tomar este camino desde la ventana y decidí bajar para pasear un rato contigo. Es tan difícil encontrar un momento para que hablemos…

Arturo la enlazó por la cintura, y continuaron caminando juntos.

—Sabes cómo es esto de escribir en el lenguaje del velo —explicó Arturo—. Por algo los alquimistas lo llaman «código»… Traducir mis pensamientos a esa especie de idioma secreto me deja agotado. Exige una atención absoluta, no puedo distraerme. Y tengo que aprovechar cada minuto… Necesito aprender deprisa para estar preparado cuando Dyenu ataque.

—¿Qué te hace pensar que va a atacar?

—Lo hará antes o después. Lo extraño es que no lo haya hecho ya. Ahora que es libre y que Excalibur ha vuelto a sus manos, lo tiene muy fácil. Le bastaría con destruir la espada para acabar con el velo.

Por un instante solo se oyeron sus pisadas sobre la alfombra de hojas secas.

—A lo mejor ha cambiado de opinión —sugirió Gwenn pensativa—. Quizá le guste lo que hemos hecho con Britannia. Bueno, lo que tú has hecho.

—No fui yo solo. Fue el círculo que se creó alrededor de Excalibur cuando combatí contra Dyenu, y tú también formabas parte.

Gwenn sonrió.

—Sí. Lo hicimos entre todos. A veces todavía me cuesta hacerme a la idea de que Britannia haya podido cambiar tanto. Es una utopía hecha realidad. El velo al alcance de todo el mundo, sin depender de las gemas. Si me llegan a decir que algo así era posible hace dos años, me habría reído.

Arturo notó que la sonrisa de Gwenn buscaba su complicidad, pero no fue capaz de ofrecerle la suya.

—Nosotros no lo hemos hecho, Gwenn. Esta nueva versión del velo… Fueron Uther y Merlín. Nosotros solo la activamos al reiniciar Britannia, pero ni siquiera sabemos cómo funciona. ¿Por qué ya no hacen falta las gemas para conectarse? ¿Por qué ahora el velo llega a todo el mundo, sin diferencia de clase o condición social? Todavía no lo entendemos; y, mientras no lo comprendamos, no sabremos protegerlo.

—¿Y qué te hace pensar que Dyenu sí lo entiende? Él no es un alquimista. Y además, se supone que odia el velo. No creo que sepa cómo funciona.

Arturo meneó la cabeza, poco convencido.

—Yo creo que algo sabe. Si ha renunciado a destruir Excalibur para acabar con Britannia, es porque tiene un plan alternativo. Y esa idea tuya de que puede gustarle la nueva versión del velo…, no sé, no me convence. Él odia el velo, lo dejó bien claro. Y es evidente que también nos odia a nosotros.

Los ojos de Gwenn se alzaron del suelo y se clavaron en algún punto distante entre los árboles. Tenía las cejas levemente fruncidas.

—Todavía no puedo creer que mi madre le ayudase a escapar —murmuró—. No tiene sentido.

Arturo no dijo nada. No quería inquietar a Gwenn compartiendo con ella lo que su padre le había contado sobre el origen de Dyenu, porque tampoco estaba seguro de que fuese cierto. Según sir Héctor, Dyenu era hijo legítimo de Uther y de Igraine. Eso explicaba que Igraine se hubiese arriesgado a robar Excalibur para él y a huir en su compañía.

Quizá su silencio se prolongó más de lo debido, porque Gwenn se detuvo en seco y se desprendió de su abrazo. Cuando se volvió a mirarla, se encontró con aquella expresión dolida que comenzaba a ser habitual en ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ni siquiera me escuchas cuando te hablo. Siempre estás ausente. Pero Britannia también es responsabilidad mía, no solo tuya. Y las decisiones que haya que tomar las tomaremos los dos.

—Nunca he decidido nada sin contar contigo —se defendió Arturo—. Pero no tiene sentido que te cuente los problemas que tengo con el código. No soy un alquimista experto. No soy Uther, ni Merlín. Y necesito aprender lo que ellos sabían si queremos conservar el reino. No sé cómo no entiendes lo difícil que es esto para mí.

—Yo podría ayudarte. También

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