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CAMINARáS CON EL SOL

Alfonso Mateo-Sagasta  

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Fragmento

HA LLEGADO LA HORA.

Sé que es difícil de creer, pero no he olvidado que mi nombre era Gonzalo Guerrero y que nací al otro lado del mar. Por suerte, el mismo mar corrigió mi destino arrojándome al lugar que me corresponde.

¡Y pensar que yo era de los que creían que el cielo no llegaba más allá de las columnas de Hércules…! Tal vez tengan razón los de aquí y el tiempo avance en círculos, porque nada me resulta tan lejano y al mismo tiempo tan próximo como el principio de esta historia. Y es que yo, cuando sólo esperaba la muerte, volví a nacer.

La primera vez lo hice el 6 de agosto de 1485. Los gritos de mi madre se fundieron con los de miles de caballeros procedentes de toda la cristiandad reunidos en Córdoba bajo la enseña de la guerra contra el reino de Granada. Casi como regalo de bienvenida el Papa anunció una Bula de Cruzada, con indulgencia total para el día de la muerte a todo aquel que contribuyese a sufragar los gastos de la contienda. Mi padre, que no era caballero, y ni siquiera buena persona, acudió junto a su hermano Matías al calor de los tesoros que decían que guardaba el reino moro. Solían trabajar juntos en las almadrabas del marqués de Ayamonte, y para ellos Granada no era más que un copo lleno de atunes esperando a que alguien los sacara del mar.

Por si la ofensiva cristiana no fuera suficiente, los musulmanes se hallaban inmersos en una guerra interna que duraría casi cinco años, y que contribuiría no poco a su destrucción. Cayó Ronda, Marbella, Setenil, Álora… Al año siguiente se rindió Loja, pero Matías no llegó a verlo, porque durante el asedio fue capturado y vendido en África como esclavo. Nunca lo volvimos a ver. Mi padre no consiguió averiguar a qué reino había sido enviado de entre los que habitualmente surtían de soldados a los príncipes granadinos, si a Fez, Tremecén, Bugía o Túnez.

Crecí con mi madre y cinco hermanos, dos varones y tres hembras. Entre los vecinos de Palos, el pequeño pueblo de pescadores donde nací, cerca de Huelva, la soledad era el estado natural de las mujeres. Como los prometidos tesoros de los moros se hacían esperar, mis hermanos mayores, de once y diez años, tuvieron que enrolarse en uno de los barcos de pesca que faenaban al norte del cabo Bojador, en el límite con los derechos de los portugueses. Entre lo que les daban a ellos y lo que sacaba mi madre por limpiar pescado en una de las factorías de salmuera de don Francisco de Zúñiga, la familia lograba salir adelante. A las niñas les tocaba recorrer los caminos con un capacho recogiendo bosta de caballo con que abonar el diminuto huerto donde mi madre sembraba un puñado de raquíticas verduras. No comíamos mucha carne, pero nunca nos faltaron ajos, cebollas y berzas.

Cuando yo andaba por los cuatro o cinco años cambió un poco nuestra suerte, porque vino a vivir con nosotros el tío Ginés, hermano pequeño de mi madre, con su mujer y el único hijo que aún vivía de los cuatro que habían llegado casi a término. El tío Ginés vino huyendo de Sevilla. La maravillosa ciudad a la que había emigrado para aprender el oficio de zapatero, le había dado la espalda. Desde que la Inquisición instaló allí su santo tribunal en 1480, la vida de los conversos se había ido haciendo cada vez más dura. Lejos de educar en la fe, el nuevo tribunal sirvió para que afloraran las viejas envidias y rencores de vecindario y facilitó ajustes de cuentas. Cualquiera estaba expuesto a una denuncia anónima, a la que debía oponer la prueba de su inocencia. Para cuando el tío Ginés puso tierra de por medio, los quemados en la hoguera acusados de judaísmo, nigromancia y hechicería se contaban por cientos y por millares los reconciliados, gente que había sufrido prisión, perdido todos o parte de sus bienes, y que había quedado marcada con una señal indeleble que los apartaba del mundo. El Tribunal fiaba su eficacia en la colaboración de los súbditos fieles a la Corona, y, para vergüenza de aquellos reinos, nunca faltaron denuncias.

Mi familia era de cristianos viejos, pero el abuelo materno de la mujer del tío Ginés procedía de una familia sevillana bautizada después de la conquista, y eso lo colocaba en una situación sospechosa. Además, acababa de comprar casa y de abrir un nuevo taller, y aunque contaba con las bendiciones del gremio, algunos de sus cofrades habían empezado a airear por el barrio la dudosa ascendencia de sus parientes. De eso al sambenito había un paso. Antes de que se materializara la amenaza, el tío vendió su patrimonio, desenterró los cadáveres de sus suegros y sus hijos arriesgándose a la cárcel y cargó con ellos hasta el pueblo para darles sepultura donde nadie pudiera aventar sus cenizas en las pavorosas hogueras del Santo Oficio.

El tío Ginés, a quien todos llamaban Majuelo, mote heredado del abuelo aunque nunca supe por qué, cambió la casa y el taller sevillano por una pequeña carabela portuguesa, y volvió a faenar en el mar como ya hiciera de niño con su padre. Mis dos hermanos se enrolaron bajo su mando y mis hermanas siguieron con la rutina del huerto aumentado ahora con un pequeño gallinero y un cerdo. Respecto a mí, que empezaba a acompañar a las muchachas con una pequeña palita de madera, decidieron que, en cuanto llegara el momento, me enviarían a la escuela a aprender letras y latines mientras encontraban el modo de meterme a cura.

La nueva vida en el pueblo no estaba del todo exenta de peligros. De aquella época recuerdo que más de una vez volvió el tío a puerto con la tripulación maltrecha y la carga perdida después de un desafortunado encuentro en algún caladero indebido con una nao del rey Juan. Con pocas bromas se andaban los portugueses en asuntos tocantes a su mar, porque si la Corona de Aragón mandaba en el Mediterráneo occidental, mediaba entre Génova y Venecia, gobernaba en Sicilia y hasta mantenía un consulado en la misma Alejandría, el océano, el Mar Tenebroso, era territorio portugués, y más desde que sus marinos habían logrado doblar el cabo de Buena Esperanza abriendo por fin el camino hacia las Indias.

Año tras año esperamos el regreso de padre acarreando el tesoro tantas veces prometido, más aún cuando llegaban noticias de una victoria o de la conquista de una nueva plaza por el ejército de la Cruz. Se rindió

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