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CAMINO A ROMA (LA LEGIóN OLVIDADA 3)

Ben Kane  

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Fragmento

Primera edición: enero 2011

Título original: The Road to Rome

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

© Ben Kane, 2010

© Ediciones B, S.A., 2009

© Concell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

© www.edicionesb.com

ISBN: 978-84-666-4788-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

 

Para Kyran y Helen Kane,

mis maravillosos padres,

con mucho amor y agradecimiento

Contenido

1. Egipto

2. Jovina

3. Farnaces

4. El templo de Orcus

5. Visiones

6. «Veni, Vidi, Vici»

7. La aventura

8. Rodas

9. Cautiverio

10. Los juegos de César

11. El toro etíope

12. Romulus y César

13. Retazos del destino

14. Sabina

15. Ruspina

16. Labieno y Petreyo

17. Regreso al hogar

18. Padre e hijo

19. Cuatro triunfos

20. La búsqueda

21. Peligro

22. Gemellus

23. Reencuentro

24. La discordia

25. La conspiración

26. El plan

27. Los idus de marzo

Nota del autor

Glosario

1

Egipto

Alejandría, invierno del 48 a.C.

—¡Moved el culo! —gritó el optio, golpeando con la hoja plana de la espada a los legionarios que tenía más cerca—. ¡César nos necesita!

A los diez hombres de su escuadra no les hacía falta que los alentaran. El piquete nocturno estaba situado en el Heptastadion, el estrecho paso elevado artificial que iba desde el muelle hasta una isla estrecha y alargada, y que dividía el puerto en dos. Dado que había agua a un lado y a otro, se trataba de un enclave aislado. Teniendo en cuenta lo que estaba pasando, no era un lugar demasiado recomendable.

El brillo amarillo que despedía el Pharos, el enorme faro de la ciudad, había aumentado sobremanera debido a los barcos que ardían a lo largo del muelle. El fuego, iniciado por los hombres de César, se había propagado rápidamente entre las embarcaciones hasta llegar a los almacenes cercanos y los edificios de la biblioteca para acabar formando una conflagración que iluminaba la zona como si fuera de día. Tras reunirse con los compañeros que habían sido obligados a retirarse a las callejuelas oscuras, miles de soldados egipcios reaparecían para atacar a las fuerzas de César. Se encontraban a menos de cien pasos del Heptastadion, el punto más lógico en el que aguardar al enemigo.

Romulus y Tarquinius corrían gustosos al lado de los legionarios. Si los soldados egipcios que gritaban atravesaban sus líneas, acabarían todos muertos. Y aun cuando los egipcios no lo consiguieran, tenían escasas posibilidades de sobrevivir. Los egipcios los superaban con creces en número y los legionarios no contaban con ninguna vía segura por la que retirarse. La ciudad estaba repleta de nativos hostiles y el paso elevado conducía a una isla desde la que no había modo de escapar. Sólo había barcos romanos pero, debido al enjambre de tropas enemigas, resultaba imposible huir sin correr peligro.

Romulus dirigió una mirada anhelante al único trirreme que había logrado escapar. Se acercaba a la entrada occidental del puerto, y a bordo iba Fabiola, su hermana melliza. Tras casi nueve años de separación, se habían visto fugazmente hacía unos instantes. Fabiola era conducida a mar abierto, lejos del peligro, y Romulus no podía hacer nada al respecto. Pero, por curioso que pareciese, no se sentía desolado. Era consciente del motivo. El mero hecho de saber que Fabiola estaba sana y salva hacía que sintiese una alegría indescriptible. Mitra mediante, ella le habría oído gritar que estaba en la Vigésima Octava Legión y, por tanto, podrían reencontrarse algún día. Después de tantas plegarias para dar con su hermana desaparecida, los dioses habían respondido.

Sin embargo, en esos momentos, como tantas veces antes, estaba a punto de iniciar una lucha a vida o muerte.

Reclutados a la fuerza para servir en las legiones, él y Tarquinius formaban parte del pequeño destacamento de César en Alejandría, que ahora estaba a punto de ser arrollado. Sin embargo, Romulus obtenía cierto consuelo de su nueva situación, por precaria que ésta fuera. Si el Elíseo le aguardaba, no entraría en él como esclavo ni como gladiador. Ni como mercenario o prisionero. Romulus se enderezó.

«No —pensó con vehemencia—. Soy un legionario romano. Por fin. Soy dueño de mi propio destino y Tarquinius ya no me controlará.» Hacía apenas una hora, su amigo rubio se le había revelado como el autor del asesinato que había obligado a Romulus a huir de Roma. Romulus seguía conmocionado por la noticia. La incredulidad, la ira y el dolor se arremolinaban en una mezcla tóxica que hacía que la cabeza le diera vueltas. Decidió dejar el dolor a un lado para mejor ocasión.

Jadeando, el grupo alcanzó la parte posterior de la formación de César, que sólo tenía seis filas de profundidad. De repente, las órdenes que se vociferaban, el choque metálico de las armas y los gritos de los heridos se oyeron muy cerca. El optio deliberaba con el oficial más cercano, un tesserarius de aspecto nervioso. Éste, que llevaba un casco con el penacho transversal y armadura de escamas parecida a la del optio, empuñaba un bastón largo para obligar a los legionarios a formar una fila como era debido. Si bien él y otros subordinados permanecían en la retaguardia para evitar retiradas, los centuriones se situaban en la parte delantera o cerca de ésta. En una batalla tan a la desesperada como aquélla, los soldados veteranos reafirmaban la determinación del resto.

Al final, el optio se dirigió a sus hombres.

—¡Nuestra cohorte está aquí!

—Deseadnos suerte —masculló un soldado—. Nos ha tocado justo en medio de la maldita fila.

El optio asintió con una sonrisa, consciente de que ahí era donde se produciría el mayor número de bajas.

—Por ahora lo tenéis fácil. Dad las gracias —dijo—. Desplegaos, en filas de dos. ¡Reforzad esta centuria!

Obedecieron a regañadientes.

Con otros cuatro hombres, Romulus y Tarquinius se situaron al frente de sus correspondientes filas. No protestaron por ello. A un par de reclutas nuevos no cabía esperar otra cosa. Romulus era más alto que la mayoría y veía por encima de las cabezas de los hombres, más allá de los penachos de crin de los cascos de bronce. Aquí y allá se alzaba el estandarte de la centuria y, en el flanco derecho, el águila de plata, el talismán de la legión que tantas pasiones despertaba. El corazón se le aceleró al verlo: era el símbolo más importante de Roma, y había acabado estimándolo de todo corazón. Por encima de todo, el águila había ayudado a Romulus a recordar que era romano. Imperiosa, orgullosa y distante, no daba importancia a la condición de los hombres y sólo reconocía su valor en la batalla.

Sin embargo, más allá se extendía un mar de rostros torvos y armas destellantes que se acercaba a ellos por momentos.

—¡Llevan scuta! —exclamó Romulus, confuso—. ¿Son romanos?

—Lo fueron —espetó el legionario de su izquierda—. Pero los cabrones se han pasado al bando opuesto.

—Entonces deben de ser los hombres de Gabinius —dijo Tarquinius, que recibió un asentimiento seco a modo de respuesta.

Varias miradas curiosas se posaron en él y prestaron especial atención al lado izquierdo de la cara. Una larga sesión de torturas a manos de Vahram, el primus pilus de la Legión Olvidada, le había dejado una cicatriz roja y brillante en la mejilla con la forma de la hoja de un cuchillo.

Gracias a Tarquinius, Romulus conocía la historia de Ptolomeo XII, padre de los actuales gobernantes de Egipto, que habían sido depuestos hacía más de una década. En su desesperación, Ptolomeo había recurrido a Roma, ofreciendo una cantidad increíble de oro para ser devuelto al trono. Finalmente, Gabinius, el procónsul de Siria, había aprovechado la oportunidad. Aquello se había producido en la época en que Romulus, Brennus —su amigo galo— y Tarquinius integraban el ejército de Craso.

—Sí —musitó el legionario—. Permanecieron aquí después de que Gabinius regresara a Roma desacreditado.

—¿Cuántos quedan? —preguntó Romulus.

—Unos pocos miles —fue la respuesta—. Pero cuentan con mucha ayuda. Sobre todo de los nubios, especialistas en escaramuzas, y de los mercenarios hebreos, además de los honderos y arqueros cretenses. Todos ellos unos cabrones de tomo y lomo.

—Por no mencionar la infantería —apuntó otro hombre—. Está formada por esclavos huidos de nuestras provincias.

Sus palabras fueron recibidas con un gruñido de enfado.

Romulus y Tarquinius intercambiaron una mirada. Era imprescindible que su condición, sobre todo la del primero, permaneciera en secreto. A los esclavos no se les permitía luchar en el ejército regular. Alistarse en las legiones, algo que Romulus había hecho a través de una patrulla de reclutamiento, se castigaba con la pena de muerte.

—Esos traidores hijos de puta no se enfrentarán a nosotros —proclamó el primer legionario—. Les daremos una somanta que los dejará tiesos.

Era lo que tocaba decir. En los rostros preocupados se esbozaron sonrisas de satisfacción.

Romulus guardó para sí la respuesta que habría dado sin pensárselo. Los seguidores de Espartaco, esclavos todos ellos, habían contribuido en más de una ocasión a hacer más efectivas las legiones. Él mismo valía más que tres legionarios juntos. Ahora que tenían una nueva patria que defender, los esclavos enemigos podían resultar duros de pelar. Sin embargo, aquél no era ni el momento ni el lugar para mencionar tales asuntos. ¿Cuándo lo sería?, se preguntó Romulus con un deje de amargura. Seguramente nunca.

Con las armas preparadas, esperaron mientras el enfrentamiento arreciaba. La lluvia de jabalinas y piedras enemigas caía en sus líneas, abatiendo a hombres aquí y allá. Como no tenían escudo, a Romulus y a Tarquinius no les quedaba más remedio que agacharse y rezar mientras la muerte pasaba silbando por encima de sus cabezas. Resultaba de lo más desconcertante. A medida que aumentaban las bajas, se disponía de más armas. Un soldado bajito y robusto de la fila de delante cayó al atravesarle el cuello una lanza. Rápidamente, sin aguardar a que expirase, Romulus le quitó el casco. Las necesidades de los vivos eran más apremiantes que las de los muertos. Hasta el forro sudado de fieltro del casco le pareció que proporcionaba cierta protección. Tarquinius le quitó el scutum y Romulus no tardó mucho en conseguir uno, de otra víctima.

El optio mostró su aprobación con un gruñido. Los dos trotamundos andrajosos no sólo contaban con buenas armas, sino que además sabían manejarlas.

—Esto es otra cosa —dijo Romulus alzando el escudo ovalado por el mango horizontal. No habían llevado el equipo completo desde la última batalla de la Legión Olvidada, hacía ya cuatro años. Frunció el entrecejo. Le costaba no sentirse culpable por lo de Brennus, que había muerto para que él y Tarquinius pudieran escapar.

—¿Habéis participado en algún otro combate? —preguntó el legionario.

Antes de que Romulus tuviera tiempo de responder, el tachón de un escudo lo golpeó en la espalda.

—¡Adelante! —gritó el optio, empujándolos—. La línea de delante se está debilitando.

Empujando contra las filas delanteras, se aproximaron al enemigo arrastrando los pies. Docenas de gladii, espadas cortas romanas, se alzaron para entrar en acción. Los escudos se elevaron hasta que la única parte visible del rostro de los hombres fueron los ojos parpadeantes bajo el borde de los cascos. Se movían hombro con hombro, protegiéndose mutuamente. Tarquinius estaba a la derecha de Romulus, y el legionario parlanchín a su izquierda. Ambos eran tan responsables de su seguridad como él de la de ellos. Constituía una de las ventajas del muro de escudos. Aunque Romulus estuviese enfadado con Tarquinius, no consideraba que el arúspice fuera a incumplir su cometido.

No se había dado cuenta de lo mucho que habían diezmado sus filas. De repente, el soldado que tenía delante cayó de rodillas y un guerrero enemigo ocupó su lugar de un salto, lo cual pilló a Romulus por sorpresa. No llevaba armadura; sólo un casco frigio, un escudo ovalado y una tosca túnica. Una curiosa espada de hoja larga y curva era su única arma. Romulus pensó que se trataba de un peltasta tracio, lo cual volvió a sorprenderle.

Sin pensárselo dos veces, saltó hacia delante con la intención de estamparle el tachón del scutum en la cara. Erró el golpe y el tracio repelió el ataque con su propio escudo. Intercambiaron golpes durante unos instantes, intentando obtener una posición ventajosa. Era imposible, así que Romulus no pudo evitar envidiar la espada curva de su contrincante. Gracias a la forma que tenía, podía engancharse a la parte superior y los lados de su scutum y causar lesiones considerables. En cuestión de segundos, estuvo a punto de perder un ojo y ser herido en el brazo izquierdo.

Por su parte, Romulus le había hecho al tracio un corte superficial en el brazo

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