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¡CAMPEONA!

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

Créditos

Título original: Hot Shot

Traducción: Martín Rodríguez-Courel

1.ª edición: febrero 2014

© Susan Elizabeth Phillips, 1991

© Ediciones B, S. A., 2014

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B. 2.865-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-722-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Libro I. LA VISIÓN

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Libro II. LA MISIÓN

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Epílogo

Nota de la autora

NOTAS

Dedicatoria

A Bill Phillips, B.E.E., M.S.E.E., quienes, en 1971, me hablaron de un tiempo futuro en que la gente normal tendría ordenadores en su casa. También me hablaron de otros sueños.

Prólogo

Prólogo

Durante tres días espantosos de 1958, la novia había sido la niña más famosa de América.

Dieciocho años después, Susannah Faulconer se sentía como aquella niña aterrada de siete años. Cuando echó a andar al lado de su padre por la alfombra blanca extendida en el sendero que cruzaba el mismo centro de los jardines de Faulconer, la gargantilla de perlas de la familia que le rodeaba el cuello parecía cortarle la respiración. Ella sabía que la sensación era irracional, pues la gargantilla no apretaba lo más mínimo y la había llevado muchas veces, la primera en el baile de debutantes cuando contaba dieciocho años. Era absurdo pensar que no podía respirar, o experimentar el irresistible impulso de arrancársela del cuello y arrojarla a la multitud de elegantes invitados.

Ella no haría tal cosa. No sería propio de Susannah Faulconer.

Aunque era pelirroja, la gente no solía considerarla así, pues su pelo no era el rojo encendido de un lustroso anuncio de Clairol, sino un caoba patricio que evocaba imágenes de una época más amable: una época de cacería de zorros a primera hora, tazas de té tintineando y mujeres que posaban para Gainsborough. Bajo un gorro Juliet, llevaba el pelo echado hacia atrás pulcramente recogido en la nuca, un estilo algo austero para una novia; pero de algún modo le quedaba bien. En vez de un traje de novia rebuscado, llevaba un vestido largo sin tirantes de encaje antiguo. El mandarín abierto revelaba un cuello delgado, aristocrático, rodeado por la brillante gargantilla de perlas que tanto le molestaba. Todo en ella denotaba riqueza, buena crianza y una anticuada sensación de coacción impropia de una mujer moderna de veinticinco años.

Cien años atrás, Susannah Faulconer habría sido considerada una verdadera belleza, pero sus rasgos alargados, finamente cincelados, eran demasiado sutiles para competir con las atrevidas modelos de portada de los setenta. Tenía la nariz larga y delgada, aunque exquisitamente recta; los labios, estrechos pero bellamente arqueados. Solo sus ojos transmitían un aire moderno. Separados y bien conformados, eran de un gris claro. También encerraban una mirada insondable, por lo que de vez en cuando, en las conversaciones, la otra persona tenía la incómoda sensación de que Susannah no estaba presente, se había retirado a cierto sitio en el que nadie tenía permitida la entrada.

Durante la última hora había estado llegando a la boda la flor y nata de la sociedad californiana. Las limusinas recorrían el camino bordeado de árboles y entraban en el patio adoquinado que formaba una media luna frente a Falcon Hill, la finca familiar de los Faulconer. Falcon Hill parecía realmente llevar siglos integrada en las colinas del sur de San Francisco, pero de hecho solo tenía veinte años: había sido construida en la distinguida comunidad de Atherton por el padre de Susannah, Joel Faulconer, no mucho después de haber heredado el control de Faulconer Business Technologies de su propio padre.

Pese a las diferencias de edad y sexo, entre los invitados sentados en las cuidadosamente dispuestas hileras de sillas de hierro forjado con encajes blancos se apreciaba cierta uniformidad. Todos parecían prósperos y conservadores, personas acostumbradas a dar órdenes y no a recibirlas..., todos menos la hermosa joven sentada en la parta de atrás. En un hervidero de Halston y Saint Laurent, Paige Faulconer, la hermana pequeña de la novia, destacaba por su vestido granate de segunda mano años treinta y una original boa rosa de marabú echada sobre los hombros.

Cuando la música procesional subió de volumen, Susannah Faulconer volvió un poco la cabeza y advirtió una mueca sarcástica en la boca de su hermana. Decidió no dejar que los viejos conflictos con Paige echaran a perder el día de su boda. Al menos había asistido a la ceremonia, lo cual, después de todo lo sucedido, era más de lo que cabía esperar.

Una vez más fue consciente de la ceñida gargantilla de perlas. Para olvidarse de su hermana procuró absorber la belleza de los jardines. Diversas estatuas de mármol talladas en Vicenza y chispeantes fuentes compradas en un castillo del valle del Loira daban a los jardines un aspecto de viejo mundo. Habían sido colocados estratégicamente docenas de arriates con rosales llenos de brotes blancos. Flotaban gardenias en las fuentes, y guirnaldas de cintas blancas ondeaban suavemente en la brisa de junio. Todo era perfecto, tal y como ella lo había dispuesto.

Se concentró en Cal, que la estaba esperando bajo un baldaquín de un blanco inmaculado que había sido construido frente a la mayor de las fuentes de piedra. Con su buen aspecto de clase alta, Calvin Theroux le recordaba a los hombres de las revistas que anunciaban whisky caro. A los cuarenta y dos años, era uno de los personajes más influyentes de la empresa Faulconer. A pesar de llevarse diecisiete años, ella y Cal pasaban por ser una pareja ideal. Tenían una infinidad de cosas en común. Ambos habían crecido en la prosperidad, ella en San Francisco, él en Filadelfia. Habían asistido a las escuelas privadas más exclusivas y se habían movido en los círculos más selectos. Cal no había sido secuestrado con siete años, desde luego; como la mayoría de la gente, por otro lado.

La gargantilla le apretaba el cuello. Susannah oyó el sonido lejano de una cortadora de césped e imaginó la contrariedad de su padre cuando se diera cuenta de que, para realizar su labor, el jardinero de la finca colindante había escogido precisamente esa hora concreta de un sábado por la tarde. Le irritaría que a ella no se le hubiera ocurrido mandar una nota a los vecinos.

El brazo de Cal rozó el de Susannah cuando esta llegaba al altar.

—Estás preciosa —le susurró. Al sonreír, se acentuaron las bronceadas arrugas de las comisuras de los ojos.

El pastor se aclaró la voz y empezó a hablar.

—Queridos hermanos...

Susannah sabía que al casarse con Cal estaba haciendo lo correcto. Siempre hacía lo correcto. Era un hombre maduro y considerado. Sería el marido perfecto. Sin embargo, el nudo de amargura que había estado formándosele dentro se negaba a aflojarse.

—¿Quién entrega a esta mujer para que se case con este hombre?

—Yo. —Los rasgos duros y nobles de Joel Faulconer se vieron suavizados por la intensa expresión de orgullo paterno que asomó en su boca al transferir la mano de ella desde su brazo al de Cal. Retrocedió, y Susannah le oyó tomar asiento en la segunda hilera de sillas.

El sonido de la cortadora de césped crecía en intensidad.

La dama de honor cogió el ramo de novia, y Susannah deslizó la mano discretamente al cuello. Enlazó la gargantilla de la familia Bennett con el dedo índice y la separó un poco de la piel. Cal escuchaba con atención las palabras del pastor y no se dio cuenta.

—Yo, Calvin James Theroux, te tomo, Susannah Bennett Faulconer...

El ruido de la cortadora de césped era ya tan fuerte que los otros habían comenzado a notarlo. Cal movía la nariz como si hubiera percibido un tufillo desagradable. Susannah permaneció tranquila, la mirada firme, la mente agitada.

De pronto reparó en que el ruido no procedía de una cortadora de césped sino de algo totalmente distinto.

Tomó aire y se quedó lívida. Ahora el pastor hablaba con Susannah, que era incapaz de concentrarse. El ruido estaba cada vez más cerca, rodeaba la casa e iba directamente hacia los jardines. Cal se volvió para mirar, el sacerdote dejó de hablar. Susannah notó que se le humedecía la piel bajo los pechos.

Y entonces sucedió. La tranquila elegancia de los jardines de los Faulconer se hizo añicos cuando apareció en escena una negra y enorme moto Harley-Davidson de dos motores, con su fuerte y vulgar rugido.

La motocicleta recorrió a toda pastilla el cuidadísimo césped y dejó atrás una estatua de Andrómeda. El grito del piloto resonó por encima del ruido del motor, un grito primitivo, atávico.

—¡Suzie!

Susannah se dio la vuelta con una exclamación ahogada. Empezó a latirle el pulso en el cuello.

Su padre se levantó de un salto y dejó la silla torcida. Cal le rodeó la muñeca con su mano protectora. La moto se paró de golpe en el extremo más alejado de la alfombra que ella había recorrido hacía unos instantes. La rueda delantera arrugó la tela impoluta.

«No —pensó ella—. Esto no es real. Es solo una pesadilla. Otra pesadilla y nada más.»

—¡Su-zie!

El hombre llevaba una cazadora negra de cuero y vaqueros azules, que, sentado a horcajadas, le marcaban los muslos. Tenía los ojos oscuros y penetrantes y los pómulos altos y prominentes de un comanche de pura sangre, aunque parecía más mediterráneo que indio. La piel era aceitunada, la boca fina, casi cruel. La brisa de la bahía de San Francisco le agarraba y le apartaba de la cara la larga cabellera, que ondeaba suelta y libre como una bandera.

—¿Qué pasa, Suzie? ¿Se te olvidó mandarme la invitación? —Su voz ascendía por encima del estruendo de la Harley, y sus ojos oscuros e hipnotizadores perforaban la piel de Susannah.

De los invitados surgió un murmullo, una expresión de atropello, de asombro, de placer horrorizado por ser testigos de una escena tan escandalosa. ¿Podía ese individuo ser amigo de Susannah? A nadie le cabía eso en la cabeza. Uno de los ligues de Paige, vale, pero de Susannah no, desde luego.

Al fondo, Susannah era vagamente consciente del «oh, Dios mío, oh, Dios mío» que repetía su dama de honor entre dientes una y otra vez, a modo de mantra. Se sorprendió a sí misma agarrándose al brazo de Cal como si fuera su salvavidas. Intentó hablar, pero no hubo manera de articular las palabras adecuadas. Se puso a tirar de la gargantilla, y en su afán de quitársela del cuello los largos y aristocráticos dedos empezaron a temblarle.

—No lo hagas, Suzie —dijo el hombre de la moto.

—¡Oiga! —chilló el padre mientras intentaba abandonar la hilera de sillas de hierro forjado y sortear las guirnaldas que las acordonaban.

Susannah se sentía tan angustiada que ni siquiera podía pensar en el bochorno que estaba pasando delante de los invitados, la humillación personal por lo que ocurría. Mantén el control, se decía a sí misma. Pase lo que pase, mantén el control.

El hombre de la motocicleta extendió la mano hacia ella.

—Ven conmigo.

—Susannah —dijo Cal a su espalda—. Susannah, ¿quién es ese tipo?

—¡Llamen a la policía! —exclamó alguien.

El hombre de la Harley seguía con la mano extendida.

—Vamos, Suzie. Súbete a la parte de atrás de la moto.

La gargantilla de la familia Bennett cedió al tirón de los dedos de Susannah, y las perlas cayeron a la tela blanca que había sido dispuesta para la ceremonia, llegando algunas incluso a rodar hasta la hierba. Era el día de su boda, pensó Susannah, alborotada. ¿Cómo podía ser que el día de su boda se produjera un suceso tan vulgar e indecoroso? La abuela se habría sentido abatida.

El brazo del motociclista cortó el aire en un gesto despectivo que abarcó el jardín y a los invitados.

—¿Te vas a pasar la vida organizando fiestas o vendrás conmigo a incendiar el mundo?

Susannah se soltó de Cal y se tapó los oídos con las manos..., un gesto sorprendente y extraño en la recatada Susannah Faulconer. De su garganta brotaron unas palabras atropelladas:

—¡Vete! ¡No voy a escucharte! —Y entonces empezó a apartarse del altar, intentando separarse de todos.

—Sígueme, pequeña —dijo él con voz suave—. Deja todo esto y vente conmigo. —Sus ojos estaban hipnotizándola, querían atraer su atención—. Súbete a la moto, niña. Súbete a la moto y sígueme.

—No. —La voz de Susannah sonaba asfixiada y apagada—. No, no lo haré.

Él era un rufián, un renegado. Ella llevaba años con su vida perfectamente controlada. Lo había hecho todo como debía hacerse, había respetado todas las normas sin cometer un solo desliz. ¿Por qué pasaba ahora eso? ¿Cómo es que su vida se había desbocado tan de repente?

Tras ella estaba el seguro y estable Cal Theroux, su alma gemela, el hombre que mantenía los demonios a raya. Delante, un astuto buscavidas montado en una Harley-Davidson. Movida por un impulso, Susannah apartó la vista de ambos y miró a su hermana solo para verle el semblante petrificado. Paige no le ayudaría. Paige no ayudaba nunca.

Susannah se agarró el cuello, pero la gargantilla ya no estaba. El viejo miedo volvía a atenazarla, y una vez más se vio a sí misma arrastrada al horror de aquel día de primavera de 1958, el día en que se convirtió en la niña más famosa de América.

Los recuerdos la envolvieron amenazando con paralizarla. Y entonces reparó en que su padre había dejado la fila de silla y reunió todas las fuerzas que pudo para ahuyentar el pasado. Solo disponía de un instante, de un fragmento infinitesimal de tiempo para actuar antes de que su padre dominara la situación.

Calvin Theroux estaba de pie a su lado, prometiéndole amor, seguridad y bienestar. A su izquierda, un mesías en moto no le prometía nada. Con un grito débil, la pudorosa Susannah Faulconer eligió su destino.

Libro I. LA VISIÓN

Libro I

LA VISIÓN

Sea cual fuere tu sueño, comiénzalo. La audacia tiene genio, poder y magia.

GOETHE

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