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CANADIANA

Juan Claudio de Ramón  

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Fragmento

De los pueblos felices

El barrio de Nuevo Edimburgo, en Ottawa, consta, en sentido estricto, de cinco largas calles paralelas y de ocho más cortas que las cruzan de forma ortogonal, además de las muchas y recoletas callejuelas que corren en paralelo por la parte trasera de las casas, y que Magda y yo llegamos a conocer de memoria. Son las lane o ruelle, según indica la pulcra señalización bilingüe de la ciudad. Al este, el barrio limita con el Stanley Park, en la margen del río Rideau; desde la explanada del parque son visibles los esbeltos enrejados del puente Minto, que, pintados en blanco, se funden en invierno con la nieve depositada en la superficie helada del río, y en verano se recortan como una celosía contra el cielo. Los jardines de Rideau Hall, residencia del gobernador general, sirven de frondosa frontera al oeste y permiten decir a los vecinos cosas delicadas y elegantes como «Salgo a pasear por los jardines del gobernador» (o «de la gobernadora», si el cargo recae en mujer). Predominan en el distrito las construcciones de madera, sin que falten casas regias de ladrillo o piedra. Las más vistosas tienen porche y veranda, las más comunes un pórtico techado y las más pobres ni lo uno ni lo otro. Casi todas disponen de un pequeño jardín trasero y ninguna de piscina, como corresponde a un barrio de estricta clase media. Como buen vecindario protestante, los salones que dan a la calle raramente se cubren con una cortina. Hay una peluquería, una tienda de comida pretenciosa y poco útil, el taller de una pintora, una escuela de danza, un parque con columpios, dos pistas de tenis bien cuidadas y cuatro iglesias de culto reformado. No hay semáforos: los coches circulan lentamente; no así las ardillas, que van dando saltitos taquigráficos con la repentina y fulminante velocidad de un estenotipista.

En esa pequeña, bucólica y monótona cuadrícula, más campestre que urbana, viví con mi mujer cuatro años y cinco inviernos (el último nos pareció tan atroz que lo contamos dos veces). Estaba destinado en la embajada de España, ubicada a escasa distancia, en el número 74 de Stanley Avenue. A veces se hacía difícil distinguir la paz del tedio, y es justo decir que disfrutamos de ambas circunstancias en abundancia. Con frecuencia, caminando en soledad por el barrio —y como el nuestro hay miles en todo Canadá—, sin más distracción que el trino de los pájaros o el relajante crujir de la nieve, recordaba lo que había dicho Hegel: los pueblos felices no tienen historia. Es posible que así sea. De lo que no cabe duda es de que no tienen quien escriba sobre ellos. Sin menoscabo de una copiosa producción propia, la literatura sobre Canadá escrita por extranjeros es reducida y el conocimiento que se tiene en el resto del mundo de uno de los países más exitosos surgidos en la Edad Moderna, prácticamente nulo.

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Minto Bridges en invierno, Ottawa.

¿Quién, en efecto, podría interesarse por la historia de este próspero peaceful kingdom, aparentemente desprovisto de drama y de conflicto? Pero en mis cuatro años como diplomático español en Canadá descubrí que sí había, intercalada entre el «érase una vez» y el «fueron felices para siempre», una valiosa peripecia de la que dar noticia. Una epopeya, acaso discreta, pero epopeya al cabo. Una historia inmerecidamente inédita en España y en Europa, y que pensé que yo podía contar después de haber viajado «de un océano a otro» del segundo país más grande del mundo. Hay, así, en las páginas que siguen, un propósito divulgador, pero también uno íntimo y biográfico. Canadá ha sido un hito fundamental en mi formación moral e intelectual. Lo visto y aprendido allí ha modelado mis ideas sobre el buen gobierno y la vida en sociedad, y también sobre el tipo de políticas que hacen que un país prospere o fracase, permanezca unido o se separe. Dice la letra de una canción que al lugar donde se ha sido feliz no se debe tratar de volver. Hasta que llegue el momento de desoír este sabio precepto para nostálgicos, me propuse escribir para no olvidar lo vivido. Que es, supongo, para lo que siempre se escribe.

Paisaje con sillas

Es frecuente en Canadá, al doblar un camino, en coche o a pie, encontrar en la ribera de un lago un pequeño atracadero, o en la tranquila avenida de un suburbio, una veranda o pérgola, en los que alguien puso un par de sillas de madera. Con frecuencia son ese tipo de sillas llamadas muskoka —en Estados Unidos se usa más el término adirondack— de tablones ensamblados, anchos reposabrazos y un respaldo que se abre como un abanico. Lo característico de la estampa, que tantas veces vi repetida cuando vivía en ese inmenso país, y sin importar la estación, es que nadie está sentado en ellas. Como en la pausa de un ensayo, el decorado de una obra, como si en lugar de Godot, a quienes esperáramos fuera a Vladimir y Estragón, el viajero se siente siempre tentado —al menos, a mí me ocurría— a hacer un alto en el camino y sentarse, puesto que nadie más lo hace. Pasar la tarde en el atracadero de la casa en el lago, en el porche, veranda o pérgola de la casita suburbial, leyendo, pescando o conversando, arrellanado en una de esas estupendas butacas de carpintero —bastante cómodas, por cierto— que parecen carecer de dueño.

Aquellas sillas, en un escenario tranquilo, frente a la naturaleza callada, se convirtieron en mi imagen predilecta de Canadá. Siempre que las veía completaba con mi imaginación la escena: una pareja de viejecitos en animosa charla, un matrimonio que observa el juego de sus hijos, una muchacha envuelta en una manta mientras sostiene un libro o un cigarrillo; escenas de las cuales, yo, forastero de paso por esa región, hubiera querido ser protagonista. Y me preguntaba por qué nadie se encarnaba en aquel momento para hacer realidad ese dulce vivir horaciano de mi imaginación.

Una de las explicaciones es el frío, claro. Durante los largos meses de invierno, ni la más potente estufa puede hacer agradable salir a leer al aire libre. El resto del año, en cambio, la explicación no hay que buscarla en el clima, sino en el espacio. Canadá es el segundo país más grande del mundo, por detrás de Rusia. Pero si uno considera su población y dónde se concentra, resulta ser un país muy pequeño: apenas lo habitan treinta y seis millones de personas, una muy pequeña porción de los siete mil millones de seres humanos que pueblan la Tierra, menos que en California. Además, de esos treinta y seis millones, el 90 por ciento vive a una distancia no mayor de doscientos kilómetros de la frontera con Estados Unidos. De ambas coordenadas resulta una densidad de población ridícula, menos de cuatro almas por kilómetro cuadrado. En el Gran Norte de Canadá, el trozo de mundo que hay por encima del paralelo 60º, y que administrativamente comprende los Territorios del Noroeste, el Yukón y Nunavut, cada habitante dispondría si quisiera de 37 kilómetros cuadrados para él solo. En Nunavut el espacio se muestra aún más munificente: 31.000 habitantes en 2,1 millones de kilómetros cuadrados salen a unos 65 kilómetros cuadrados por barba. En las provincias más pobladas y cálidas del sur, como Ontario o Quebec, el espacio se contrae un poco, pero apenas se nota. En Ontario, la más populosa, trece millones de ontarians podrían prorratearse el territorio y cada uno solo tendría que compartir su parcela de un kilómetro cuadrado, con su bosque y lago, con otros trece vecinos. Teniendo en cuenta estas magni

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