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CANCIONES DE AMOR EN LOLITA'S CLUB

Juan Marsé  

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Fragmento

1

—El comportamiento de un cadáver en el mar es imprevisible.

Eso fue lo que declaró el capitán del Alhambra II, y ahora Valentín lo recuerda repitiendo en voz alta las misteriosas palabras y barruntando lo mismo que entonces, cuando leyó la entrevista en la prensa: mummmm, los viejos marinos son supersticiosos y dicen cosas raras, pero ¡puñeta, qué manera tan pertinente de referirse a la pobre Desirée! Ciertamente el capitán parecía conocer a la muchacha mucho mejor que los que la habían comprado y vendido, gozado y maltratado en vida.

Mecido por una familiar sinfonía de suspiros y gemidos sexuales, mientras avanza por el pasillo sosteniendo en alto la bandeja con una sola mano, tal si hubiera sido experimentado camarero toda su vida, Valentín siente agitarse bajo sus pies el mar profundo y tenebroso y el flujo caprichoso y helado de las corrientes. Qué lejos alcanza el entendimiento de la gente del mar, se dice. En cambio, yo aquí, bobo de mí, ¿cómo no supe leer en los ojos celestes de Desirée lo que iba a pasar? ¿Cómo no supe ver lo que haría una muchacha tan decidida a romperse en mil pedazos por dentro y por fuera? ¿No lo intentó ya una vez con pastillas? ¿Por qué nadie en esta casa acertó a verla en lo peor, después de que se la llevaran llorando y a la fuerza? Verla, por ejemplo, arañándose las muñecas y paseando como enjaulada por la cubierta del barco con la misma desesperada crispación que se movía aquí, en la pista azul del club y en el tirabuzón de la escalera de caracol, o en su propia habitación, viendo a los hombres desnudarse o vestirse noche tras noche con sus celestes ojos desleídos, casi blancos… Hoy hace tres meses.

Los dorados cabellos de Desi ondulando entre las algas. ¿Quién dijo que todos los caminos van a dar a la mar…? ¿O no se dice así? Hoy hace tres meses, recuerda: sus braguitas con puntillas secándose al sol en los alambres de la azotea del club, transparentando el mar cercano y quieto que se la llevó. Se trata de un cadáver a la deriva, señores, dijo el capitán. La sirena del paquebote a lo lejos, reclamando el cuerpo a través de la niebla.

—Hoy hace tres meses.

Bajo una noche sin luna navega en alta mar el Alhambra II cubriendo la ruta Barcelona-Palma. Desirée se acerca descalza y muy despacio a la barandilla de babor, pongamos por caso, aunque da lo mismo un sitio que otro, porque ella ya no está en ese barco ni en este mundo, ya no es consciente de nada, y se para sin saber que se ha parado rodeada de mar y de olvido, rinde la cabeza sobre el pecho y se inclina sobre el abismo. Abajo rompen las olas y liberan una leve espuma, pero sus ojos azules se clavan obsesivamente en las negras aguas. Lejos, adonde ella no quiere ir, la otra espuma de los acantilados la está esperando. A ver, esa sonrisa.

Y la siguiente pregunta del periodista, que mereció la misma respuesta. ¿Cómo se explica usted que el cuerpo de la ahogada haya aparecido al día siguiente a treinta millas del punto donde se arrojó por la borda? El comportamiento de un cadáver en el mar es imprevisible, señor. A ver, esa sonrisa. Un pasajero muy locuaz, un hombre altísimo cargado de espaldas y con la cabeza pequeña, como un pájaro ensimismado, declaraba también que esa misma noche la muchacha se le acercó en cubierta para entablar conversación, y que inmediatamente él supo que era una prostituta por el modo de mirarle. A la bragueta, señor, directamente a la bragueta. Que fumaba un porro, y que seguramente era colombiana, añadió, como el hombre que embarcó con ella, y del que nunca más se supo, por cierto. Cuando el barco atracó en Palma, desapareció.

El veterano capitán de la compañía Transmediterránea recordaba que la joven tenía los ojos azules y lucía una mariposa roja y amarilla estampada en el hombro derecho, pero añadió que cuando su cuerpo fue hallado veinticuatro horas después flotando al pie de los acantilados, tan lejos del punto donde se tiró al agua, sus ojos eran verdes y la mariposa estaba en su pecho izquierdo y tenía las alas grises. El mar hace su trabajo, señor. El viejo marino puede simular ignorancia o puede mentir por discreción o por compasión, pe

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