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CANCIONES Y RECUERDOS (PACK CON FUIMOS CANCIONES | SEREMOS RECUERDOS)

Elísabet Benavent  

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Fragmento

1. «Old days», Ingrid Michaelson

El maldito reencuentro

La felicidad era aquello. Aquella copa de cerveza helada que sostenía en la mano derecha y que cuando llegó a la mesa estaba tan fría que hizo que, al tacto, me dolieran las yemas de los dedos. Las patatas tirando a rancias cuyo exceso de aceite nos empeñábamos en limpiar con esas servilletas satinadas y rotuladas con un «Gracias por su visita» tan poco efectivas. El plato de aceitunas que nos habíamos comido, como si lleváramos dos meses sin probar bocado, en el mismo momento en el que tocó la mesa y que yacía moribundo lleno de huesecitos mordisqueados. Lo dicho…, la gloria.

Aquel sentimiento de felicidad total había comenzado con el hecho de que Moët Chandon hubiera organizado una fiesta lo suficientemente glamurosa como para que Pipa decidiera que, después de hacerle un par de (cientos de) fotos en el photocall y posados robados en la entrada acristalada del hotel Santo Mauro, podía tomarme la tarde libre. Tarde libre que empezó a las siete, un horario más que digno para salir de trabajar en una jornada normal…, pero lo normal no es normal si lo normaliza la maldita Pipa, la blogger/influencer/instagramer de moda y tendencias más importante de España…, y mi jefa. Pero, de todas maneras, yo no era una persona con mucha inclinación a quejarse…

Así que, en resumidas cuentas, la felicidad para mí en aquel momento era pasar ese ratito de jueves en la Cafetería Santander, junto a la plaza de Santa Bárbara, con mis dos mejores amigas y, de paso, presenciar la conversación que estaban teniendo que, de absurda, era deliciosa.

—¡Venga ya, Adri! —exclamó Jimena, a la que la cerveza había eliminado el controlador de volumen de voz—. ¿Me lo estás diciendo en serio?

—Claro —contestó esta indignada—. Lo que me sorprende es que tú veas tanto porno como para tener un actor preferido.

—No veo «tanto porno». Veo el normal.

—Maca. —Adriana me miró con sus ojitos de gata—. ¿A que tú también piensas como yo?

—No. —Me reí avergonzada—. Yo también veo porno.

—Youporn, Porntube, Xvideos… —enumeró Jimena.

—¡Lo estás diciendo porque te sabe mal dejarla sola en esto! —me increpó con una sonrisa.

—No, en este caso no —negué—. Te lo prometo.

—Pero… ¿como para tener un actor porno preferido?

—Uhm…, sí. —Me eché a reír—. Pero admito que hacen falta más caras bonitas en la industria del porno.

—¿En serio miras sus caras? —se burló Jimena.

—Todo puntúa. Pero, Adri, aclárame una cosa… —y se lo pregunté porque sabía que me iba a hacer mucha gracia su respuesta—, ¿por qué te resulta tan extraño lo del porno?

—Porque tiene un tomate seco por libido, ya te contesto yo.

Adri hizo volar su media melena pelirroja cuando se giró hacia Jimena con cara de pocas amigas.

—No sé qué sentido tiene llenarse la boca de libertad, igualdad y fraternidad si luego me vas a juzgar por no tener el mismo apetito sexual que tú.

—¡Ni el mismo ni distinto! ¡Es que no tienes!

—¡Sí tengo! —gritó—. Llevo casada casi cinco años con Julián y te recuerdo que es…

—«Un acróbata del sexo, la estrella del Circo del Sol de la cama» —me adelanté yo.

—Y está bastante bueno; lo dice todo el mundo —insistió Adriana.

—Si no te digo que no, pero… tú cumples, Adri, no follas —siguió diciendo Jimena.

—¿Y tú qué sabrás? ¡Me estoy cabreando!

—Calma, gladiadoras —intercedí.

—Sé lo que me cuentas. Y tampoco es que yo sea una…, ¿cómo era?

—Acróbata del sexo —puntualicé de nuevo.

—Eso. Que hago lo que puedo y cuando puedo, pero por eso mismo el porno. Me pica, me rasco y, luego…, a dormir.

—No os vais a poner de acuerdo en la vida —sentencié.

—¿Sabes en qué vamos a estar todas de acuerdo? —Jimena se apoyó en la mesa y sonrió con su cara de cría—. En pedir tres cervezas más.

—Amén. Pero las últimas —advertí—. Mañana Pipa tiene que…

—Pi-pi-pi, pa-pa-pa —canturrearon las dos. Siempre lo hacían cuando sacaba a colación el trabajo para escaquearme.

Adri nos instó a terminar las cervezas, se levantó y fue hacia la barra con las jarritas vacías.

—¡Pídele algo de tapa, que me va a dar un cólico! —renegó Jimena que después se volvió hacia mí y sonrió—. Me encanta escandalizarla.

—Un día te va a pegar.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—Me fascinaría. Tanto o más como el hecho de que mantengas el pintalabios perfecto a estas horas.

—Me lo retoco cada vez que os giráis —me burlé.

Mis labios pintados de rojo eran, desde que cumplí los dieciocho, una de mis marcas de identidad, junto a mi melena morena (a veces rizada, a veces lisa) y mis ojos, subrayados de manera habitual por mi propensión a las ojeras. Desde hacía años, además, era fiel a un solo color de carmín que, por miedo a que la marca lo retirara del mercado, almacenaba de cinco en cinco en mi cajón de la ropa interior. Mis labios eran Ruby Woo y Ruby Woo era mis labios. A veces podía no llevar absolutamente nada más en la cara, pero sin hidratante y pintalabios, me sentía desnuda. Pero no había secretos: a fuerza de aplicarlo todos los días, ya sabía cuándo necesitaba un retoque.

—Oye. —Volví a llamar su atención—. Y aparte del porno…, ¿novedades?

—Lo del porno no es una novedad. Pero no. En el curro todo igual, es decir…, bien. Liados ya con los preparativos de la Feria del Libro. Estoy emocionada, ¿sabes?

Jimena trabaja en una pequeña editorial como editora de un sello especializado en temas paranormales. Le viene al pelo porque, a pesar de su pinta de niña buena, es la novia de la muerte. Por aquel entonces, llevaba cuatro años seguidos disfrazándose de la Novia Cadáver en Carnavales, siempre le gustaron las historias de fantasmas y tiene una relación con el Más Allá un tanto especial…

—Me refería a tu vida personal —le corté cuando ya empezaba a enumerar las razones por las que el libro que acababa de editar sobre casas embrujadas era el mejor del mercado—. ¿Te acuerdas de lo que es eso?

—¿Y tú?

—¿Yo? —Me reí—. Por partida doble, chata. Por tener, tengo dos: una con mi jefa y otra con Coque.

—Con lo de Pipa voy a darte la razón: es una relación…, una relación enfermiza.

—Qué bien…, soy polígama —bromeé mientras miraba de reojo el teléfono móvil que había dejado sobre la mesa con la esperanza de que se iluminara.

—Coque no es tu novio —apuntó cansina—. Es el señor feudal y tú, la vasalla. Lo vuestro no es un noviazgo…, es la Edad Media.

—No digas esas cosas —me quejé—. Coque y yo nos entendemos bien.

—¿En serio entiendes a ese tío? —preguntó con desdén.

—Claro que sí. Estamos en la misma onda.

—No te lo crees ni tú. —Sonrió con malicia—. Pero te hace el culo Pepsicola, así que dices a todo que sí.

—¡No es verdad! —me quejé—. ¡Hoy repartes para todo el mundo, eh!

—Yo solo digo que eso no os va a llevar a ningún lado. Lo de Pipa, sin embargo, lo veo más serio.

Levanté la mirada y la vi sonriendo burlona.

—Pipa es el amor de mi vida. —Opté por seguirle el rollo—. Me llama a todas horas para saber dónde estoy y con quién, no quiere separarse nunca de mí, me lleva de viaje a sitios en los que nunca puedo disfrutar y…, uhm…, en mi último cumpleaños me regaló un Apple Watch para que estuviera más atenta a sus correos, wasaps y llamadas que, por cierto, un día me pidió prestado y que aún no me ha devuelto.

Jimena me miró con cara de cordero degollado y fingió pegarse un tiro en la boca.

—Necesitamos divertirnos más —aseguró cuando aparecieron las cervezas seguidas de los traslúcidos bracitos de Adriana, que no podía estar más pálida.

—Hasta podríais enamoraros, fíjate tú —añadió esta.

—Dijo la mujer más apasionada de todos los tiempos.

—Fuera coñas. —Adriana se sentó junto a Jimena y nos sonrió con un toque de condescendencia—. Mucho burlaros de mí, pero yo tengo la vida solucionada, chatas: trabajo, amigas, amor…, y vosotras…

—¿Podéis dejar de ningunear a Coque, por favor? —pedí.

—Coque no cuenta —se quejó la pelirroja—. No es tu novio.

—¡Porque tú lo digas! Además… ¡qué manía de ponerle a lo que tenemos el nombre que os sale de la pepitoria! Ya sabremos él y yo lo que somos, ¿no?

—¡Venga! Lo último amoroso que habéis vivido fue el achuchón que os dio ese tío que regalaba abrazos en la calle Fuencarral.

—Es que los daba muy bien —se justificó Jimena.

—Lo que tú quieras, pero tendríais que salir más. Conocer chicos. No sé. Somos jóvenes. Sois inteligentes, divertidas…

—¿Cuándo va a decir guapas? —Me reí.

—Guapas también, pedazo de superficial. ¡Enamoraos y hagamos cenas de parejas!

—¡¡Uh!! Cena de parejas. Estoy loca de ganas —ironicé.

—El amor es para los que tienen esperanza —sentenció Jimena, de pronto muy seria—. Cuando has conocido al amor de tu vida y la muerte te lo ha arrebatado, esa palabra suena hueca.

—Oh, Dios, el ataque del amante muerto —musité acercándome la jarra helada de cerveza que volvió a simbolizar la felicidad suprema.

—¿Digo alguna mentira? ¿No conocí al amor de mi vida y se mató?

—Jime, por enésima vez: tenías dieciséis años, estabas muy enamorada y sí, el pobre Santi murió, pero… no tienes ni idea de cómo habría sido. Si te habría hecho feliz, si te hubiera seguido atrayendo físicamente, si…

—Sé perfectamente —anunció Jimena de nuevo con ese rictus que se le dibuja en la cara cuando cree que está diciendo algo trascendental y completamente cierto— que habríamos sido felices, que los tíos con los que me he cruzado…

—Los tíos con los que te has cruzado han sido desechados con mano férrea después de que decidieras que «no eran tan graciosos como Santi», «no besaban como Santi», «no te veías con ellos en el futuro, como con Santi» o… vete tú a saber qué «como Santi».

—Santi solo hubo uno y ya no está. Lo que pueda encontrar por el mundo no será más que un sucedáneo.

—O un hombre hecho y derecho al que ya le haya salido el bigote —murmuré.

—¡Maca! ¡Tú deberías entenderme! ¡Conociste a Santi! ¡Era lo más! —se quejó.

—Era lo más… a principios de los dos mil. Han pasado un porrón de años.

—¿Sabéis cuál es el problema? —intentó añadir.

—Sí. Que no han traído nada de tapa —Adriana pronunció la guinda final.

A las diez de la noche, cuando me despedí de ellas con la promesa de ser puntual a nuestra cita del día siguiente, maldije mentalmente la decisión de que otra cervecita no era mala idea. Claro que lo era. Me sabía la boca amarga, tenía el estómago un poco revuelto de tanto líquido y tan poco sólido y a la mañana siguiente tendría resaca. Y Pipa lo notaría. Y me martirizaría por ello. A no ser que se pasase bebiendo champán, se levantara tarde y me dejara el alma tranquila parte de la mañana.

Iba pensando en eso mientras cruzaba la plaza de Santa Bárbara; en eso y en lo cómodos que eran los zapatos de tacón que tuve que comprar porque mi jefa consideró, en voz alta y delante de mí, que ir siempre en zapato plano era una ordinariez (y «más con tu estatura», añadió). Desde luego, siempre tuve razones para defender que como hermana pequeña, me habían tocado los restos genéticos: mi hermano era alto, bastante fornido y muy guapetón; yo, sin embargo, no llegaba al metro sesenta, en vez de tetas tenía dos kikos y cuando no bebo suficiente agua, soy la viva imagen de la Santa Compaña. Los tacones, estuviera de acuerdo o no con la afirmación de Pipa, no me iban mal para reafirmarme.

La temperatura era agradable, así que decidí andar hasta la parada de metro de Gran Vía, desde donde podría ir directa a la de Pacífico, que quedaba cerca de mi casa, sin transbordos. Esos días de abril estaban resultando cálidos sin exceso, y Madrid siempre está precioso en esta época del año. Quizá nosotros, los que no somos de aquí, seamos más sensibles a la belleza de la ciudad cuando se despereza y se quita las prendas de frío con las que se vistió durante el invierno.

Se escuchaba el vocerío de un montón de jóvenes que, tal vez tuviesen clase por la mañana, pero estaban centrados en empezar la noche. Algunas parejas cruzaban la plaza cogidas de la mano, seguro que de camino a Lady Madonna o a Dray Martina a cenar algo rico y bien presentado. Dos chicos jóvenes, uno con una guitarra española y otro con un violín, tocaban una personalísima versión del tango de «Roxanne», de la banda sonora de la película Moulin Rouge, y me acordé de Coque.

Dios…, cómo me gustaba Coque. Qué loco estaba. Cuánto pasaba de mí. ¿Me gustaría tanto por eso?

Saqué el teléfono móvil y le mandé un wasap con un mensaje tonto y desenfadado. El día anterior me dijo, al despedirnos en la puerta de su casa, que me llamaría para hacer algo el viernes, pero era jueves por la noche, aún no me había escrito y yo me había acordado de que tenía una cita ineludible con las chicas al día siguiente. No es que me extrañara demasiado su falta de noticias, la verdad; con Coque las cosas solían ser así, pero… me encantaba. Todo él. Nos reíamos juntos, me hacía sentir especial (cuando se dignaba a prestarme atención) y en la cama era…, era una máquina de matar. Estaba convencida de decir la verdad cuando aseguraba que nosotros nos entendíamos. Me gustaba él y la libertad que nos regalaba aquel acuerdo tácito de relación, pero… un poco más de interés por su parte no hubiera estado mal.

Chato, mañana tengo lo del tattoo con las chicas.

Si quieres que nos veamos, tendrá que ser después.

Un coche pitó con un sonido estridente e histérico al pasar demasiado cerca de mí y me sobresalté al darme cuenta de que mientras escribía en mi teléfono móvil, me había ido aproximando demasiado a la calzada. Me separé un par de pasos y esperé para ver la notificación de recibo de mi mensaje. Pronto aparecieron los dos tics que se pusieron en azul en un segundo, pero Coque se desconectó. Me mordí el labio fastidiada (aquellos gestos siempre me hacían sentir «el rival más débil»), guardé el móvil y me acerqué al paso de peatones para cruzar hacia la otra acera.

El poco viento que barría las calles me movió el pelo, y sentí un cosquilleo en mi nuca que, poco a poco, fue descendiendo hacia mi estómago hasta convertirse en un vacío. Aquel malestar podía deberse a muchas cosas: demasiada cerveza sin apenas comer, la seguridad de que Coque contestaría cuando le saliera del pepe sin tener en cuenta que yo necesitaba programarme o… quizá algo que había visto por el rabillo del ojo, pero no había llegado a identificar. Algo que estaba a punto de destapar la caja de Pandora de unos recuerdos antiguos.

Me giré hacia la izquierda, hacia las terrazas que se extendían por toda la plaza: un par de franquicias de comida rápida atestadas de gente; la entrada del hotel Petit Palace; la puerta de El Junco, donde me encanta ir a escuchar música en directo; la terraza del Boulevard, donde nunca me atendieron demasiado bien y, de pronto…, el perfil de una cara conocida y su larga melena castaña. Raquel…, una compañera de profesión de Pipa, mi jefa, a la que apreciaba con sinceridad, estaba sentada en una de las mesas de la terraza. Y es que cuando hablo de Pipa, hablo exclusivamente de ella, no de su profesión. Su trabajo era joven y a veces incomprendido, pero ella era tonta perdida; ninguna de las dos cosas era extensible a la otra.

Diría que Raquel y yo nos movíamos continuamente sobre la estrecha línea que separa «ser conocidas que se caen bien» de ser «colegas», de modo que me alegré de verla allí sentada y, tan ingenua como siempre, me dirigí hacia ella para saludarla.

Me faltaban apenas seis o siete pasos para llegar hasta Raquel cuando choqué con una barrera invisible, que me hizo parar en seco y lanzó un peso imaginario hacia el centro de mi pecho. Mi cuerpo se negó a seguir andando. Si hubiera podido reaccionar, habría dado media vuelta y corrido hacia el metro, pero además de estar paralizada, no tenía escapatoria. Raquel me había visto y me saludaba con la mano, sonriente. Vi que movía la boca, pero no escuché lo que me decía. Estábamos lo suficientemente cerca como para que pudiera escucharla, pero… no oía nada. Ni a ella ni a Madrid. Era como si todos contuvieran la respiración conmigo. Se había roto el tango de «Roxanne» y las cuerdas de los instrumentos que la tocaban. No crepitaba el asfalto bajo las ruedas de los coches porque ni siquiera había coches. Solo existía mi respiración, como si llevara puesta una escafandra. Hasta Raquel dejó de estar allí, sentada frente a él, en aquella mesa. ÉL. Eso era lo único que veía. ÉL y nada más.

Pelo castaño desordenado, esas arruguitas de expresión junto a su boca, el cuello esbelto pero fuerte, su postura elegantemente relajada en la silla donde, incluso sentado, llamaba la atención su altura. ÉL. Era ÉL. Allí. Recién sacado del pasado y dejado caer sobre un presente en el que no lo esperaba y no pegaba nada.

Un flash. Una cascada de imágenes sin orden ni concierto chorreándome por dentro, hasta calarme. El último verano que pasamos juntos. Su pelo entre mis dedos, de noche, con la luz de una farola naranja que se colaba entre las rendijas de la persiana como única iluminación. El verano en el que me enseñó a nadar, cuando yo tenía seis años y él, ocho. La bronca. Las broncas. Su piel suave y color canela después de tanto sol cuando era adolescente. Sus mejillas rasposas cuando creció. Su boca pegada a la mía, demandante, soberbia, nunca tan mía como suya. Mis manos subiendo su camiseta la primera vez que desnudé a un chico. Los recuerdos, en tropel, acudiendo a mi garganta.

No recordaba cuándo fue la última vez que lo vi. Miento. Lo recordaba perfectamente. El 11 de junio de 2014. La enésima pelea. La última, me prometió cuando me volví completamente loca y le empujé entre lágrimas y gritos. Aquella noche él llevaba un polo negro y unos vaqueros oscuros. No se había peinado con demasiado esmero. Yo tampoco me arreglé. No era una cita. Él dijo: «Sube un momento a mi casa», y yo lo hice al volver de mi trabajo en la perfumería. Llevaba puesto mi vestido verde, ese que tanto me gustaba y que tiré dos días después de aquella noche. La noche en que me jodió la vida y me partió el futuro en dos.

La lengua me acarició el paladar, como si quisiera decir su nombre, pero no me atreví porque una vez dicho no se podía desdecir; porque una vez me tocaba, tardaba en irse la huella; porque una vez me besaba, no tenía nada de lo que fue Macarena, pero sí todo lo que fuimos. Todo lo que pudimos ser.

Raquel se levantó para saludarme y él lo hizo también con un ademán educado mientras se abrochaba el botón de la americana. No sé cuándo me vio. Estaba tan paralizada que ni siquiera me di cuenta, pero no había duda de que me había reconocido; sus ojos color miel estaban fijos en mí y mordía con disimulo su labio inferior, que siempre fue un poco más grueso que el superior. Lo hacía cuando estaba incómodo. Socialmente, siempre fue mucho más hábil que yo, más… «polite», pero era fácil adivinar que en aquel momento nuestras cabezas se hacían la misma pregunta: «¿Qué coño hace aquí?».

Los detalles. En los detalles espera agazapada siempre la verdad. En la mesa había un botellín de cerveza y una copa de vino blanco. Los teléfonos móviles debían estar guardados en el bolsillo y el bolso. Nada que reclamara su atención. Solo ellos dos. Cara a cara. Era… ¿una cita? ¿De qué se conocían? ¿Por qué?

—¡Maca! —exclamó Raquel en un intento de traerme de vuelta del viaje cósmico que estaba viviendo y se echó a reír.

Claro. Seguro que se fijó en su preciosa melena castaña, brillante, y en la seguridad con la que se movía. Raquel era guapa y carismática; sabía lo que quería, y a él le encantaban las chicas así…, las que no tiran de su falda hacia abajo cuando se han puesto una minifalda. Creo que soy la única morena en su historial de conquistas porque, quizá, nunca fui eso mismo…, una conquista. Nosotros siempre fuimos una batalla perdida de antemano. El talón de Aquiles del otro; la debilidad y la fortaleza entrelazadas. Algo que uno no busca poder repetir.

Di unos pasos más sin poder mirarlo y cogí aire.

—Hola, Raquel.

—¿Qué haces por aquí? Te hacía en la fiesta de Möet —comentó sin poder evitar echar un vistazo hacia ÉL, que seguía de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Qué va. Hoy Pipa se valía sola. Mucho glamour para mí, me temo. ¿Y tú? Pensaba que irías.

—No. —Sonrió—. Tenía plan…

—Ya… —Venga, había llegado el momento de lo difícil—. Hola.

—Hola, Macarena.

No lo esperaba, pero su voz me dolió, certera y afilada, como una puñalada. Se me secó la garganta y me obligué a humedecerme los labios.

—¿Qué tal? —respondí con un hilo de voz.

—Bien. ¿Y tú? Cuánto tiempo.

—¡No me lo puedo creer! ¿Os conocéis? —se sorprendió Raquel.

—Sí. De… hace un millón de años —añadió ÉL.

—De… otra vida.

Quise sonar despreocupada, pero creo que me quedé en eso, en desearlo. Raquel nos miró con el ceño levemente fruncido.

—Fuimos vecinos —aclaró ÉL.

—Sí. —Me quedé mirándolo sin poder evitar reprocharle en silencio que hubiera escogido la palabra «vecinos» de entre todas las que contenía el currículo de nuestro pasado—. Vecinos.

—¿Quieres sentarte? —me ofreció ella—. Estábamos a punto de pedir otra.

—Qué va. Voy con un poco de prisa. Pero gracias.

—¿Seguro?

Claro que estaba segura, pero aun así me atreví a mirarlo otra vez. Me pareció que suplicaba en silencio que no lo hiciera y casi me dieron ganas de reír.

—Seguro. De todas formas tenemos el mes cargadito de eventos; tendremos mil oportunidades de tomarnos algo.

—Sí. A ver si Pipa te da cuartelillo y podemos comer juntas un día. Oye, vas a Milán, ¿verdad? Tu jefa me estuvo preguntando qué vuelo cogía, pero al final fue imposible cuadrarlo. Vosotras voláis por la mañana, ¿no?

—El viernes que viene a primera hora —confirmé.

Silencio tenso. Tenía que irme. Si me quedaba unos minutos más presenciaría alguna mirada entre los dos…, vería cómo se miraban y me terminaría de quedar claro que aquella era una cita y que los recuerdos también pasaban de moda. Así que sonreí y me acerqué a darle dos besos a Raquel, que me dio una suerte de apretón en los hombros.

—Descansa, guapa —me dijo.

—Adiós, Maca.

—Adiós.

Me di la vuelta mirando mis zapatos y reanudé el paso con prisas, a trompicones, tropezándome con mis propios pies; a punto estuve de derribar una silla vacía. «Sigue andando, sigue andando, sigue andando. Y no te gires, por el amor de Dios, Macarena. No te gires», me decía a mí misma. Podía justificar todo cuanto hice por él en el pasado…, incluso para olvidarlo, pero en aquella casilla ya no cabían más palabras. Se había terminado.

«NO TE GIRES».

«NO TE GIRES».

«NO-TE-GI-RES».

Mierda, me giré.

Allí estaba, mirándome, como si los últimos tres años no hubieran existido, y estuviera viendo cómo me alejaba por primera vez. Tal y como pasó aquella noche de hacía ya un tiempo, su gesto no demostró ni una pizca de emoción. Era duro. Y bueno fingiendo serlo cuando no lo conseguía. Así que, a pesar de lo cerca que estuve de él toda mi vida y el tiempo que tuve para conocerlo, me fue imposible adivinar si su piel era ya impermeable a mi nombre o solo fingía.

En realidad… ¿importaba?

Me volví de nuevo hacia la calle Hortaleza, respiré profundamente y puse el piloto automático. Puto Leo. Cuánto lo odiaba. Cuánto lo quise.

2. «La piedra invisible», Izal

Mi debilidad

Hay cosas que, sinceramente, uno tiene que hacer cuando es joven. Más joven, entiéndeme. Con treinta y dos años aún tenía por delante mucho tiempo hasta encontrarme en ese día en el que eres demasiado viejo para morir joven. Me refiero a cuando eres un crío. Como dormir en un coche en verano y despertarte con el sol clavándose entre ceja y ceja. Agarrarte una borrachera lamentable de la que, además, alguien ha hecho fotos. Cambiar cien veces de grupo preferido. Besar a chicas en las que te fijaste por el corto de su falda. Y enamorarte. Pero de verdad. Como uno solo puede enamorarse cuando tiene dieciséis años. Hasta que te falta el aire si el sol hace brillar su pelo. Hasta creer que te mueres cuando ella no para tu mano después de decidir que a la mierda, que quieres recorrerla hasta aprenderte cada centímetro de su piel. La gente normal supera esa etapa…, crece, se desencanta, aprende. A mí me costó un poco más que a la media. Pasé muchos años besando a chicas en las que me fijaba por el corto de su falda porque no podía permitirme besar a la única que había hecho que me faltara el aire. Ella.

Romántico, ¿verdad? Claro. Esa es la parte más sensiblera del asunto. La parte funcional es que llevábamos tres años sin vernos porque terminamos fatal. Y no nos soportábamos. A pesar de habernos querido tanto. A pesar de que nadie en el mundo me pusiera tan cachondo. A pesar de que sonreír con ella llegó a ser un acto reflejo. No nos soportábamos. Para mí era una prueba con patas de mi debilidad y yo para ella…, un cabrón de mierda. Y probablemente estoy siendo benigno.

Había bajado la guardia, la verdad…, y allí estaba. Cuando menos la esperaba.

Hacía tres años que no la veía. La última noche que quedamos, ELLA llevaba un vestido verde con un escote en la espalda que me enloquecía. «La que con verde se atreve, por guapa se tiene», le susurraba yo en el oído a la mínima ocasión cada vez que se lo ponía, y ELLA solía girarse hacia mí y sonreír con esos labios eternamente pintados de rojo. Pero aquella noche no se lo dije porque la situación era tensa; quizá todo hubiera cambiado si le hubiera susurrado aquella broma; no lo hic

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