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CARTAS A MI AMOR IMPOSIBLE

Luna Dueñas  

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Fragmento

Capítulo 1

Octubre, 2015

Una rubia oxigenada clava su mirada en mí, sentada tras un caro y reluciente mostrador de mármol gris y negro donde hay un cartel que reza “G&M, S.A” mientras yo camino hacia ella intentando mantener una sonrisa, que más parece que esté grapada en mi rostro a que me salga de manera natural. La he forzado tantos días sin sentirla realmente, que ya me estoy acostumbrado a ella. La rubia me mira como hacen todos los empleados de las empresas a las que entro con currículos en mano y con cara casi suplicante de que me den un empleo. Ya he visto esa mirada muchas veces, como diciendo: “Date la vuelta, no tienes nada que hacer aquí”.

—¿Puedo ayudarle en algo? —me pregunta con falsa amabilidad, porque ya sabe lo que se le viene encima y quiere acabar con ello cuanto antes.

Trago saliva e intento que mi voz suene lo más firme y profesional posible.

—Sí, em… me gustaría dejar mi currículo. —Casi puedo leer cómo una excusa para no coger estos dos trozos de papel, se forma en su mente y viaja a su boca.

—Lo siento, no los aceptamos en mano. Te daré el correo de la empresa, puedes enviarnos tus datos ahí. —Me sonríe como si me hubiese solucionado la vida y la rabia de nuevo se apodera de mí.

—Es que prefiero entregarlo así, ¿sabe? —Entrecierro los ojos y le muestro otra sonrisa forzada en respuesta.

—Y yo le digo que no aceptamos currículos de esa forma. —Ella aprieta la mandíbula.

—Solo le pido que me coja este trozo de papel, tírelo si quiere luego, pero por favor —le suplico—, solo acéptelo. Échele un vistazo. Haré cualquier cosa: suplencias, limpiar, traer cafés, me da igual…

—Lo siento, señorita, de verdad que no puedo ofrecerle otra opción. Política de la empresa. Será mejor que se marche.

—Por favor…

—Es política de la empresa —repite malhumorada.

—Política de la empresa. Ya veo… —susurro dolida.

¡A la mierda las políticas! Solo es una excusa para deshacerse de mí rápidamente y no tener que leer mi perfil, como había sucedido ya en las diez empresas que había visitado en esta mañana. Me tiende una tarjeta de negocio donde aparecen todos los datos y me vuelve a sonreír mientras me insta a irme, señalando amablemente la dirección a la puerta.

Y estoy a punto de hacerlo, pero me vuelvo a girar para mirarla a los ojos y reúno toda esa rabia acumulada que tengo desde las ocho de la mañana para hacer lo que hago.

—Gracias por venir. Puedes marcharte —me vuelve a decir con fingido tono de amabilidad.

Levanto la tarjeta y la hago una bola con mi mano delante de sus narices. Luego se la tiro y le doy en toda la frente con ella. ¡Diana! Ella me mira como si estuviese loca. Una loca de remate. Quizá no esté tan equivocada al pensar eso.

Una mueca de asombro se dibuja en sus labios y me mira con los ojos bien abiertos y llenos de rabia.

—¿Qué se cree…? —comienza a preguntar indignada.

—¿Sabe qué? —lo corto—. Pueden meterse su “política” por donde nunca les da la luz.

Su asombro va a más y yo decido que por hoy es suficiente el verle la cara a estúpidos, así que salgo de la famosa empresa textil y camino hasta el bullicioso parque central donde me siento en un banquito de madera descascarillado, lleno de grafitis, insultos y juramentos de amor marcados en negro.

—¡Aw! —emito un sonido gutural de rabia y pataleo levemente sobre el suelo mientras me paso las manos por mi corto, ondulado y negro pelo.

Unos niños que se lo estaban pasando pipa en el columpio más cercano, de repente se detienen y me observan como si se fuesen a echar a llorar ante la visión de tal monstruo gritón.

—Sí —les digo—. Esto es lo que les pasa a los adultos. Sed felices ahora que podéis, a partir de los veintitrés ¡vuestra vida se irá al traste!

Ellos solo se limitan a mirarme sin inmutarse, pero el más pequeño pronto comienza a hacer pucheros, por lo que su madre me lanza una mirada desaprobadora y se los lleva lejos de la loca de los currículos.

Dos años, ¡dos años desde que acabé la maldita carrera de administración! Y aún nadie me contrata porque “no tienes experiencia en la materia”, la frase preferida de todos. Dos años que han hecho que realmente llegue a odiar mi carrera. Bueno, de todas formas no me gustaba desde un principio, pero se suponía que tenía salidas, ¿no? Se suponía que los empresarios se iban a tirar cual vampiros sedientos a reclutarme como si fuese la mayor joya que habían visto en su vida. Me pregunto si valió la pena todos esos años estudiando números aburridos en vez de dedicarlos a mi verdadera vocación de ser escritora.

Cierro los ojos y me dejo caer con la cabeza hacia atrás en el respaldo del banco. Casi me echo a llorar de la rabia, cuando una bonita banda sonora instrumental llena mis oídos. Saco mi teléfono de mi recién estrenado bolso azul, y veo que es Paula la que me llama.

—Menuda aventura en el dentista. ¡Casi no puedo ni hablar con esta cosa! —murmura a través del aparato y su voz me llega rara, gangosa y dolorida.

A pesar de que llevo un día asqueroso, consigue sacarme una débil sonrisa. Paula es una de mis mejores amigas, lo que se diría una amiga de toda la vida, hemos crecido juntas, junto a Carla, Miriam y Ruth.

Las cinco éramos inseparables, nos pasábamos las tardes fuera de casa, sentadas en la calles atiborrándonos de chuches (cosa que me hizo ponerme como una vaca y cosa que afortunadamente ya he resuelto) y riendo como cinco locas a las que no les importaba nada, solo el estar juntas, hablar de chicos, cotillear y pasarlo bien. Nunca pensé en aquel entonces lo mucho que iba a echar de menos ahora, con veinticinco años, esos bonitos ratos despreocupados de adolescencia. Por desgracia la vida de adultas ha llamado a nuestra puerta, y ya no todo es lo que era, aquí en Villazul, nuestro pueblo natal al sur de España.

—¿Ya te han puesto la ortodoncia? ¿Qué tal con ella?

—Bueno… es raro… muy raro… y… —Paula titubea—… no puedo cerrar bien la boca. ¡Qué largos se me van a hacer los años con esto puesto!

—Piensa que es por una buena causa, y quedarás estupenda.

—¿Y a ti? ¿Cómo te ha ido? —Apenas entiendo lo que dice, pero logro intuir su pregunta.

—Las mismas excusas, las mismas caras de pena. Y regreso al piso con los mismos currículos con los que salí de él. Es un asco.

—Bueno, no desesperes —me anima.

Sí, eso he creído toda mi vida. Que si tienes la paciencia de saber esperar lo que te corresponde vendrá a ti, pero sinceramente, empiezo a dejar de creer en ello. También llevaba veinticinco años esperando por el amor de mi vida y se ve que tampoco sabía venir solo. Ni él, ni el trabajo que necesito desesperadamente para dejar de sentirme como un despojo de persona y una inútil. Quiero que mis padres se sientan orgullosos de mí. Quiero sentir que yo también puedo ser independiente, valiente y útil.

Quiero encajar en algún lado. Formar parte de algo.

Un trueno me saca de mis cavilaciones y de mi conversación con Paula. Miro al cielo que se tiñe de un negro gris intenso, casi negro.

—Creo que va a empezar a diluviar, te hablo por Facebook cuando llegue a casa.

Cuelgo, comienzo a recoger todos mis papeles y carpetas, me pongo el bolso a modo bandolera y me apresuro todo lo que puedo hacia el piso del centro en el que vivo. A pesar de mis prisas, cuando una diminuta gota brilla sobre la superficie de plástico rosa de la carpeta, sé que vaticina mi desgracia. El cielo comienza a descargar su ira y nos empapa a todos los viandantes, la gente corre de aquí para allá como hormigas que huyen de algún peligro que no pueden controlar y buscan refugio con necesidad, empapando cada centímetro de nuestros cuerpos. En mi carrera casi a ciegas, choco contra un chico de amables ojos marrones que busca también protegerse de la lluvia, como todos.

—Lo siento —logro murmurar sin verle bien la cara, antes de que ambos retomemos nuestros caminos.

Él sigue corriendo en su dirección. Y bueno, por mi parte, como siempre mi suerte me detiene en un semáforo donde tengo que esperar un eterno minuto calándome hasta los huesos a que cambie a luz verde para poder cruzar. A pesar de mis intentos por proteger los currículos, estos se acaban empapando, así que suspiro molesta, resignada y los tiro con rabia a la papelera más cercana. Más dinero tirado.

Puedo sentir ya cómo el agua helada se filtra por mi falda de vuelo negra, por mi camisa blanca y por mis botines de ante. Y en vez de correr, me quedo ahí, mirando al cielo mientras las gotas de lluvia me empapan la cara, me calan hasta los huesos. Pensando en que sí, si quizá este es mi destino, tengo que resignarme a que nada de lo que he soñado se cumpla algún día. Todo quedará en sueños imposibles.

Tengo que soportar estoica la tormenta. Justo como lo estoy haciendo ahora.

Capítulo 2

Los chicos dejan de comer en cuanto entro al piso chorreando agua y poniéndolo todo perdido. Tengo el maquillaje destrozado y el pelo pegado a la cara y a la clavícula.

—Llama a Íker Jiménez, ¡creo que la niña del pozo acaba de hacer aparición en nuestra casa! —la broma de Leo hace reír también a Raúl, que está a punto de expulsar su comida por la boca por culpa del chiste.

Ambos se parten de risa mientras yo suelto mis llaves en la mesita del recibidor, y camino hasta el comedor, dejando un rastro de agua a mi paso. Reconozco que la broma tiene su gracia, pero estoy demasiado empapada y malhumorada como para unirme a ellos. Cuando me dejo caer en el amplio sofá rojo y me quedo mirando a la nada, ambos dejan de reír y me miran preocupados. Leo enseguida viene a sentarse junto a mí. Él siempre ha sido el más cariñoso de los dos, es una persona muy cálida y agradable. No me arrepiento de compartir piso y gastos con dos chicos gay de veinte años, a los que la vida les sonríe y todo en su mundo es rosa. Es bueno que me transmitan ese color de vez en cuando a mí también.

—¿No ha habido suerte? —me pregunta con un tono amable mientras me acaricia el brazo en señal de consuelo.

Niego con la cabeza y suspiro. Esto hace que más gotas salpiquen al suelo.

—Bueno, Lara, quizá es que los sitios a los que has ido hoy no son para ti. No te hundas, ya vendrá algo, te lo prometo.

Asiento ahora y lo miro sonriéndole. Leo tiene unos bonitos ojos azules y un estupendo y bien cuidado pelo castaño perfectamente engominado en un tupé. Con ese aspecto de angelito, es imposible no sucumbir a su positividad y sus palabras. Todo lo contrario a Raúl, que siempre ha sido un chico más reservado. Sus ojos verdosos siempre suelen mirar al suelo y no es muy hablador que digamos. No es mala persona, es solo que no tiene la labia que tiene su compañero de estudios.

—Gracias, Leo. Tu siempre tan positivo. —Le doy una palmadita en el hombro.

—Luego te pasaré la factura. —Me sonríe burlón. Se levanta y vuelve a atacar su plato de comida—. He hecho unos filetes con queso, ¿te unes?

—No, no me apetece comer ahora. —Me pongo de pie y señalo el pasillo—. Iré a darme una ducha y a intentar escribir algo, si es que puedo.

—Claro, ¡trabaja en tu bestseller y déjanos con la boca abierta! —Me guiña el ojo y cambia su atención de nuevo a la televisión donde le comienza a comentar a Raúl lo horrorosa que se ve una pobre chica tras un cambio de imagen.

Yo camino a lo largo del pasillo, hasta que las paredes verdes manzana de mi cuarto me dan la bienvenida. Dejo la carpeta en mi pequeño escritorio de madera, sobre el cual solo descansan una lamparita, un mp3, varios libros que estoy leyendo y un ordenador portátil que utilizo a menudo. Quiero ser escritora, sí, aunque ese sueño, como los demás, tampoco sea nada fácil, más bien es algo así como imposible. Pero crear historias me hace feliz, en esos mundos ficticios que creo puedo ser libre, puedo vivir todo lo que no me ocurre en el mundo real, todo lo que no me atrevo a decir. Escribir es una especie de forma de salir de esta jaula que es mi vida, así que escribo sin parar, esperando que algún día estas historias que a mí me hacen feliz, puedan hacer feliz a mucha gente más.

Tras una ducha calentita y una charla con mis padres por teléfono, me paso el resto del día sentada frente al ordenador, con un sándwich y un té. Quiero empezar a escribir una nueva novela, pero me falta inspiración, me quedo bloqueada. He intentado más de doce comienzos diferentes para mi nueva historia, pero ninguno acaba de convencerme. Ninguno acaba de… cuajar. A las doce de la noche y tras dar las buenas noches a mis pequeños, Leo y Raúl, decido meterme en la cama. Mañana será otro duro día de reparto de currículos, así que será mejor que un buen sueño reparador me devuelva las ganas de salir por esa puerta y seguir luchando por mi lugar en el mundo. El

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