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CASI LA LUNA

Alice Sebold  

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Fragmento

1

A fin de cuentas, matar a mi madre resultó sencillo. La demencia, cuando se precipita, logra de algún modo revelar el alma de la persona afectada por ella. El alma de mi madre estaba corrompida como el agua salobre que llevara semanas en el fondo de un jarrón con flores. Era hermosa cuando mi padre la conoció y aún conservaba la capacidad de amar cuando se convirtió en mi madre a una edad avanzada, pero en el momento en que aquel día levantó la vista para mirarme, nada de eso tuvo la menor importancia.

Si no hubiera descolgado el auricular, la señora Castle, la desafortunada vecina de mi madre, habría seguido llamando a los números de emergencia de la lista que colgaba del frigorífico color almendra de mi madre. Sin embargo, no había pasado ni una hora y ya me encontraba regresando a toda prisa a la casa en que había nacido.

Era una fría mañana de octubre. Cuando llegué mi madre estaba sentada muy derecha en su sillón de orejas, envuelta en un chal de mohair, murmurando para sí. La señora Castle me dijo que mi madre no la había reconocido cuando le había llevado el periódico aquella mañana.

–Ha intentado cerrarme la puerta en las narices –dijo la señora Castle–. Gritaba como si la estuvieran escaldando. Ha sido una escena de lo más lamentable.

Mi madre, aquella presencia totémica, estaba sentada en el sillón de orejas tapizado en rojo y blanco en el que había pasado las más de dos décadas transcurridas desde la muerte de mi padre. Había envejecido lentamente en aquel sillón, dedicada primero a la lectura y a hacer punto, y después, cuando la vista comenzó a fallarle, a ver programas de la televisión pública desde el amanecer hasta que se quedaba dormida después de la cena. De un año o dos a esta parte se sentaba en el sillón y ni siquiera se molestaba en encender el televisor. Se colocaba en el regazo las madejas de hilo embrollado que mi hija mayor, Emily, seguía mandándole cada año por Navidad y las acariciaba como algunas ancianas deben de acariciar a sus gatos.

Le di las gracias a la señora Castle y le aseguré que me ocuparía de todo.

–Ya va siendo hora –dijo, volviéndose para mirarme desde la entrada–. Es terrible el tiempo que lleva sola en esta casa.

–Lo sé –respondí, y cerré la puerta.

La señora Castle descendió los escalones del porche de mi madre cargada con tres platos de distinto tamaño que había encontrado en la cocina y que según ella le pertenecían. No lo dudé. Los vecinos de mi madre eran una bendición. Cuando era pequeña, mi madre solía arremeter contra la iglesia ortodoxa griega que había al final de la calle, llamando a sus feligreses, sin motivo coherente, «esos estúpidos polacos enfervorizados». Sin embargo, eran aquellas personas quienes, haciendo honor a su reputación, siempre se ocuparon de que a la anciana cascarrabias que llevaba toda la vida en aquella casa destartalada no le faltara la comida ni la ropa. Y si de vez en cuando alguien le robaba, tampoco era de extrañar; al fin y al cabo no era seguro que una mujer viviera sola.

«Entre estas paredes vive gente», me había dicho en más de una ocasión, pero hasta que descubrí un preservativo junto a mi cama de niña no até cabos. Manny, un chico que de vez en cuando hacía reparaciones en casa de mi madre, invitaba a chicas y las subía a las habitaciones. Entonces hablé con la señora Castle e hice cambiar la cerradura. Yo no tenía la culpa de que mi madre se negara a marcharse.

–Madre –dije, como solo yo, su única hija, tenía derecho a llamarla. Levantó la vista y sonrió.

–Puta.

Lo curioso de la demencia es que en ocasiones da la sensación de que el enfermo tiene acceso directo a la verdad, parece que pudiera ver a través de la piel debajo de la que te escondes.

–Madre, soy Helen.

–¡Ya sé quién eres! –espetó.

Sus manos se aferraban a los brazos del sillón y observé la fuerza con que se asía a ellos, su estallido de enfado convertido en garras involuntarias.

–Me alegro –respondí.

Permanecí de pie durante unos segundos hasta sentir que ya habíamos sentado las bases. Ella era mi madre y yo su hija. Pensé que a partir de ese momento podíamos seguir adelante con otro de nuestros habituales incómodos encuentros.

Caminé hasta las ventanas y comencé a levantar las persianas que unas bandas de tela cada día más deshilachadas mantenían unidas. Fuera, el jardín de mi infancia estaba tan abandonado que me costó reconocer las formas originales de árboles y arbustos, aquellos lugares en los que había jugado con otros niños antes de que el comportamiento de mi madre comenzara a ser conocido más allá de los límites de nuestra casa.

–Me roba –dijo mi madre.

Le daba la espalda. Miraba una enredadera que se había encaramado al enorme abeto que se erguía en un rincón del jardín y había invadido el cobertizo donde mi padre se había dedicado alguna vez a la carpintería. En aquel lugar siempre era el hombre más feliz del mundo. En mis días más oscuros solía imaginarlo allí, lijando con esmero los globos de madera por los que había aparcado todos sus otros proyectos.

–¿Quién te roba?

–Esa bruja.

Sabía que se refería a la señora Castle. La mujer que se aseguraba a diario de que mi madre despertara. La que le llevaba el Philadelphia Inquirer y no pocas veces cortaba flores de su jardín y las colocaba en jarras de plástico para el té helado que no se romperían en caso de que mi madre las volcara.

–No es verdad –dije–. La señora Castle es una mujer encantadora que cuida mucho de ti.

–¿Qué ha sido de mi tazón azul de Pigeon Forge?

Sabía de qué tazón hablaba y caí en la cuenta de que llevaba semanas sin verlo. Cuando era niña siempre estuvo lleno de lo que yo tenía por comida aprisionada: almendras y nueces de Brasil, y avellanas que mi padre se encargaba de cascar y extraer con un pequeño tenedor.

–Se lo regalé, madre –mentí.

–¿Que hiciste qué?

–Se porta de maravilla y sabía que le gustaba, así que se lo regalé un día mientras dormías la siesta.

«La ayuda no cae del cielo –sentí ganas de decirle–. Esa gente no te debe nada.»

Mi madre me miró.

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