Loading...

CASTILLA PARA ISABEL (LOS REYES CATóLICOS 1)

Jean Plaidy  

0


Fragmento

Título original: Castile for Isabella

Traducción: Isabel Ugarte

1.ª edición: junio, 2014

© 2013 by Jean Plaidy

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 11616-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-807-0

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

1

La huída a Arévalo

El Alcázar se alzaba en lo alto de un risco desde donde se podían ver a lo lejos los picos de la Sierra de Guadarrama y la llanura, regada por el río Manzanares. Era una imponente masa de piedra que había ido elevándose en torno a lo que una vez fuera una poderosa fortaleza erigida por los moros cuando conquistaron España. Ahora, era uno de los palacios de los reyes de Castilla.

Ante una de las ventanas del palacio, una niña de cuatro años permanecía inmóvil, mirando los picos coronados de nieve de las montañas, a lo lejos, sin que la impresionara sin embargo la magnificencia del paisaje, pues estaba pensando en lo que sucedía del lado de adentro de las murallas de granito.

La pequeña tenía miedo, pero no lo traslucía. Sus ojos azules eran serenos; aun siendo tan pequeña, había aprendido ya a ocultar sus emociones, y sabía que el miedo era lo que más había que esconder.

En el palacio sucedía algo extraordinario, y, además, muy alarmante. Isabel se estremeció.

En los aposentos reales se habían producido muchas idas y venidas, y la niña había oído cómo los mensajeros que atravesaban presurosos los patios se detenían para hablar en susurros con otras personas que estaban en los salones y sacudían la cabeza como si presintieran un horrible desastre, o presentaban ese aire de inquietud que —ella ya lo sabía— significaba que tal vez fuesen portadores de malas noticias.

No se atrevía a preguntar qué era lo que sucedía, porque una pregunta así podría provocar un reproche que sería una afrenta a su dignidad. Y ella debía recordar constantemente su dignidad, decía su madre.

—Recuerda siempre —había dicho más de una vez la reina Isabel a su hija—, que si tu hermanastro Enrique muriera sin dejar herederos, tu hermanito Alfonso sería Rey de Castilla; y si Alfonso muriera sin dejar descendencia, tú, Isabel, serías reina de Castilla. El trono sería tuyo de derecho, y que la desgracia caiga sobre quien intentara arrebatártelo.

La pequeña Isabel recordaba que su madre había sacudido los puños firmemente cerrados, que todo el cuerpo se le había estremecido y que ella había sentido deseos de gritar: “Por favor, Alteza, no habléis de esas cosas”, pero no se había atrevido. Tenía miedo de todo lo que pudiera alterar a su madre, porque cuando la reina se alteraba aparecía en ella algo terrorífico.

—Piensa en eso, hija mía —seguía diciéndole—. Es algo que nunca debes olvidar. Y cuando te sientas tentada de obrar de un modo que no sea el mejor, pregúntate a ti misma si eso es digno de quien puede ser un día reina de Castilla.

—Sí, Alteza, lo recordaré —contestaba siempre Isabel en esas ocasiones—. Lo recordaré.

Habría prometido cualquier cosa con tal de que su madre dejara de sacudir los puños, con tal de no ver en sus ojos esa mirada enloquecida.

Y por eso lo tenía siempre presente, porque cada vez que sentía la tentación de perder los estribos, o incluso de expresarse con demasiada libertad, se le aparecía la imagen de su madre cuando era presa de esas aterradoras actitudes histéricas, y no necesitaba nada más para dominarse.

Jamás permitía que su abundante pelo castaño estuviera en desorden, sus ojos azules se mantenían siempre serenos, y ya estaba aprendiendo a caminar como si llevara una corona sobre la cabeza.

—La infanta Isabel es muy buena —decían los sirvientes en el cuarto de los niños—, pero sería más natural si aprendiera a ser un poco humana.

—Yo no tengo que aprender a ser humana. Lo que debo aprender es a ser reina, porque a eso puedo llegar un día —habría podido explicarles Isabel, si hacerlo no hubiera menoscabado su dignidad.

En ese momento, a pesar de lo ansiosa que estaba por saber el motivo de la tensión que se percibía en el palacio, y de tantas idas y venidas, de tantas miradas expectantes en los ojos de cortesanos y mensajeros, no preguntó nada: se limitó a escuchar.

Escuchando se conseguía mucho. Isabel no había visto el fin del gran Álvaro de Luna, el amigo de su padre, pero había oído que lo pasearon por las calles, vestido como un delincuente común, y que el pueblo, que antes lo odiaba tanto que había pedido su muerte, había vertido lágrimas al ver caído a un hombre semejante. Había oído hablar de la forma en que subió al cadalso, con su porte sereno y la misma dignidad que exhibía cuando llegaba al palacio a entrevistarse con el padre de Isabel, el Rey de Castilla. Sabía que el verdugo había hundido el cuchillo en la orgullosa garganta para seccionar esa noble cabeza, sabía que habían cortado el cadáver en pedazos, para que al verlo el pueblo se estremeciera, para que recordaran c

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta