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CENTURIO

Massimiliano Colombo  

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Fragmento

I

Tiro

Mensis Martius 81 a. C.

Antes de entrar en la tienda, el centurión observó el sol que desaparecía a occidente entre los humos pálidos de los fuegos del campamento. Se desató el cingulum, que tintineó con triste alegría, lo colgó junto con el gladio en el mástil de la estructura y se dejó caer sobre el banco de campaña.

Apoyó los codos sobre las rodillas, se cogió la cabeza entre las manos y se precipitó en el abismo de sus recuerdos. Sombras, rostros y sensaciones se persiguieron dibujando un torbellino de emociones y sentimientos. El corazón latía con lentitud, pero resonaba como un tambor en su mente. La melancolía hizo más profunda la respiración. Una especie de dolor irreal le oprimió el pecho. Era la pesadumbre, que llegaba para hacerle compañía cada vez que se encontraba solo, sofocando cada pensamiento como un río que subía hasta la garganta.

Cerró los ojos con fuerza y trató de convencerse de que lo mejor, lo único que le quedaba, era aprender a aceptar la situación. Quizá no todo en la vida debía tener un sentido.

–Centurio.

Abrió los ojos de golpe, parpadeando varias veces hacia la luz deslumbrante que contrastaba con la imponente silueta del soldado, firme en el acceso a la tienda.

–He traído el arcón que me has pedido.

El oficial asintió.

–Déjalo allí –dijo, señalando un rincón cercano al catre de campaña.

Con un último esfuerzo el legionario dejó delicadamente el arcón en el suelo y dirigió la mirada a su superior a la espera de nuevas instrucciones.

–Gracias, Valerio, puedes irte.

El miles saludó y salió de la tienda, agitando a su paso la débil llama del candil que iluminaba el interior. Los ojos del centurión se concentraron en el objeto que surgió de la oscuridad en cuanto la mirada se habituó a la penumbra.

Al acercarse al baúl, que parecía temblar a la luz de la lámpara, lo cubrió con su sombra. Apoyó la rodilla en el suelo, rozó con las yemas de los dedos la tapa y estudió si había alguna manera de abrirla sin romperla. Una placa de bronce ornamental rodeaba la cerradura, que estaba cubierta por una extraña agarradera asegurada a una bisagra. Daba la impresión de que no le quedaba más remedio que forzarla.

Con el gladio y un poco de destreza el hombre trató de levantar el cerrojo sin estropear todo el bagaje. Al final la madera cedi­ó al hierro y, con un chasquido seco y un bufido de polvo, la cerradura saltó liberando el seguro.

El centurión posó el gladio en el suelo y tras un instante de vacilación abrió la tapa. En la penumbra los dedos acariciaron un tejido de pesada lana cocida, un sagum y una capa militar que, sin duda, había visto jornadas más gloriosas antes de ser míseramente destinada a custodiar el contenido del arcón.

Las manos se deslizaron, cautas, entre los objetos amontonados en el interior de aquel envoltorio suave, del que emergió primero un bellísimo vaso cilíndrico de vidrio, brillante e intacto, que tenía estampadas gotas con las puntas hacia abajo. El oficial miró el reflejo iridiscente de la luz que se filtraba a través de aquella magnífica obra antes de apoyarlo con cuidado sobre la mesa de campaña. Después encontró una bolsa de cuero y sacó el contenido, que emitió entre los dedos un tintineo sordo. Era un colla­r de aspec­to sobrio, formado por dos pares de cadenitas de punt­o en forma de ocho, unidas por dos tachas de fina factura. Se qued­ó mirándolo con la mente perdida en los recuerdos. Sostuvo entre las manos aquella joya familiar, demorándose, antes de guardarla y hurgar entre los demás objetos, entre ellos una falcata, espada ibérica de hoja curva. El oficial la empuñó con algo parecido al temor y la desenvainó haciendo centellear la hoja a la luz. Recorrió su filo con la mirada y la devolvió, con su siniestro brillo, a la funda, que acarició antes de ponerla sobre la mesa a su lado.

Luego fue el turno de un puñal con mango de hueso, un cinturón de desfile con colgantes de plata y la mitad de una tablilla de terracota en forma de mano con una inscripción, casi incomprensible, en celtíbero. Era una de las tesserae hospitales que garantizaban comida y alojamiento en una casa, una costumbre de las tribus locales que había causado más de una desgracia con los militares en Hispania. La sopesó en la palma de la mano antes de apretarla en el puño con una contracción involuntaria de la mandíbula y una respiración profunda.

A continuación encontró un equipo de aseo, con ampolla de aceite y dos estrígilos para limpiar el sudor y la suciedad, insertados en un mango para que no se perdieran.

Cogió entre las manos una escarcela de cuero, la sopesó y por el ruido dedujo que debía de contener monedas. Extrajo una y la levantó para examinarla a la luz de la llama. La hizo girar un poco entre los dedos antes de devolverla a la escarcela y reconocer con el tacto la forma de otro objeto familiar, un glans. Lo observó con curiosidad; era extraño encontrar un proyectil de honda junt­o con unas monedas. Las yemas advirtieron algo sobre la cara del proyectil y el centurión lo levantó a la luz de la lámpara. «Q. Sertori pietas.» Una mueca melancólica se pintó en el rostro del oficial antes de que el proyectil de plomo le resbalara de la mano para dar, con un ruido sordo, en el arcón. Debía de haber golpeado una caja. En efecto, en el fondo encontró un estuche cilíndrico y lo cogió. Lo abrió: guardaba unos rollos.

Indagó con curiosidad el sillubos, una especie de cupón en pergamino cuya numeración indicaba cuál era el primer rollo. Lo extrajo y, apartando la cabeza para que la luz cayera mejor sobre el texto, leyó:

Fijo estas notas en un rollo de papiro con la esperanza de poder, un día, entregarlas a mi querida madre y a mi hermana, honrando la memoria de mis antepasados y de mi difunto padre, hombre valeroso y justo.

En cambio, si este escrito os fuera entregado por otros, sabed que os he llevado siempre conmigo en cada instante y que vosotras habéis sido mi sostén en la dificultad del viaje. He afrontado esta prueba con coraje, sintiéndome dueño de la vida como si fuera un don huidizo de los dioses, un don que puede ser arrebatado en cualquier momento. Las Parcas son señoras incontrastables de nuestro destino: Cloto hila su tela dando la vida. Láquesis la desenrolla sobre el huso estableciendo el destino, pero Átropos la corta ineluctablemente a su gusto.

Dejó de buscar en el baúl, se levantó y se sentó en el banco apoyando el rollo sobre la mesa, bajo la incierta luz, pero sin apartar los ojos del pergamino.

Gallia Narbonensis

Mensis Martius del consulado de Cneo Cornelio Dolabela y Marco Tulio Decola.

Hemos montado el campamento a un día de marcha de las laderas de los Pirineos a la espera de la orden de encaminarnos hacia los pasos controlados por nuestros enemigos. Hemos llegado, atravesando la Galia Narbonense a las órdenes de Cayo Annio, el nuevo pretor de la Hispania Citerior, y de Valerio Flaco, futuro pretor de la Galia Ulterior.

Buena parte de los soldados de esta expedición son veteranos que han combatido contra Mario a las órdenes de Sila, pero para alcanzar los efectivos de cuatro legiones se ha debido enrolar a un gran número de reclutas en la Cispadana.

Los hombres han mantenido la moral alta durante la marcha y se han ocupado de levantar el campamento. Ahora, en cambio, instalados desde hace demasiado tiempo, muestran una inquietud que exaspera los ánimos. Hispania está más lejos de lo que parece y cuanto más tiempo pasa, el enemigo parece más fuerte. No queda sino animar a los hombres a la espera de que la situación se desbloquee.

–¡Golpea!

La vara azotó el aire frío antes de estrellarse en la hombrera de la coraza anillada del recluta.

–¡Más fuerte, y cúbrete con el escudo!

Un segundo golpe de vitis se abatió sobre la espalda del soldado, que contuvo un grito de dolor apretando los dientes, mientras pegaba con renovado odio el poste de madera que tenía delante.

–Eres lento, lento y previsible.

El muchacho asestó un violento estoque con la pesada espada de madera de entrenamiento.

–¡Más rápido y más fuerte! –aulló el centurión, rompiendo el vitis sobre la espalda del joven soldado, que dejó escapar un gruñido–. Dadme otro –dijo el oficial a su asistente, tirando el trozo de madera que le había quedado en la mano.

El recluta lanzó una mirada feroz a su superior, luego apretó con fuerza la mandíbula y dio el enésimo embate a aquel maldito poste que hacía las veces de enemigo. El violento golpe repercutió con dolor en la muñeca, haciéndole bajar la guardia.

–Nadie te ha dicho que te detengas –gritó el centurión antes de asestar una patada al escudo de mimbre, grande y pesado, sostenido sin fuerza. El borde del scutum pegó en la boca del muchacho, que se tambaleó con el labio sangrante–. Eres una nulidad, un inepto –aulló el oficial antes de arremeter contra el jove­n arrojándolo contra el grue

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