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CERBANTES EN LA CASA DE ÉBOLI

Álvaro Espina

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Fragmento

Prefacio del editor

 

 

 

El texto que hoy presento al lector es sin la menor duda un hallazgo bibliográfico de valor inestimable. Se trata del contenido manuscrito de una carpeta de cuero repujado hallada por los bomberos al terminar de derribar un muro adosado a la Puerta de España de la alcazaba de Orán que amenazaba desprenderse tras el terremoto del 6 de junio de 2008. El seísmo provocó el agrietamiento de una cortina de piedra tras la cual apareció un hueco en forma de hornacina que podría haber albergado antiguamente la imagen de un santo o de alguna de las muchas advocaciones de la Virgen a las que los sucesivos gobernadores y vicarios eclesiásticos españoles habían encomendado el lugar. Al derribar la cortina el cartapacio debió de caer a tierra y desencuadernarse. La policía local consideró que debía de haber permanecido escondido desde hacía tiempo en ese hueco del muro, cuya fábrica data de las obras de fortificación mandadas hacer por el Rey Católico tras la toma de Orán cinco siglos antes, siendo objeto después de sucesivas reformas para acondicionarla como residencia del gobernador y adaptarla al avance en las técnicas militares de ese siglo y el siguiente.(1)

Obviamente el material era de gran relevancia histórica por lo que, tras recomponerla y volver a atarla del mejor modo posible, la carpeta fue transferida al museo de antigüedades de la ciudad. En el estado en que actualmente se encuentra el legajo está protegido exteriormente por dos hojas de cordobán de estilo andalusí. El de la parte frontal, que tiene un incrustado de guadamecí, se mantuvo cosido aunque con grandes holguras a un buen número de pliegos del libro original —aproximadamente la cuarta parte—, mientras que los restantes se encuentran sueltos y agregados a continuación sin el menor orden aparente. Todo ello cerrado por el segundo cordobán, atado con cinta roja de balduque de color muy degradado y con varios nudos, fruto del apresurado esfuerzo de reparación que realizaron los bomberos.

El cartapacio lleva la signatura AZ-06/VI/2008 y permaneció sin llamar la atención en los almacenes del Museo Nacional Ahmed Zabana hasta que en el año 2011 fue inventariado por una becaria de la Universidad de Alicante que participaba en el programa especial dotado por la Casa Árabe de Madrid para preparar la conmemoración del cuarto centenario del desembarco en Orán de un gran contingente de moriscos expulsados de España, provenientes del Grao de Denia, inmortalizado en sendas pinturas de Vicent Mestre fechadas el año 1613. La ficha de la carpeta consiste en la siguiente descripción: «Siglo XVII: Manuscrito del Señor Ahmad Ibn al-ayyi, con anotaciones al margen de CHB». Como se verá, esta catalogación resultó ser sumamente acertada.

Recopilando documentación para escribir una autobiografía apócrifa de Miguel de Cervantes, al repasar los registros de aquel inventario colgados en una página web de la universidad alicantina se encontró aquella entrada y se anotó en una base de datos, simplemente por razón de la fecha y de la aparente contradicción entre el nombre del autor inequívocamente árabe y el tratamiento castellano de señor. Posteriormente, al procesar la base de datos con una aplicación diseñada para localizar concordancias entre las diferentes entradas, el programa asoció automáticamente este texto con un artículo del profesor Mahmud Sobh, de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en El País el 31 de diciembre de 2005 bajo el título «¿Quién fue Cide Hamete Benengeli?».

A primera vista se trataba de un error informático al que no se prestó mayor atención pero, al comprobar que la versión del programa utilizado indagaba también las coincidencias entre nombres encabezados con mayúsculas y sus correspondientes acrónimos, apareció la posibilidad de que la sigla CHB del registro del museo respondiese en realidad al nombre Cide Hamete Benengeli, autor arábigo imaginario al que Cervantes atribuyó la redacción original del Quijote, ya que —haciéndose eco de una antigua tradición hermenéutica— el profesor Sobh sostiene que el significado de Cide Hamete Benengeli (o Benelayli) es precisamente «Señor Ahmad Ibn al-ayyi», y su traducción al castellano no sería otra que «Señor Miguel Hijo del Ciervo», o sea, el nombre del propio Cervantes.

Por mucho que en la intencionalidad de Cervantes estuviera hacer esa especie de autoimputación críptica, no cabe descartar que el nombre tuviese también una referencia real, lo que haría todavía más verosímil la existencia del autor imaginario. El doctor Ismail El-Outmani, de la Universidad Mohamed V de Rabat, estableció con notables visos de veracidad que la persona de carne y hueso que le sirvió como referencia bien pudo ser Ahmad ben Qásim Al-Hayari al-Andalusi, conocido como Afuqqay al-Hayari en su versión arábiga y como Cide Hamete Bejarano en su acepción morisca (quizás por haber tenido por señor al duque de Béjar, a quien dedicó la primera parte del Quijote). A su alias —«berenjena»— se refiere Sancho Panza comentando que así apodaban a los moriscos toledanos,(2) inaugurando con ello una tónica por la que durante el siglo XVII el nombre Hamete había de convertirse en protagonista frecuente de comedias burlescas en el teatro barroco.(3)

Al-Hayari fue un erudito morisco granadino convocado por el arzobispo de esa ciudad para traducir el contenido de uno de los denominados «libros plúmbeos» hallado en la torre Turpiana en 1588. Estos libros reciben ese nombre por el hecho de haber sido encontrados en cajas de plomo escondidas en los huecos de los edificios andalusís, cuya «aparición» proliferó entre 1595 y 1598, aunque el rastro de Bejarano se pierde en España después de 1590, pasando a Marruecos y reapareciendo más tarde en Turquía como traductor oficial del sultán. La idea de imputarle la autoría del Quijote pudo sugerírsela a Cervantes el hecho de que los libros plúmbeos, en cuya interpretación al-Hayari rayaba en la excelencia (¡vaya usted a saber si no era él mismo autor de muchos de ellos!), fueran historias pseudoanónimas pretendidamente antiguas concebidas como superchería para apoderarse de la historia de la monarquía presentándola de modo favorable a los moriscos y para enaltecer la lengua árabe como propia de España. Desde este punto de vista el nombre Ben-enegeli querría decir en árabe «hijo de sangre no limpia», lo que reforzaría la imagen del Quijote como una «fantasía» de moriscos o cristianos nuevos, que Américo Castro simbolizó en el «conflicto del tocino», por la que el morisco Ricote, disfrazado de peregrino alemán, decide «exhibir un trozo de jamón, magro u óseo, para demostrar su condición no morisca y no judía», o sea, como salvoconducto de pureza de sangre.(4)

Si tiene suerte y trabaja intensamente, la vida de todo investigador queda marcada por algún momento especialmente feliz en que el corazón arranca a latir con fuerza y la vista se nubla en un arrebato de pura perplejidad. Algo así debió de sentir el biólogo colombiano Luis Parada al observar que las células responsables de la reproducción del cáncer son del mismo tipo que las células madre responsables de la creación de los tejidos normales. Sin pretender comparársele, el descubrimiento al que nos enfrentábamos podría resultar de importancia capital para la reconstrucción de la vida e ideas del autor del Quijote.

Si la intuición inicial se confirmaba, el nombre Ahmad Ibn al-ayyi habría sido tomado prestado del capítulo IX del Quijote y adoptado por un morisco expulsado, en sustitución de ese mismo nombre españolizado, probablemente con la finalidad de difuminar su identidad morisca en la nueva tierra de acogida, dominada también por la monarquía española, denominada por entonces «monarquía católica». Hay que tener en cuenta que, desde mucho antes de la expulsión, de entre la amplia mayoría de reos condenados por la Inquisición que resultaron ser moriscos, aquel nombre (trasposición morisca de Ahmad) venía figurando reiteradamente en sus actas. A título de ejemplo, en 1568 un Hamete, esclavo del veinticuatro Pedro Venegas, había permanecido cinco días en la prisión inquisitorial de Granada por sospechas de prácticas criptoislámicas; en 1571 un tal Diego Hernández confesó ante la Inquisición de Córdoba que practicaba en secreto bajo el nombre de Hamete la religión mahometana y el ramadán, y en 1591 Melchior Megezí (alias Hamete Zamar), morisco bautizado natural de Benahaziz, en el alfoz de Marbella, fue relajado al brazo secular por haber renegado de la fe de Cristo y huido a Berbería. De modo que tras el nombre arabizado del cartapacio de cordobán podía encontrarse en realidad un ser de carne y hueso.

El examen detallado del contenido de nuestro hallazgo indicó que el personaje en cuestión tendría que haber sido amigo íntimo de Miguel de Cervantes, a quien este habría confiado la conservación de su completa memoria biográfica, que incluiría, por un lado, la narración en tercera persona, hecha por Ahmad Ibn al-ayyi, de una larga serie de confidencias que el primer gran novelista le habría hecho antes de la expulsión, junto a un cierto número de diálogos, transcripciones de entrevistas y relatos, escritos por el propio Cervantes e insertados en el texto sin solución de continuidad con la narración principal, así como una narración final sobre los últimos años de vida del autor del Quijote, compuesta a partir de la correspondencia mantenida entre uno y otro entre la fecha de la expulsión y finales de 1615, tras la publicación de la recopilación de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados, que se citan en el texto. Todo ello se encontraría documentado, aunque de forma un tanto hermética, en el prefacio y en las anotaciones al margen del texto principal de la carpeta. Bien es verdad que las de esta última parte, al hallarse desordenadas y sin paginar —al igual que las anotaciones al margen contenidas en ellas—, podrían deparar alguna sorpresa de interpretación una vez reconstruido el orden de los pliegos.

El programa de investigación de la Casa Árabe en que participó la documentalista que catalogó nuestro manuscrito incluía una segunda fase de digitalización, para incorporar los documentos más relevantes a la Biblioteca Digital Hispánica. Desgraciadamente, este programa fue discontinuado, a consecuencia de los recortes presupuestarios que se realizaron esos años.(5) La buena noticia es que la becaria en cuestión dispuso de presupuesto suficiente para fotocopiar aquellos manuscritos que a su juicio requerían una exploración exhaustiva. Al acierto de su elección debe el lector disponer ahora del texto que presentamos, ya que quien escribe esta nota solicitó a la biblioteca de la universidad que escanease y le facilitase el material, en formato PDF, y acudió después a Orán para consultar directamente el manuscrito.

No merece la pena añadir que el contacto físico con el legajo envuelto en cordobanes y atado con balduque reanudado le produjo la misma impresión que debe de invadir a los egiptólogos que descubren la momia de un gran faraón. El anciano archivero argelino que le facilitó la tarea, ya jubilado, se prestó igualmente con suma gentileza a servirle de guía para visitar el lugar en que fue hallado y sus alrededores y para tomar contacto con uno de los bomberos que lo encontraron, igualmente jubilado. Confidencialmente, también le confesó considerarse condiscípulo in partibus de Albert Camus, por haber recibido enseñanzas de su mismo maestro laico, Louis Germain, treinta años más tarde, por mucho que eso no estuviera bien visto entre los suyos debido a la oposición de Camus a la independencia de Argelia. En correspondencia a la hospitalidad del exarchivero y a las confidencias del bombero jubilado, al terminar la visita los tres compartieron en los bajos del puerto una gran fuente de gambas fritas, crujientes, regada con una botella de vino tinto Coteaux de Tlemcen, mezcla de uva garnacha y Alicante, fresco, afrutado, con sabor a especias, de buen color; delicioso.

La benemérita investigadora alicantina había incluido en la catalogación el acrónimo CHB porque en el interior de la carpeta aparece en primer lugar un breve prefacio, escrito en una hoja suelta, al término del cual figuran esas tres letras a modo de rúbrica. Además, a lo largo de todo el texto original el autor del prefacio agregó un buen número de anotaciones, utilizando para ello el amplio espacio que el autor principal había dejado en el margen izquierdo de los pliegos, suscribiéndolas sistemáticamente con las letras CHB. Solo en una de estas anotaciones, situada inopinadamente al final del vigésimo pliego de la carpeta, el recopilador escribió: «Mi antepasado, Cide Hamete Benengeli, insertó la transcripción de la entrevista entre AM y MC, manuscrita por este último, que figura a continuación. CHB».

Los pliegos que siguen son claramente diferentes de los anteriores; la caligrafía es de Cervantes y llevan la marca de agua con la filigrana del molino de papel de los duques de Pastrana,(6) situado en el monasterio del Carmen, lo que indica probablemente que se trata de uno de los insertos escritos por el propio autobiografiado y entregados al narrador principal, ya que, como él mismo afirma en el texto que presentamos, el autor del Quijote empleó este tipo de papel de gran calidad para transcribir las entrevistas y las notas dictadas directamente por los príncipes de Éboli, que Cervantes debió de copiar mucho más tarde de los originales —escondidos por su hija menor y conservados clandestinamente en el monasterio de Pastrana, a salvo de los sabuesos de Felipe II—, con papel proporcionado por la gente al servicio de sus sucesores.

Esto es, el recopilador, CHB, atribuyó mediante esa anotación la autoría del texto principal a Cide Hamete Benengeli, mientras que a lo largo de todo el manuscrito el autor se autodenomina Ahmad, o Ahmad Ibn al-ayyi (por mucho que este nombre no sea otra cosa que la transcripción arábiga de aquel). En opinión de quien esto escribe, pendiente todavía de discusión con otros especialistas en la materia, esta anotación excepcional constituye una infracción involuntaria del código semántico establecido por el propio anotador, según el cual él mismo figura como CHB mientras que el autor principal responde al nombre arabizado equivalente, Ahmad Ibn al-ayyi. Por esta razón, para evitar confusiones, en este prefacio y en todas las notas que figuran a lo largo de la obra reservaremos el nombre Cide Hamete Benengeli para el autor imaginario del Quijote. Al autor principal de esta biografía (¿amigo íntimo, o el propio Miguel de Cervantes?) se le llama Ahmad Ibn al-ayyi, y al comentarista —que a la vista de las fechas bien pudiera haber sido su nieto o su bisnieto— se le menciona siempre por su acrónimo CHB, quien, como se verá, aparenta ser más bien un personaje colectivo.

Las anotaciones de CHB se transcriben literalmente como notas al pie de página del texto principal de modo que no produzcan interferencia alguna y este fluya como una autobiografía narrada en presente y en tercera persona aunque contada y parcialmente escrita por el propio Miguel de Cervantes, a quien en el texto del cartapacio el autor principal se refiere casi siempre como MC (aunque aquí aparecerá frecuentemente como Miguel, a veces como Cervantes o el joven Cervantes, pero nunca como MC). Otros personajes muy relevantes que aparecen en la narración con distintas denominaciones y acrónimos (en parte, para evitar su reconocimiento, con vistas a la censura política e inquisitorial) son, por este orden, Ana de Mendoza y de la Cerda (a quien el manuscrito se refiere a veces como AM o PE, princesa de Éboli y primera duquesa de Pastrana, que en nuestro texto figura indistintamente con su nombre o como «la Princesa» (siempre con mayúscula), «doña Ana», «Ana» o «la Éboli»; Ruy Gómez de Silva (RG, o DP), príncipe de Éboli y primer duque de Pastrana, al que nos referiremos indistintamente como «el Príncipe» (con mayúscula), «Ruy Gómez», «RuyGómez» o «Ruy», siempre que esto último no se preste a confusión.

No es posible, a mi juicio, fechar los textos originales que sirvieron para reconstruir la narración. Según la interpretación más verosímil de los hechos a los que se refiere directamente el relato principal, este contiene materiales escritos por Cervantes en distintos momentos de su vida, que habrían sido entregados para su conservación a Ahmad Ibn al-ayyi durante el primer decenio del siglo XVII, antes de la expulsión. En algunos casos Ahmad habría agregado directamente estos materiales al manuscrito que contiene sus transcripciones como pliegos independientes (por lo que a veces aparecen incongruencias en la persona del narrador, que se han corregido en nuestra transcripción), pero en general los reescribió e incorporó a su propia narración, cambiando simplemente la redacción de primera a tercera persona. CHB nos informa sin embargo de que en ocasiones excepcionales su antepasado mantuvo por error la primera persona.

Aunque Ahmad pudo tomar notas de sus entrevistas con Miguel al final del primer decenio del siglo XVII, el texto escrito de su puño y letra debió de ser transcrito después de la expulsión probablemente en Orán, ya que los pliegos utilizados son de papel fino genovés (confeccionado a base de trapo de lino o de algodón) que solo circuló por Castilla después de 1611, por contraposición a los autográficos de Cervantes conservados en el legajo final, escritos generalmente en pliegos del molino de la Vega del Quadro de Pastrana,(7) con letra idéntica a la firma que aparece en el Quijote.

Finalmente, las anotaciones de CHB, que en esta edición aparecen como notas al pie de la página, datarían de distintas fechas pero las últimas serían posteriores a 1685 —ya que en uno de los que parecen ser los últimos folios del texto, que todavía no se presenta en esta entrega, se hace referencia a la Historia genealógica de la casa de los Silva, escrita por don Luis de Salazar y Castro, cuyo primer volumen fue publicado ese año en Madrid por Melchor Álvarez y Mateo de Llanos—, aunque anteriores a 1691, fecha de la muerte del VIII duque de Medinaceli, puesto que en las referencias a quien fuera primer ministro de Carlos II entre 1680 y 1685 implícitamente se le supone vivo. En todo caso, resultan muy anteriores a la muerte de Carlos II, acontecida en noviembre de 1700, puesto que ninguna de las anotaciones menciona las porfías y enredos palaciegos que originó la incertidumbre sucesoria durante el último decenio del siglo XVII, o los acontecimientos que se desencadenaron a su muerte o a la guerra por la sucesión de su casa, ni con mayor motivo la recuperación de la ciudad de Orán por los turcos en 1708.

No existe la más mínima indicación de las razones por las que el autor del texto principal mantuvo el manuscrito en su poder sin intentar publicarlo, sobre todo a partir del momento en que la notoriedad de la obra de Cervantes le hubiera proporcionado una buena ocasión para realizar una edición lucrativa. Tampoco existe indicación alguna de los motivos que indujeron a CHB a preparar una edición del texto con anotaciones sin darlo a la imprenta, y mucho menos de los que lo llevaron a ocultar el manuscrito encuadernado emparedándolo literalmente entre los muros de la alcazaba de Orán.

Lo primero que sorprende de nuestro manuscrito al lector bien informado es la incongruencia temporal de algunas secuencias notables, empezando por las primeras páginas, ya que durante toda la «jornada memorable» para la vida de Cervantes del 31 de julio de 1566 se sitúa al padre jesuita Jerónimo Nadal en Madrid en esa fecha. Tal cosa contradice por completo la evidencia histórica, puesto que en esos momentos Nadal se encontraba en Austria.

Tras la II Congregación General de la Compañía, que encumbró a Francisco de Borja a la cabeza de esa milicia papal el 2 de julio de 1565, el nuevo padre general lo nombró miembro del grupo encargado de cotejar las actas del Concilio de Trento con las constituciones de los jesuitas para anotar las contradicciones que pudieran existir, y del grupo de tres que debía trasladar las necesarias correcciones a las reglas de gobierno y definir las nuevas normas por las que habrían de regirse.

De modo que Nadal sabía perfectamente en aquella fecha memorable que la Compañía había sido la primera orden religiosa en adaptarse a la doctrina del Concilio, en contra de las acusaciones que el manuscrito pone en boca de fray Luis de Granada y que tanta indignación le causan, ya que las nuevas constituciones al igual que las antiguas eran obra suya, por lo que considera las palabras del predicador dominico como un ataque personal.

Más tarde Pío V, recién elegido papa a comienzos de 1566, lo nombró acompañante del cardenal Commendone, legado pontificio a la Dieta de Augsburgo, que decidió sobre la aplicación del Concilio de Trento a Alemania y sobre la libertad de que debían gozar los católicos. Borja aprovechó para nombrar también a Nadal visitador de Alemania y Austria delegando en él toda su autoridad, por lo que puede considerársele como el verdadero organizador de los jesuitas en el centro de Europa. La comitiva llegó a Augsburgo el 6 de marzo y el emperador Fernando I recibió a Nadal el día 24. En abril, ya estaba visitando los colegios de Dilinga y Múnich, permaneciendo hasta el término de la Dieta a finales de mayo cerca de Augsburgo, adonde se le llamaba para resolver los problemas doctrinales que iban surgiendo.

La primera mitad de junio la pasó en Múnich; luego fue a visitar Ingolstadt, y a finales de mes volvió a Augsburgo para ultimar una fundación que contó con el apoyo del conde Udelrico de Feldestein, recién convertido. En el mes de julio volvió a Dilinga para embarcarse con otros padres en dirección a Viena, haciendo la travesía del Danubio. Una fuerte crecida estival del río estuvo a punto de costarles la vida, al quedar enganchada la cubierta de la nave en que viajaban en el puente de Ingolstadt el día 21, pero los padres lograron trepar y agarrarse al tablero del puente, salvándose. Una fuerte tormenta casi hunde la barca el 24 de julio.

Por fin llegó a Viena el día 27, en donde estuvo hasta el 13 de agosto, día en que pasaron por entre las tropas del emperador, que combatía a los turcos, mientras se dirigían a Tirnavia, pero el incendio de esta ciudad por los infieles les obligó a abandonarla, marchando hacia Praga. De modo que mientras nuestro manuscrito lo sitúa hablando de esto con Antonio Pérez y Nadal estaba en el centro de las operaciones bélicas y conocía perfectamente todo lo que ocurría allí.

Desde Praga fue a Innsbruck y Salzburgo, de donde pasó a Alemania camino de Flandes, pero tuvo que detenerse en Maguncia, invitado por el arzobispo de aquella ciudad en espera de que la efervescencia de la sublevación flamenca se calmara un poco. Hasta mayo de 1567 no entró en Bélgica y el 21 llegó a Bruselas. Pasó en Flandes el resto de ese año y hasta el verano de 1568. Allí tuvo ocasión de visitar todos los colegios, realizar nuevas fundaciones y hasta de entrevistarse a mediados de octubre con el duque de Alba, recién llegado, y con la regente Margarita de Parma, a quien el duque venía a relevar.

De modo que los juicios sobre las cosas flamencas que el manuscrito pone en su boca aquel día memorable en diálogo con el príncipe de Éboli pertenecen a alguien que iba a ser enseguida el mejor conocedor de lo que allí ocurría. Todo esto está perfectamente documentado a través de la asidua correspondencia que Nadal sostenía con el general de los jesuitas. Es imposible, pues, que estuviera en Madrid en aquellas fechas, ni en ningún otro momento desde que saliera de España por Jaca y Canfranc en abril de 1562, hasta su muerte dieciocho años más tarde.

Aquella visita había resultado muy accidentada y su enfrentamiento con Antonio de Araoz, primer provincial y futuro comisario general de España, le dejó un sabor amargo, pues pensó que este subordinaba la misión de la Compañía a los intereses exteriores de la monarquía y que tal prelación traería consecuencias graves, como así ocurrió cuando a la muerte de Francisco de Borja el papa Gregorio XIII prohibió que se eligiera a otro español como general, proscribiendo al padre Polanco, contra quien Araoz había conspirado en España y Portugal por considerarlo «de sangre impura», esto es, de linaje judeo-converso como el del propio Nadal, única causa que podría explicar la enemistad entre uno y otro, en abierta contraposición con la actitud benevolente que Nadal mostró siempre hacia el comisario de los jesuitas en España durante aquella etapa. La derrota de la línea Loyola-Laínez-Nadal-Polanco daría pie a la depuración de la casta de los cristianos nuevos entre los dirigentes jesuitas durante los generalatos de Mercuriano y Acquaviva.(8)

La ausencia física de España no fue obstáculo para que Nadal se mantuviese perfectamente al corriente de las cosas españolas, ya que en octubre de 1568, cuando se encontraba visitando Francia, Francisco de Borja lo nombró su asistente en Roma para los asuntos de España, y cuando Borja recibió el mandato del papa de visitar las cortes de España, Portugal y Francia para reunir apoyos a favor de la liga contra el turco que daría la batalla de Lepanto, lo nombró su vicario general y Nadal permaneció en ese puesto hasta la muerte del general español, el 30 de septiembre de 1572, dirigiendo efectivamente la Compañía durante la enfermedad de Borja, período crucial para los intereses de España en el Mediterráneo y en Flandes: solo un año más tarde, ya desaparecido Araoz, la política de Madrid cambió y el duque de Alba fue relevado por Luis de Requeséns, mucho más diplomático, mientras su mentor el príncipe de Éboli moría en Madrid, ganando como quien dice su última batalla desde la tumba.

Y lo mismo puede afirmarse de otras secuencias y acontecimientos del manuscrito de Orán, lo que viene a confirmar que este no contiene en realidad una narración fiel sino más bien una recreación literaria de su propia biografía, que pudo ser escrita en su mayor parte por él mismo (o dictada), aunque sin pretensión de atenerse rigurosamente a los hechos tal como ocurrieron, sino reordenándolos y dándoles una nueva estructura, como sucede con tanta frecuencia en las autobiografías. Por ejemplo, algunos hechos biográficos que más tarde incluiría en sus obras se encuentran prefigurados en algunos de los relatos que Cervantes le narra en Madrid a la hija mayor de los Éboli durante sus primeros años de residencia en la corte. Todo hace pensar que el relevante papel que desempeña Nadal en el arranque del texto, cubriendo con su presencia y sus reflexiones buena parte de ese día memorable, son un recurso de estrategia narrativa y tienen un propósito programático: mostrar el paisaje espiritual en el que se define la vocación del joven escritor y tomar posición ideológica precisa en relación con los grandes problemas de aquel tiempo, anticipando en su diálogo lo que iba a ocurrir y las posiciones que uno y otro adoptarían más tarde, homenajeando con ello al mismo tiempo a su mentor espiritual y al que iba a ser jefe de su casa, estableciendo una relación directa entre ellos que no pudo darse en esas fechas.

Miguel había conocido a Nadal en Alcalá, recién regresado con su madre y sus hermanos desde Córdoba durante la última visita del padre a España, y tendría ocasión de tratarlo después en su etapa romana desde el mismo día de su llegada, que casi coincide en el tiempo con la de Nadal, quien permaneció en Roma hasta junio de 1574, año en que marchó al Tirol, solo uno antes de que Cervantes y su hermano fueran hechos cautivos por los corsarios berberiscos en su viaje de regreso desde Nápoles hacia España.

Aprovechando su amistad con Ruy Gómez, en aquella última visita Araoz se las había arreglado para encizañar las relaciones de Nadal con el príncipe de Éboli. Pero transcurridos cinco años el distanciamiento común respecto de la política de intolerancia seguida por la monarquía en Flandes permitió que ambos olvidasen aquel enfrentamiento y las extrañas circunstancias en que se produjo. Esto lo sabía Miguel, y en Roma tendría ocasión de hablar de ello con Nadal, a quien seguramente tomó como confesor y quien debió de defenderlo contra la nueva obsesión por la pureza de sangre —siendo quizás también él «impuro»—, de modo que, enlazando todos estos elementos y su proximidad a las vivencias humanistas de Nadal y Éboli, que se mantenían en estrecha relación epistolar, el joven pudo hacerse una buena composición mental de la coincidencia entre las dos personalidades, sus ideas y el paralelismo del papel que desempeñaron en toda esa etapa crucial, el uno en la vida religiosa y el otro en la política española, ambos con escaso éxito. Esto es lo que reflejan las conversaciones con que arranca el texto, a medio camino entre la creación literaria y el relato autobiográfico, que anticipa mucho de lo que ocurriría después.(9)

La profundización en todo ello queda para investigaciones posteriores. Lo que no se puede, en mi opinión, es sustraer el texto al conocimiento público por más tiempo, aunque ello deje abiertas muchas incógnitas de la historia. Ni siquiera sería prudente esperar a restablecer el texto en la parte que aparece desgajada y desordenada dentro del legajo (si es que se ha conservado completo), sino que procede comenzar ya a dar a la imprenta la parte que ha permanecido ordenada siempre, que termina con la huida de Miguel a Italia en agosto de 1569.

Hasta aquí el resultado del trabajo de interpretación que puede apoyarse en evidencia extraída del propio texto y en la crítica histórica y literaria. Pueden formularse igualmente otras muchas hipótesis de difícil o imposible verificación. La primera es que el autor y albacea de Cervantes, en lugar de ser expatriado a Orán, permaneciera en España y se viese obligado a esconder el manusc

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