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CERCA DE UN NUEVO PARAíSO

Luciana V. Suárez  

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Fragmento

Capítulo 1

LA APARICIÓN

Silver Field, Pensilvania, 8 de enero de 2010

Ciertamente parecía que este iba a ser uno de los inviernos más crudos en Silver Field; probablemente, en Villa Luz no se sintiera tanto, ya que era una ciudad, pero esto era el campo. Silver Field era un campo de mil trescientos acres que mi abuelo Raymond había comprado mucho antes de que yo naciera —ciertamente mucho antes de que mi padre naciera—. Lo había adquirido justo después de haber contraído matrimonio con mi abuela, ya que ambos compartían el amor por la naturaleza y la vida rural. Él había construido esta estancia para que vivieran los dos con sus hijos. Tuvieron dos varones: mi padre, Alfred, y mi tío, Albert, quienes —ni bien hubieron regresado de la universidad— se habían ido a vivir a Villa Luz —la ciudad que quedaba a veinte minutos de aquí—, por lo que, después de que ambos se hubieron casado, venían a menudo a visitar a mis abuelos; de ahí que con mis primas (las hijas de mi tío Albert) se nos había hecho tradición visitar todos los fines de semanas durante nuestra niñez y adolescencia. Y ahora, que las tres estábamos en la universidad, veníamos a pasar dos semanas de nuestras vacaciones de verano y de invierno con mi abuela Isobel, ya que mi abuelo, su adorado esposo, había muerto hacía cinco años atrás.

Este invierno vine yo sola porque mis primas habían decidido irse de viaje por Europa con unas compañeras de la universidad, por lo que ahora solo estábamos mi abuela y yo. Mientras ella se encontraba en la cocina preparando la cena, yo estaba en el living, parada junto a la ventana, observando el cielo —completamente despejado— a través del cristal.

El olor a sopa de pollo proveniente de la cocina comenzó a invadir el living, por lo que supe que la cena ya estaría lista. Me dirigí hacia el comedor y empecé a colocar los utensilios en la mesa. Al rato entró mi abuela con un enorme tazón, que contenía la sopa; siempre que iba a su casa, me preparaba sopa de pollo porque sabía que era mi preferida.

—Me gustaría aprender a hacer esta sopa, abuela —expresé mientras la tomaba.

—Unos de estos días te enseñaré a prepararla —me dijo.

Observé a mi abuela y lo bien que lucía para ser una mujer de sesenta y cuatro años. Apenas tenía arrugas en la zona de los ojos y en las comisuras; su cabello mantenía su color amarronado, sin una sola cana, y siempre era muy activa. Supuse que ello se debía a la vida rural que, a diferencia del bullicio y del ajetreo de la ciudad, era calma; hasta el aire era diferente, más puro.

***

Luego de terminar con la cena, fuimos al living y nos sentamos en unas sillas mecedoras, junto a la chimenea, a beber un té.

—Abuela, ¿a ti no te aburre vivir aquí sola? Porque debe de ser feo no tener con quien hablar todos los días —inquirí por preocupación más que por mera curiosidad.

—La verdad que no. Entre la casa, los animales y el club de lectura, al que asisto dos veces por semana en la ciudad, mis días permanecen ocupados —dijo—; además, hace poco me uní a un grupo de la iglesia que consiste en ayudar a los más necesitados de la zona. Y mis amigas y mis hermanos vienen a visitarme a menudo, también tu madre con tu hermano y tu tío Albert con tu tía Lorna; o si no yo me voy hasta Villa Luz con el pretexto de comprar algo para visitarlos a ellos.

—Aun así, esta casa debe de quedar muy grande para ti —dije observando la dimensión de la casa. Era inmensa, para una sola persona, una estancia de aspecto colonial rústico que contaba con dos pisos y doce habitaciones. También tenía un establo que se encontraba al lado de la estancia, ya que mi abuelo, durante su existencia, había adorado a los animales y, sobre todo, a los caballos; por lo que, una vez que él hubo muerto, mi abuela decidió conservarlos allí.

—Siempre me gustaron las casas grandes. Cuando era niña vivía en una casa pequeña, con mis padres y con cuatro hermanos, ya que no disponíamos de muchos recursos económicos para mudarnos a una casa más grande; por eso siempre anhelé vivir en una casa lo suficientemente espaciosa. Así que se puede decir que estoy feliz de haber concretado uno de mis sueños de la infancia. —Nunca antes me había contado acerca de aquel anhelo. Luego de que mi abuelo falleciera, mis padres hablaban a menudo del hecho de querer llevar a mi abuela a vivir con nosotros a Villa Luz; también lo había querido hacer mi tío Albert, pero ella se había rehusado por completo. Por eso ahora me tranquilizaba mucho saber que era muy feliz viviendo en su hogar, incluso sola.

—¿Y no te produce tristeza este lugar? —le pregunté—. Es decir, cada rincón de la casa te debe recordar al abuelo.

—Así es: cada rincón me recuerda a cada momento que pasé junto a él, a cada instante vivido, pero eso no puede generarme tristeza porque de esos momentos casi ninguno fue triste, casi todos fueron llenos de amor y felicidad. ¿Cómo algo así podría hacerme sentir triste? En cambio, sí siento nostalgia por todo aquello, pero tristeza jamás —dijo con vehemencia.

Deslicé mi mirada hacia el enorme retrato que pendía de la pared, justo arriba del hogar; en él estaban mi abuela y mi abuelo abrazados, con unas sonrisas completamente ensanchadas en sus rostros.

—Me refería a su presencia. Debes de extrañarlo muchísimo.

—Así es: extraño su presencia física cada mañana al despertarme y ver su lado de la cama vacía, en cada cosa que hago y en cada momento del día. Pero, por otro lado, hay una parte de él que siempre está conmido, que nunca me abandona, y a ese tipo de presencia la siento conmigo siempre, incluso hasta cuando duermo. —No entendí aquello. Tal vez ella añoraba mucho a mi abuelo y su ausencia le afectaba más de lo que estaba dispuesta a admitir; tal vez ella quería creer aquello porque, de ese modo, no le dolía tanto su pérdid

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