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CERRADO EN INVIERNO (CUARTETO WISTING 1)

Jorn Lier Horst  

0


Fragmento

1

La niebla llegaba del mar en fragmentos dispersos. Cubría el asfalto mojado en forma de vapor y dibujaba pequeños halos alrededor de las farolas.

Ove Bakkerud conducía con una mano sobre el volante. La oscuridad envolvía el paisaje.

Le gustaba esta época del año, justo antes de que el otoño provocara la caída de las hojas. La última salida a la cabaña de Stavern para clavar las contraventanas, arrastrar la barca a tierra y dejarla cerrada para el invierno. Todo el verano deseando que llegara ese momento. Era su fin de semana. La tarea no le llevaba más de dos horas el domingo por la tarde. El resto del tiempo era suyo.

Redujo la velocidad, se desvió de la carretera principal y condujo sobre la gravilla crujiente. La luz de los faros se deslizó por el seto de rosas de té que flanqueaba el camino que llevaba al aparcamiento. El reloj del salpicadero marcaba las 21.37 cuando apagó el motor, bajó del coche e inspiró el olor fresco a mar salado. Las olas que golpeaban la orilla resonaban como truenos lejanos.

La lluvia había cesado y el viento llegaba en rachas intensas que deshacían la niebla. El haz de luz del faro Tvistein pasaba uniforme sobre la tierra firme y hacía brillar las rocas mojadas por la lluvia.

Se cerró mejor la chaqueta, fue hacia la parte trasera del coche y sacó las bolsas de comida del maletero. Le apetecía cenar un solomillo poco hecho y desayunar huevos con beicon. Comida de hombres. Se metió la mano libre en el bolsillo para asegurarse de que las llaves estaban allí y se encaminó hacia el sendero que llevaba a la cabaña, en lo alto del montículo. Tras un breve ascenso, todo el mar se abrió ante él. Estaba oscuro, pero intuía la amplitud del paisaje. Siempre le llenaba de una calma especial. Cuando la familia compró la cabaña, veinte años atrás, no era más que una sencilla estructura de tablones de madera pintados de rojo, mal aislada y dañada por la humedad. En cuanto se lo pudieron permitir, la tiró toda abajo y volvió a erigirla sobre los antiguos cimientos. Poco a poco su mujer y él habían ido creando su propio paraíso. Pasados los primeros años, en los que dedicaba todo su tiempo libre a las tareas de construcción, aquel se había convertido en el lugar en el que podía relajarse, respirar, desconectar. Un lugar en el que no mandaba el reloj, donde el tiempo tomaba su propio camino en función del sol y el viento y lo que se le antojara oportuno.

Dejó las bolsas sobre el suelo de pizarra frente a la cabaña y sacó las llaves. La luz del faro impactó sobre la pared y desapareció de nuevo. Ove Bakkerud se quedó paralizado y contuvo la respiración. Su mano derecha se cerró sobre el llavero. Tenía la boca seca y la piel de gallina se extendió por sus antebrazos y por su nuca.

El haz de luz del faro volvió a deslizarse sobre él, como para confirmar lo que había intuido. La puerta estaba entreabierta. El marco estaba astillado y la cerradura en el suelo.

Miró a su alrededor, pero no vio más que oscuridad. De los arbustos del bosque llegó un ruido, una rama que se partía. En algún lugar lejano se oyó ladrar a un perro. Luego todo quedó en silencio. Solo se oía el viento que movía el follaje otoñal y las olas que rompían en la playa.

Ove Bakkerud dio un par de pasos al frente, agarró el borde superior de la puerta y la abrió. Buscó a tientas el interruptor y encendió el farol exterior y la luz del recibidor.

Su mujer y él habían comentado la posibilidad de que ocurriera algo así. Había leído en la prensa sobre pandillas de chavales que asaltaban las cabañas y destrozaban el interior, y otras bandas más profesionales que arrasaban zonas enteras de casas de verano en busca de objetos de valor. A pesar de eso, le costaba creer lo que estaba viendo. Sentía que habían profanado aquel lugar…, su lugar.

El salón se había llevado la peor parte. Cajones y armarios abiertos, todo el contenido tirado por el suelo. Vasos y platos rotos, y los cojines del sofá desperdigados. Todo lo que se podía vender había desaparecido. El televisor nuevo de pantalla plana, el equipo de música y la radio. El aparador en el que guardaban el vino y los licores estaba vacío. Solo quedaba una botella de coñac mediada.

Se agachó y recogió la botella con un barco en su interior que solía ocupar la repisa de la chimenea, ahora tirada en el suelo con una gran grieta en el cristal. Se habían partido dos de los mástiles del esbelto velero. Recordó todas las horas que había pasado contemplando cómo trabajaban los rudos dedos de su abuelo, el modo milagroso en que conseguían transformar las piezas minúsculas en una auténtica nave. El momento en que el velero ocupaba su lugar dentro de la botella y su abuelo tiraba de los hilos que levantaban los mástiles.

Le temblaba la voz cuando llamó a la policía y se presentó.

—¿Cuándo estuviste en la cabaña por última vez? —quiso saber el operador.

—Hace dos semanas.

—Así que el robo ha ocurrido en algún momento después del 19 de septiembre...

Ove Bakkerud contempló los destrozos causados por los asaltantes. De pronto se sentía completamente vacío.

—¿Sabes si han entrado en más cabañas? —preguntó el policía.

—No —respondió Ove Bakkerud, y miró por la ventana. Había luz más abajo, en la cabaña de Thomas Rønningen—. Acabo de llegar.

—Podemos mandar una patrulla a echar un vistazo mañana —prosiguió el agente—. Mientras tanto, sería recomendable que procuraras no tocar nada.

—¿Mañana? Pero…

—¿Estarás localizable en este número para que podamos llamarte cuando tengamos una patrulla disponible?

Abrió la boca para protestar, para exigir que la policía se presentara inmediatamente con perros rastreadores y agentes especializados en escenas del crimen, pero se calló. Tragó saliva, dio las gracias por la ayuda recibida y colgó.

¿Por dónde empezar? Fue a la cocina y cogió una escoba y un recogedor. Entonces recordó las instrucciones del policía de dejar el escenario intacto. Desistió y se quedó junto a la ventana mirando hacia la cabaña vecina.

Le extrañó que la luz estuviera encendida. Thomas Rønningen no solía venir en otoño. Presentaba un exitoso programa de entrevistas en la televisión todos los viernes, y estaba más que ocupado. Pero sí se había tomado el tiempo necesario para celebrar el comienzo de la temporada en agosto. Los dos hombres se habían sentado frente a la chimenea exterior con una copa de coñac, y Rønningen le había contado historias de todo lo que pasaba entre bambalinas antes, durante y después de la emisión.

Allá abajo una sombra se deslizó frente a las grandes cristaleras iluminadas del salón. Los ladrones podrían haber estado allí también. Incluso podrían estar todavía. Fue con paso rápido hacia la puerta, agarró la linterna que permanecía intacta en su sitio. Tal vez la policía cambiara sus prioridades si supiera que Thomas Rønningen también se había visto afectado.

El sendero que conducía al mar serpenteaba entre densos arbustos y pinos encorvados con las ramas muy juntas. La linterna iluminaba raíces gastadas y cantos rodados, pero no impedía que las agujas de los pinos y las ramas desgajadas le rozaran al pasar.

Salía luz por las ventanas de la cabaña, pero desde este lado estaban demasiado altas como para que pudiera ver el interior.

Con el haz de la linterna zigzagueando sobre el terreno, se acercó a la escalera que llevaba a la entrada. Una ráfaga de viento abrió la puerta de golpe e hizo que chocara contra la barandilla del porche. Se sintió invadido por una intensa inquietud, la nuca y la espalda recorridas por escalofríos. Cayó en la cuenta de que no llevaba nada con lo que defenderse.

La linterna iluminó el marco de la puerta. Tenía las mismas trazas de haber sido asaltada que la suya, pero había algo diferente.

La puerta estaba manchada de sangre.

2

Había sido un día muy largo.

Sentado en el sofá, inclinado hacia delante, William Wisting tenía la mirada clavada en la llave que se hallaba en la mesa, frente a él. Estaba cubierta de verdín, hacía mucho tiempo que no se usaba.

Se levantó y cruzó el salón. Los restos de la lluvia se arracimaban en pequeñas gotas sobre el cristal. Abajo, en Stavern, un vehículo se abría paso por las calles. La luz azul de la sirena atravesaba rítmicamente la oscuridad, y era imposible ver si se trataba de un coche patrulla o de una ambulancia. La siguió con la mirada hasta que desapareció por la calle Helgeroa. Se giró y sacó una botella de vino del aparador esquinero. Dedujo que era español. En la etiqueta ponía 2004 en números dorados. Creía recordar que se la habían regalado después de dar una conferencia en la Cámara de Comercio el otoño pasado. Parecía cara, y seguro que el tiempo que había pasado en reposo no había empeorado su contenido. Le gustaba el vino, pero no había tenido ni tiempo ni interés suficiente como para aprenderse los tipos de uva, bodegas, denominaciones de origen, cuál se adaptaba mejor a cada comida o cuál podía beberse

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