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CHET BAKER PIENSA EN SU ARTE

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

Rosa Schwarzer vuelve a la vida

Al fondo de este museo de Düsseldorf, en una austera silla del incómodo rincón que desde hace años le ha tocado en suerte, en la última y más recóndita de las salas dedicadas a Klee, puede verse esta mañana a la eficiente vigilante Rosa Schwarzer bostezando discretamente al tiempo que se siente un tanto alarmada, pues desde hace un rato, mezclándose con el sonido de la lluvia que cae sobre el jardín del museo, ha empezado a llegarle, procedente del cuadro El príncipe negro, la seductora llamada del oscuro príncipe que, para invitarla a adentrarse y perderse en el lienzo, le envía el arrogante sonido del tam-tam de su país, el país de los suicidas.

Yo sé que Rosa Schwarzer, en su desesperado intento por apartar el influjo del príncipe y la tentadora propuesta de abandonar el museo y la vida, acaba de refugiar su mirada en los tenues colores rosados de Monsieur Perlacerdo, que es otro de los cuadros de esa sala que tan celosamente custodia y en la que, si ahora alguien osara irrumpir en ella, se encontraría con una eficiente vigilante que de inmediato interrumpiría su bostezo y, poniéndose en pie, rogaría al intruso que, a causa de la frágil alarma, hiciera el favor de no aproximarse demasiado ni a Monsieur Rosa ni al Señor Negro.

Lo dicho, Rosa Schwarzer está ligeramente alarmada esta mañana.

¿Influye en todo esto el lunes que ayer le tocó vivir? Yo diría que sí. Ayer Rosa Schwarzer cumplió los cincuenta años y, como el museo cierra los lunes, creyó que dispondría de toda la mañana para preparar el almuerzo de aniversario. Pero ya desde el primer momento todo se le complicó enormemente. Para empezar, despertó angustiada, moviéndose como un títere, a tientas en el vacío incoloro e insípido de su triste vida. Después, ese vacío cobró un ligero color gris, como el del día.

Esta vida para qué.

Yo sé que Rosa Schwarzer dijo eso en la duermevela de ayer y que también lo ha dicho en la de hoy, pero que a diferencia de esta mañana, ayer se despertó sin la conciencia de haberlo dicho, ayer simplemente comenzó a preparar el desayuno para su marido y los dos hijos, que le habían asegurado que, aun siendo laborable para ellos, iban a hacer un esfuerzo y se reunirían todos a la hora del almuerzo y probarían con el placer de siempre aquel lechón asado que nadie sabía cocinar mejor que mamá Rosa, así la llaman todos.

Así me llaman, piensa ahora Rosa Schwarzer mientras escucha el rumor de la lluvia en el jardín, mientras siente que es atraída por el sonido del tam-tam del país de los suicidas.

Yo sé que ayer, tras el despertar de títere angustiado, el segundo contratiempo fue la inesperada deserción de Bernd, el hijo mayor, que durante el desayuno dijo que le era imposible estar presente en el almuerzo, lo que aprovechó el padre para excusarse él también y decir que andaba muy ocupado y que le guardaran su parte de lechón asado para la noche.

En silencio Rosa Schwarzer se mordió los labios y se dijo que todo aquello no retrasaba el desayuno, que estaba ya casi preparado, pero que de alguna forma lo que ya sí estaba retrasando era la hora del almuerzo, pues había otras cosas que se estaban cruzando peligrosamente en su camino, reclamando con fuerza su atención. Y es que, al dejar que su mirada vagara distraídamente por la cocina, había visto, junto a los cafés, los quesos, el té, los panes de centeno con cominos, las mermeladas y los embutidos, el corazón solitario de una incolora botella de lejía que, de tener la facultad de cobrar vida, se habría animado, sin duda, en forma de triste títere perdido en el vacío insípido de aquella no menos triste cocina.

Pensó en lo fácil que era morir y en que no debía dejar para otro momento aquella magnífica ocasión. Bastaban unos sorbos de lejía y se borraría de golpe toda aquella cotidianidad de imágenes grises, de maridos sin alma, de aburrimiento mortal en el museo. Pero cuando ya estaba a punto de agarrar la botella, se le ocurrió pensar en el desgraciado de su marido o, mejor dicho, en su desgraciado marido, y de repente descubrió que había algo en el aire de la mañana, en ese estar allí sola en la triste cocina, que le removía la sangre de un modo no desagradable. En realidad su marido, engañándola a diario de aquella forma tan zafia con la vecina (y creía el muy desgraciado que ella no lo sabía), era merecedor de compasión y necesitaba ser ayudado, y aquélla no dejaba de ser una buena razón, simple pero muy importante, para seguir viviendo, para seguir preparando el desayuno, para seguir intentando que su marido recuperara la alegría y volviera a ser aquel hombre encantador que había ella conocido en el parque de Hofgarten una maravillosa mañana de domingo, treinta años antes, que no merecía ser borrada por una botella de lejía cualquiera.

Antes de transportar el desayuno a la sala y para celebrar que había dejado escapar aquella óptima ocasión de quitarse la vida, Rosa Schwarzer tomó un café muy cargado que la llevó a dar un nuevo repaso del paisaje de la cocina prescindiendo en esa ocasión de la presencia obsesiva de la lejía, es decir, que vio los otros cafés, los quesos, el té, los panes de centeno con cominos, las mermeladas y los embutidos, pero no vio, o no quiso ver, la maldita lejía.

El café la despertó casi salvajemente, y, por un momento, como si se tratara de un breve anticipo de lo que hoy podría tocarle vivir en el museo, vio los remotos paisajes del país de un oscuro príncipe extranjero. El café la desveló de tal modo que la hizo entrar en la sala con un paso excesivamente vivo y acelerado, y por poco no derribó la bandeja sobre la inocente cabeza del hijo menor, enfermo de muerte sin él saberlo, el pobre Hans.

Mi pobre y querido Hans, pensó ella mientras abría la ventana y el aire frío de la mañana entraba de golpe en toda la sala, y Rosa Schwarzer se quedaba pensando en la infinita desgracia de su hijo, y se le ocurría entonces de repente pensar en arrojarse al vac

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