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CIELO Y TIERRA (LA ISLA DE LAS TRES HERMANAS 2)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

ISLA DE LAS TRES HERMANAS SEPTIEMBRE DE 1699

Ella invocó a la tormenta.

El viento huracanado, el estallido de los relámpagos, el mar embravecido eran al mismo tiempo prisión y protección. Conjuró las fuerzas, aquellas que llevaba dentro, aquellas sin las que no podía vivir. La luz y la oscuridad.

Delgada, con el manto ondeando tras ella como las alas de un pájaro, permaneció de pie, sola en la playa azotada por el viento. Sola, pero con su rabia y su pena. Y su poder. Un poder que ahora la llenaba, que inundaba su interior dando golpes salvajes y violentos, como los de un amante enloquecido.

Y quizás eso era.

Ella había abandonado a su marido y a sus hijos para acudir a aquel lugar; les había dejado sumidos en un sueño hechizado que los mantendría a salvo y al margen. Una vez que hiciera lo que había ido a hacer, no podría volver con ellos jamás. Nunca más volvería a tener sus amados rostros entre las manos.

Su marido se afligiría, sus hijos llorarían, pero no podía volver. No podía, ni quería apartarse del camino que había elegido.

Había que pagar un precio, y la justicia, aunque duramente, se alcanzaría por fin.

Permaneció de pie con los brazos alzados en medio de la tempestad que había conjurado. Su cabello flotaba libre y salvaje, igual que negras cintas golpeando la noche como látigos.

—No lo hagas.

Una mujer apareció a su lado, tan resplandeciente en mitad de la tormenta, como el fuego de quien tomaba su nombre. Su rostro estaba pálido y tenía los ojos sombríos por algo que parecía ser miedo.

—Ya ha empezado.

—Detenlo ahora mismo. Hermana, detenlo antes de que sea demasiado tarde. No tienes derecho a hacerlo.

—¿Derecho? —La que llamaban Tierra se giró; sus ojos brillaban con ferocidad—. ¿Quién tiene más derecho que yo? Cuando asesinaron a aquellos inocentes en Salem, les persiguieron, les dieron caza y les ahorcaron, no hicimos nada para detenerlo.

—Cuando se quiere detener una inundación, se provoca otra. Tú lo sabes. Nosotras creamos este lugar —dijo Fuego extendiendo los brazos como si quisiera abarcar la isla que se mecía en el mar—, por nuestra seguridad y supervivencia, por nuestra Hermandad.

—¿Seguridad?, ¿acaso ahora puedes tú hablar de seguridad o de supervivencia? Nuestra hermana está muerta.

—Y yo me aflijo por su pérdida, como tú. —Ella cruzó las manos en su pecho, suplicando—. Mi corazón llora, como el tuyo. Sus hijos están ahora a nuestro cargo. ¿Vas a abandonarlos como has abandonado a los tuyos?

Había una cierta locura en ella, que desgarraba su corazón al igual que el viento arrancaba su cabello. Aunque lo reconocía, no era capaz de detenerse.

—Él no quedará sin castigo. No puede seguir viviendo, estando ella muerta.

—Si causas daño, romperás tus promesas, corromperás tus poderes, y lo que lances a la noche volverá por triplicado.

—La justicia tiene un precio.

—Pero no este precio, éste nunca. Tu marido perderá una esposa y tus hijos, una madre; y yo, otra hermana muy querida. Pero aún hay más, algo peor: quebrantarás la fe en lo que somos. Nuestra hermana no hubiera querido que sucediera de esta forma; ésta no hubiera sido su respuesta.

—Ella prefirió morir antes que protegerse. Murió por lo que era, por lo que somos. Nuestra hermana renunció a sus poderes por lo que ella llamaba amor. Y eso la mató.

—Fue su elección. —Una elección que después de pasado el tiempo todavía resultaba amarga—. Y además ella no hizo daño a nadie. Si actúas así, si empleas tu poder por el camino oscuro, te condenarás a ti misma. Nos condenarás a todos.

—Yo no puedo vivir así, escondida. —Sus ojos, que a la luz de la tormenta ardían rojos como la sangre, estaban llenos de lágrimas—. No puedo permanecer al margen. Es mi elección, mi destino. Tomaré la vida de él por la de ella, y le maldeciré para siempre.

Arrojó fuera de sí el clamor de su venganza, como una flecha brillante y mortal lanzada por un arco, y así, la llamada Tierra sacrificó su alma.

Uno

ISLA DE LAS TRES HERMANAS ENERO DE 2002

La arena, helada por el frío, crujió bajo sus pies mientras corría a lo largo de la curva que dibujaba la orilla. Las olas que llegaban dejaban espuma y burbujas que formaban en la superficie una especie de encaje hecho jirones. En lo alto, las gaviotas chillaban implacables.

Los músculos habían entrado en calor y se movían de forma fluida, como mecanismos bien engrasados, en la segunda milla de su carrera matinal. Corría a un ritmo rápido y disciplinado, y su aliento formaba blancas columnas de vapor, cuando el aire cortante y frío como el hielo penetraba en sus pulmones.

Se sentía estupendamente.

En aquella playa glacial no había más huellas de pisadas que las suyas; las nuevas se superponían a las viejas, al recorrer una y otra vez la suave curva de la playa invernal.

Siempre le había gustado la idea de que si se propusiera hacer tres kilómetros en línea recta, habría cruzado Tres Hermanas de lado a lado por su zona más ancha.

Aquella pequeña elevación de tierra frente a la costa de Massachusetts le pertenecía: cada colina, cada calle, cada acantilado y cada ensenada. La ayudante del sheriff, Ripley Todd, sentía algo más que afecto por la is

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