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CIUDAD EN LLAMAS (PARTE 1)

Garth Risk Hallberg  

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Fragmento

PRÓLOGO

En Nueva York reparten de todo a domicilio. Al menos, parto de ese principio. Estamos en pleno verano, en la plenitud de la vida. Me encuentro en un piso vacío de la calle Dieciséis Oeste, escuchando el plácido zumbido de la nevera de la habitación de al lado y, aunque solo contiene media barra de mantequilla del mesozoico que se dejaron mis anfitriones cuando se fueron a la costa, dentro de cuarenta minutos puedo estar comiéndome más o menos lo que se me antoje. Cuando era joven —más joven, se entiende— podías pedir drogas. Tarjetas de visita estampadas con el número 212 y una única palabra, «reparto», o, con mayor frecuencia, alguna tontería sobre masajes terapéuticos. No puedo creerme que lo hubiera olvidado.

Claro que es otra ciudad, o la gente quiere otras cosas. Los matorrales de Union Square que ocultaban las transacciones en persona han desaparecido, junto con las cabinas desde las que llamabas al camello. Ayer por la tarde, cuando me acerqué a descansar un rato, unos bailarines montaban jaleo a cámara lenta bajo los árboles reverdecidos. Había familias sentadas pacíficamente en sus mantas, a la luz color vino. Veo cosas así por todos lados, arte público difícil de distinguir de la vida pública, coches de topos circulando por Canal, quioscos adornados como regalos. Como si los sueños pudieran presentarse como las opciones del menú de la experiencia disponible. Aunque, curiosamente, el efecto que tiende a tener esta racionalización de todos los deseos, el mismo perro con distinto collar, es recordarte que lo que anhelas de verdad no lo encontrarás ahí fuera.

Lo que yo personalmente anhelo desde que llegué, hace seis semanas, es un estado mental concreto. Entonces no habría sabido explicarlo con palabras, pero ahora creo que es algo así como la sensación de que las cosas todavía podrían cambiar en cualquier momento.

Una vez fui autóctono —saltaba los tornos, pescaba en los contenedores y dormía en cualquier azotea del centro— y esa sensación constituía la tónica de mi vida. En la actualidad, cuando aparece, es solo a ráfagas. Con todo, he aceptado cuidar de este piso todo septiembre, con la esperanza de que me baste. Tiene forma de bloque apilable de los primeros videojuegos: habitación y sala a la entrada, luego comedor y dormitorio principal y cocina al final, como una cola. Mientras me peleo en la mesa de la cocina con estos comentarios preliminares, el crepúsculo va avanzando al otro lado de las ventanas, consiguiendo que el cenicero y los montones de papeles que tengo delante parezcan de otra persona.

Eso sí, mi rincón favorito, con mucho, está pasada la cocina, saliendo por la puerta lateral: un porche de pilotes tan altos que podríamos estar en Nantucket. Vigas verdes como los bancos del parque y, por debajo, moqueta de hojas de dos ginkgos larguiruchos. «Patio» es la palabra que me gustaría emplear, pero «ventiladero» también serviría; altos bloques de pisos tapian el espacio de forma que nadie más puede acceder a él. Los ladrillos blancos del otro lado están desconchándose, y al anochecer, cuando me dispongo a abandonar mi proyecto, salgo a contemplar cómo la luz trepa y se suaviza conforme el sol va poniéndose en otro cielo sin lluvia. Dejo que el móvil vibre en el bolsillo y observo cómo las sombras de las ramas se estiran hacia esa lejanía azul que surca una estela de condensación cada vez más gruesa. Las sirenas y el ruido del tráfico y las radios que suben desde las avenidas son como un recuerdo de sirenas y ruidos de tráfico y radios. Tras las ventanas de los otros pisos se encienden televisores, pero nadie se molesta en correr las cortinas. Y comienzo a sentir de nuevo que las líneas que han encajonado mi vida —entre el pasado y el presente, el fuera y el dentro— se desdibujan. Que todavía podrían repartirme a domicilio.

Al fin y al cabo, en este patio no hay nada que no estuviera ya en 1977; quizá no sea este año sino aquel otro, y todo lo que sigue esté por venir. Quizá un cóctel molotov hiende la oscuridad, quizá un periodista corre por un cementerio; quizá la hija del pirotécnico sigue sentada en un banco nevado, velando a solas. Pues si las pruebas indican algo, es que no existe una sola Ciudad unitaria. O, si existe, consiste en la suma de miles de variaciones, que compiten todas por el mismo puesto. Tal vez me haga ilusiones; con todo, no puedo evitar imaginar que los puntos de contacto entre este lugar y mi ciudad perdida no terminaron de curarse, dejaron las cicatrices que lamento cuando lanzo la mente por la salida de incendios hacia el cuadrado azul de libertad que hay más allá. Y tú, que estás ahí fuera: ¿no estás también aquí conmigo? Es decir, ¿quién no sigue soñando con un mundo distinto a este? ¿Quién de nosotros —si implica liberarse de la locura, del misterio, de la belleza totalmente inútil del millón de posibles Nueva Yorks de otra época— está dispuesto, incluso ahora, a renunciar a la esperanza?

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© Kike Cal

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