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CIUDAD EN LLAMAS (PARTE 3)

Garth Risk Hallberg  

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Fragmento

26

Habría transcurrido casi una década desde el último viaje de Richard Groskoph al Bronx —había sido a finales de los años sesenta, mientras remataba un artículo sobre los reyes klezmer del Grand Concourse—, y ahora, cuando el tren 4 se elevó por encima del río y se apagaron las luces, se vio como un astronauta precipitándose hacia un planeta inhóspito que en realidad era una versión futura del suyo. Crudos monolitos de ladrillo, azules a la luz de la luna, se alzaban en un paisaje casi desarbolado. Grúas aquí y allá, fósiles con bolas de demolición por cabeza. Por encima se cernían columnas de humo demasiado denso para atribuirlo a las incineradoras. Entonces volvió la luz, y ninguno de los pasajeros parecía haberse percatado de su ausencia, ni del incendio de fuera. Miraban fijamente los periódicos o las letras y números garabateados en las ventanillas. «Stash», «Taki 183», «Moonman 157», conjuros para mantener a raya el mundo exterior. No tan distintos, bien pensado, de los anuncios del vagón, que vendían pediatras, operaciones de cirugía estética, ortodoncias. Los médicos eran todos blancos, los pacientes, morenos. Richard era el único gringo de su sección del tren. Y nadie se levantó para apearse en la siguiente estación.

Abajo se extendía un tramo de asfalto donde vasos de papel y productos plásticos se acumulaban alrededor de vigas, descoloridos por el invierno. Había folletos de alquileres con derecho a compra. Había jeringuillas. Los grafitis supuraban de las protecciones metálicas de los escaparates. Cuando se detuvo a mirar por una rejilla, solo atisbó patas de sillas del revés. En otra época Mott Haven había sido una tierra prometida para los trabajadores hartos de los barrios bajos. Ahora las únicas señales de vida consistían en una hoguera en un cubo de basura de un solar abandonado y el establecimiento de comida para llevar de la esquina, con el dependiente parapetado como un fantasma tras un cristal antibalas. Por supuesto, una posible definición de la palabra «ciudad» podría ser «lugar de cambios concentrados», y tales transformaciones habían comenzado mucho antes de que Richard se marchara. Pero por lo que fuera había imaginado que su marcha afectaría a la ratio de decadencia. ¿No era lo que decía Heisenberg? Por lo visto, no. Tampoco —volvió a acordarse de Samantha Cicciaro en la cama del hospital— servía darle la espalda a aquellas calles. Se subió el cuello de la americana, hundió las manos en los bolsillos y se adentró en el gueto.

En una plaza de cemento entre dos bloques de protección oficial había dos coches de emergencias inactivos, con las sirenas silenciadas. Bomberos de cabeza pequeña y desnuda fumaban sentados en los parachoques. Luces rojas rastrillaban el gentío congregado tras las catenarias de cinta policial. Richard volvió a sentirse agudamente caucásico, pero nadie pareció notar su presencia. Durante unos diez minutos todos observaron cómo los polis entraban y salían del edificio más cercano. Luego, a través del cristal sucio del vestíbulo, Richard distinguió a un agente de paisano que se le acercaba con ayuda de unas muletas. Lo habría reconocido en cualquier parte, pese al pelo encanecido. El Pequeño Polaco. Larry Pulaski.

Cuando se conocieron no llevaba muletas. Richard tenía veintidós o veintitrés años y buscaba noticias por ahí. Una estrategia consistía en frecuentar cierta taberna de la calle Jane, que tenía la ventaja, si soportabas las patatas aguadas como la tinta y algún hueso en la ternera, de estar cerca de la comisaría del Distrito Seis. Los policías fuera de servicio ocupaban la barra. Una ronda a veces diluía su antipatía natural hasta el extremo de que se les escapara algo útil, un nombre o un teléfono al que llamar. Eran hombres de físico imponente, la mayoría de ellos. Pulaski destacaba porque era menudo y porque siempre se sentaba para beber. Tenía una joroba que por lo visto solo Richard veía; cuando se levantaba de la mesa, los omoplatos tensaban el uniforme azul almidonado como los postes de una tienda de campaña. Después, cuando descubrieron que a ambos les gustaba Patsy Cline, Richard le preguntó si también jugaba a las cartas.

Ahora observó a Pulaski, con su abrigo de lana de talla infantil, dirigirse a la cabina de una ambulancia. La inactividad del vehículo se hizo más patente. La gente se apartó para dejarle paso, incluso cuando las luces de la sirena se apagaron; no corría prisa. Una mujer empezó a refunfuñar. Chicos con anorak y gorro de lana —no debía llamarlos «chicos», pero eso eran, jóvenes con una rala pelusilla facial— se movieron con una insinuación de hostilidad. ¿Cuánto hacía que Richard no cubría la escena de un crimen? Quería volver corriendo a Chelsea, a una docena de paradas de allí, para olvidar otra vez la intimidad con que la gente convivía con la muerte. Pero si Carmine no podía permitirse ese lujo, tampoco él. Cuando el último camión de bomberos se hubo marchado, sorteó la cinta policial por abajo. «Anda que si lo intento yo… me abren la crisma», rezongó la mujer gruñona. Pulaski levantó la vista del coche de incógnito donde se había apoyado para quitarse los guantes de látex. Probablemente no tocaba tender la mano, pero Pulaski recuperó el equilibrio para estrecharla. Tenía una expresión benévola. Incluso de abuelo.

—Richard Groskoph, por Dios. ¿Dónde te habías metido?

—Cuánto tiempo —convino Richard. El tiempo había empeorado el estado de la columna vertebral de Pulaski, había constreñido el torso hasta darle forma de coma. Las piernas se le juntaban en las rodillas, pero por debajo se separaban como un trípode para sostener el peso descentrado de arriba. Obviamente, Richard, que también estaba envejeciendo, no podía mencionarlo. Ladeó la cabeza hacia el bloque de pisos—. ¿Unas preguntas?

—Mis hombres lo llaman Simulacro de Incendio Mitchell-Lama —explicó Pulaski—. Atascas el ascensor, accionas la alarma en un piso alto, te plantas armado en la escalera cerca de la portería y vas atracando a la gente conforme baja. Salvo que a veces el arma se dispara. Aquí tenemos dos cadáveres.

—Qué espanto.

—Eso sí, me sorprende ver a un periodista por estos lares. Hoy día puedes bombardear manzanas enteras sin atraer a un solo reportero.

Su mirada era de sastre, tomaba medidas.

—Sinceramente, Larry, no he venido en calidad de profesional. ¿Tienes un minuto?

Pulaski se volvió hacia el vestíbulo del bloque, donde sus subordinados se esforzaban por parecer atareados.

—Parece que esta noche no vamos a arrestar a nadie. Deja que avise al oficial y luego podemos ir a algún sitio tranquilo.

El policía se movía con sorprendente rapidez con las muletas; recordaba a un murciélago, deslizándose por las sombras listadas de las pocas luces supervivientes sobre las vías del elevado. En el puesto de comida, el mostrador de formica naranja que daba a la calle ofrecía suficiente sitio para comer de pie. Richard, famélico de pronto, pidió un bocadillo de carne con queso. Pulaski se conformó con un café. El mostrador le llegaba a la altura del pecho, pero no se quejó de incomodidad y, por tanto, Richard intentó disimular su altura o sentirse incómodo por él. Y habría sido fácil refugiarse en una charla insustancial. Nadie le había pedido a Richard que fuera hasta allí; nadie había convertido a la chica moribunda en tema de su incumbencia. Pero ¿cómo si no iba a salvar la distancia entre el cuerpo conectado a un tubo para respirar y el que se había sentado frente a él hacía un par de meses, rasgueando una guitarra verde manzana?

—La verdad es —dijo tirando la servilleta estrujada en la cesta de cartón donde le habían servido el bocadillo que acababa de zamparse— que quería hablar de un caso que llevas. La víctima se llama Cicciaro.

Pulaski lo miró como si estuvieran escuchándoles, a pesar de que la única persona presente además del dependiente era la anciana china encargada de la plancha.

—Recuérdamelo…

—Nochevieja. Central Park. Blanca de diecisiete años. Comatosa. Ha salido en la prensa.

—Seguro que sí, en esa zona… Pero ¿cómo sabes cómo se llama? No hemos revelado el nombre.

—Resulta que soy más o menos amigo de la familia.

—¿De quién? ¿Del padre? ¿Es amigo tuyo?

—Conocido. Un tema de trabajo. Estoy trabajando en un reportaje.

—Estás de broma.

—Sobre los fuegos artificiales y eso. Llevo cinco meses, dan para conocer a alguien.

—Pues es raro, es la primera noticia que tengo. Si te hubiera mencionado me acordaría.

—No le parecería importante.

Tanto dar vueltas le recordó a Richard el cortejo de los cangrejos: trataban de cogerse sin dejarse coger.

—Y supongo que en cinco meses no habrás descubierto nada que deba saber…

—¿Como qué?

Una ceja se enarcó de forma casi imperceptible.

—Amigos míos, amigos nuestros, tíos que conocen a otros tíos…

Richard se sintió igual de desorientado que cuando contestó al teléfono en Año Nuevo. «¿Qué hospital? ¿Estás allí?» La voz de Carmine con la misma afectación dura y plana de un niño tratando de convencerse de algo. El corazón de Samantha, le había dicho, se había parado tres minutos en el quirófano. Entonces Richard lo entendió.

—Venga ya, ¿lo dices porque son italianos? El tipo es lo menos parecido a un mafioso que te puedas imaginar, Larry. Si pudiera, se mudaría a Marte.

—Tengo que preguntar, ya lo sabes. Por cierto, todo esto es extraoficial.

—Perfecto. Precisamente he venido a pedirte que intentes mantener a la prensa alejada. La semana después de Año Nuevo conté once artículos de seguimiento y eso solo con el comunicado que difundisteis. No querría ver a una bandada de periodistas ocupando el jardín de los Cicciaro. O como se diga, una manada, una jauría.

—¿No lo querrías para ellos? —Entonces, cuando Richard se negó a picar el anzuelo, añadió—: Créeme, me apetece que la prensa meta las narices en esto tanto como un tiro en la cabeza. Y perdona. Pero ¿de qué más se puede informar? Es una víctima anónima y un tirador desconocido. No tenemos pista, ni caso, y de momento eres el único que sabe quién es la chica. Incluso la gente de la universidad simplemente piensa que ha dejado los estudios. Una semana más y todos pasarán a la siguiente historia.

—¿Has consultado el expediente, Larry? Mañana cumple dieciocho años. Dentro de —miró el reloj de la pared detrás del vidrio de varios centímetros de grosor— un par de horas, Samantha Cicciaro dejará de ser menor de edad. Todos los datos se harán públicos. Empezando por el nombre.

Pulaski permaneció completamente inmóvil durante un minuto. Su reflejo era una sombra en el cristal.

—La fecha de nacimiento. Vaya. Alguien tendría que haberlo visto.

—Yo lo he visto. Y acabo de avisarte. ¿De verdad quieres ver su historia en las noticias de las seis y otro mes de seguimiento mediático?

Pulaski bebió un sorbo de café, se secó las gotas que le colgaban del bigote.

—Pero ¿qué pretendes? ¿Piensas solucionar el caso?

—Solo intento terminar el reportaje. Aunque ahora, con lo que ha pasado, es probable que no lo publique.

Quería creer que no había pensado más allá. Pero ¿ le había dedicado su amigo, fugazmente, una mirada escéptica?

—Está bien, Richard. Déjame ver qué puedo hacer. Pero mientras, ni una palabra. Y nada de visitas sorpresa. —Pulaski dejó la taza, con un ruido hueco, y le entregó una tarjeta con su nuevo cargo: subinspector—. Cualquier cosa que se te ocurra, me llamas a mi teléfono directo. —Al encajarse las muletas en los brazos de pronto se volvió vulnerable, como un molusco reculando al caparazón—. ¿Sabes que casi me había creído que nos habías dejado para siempre?

—¿Qué quieres que te diga? Está claro que no sé lo que me conviene.

—Bueno, desde un punto de vista egoísta, me alegro. Las noches de los miércoles no son lo mismo sin ti ni el «doctor» Zig. Echo de menos un blanco fácil.

—¿Cómo? ¿Qué le ha pasado a Zig?

—Pon algún día la radio y lo descubrirás. Otra vez igual que en 1962. Es el año que os peleasteis, ¿no? —Qué rar

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