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CLEPTóMANAS

Kirsten Smith  

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Fragmento

LO QUE DICE EL ESPEJO

A veces me pregunto cuáles son las ventajas de ser «popular», porque en ocasiones realmente puede llegar a ser muy molesto. Por ejemplo, cuando esas idiotas se te acercan constan­temente, invaden tu espacio y te saludan sin motivo, intentando llamar tu atención y suplicándote tu amistad.

«Hola, Tabitha… ¿Qué tal te va?... ¿Qué pasa?... Me encantan tus pendientes…» Etcétera. Qué asco. Que invadan mi espacio me resulta agotador.

No me malinterpretéis. Claro que me gusta que la gente me conozca y, gracias a eso, suelo salirme con la mía, pero en general agradecería un poco de privacidad.

Ahora es una de esas raras ocasiones en que realmente disfruto de un momento de privacidad; estoy matando el tiempo en el cuarto de baño con Kayla y Taryn. Es cierto que hablan de tonterías, pero, por lo menos, cuando se miran en el espejo, no me prestan atención.

—Anoche hice una hora y media de ejercicios de cardio —dice Kayla, apartándose el pelo largo y negro de los ojos. Las chicas asiáticas son muy afortunadas en lo que respecta al pelo. Apenas tienen vello en el cuerpo y, en cambio, pueden presumir de unas melenas brillantes y moldeables.

—Estoy convencida de que la Coca-Cola Zero provoca estreñimiento —comenta Taryn, agarrándose la barriga.

Al cabo de un minuto, Kayla entorna los ojos para observar a la alegre rubia que sale del cuarto de baño.

—Serena Bell toma la píldora —chismorrea—. Por eso tiene esas tetas tan inmensas.

—Las mías son un regalo divino —dice Taryn, ahuecándose el escote del top de Juicy Couture. Tiene razón; sus pechos son un buen activo y sabe cómo usarlos.

Por una vez Kayla y Taryn no me acribillan a preguntas en plan «¿Cómo está Brady?» o «¿Qué vamos a hacer esta noche?», porque están demasiado ocupadas retocándose el maquillaje, emperifollándose y haciendo mohines ante el espejo.

Soy una auténtica experta en las Caras de Espejo. Cada chica tiene la suya. La de mi madre es sexy y misteriosa, con los ojos medio cerrados y la mirada perdida. Kayla pone «morritos» como si estuviera dando un beso, sorbiéndose las mejillas. Taryn inclina la barbilla hacia abajo, esboza una sonrisa traviesa y se pone de lado para parecer más delgada. Lástima que ninguna de ellas sea capaz de mantener esa cara en la vida real. Es lo malo de la Cara de Espejo, que la pones porque así es como quieres que te vean los demás, pero en realidad tú eres la única persona que la ve.

Este podría ser un tema digno del blog del instituto, pero quién tiene tiempo para eso. Que la señorita Hoberman me pusiera un sobresaliente en Escritura Creativa el semestre pasado no significa que vaya a desperdiciar mi tiempo escribiendo un blog. Bloguear es para la gente que carece de vida social. Además, la señorita Hoberman pone sobresalientes a todo el mundo. Por eso me he apuntado este semestre a su curso sobre Shakespeare. Lo mejor son las salidas culturales, en las que puedes pasártelo bien con los amigos y encima acumular unos créditos extra. Este año solo vamos a hacer una salida nocturna al Teatro Clásico Northwest para ver una obra, pero el año que viene, como ya será el último curso, está previsto que vayamos a pasar el fin de semana a Ashland para asistir al Festival de Shakespeare. O sea, que te pasas todo el fin de semana enrollándote con tu novio y emborrachándote, y tus padres pagan la salida porque piensan que estás «aprendiendo».

En cuanto a Brady, nunca he visto su Cara de Espejo. Pero su Cara Diaria es bastante maravillosa. Tiene hoyuelos y un pelo rubio y espeso que siempre lleva algo despeinado y le da un aspecto adorable, y a veces puede ser de verdad un encanto. No es demasiado aficionado a las conversaciones profundas, pero ¿hay algún chico que lo sea? Y, además, ¿de qué serviría? Prefiero no tener conversaciones profundas. Acabas hablando durante horas sobre tus propios sentimientos, nunca sobre los de él, te expones demasiado y al final llegas a una situación de inevitable congoja y decepción.

Kayla ya ha terminado de ponerse el brillo de labios rosa opalescente de Dior. Sus labios tienen un aspecto deslumbrante y pegajoso.

—¿Podemos irnos ya? —pregunto. Marcia Abrahams no para de mirarme y sospecho que está reuniendo el coraje necesario para acercarse y preguntarme qué voy a ponerme para el Baile de Primavera. Siempre me lo pregunta, como un reloj, once sema

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