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CóMO CONQUISTAR A UN LORD (AMANTES REALES 2)

Megan Mulry  

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Fragmento

1

evon Heyworth abrió un ojo y se encontró en la envolvente y artificial oscuridad de una habitación de hotel. Uno de los cuerpos que había tirados en algún lugar de la enorme suite gruñó; el sonido le llegó desde su izquierda. Examinó con la palma de la mano la lisa superficie de las sábanas que cubrían la enorme cama y después se desperezó. Despertarse en Las Vegas siempre era una sorpresa.

—Mierda —soltó una voz con acento norteamericano rompiendo el silencio. Una mujer se incorporó bruscamente en uno de los cuatro sofás de piel blanca—. Mi turno empieza a las siete. Tengo que salir pitando.

—¿A las siete de qué? Es media mañana, ¿no? —preguntó Devon rascándose despacio la barba de dos días.

—¿Qué? Son las seis y media de la tarde.

La mujer rió mientras encendía una lámpara de una mesa auxiliar al otro lado de la habitación.

Devon la miró con aire ausente mientras ella se ponía una camiseta de tirantes y se agachaba para coger sus pantalones.

—No es posible —respondió Devon en tono tranquilo y desperezándose de nuevo en la enorme cama—. He pedido que me despierten a las dos. Tengo que coger un vuelo a Londres a las cuatro y cuarenta de esta tarde y yo nunca pierdo un vuelo.

—¿Estás seguro?

La mujer (Devon creía recordar que se llamaba Clarity, Chastity o algo parecido) se estaba riendo de él. Tenía unos

D

grandes y tempestuosos ojos oscuros que se veían incluso mejor con todo el rímel barato corrido. Una chica con la que divertirse. Y por la expresión de la cara de su amigo Archie, dormido detrás de ella en el sofá, los dos se lo habían pasado bastante bien.

Ella se levantó, descorrió las cortinas y le señaló con el dedo el cielo del atardecer. El doloroso brillo del sol destruyó el espejismo de control que Devon mantenía sobre su vida.

—Eso es el oeste. El sol se está poniendo. No soy más que una camarera que sirve cócteles, pero crecí en una granja y sé decir la hora sin mirar el reloj. Y tú serás un conde, pero…

Devon puso los ojos en blanco.
—La verdad es que no soy conde…
—¡Me da igual! Todos tus amigos te llaman «Conde»… —Todo empezó como una broma…
—Oh, ¡y qué importa! —añadió ella empezando a perder la paciencia.

A él le gustaban las mujeres así. Ya se había divertido y ahora estaba deseando seguir con su vida. Perfecto.

—Vale. —Miró su reloj y cogió el teléfono que había al lado de la cama—. Hola, soy Devon Heyworth. ¿Son las seis y media de la mañana o de la tarde?

Calamity se metió como pudo en sus ceñidos pantalones negros. Puso los brazos en jarras y negó con la cabeza mirando a Devon.

—Putos británicos. Es increíble.

Después de coger su bolso, se inclinó sobre el sofá y le dio un beso a Archie en la frente. Él le respondió con una palmada en el culo y la mujer se alejó.

—Ha sido divertido, Conde —dijo cuando pasó al lado de donde estaba, sentado en el borde de la cama y en shock en ese momento—. Que tengas un buen viaje de vuelta a Londres.

—Gracias. Sí, fue muy divertido. Adiós… ¡Verity!

Ella sonrió porque ambos se dieron cuenta de que él acababa de recordar su nombre. Después se rió y salió.

Devon estaba metido en un buen lío. Si se perdía la boda de su hermano por haber pasado la noche en Las Vegas de fiesta con un grupo de amigos sin oficio ni beneficio y unas cuantas camareras, su familia lo degollaría vivo. Cogió el móvil y llamó al departamento de atención al cliente de American Express. Una voz femenina se presentó como Diane.

Empezó a hablar con ella mientras metía todas sus cosas en una bolsa de viaje de piel y se ponía unos vaqueros y una camiseta negra arrugada.

—Hola, Diane, soy Devon Heyworth. Creo que he perdido mi vuelo de Virgin Atlantic de Las Vegas a Londres. Sí…

Entró en el baño, se cepilló los dientes y usó el antebrazo para meter todos sus artículos de aseo en el neceser. Se calzó las zapatillas de deporte y echó un último vistazo a la habitación.

—¿Puedes esperar un segundo? —Devon apoyó el teléfono contra el pecho y gritó en dirección al resto de los ocupantes de la suite—. ¡Escuchadme, vagos! Tengo que volver a Londres para la cena de ensayo. Será mejor que todos consigáis volver antes del sábado para la boda de Max.

Tres cabezas se levantaron lentamente, asintieron y siguieron durmiendo.

Devon salió hacia el ascensor y volvió a su conversación. —Sí, quizá se corte la comunicación cuando entre en el ascensor. Bueno, vale, no importa lo que tengas que hacer, pero debo estar en Londres mañana por la tarde.

—Sí, por supuesto, señor.

Devon oyó el ruido de las teclas de un ordenador al otro lado de la línea e intentó ignorar su reflejo en las puertas metálicas del ascensor que acababan de cerrarse ante él. Sacó unas gafas de sol espejadas de un bolsillo lateral de su bolsa, comprobó que llevaba el pasaporte y la cartera, y después se peinó con los dedos. Esa maraña del color de la arena, castaño claro casi rubio, ya le llegaba a los hombros y su madre sin duda le iba a echar la bronca por parecer una estrella de rock desaliñada en todas las fotos de la boda de la revista Hello!, pero al menos asistiría…

—No tenemos ningún jet privado disponible hasta… Oh, espere… ¡Genial! Lo tengo. —Diane había conseguido algo.

Devon cruzó a grandes zancadas el vestíbulo del hotel Wynn, sonriéndole un poco a la conserje que recordaba vagamente de la noche anterior. Había sido generoso con la propina, y ella parecía agradecerlo. Mientras escuchaba a lo lejos su móvil, Devon se acercó a su nueva mejor amiga que ocupaba el lugar tras el mostrador y le susurró:

—Necesi

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