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CóMO HACER QUE UN CONDE SE ARRODILLE (LA COMITIVA DEL CORTEJO 2)

Eleanor Rigby  

5


Fragmento

Prólogo

Londres, 1870

El hedor a muerte perfilaba los rincones de la estancia como una angustiosa premonición, pero ni la aparición divina de todos sus santos podría haber tentado a Abigail a salir de allí. Todo en su actitud apuntaba a que pasaría el resto de su vida arrodillada frente a la cama de su madre, especialmente si ese era el requisito para mantenerla consciente. Lady Stratford agonizaba, esclava de altas fiebres que la mecían en el limbo. Entretanto, la hija adolescente podía aprovechar sus momentos de lucidez para confiar en la utopía de su recuperación.

—Abby, mi corazón. Tienes que escucharme.

Abigail se llevó la mano de su madre al corazón. El pensamiento de cuánto le gustaría poder transmitirle el latir vital de sus órganos, cederle la vida a cambio de nada, la consumía lentamente.

—Abby, mi Abby... —repetía—. Sabes que este es nuestro último rato juntas, ¿verdad? Sabes que... Sabes que te quiero y que eres mi mayor recompensa en la vida. Mi golpe de suerte.

—Yo también te quiero. Por eso no puedes irte —añadió rápidamente—. Preferiría morir a quedarme sin ti.

—No digas esas cosas —gimoteó, estrechando con fuerza sus manos—. Yo no soy ni seré nunca un motivo por el que merezca la pena morir... Aunque no haya nada más bonito que irse amando. Y es de eso justamente de lo que quiero hablarte.

Lady Stratford sonrió y alargó una mano para acariciarle la mejilla. Había un ángel cautivo en su gesto de pura bondad, y el corazón del fuego renacido bailaba en sus ojos claros. Para Abby, era la mujer más bella del orbe pese a su estado. Si algo le consolaba, era que como criatura celeste, el Cielo la recibiría con los brazos abiertos.

—Escúchame bien, Abigail... Aún no conoces el mundo, y Dios sabe que nunca estarás preparada para su crueldad. Creo firmemente que nadie lo está. Pero cuando salgas a la luz, cuando te presenten en sociedad, cuando decidas casarte o cuando simplemente interactúes con el resto... No te asustes y sé valiente. Te van a hacer daño, ¿me entiendes? Muy pocos ahí fueran tienen tu buen corazón, y rara vez actúan movidos por el bien común. Saldrás herida en incontables ocasiones porque las personas como tú nunca llegan a entender la maldad ajena, del mismo modo que ellos tampoco comprenderán tu magnanimidad, y a menudo querrán destruirla, o apropiarse de ella... Por eso quiero que me prometas que te protegerás y serás fuerte y, al mismo tiempo, no dejarás que nadie te quite lo que te pertenece: tu esencia. No le des a nadie la oportunidad de destruir quien eres. Y si te destruyen, mi dulce Abby... Si se les ocurre intentarlo... Renace. Renace siendo quien eres o una mejor versión de ti misma, pero jamás te amoldes a lo que ellos establecen, porque siempre habrá alguien que valore así. Alguien que te querrá tal y como eres, que amará cómo te muestras, que se desesperará por extraer el dolor de tu alma…

—Y esa eres tú —sollozó Abby—. Solo tú… Ni siquiera padre…

—No pienses en él ahora, y deja que…

Una tos ronca y violenta se apoderó de lady Stratford. Se cubrió la boca con el fino pañuelo bordado que no había soltado en días, en el que aún relucían los lamparones de sangre seca. Tras recomponerse, separó con dificultad el broche de la cadena que llevaba al cuello. Del cordel de plata pendía una minúscula lágrima de un material humilde, cuya esquina apuntaba hacia arriba. La observó con seriedad unos segundos, hasta que se la tendió a Abigail con aire solemne.

—Esto es quien eres, mi amor. Y eres también lo que le falta. —Señaló la esquina de la piedra—. Esto es lo que me queda por decirte.

»Solamente tú decides a dónde perteneces. No hay nada escrito sobre ello, por mucho que hayan intentado inculcártelo. Ni tu marido es tu dueño, ni tu madre, ni tu padre, ni esta casa hace tu hogar. Cuando llegue ese momento en el que necesites echar raíces, has de dejar que sea tu corazón quien decida, no ninguna condición o rutina previa. El hogar no viene establecido —sonrió, trémula—. Tú lo creas.

»Elige o crea uno perfecto para ti, Abby.

1

«La noble empresa de buscar marido se ha de confiar al personal adecuado. Tomar la iniciativa sin un estudio previo y exhaustivo de posibilidades solo conducirá a la dama al desastre».

Extracto del Manual de modales y otros requisitos para ser la dama perfecta.

Londres, 1880

—¿Qué tal Sebastian Talbot? —sugirió Jess, ladeando la cabeza en dirección a una pareja de invitados.

Ese debía ser el «qué tal inserte-nombre-de-aristócrata» número quinientos ochenta y seis...

...como mínimo.

Lady Jezabel Ashton, gran amiga, fiel consejera y comprometida intrigante de la aventura de encontrar un marido adecuado para ella, se había tomado tan en serio su papel que solo le faltaban los prismáticos y la vara de medir para considerar a los candidatos. Su complicidad hacia el plan había sido satisfactoria desde el principio, pero ahora que la señorita Viviana Conti —tercera intrigante del objetivo matrimonial— estaba pasando por las penalidades de una enfermedad —provocada por ella misma, todo fuera dicho—, se había visto en el deber de exagerar su reincidencia en la maquinación.

A decir verdad, Abby estaba echando de menos la presencia de la italiana. No únicamente porque sus escandalosas ocurrencias quedaran para la posteridad, sino porque con su buen ojo y determinación, Viviana habría elegido al candidato que ella necesitaba en una sola noche. Aunque ni Jess ni ella lo dijeran, cada vez se notaba más que no contaban con su valiosa perspicacia. Asistían a la cuarta velada en la que intentaban ponerse de acuerdo y, a juzgar por cómo se estaba desarrollando, Abby tenía claro que no sería la última.

—Mi padre nunca permitiría que me casara con un empresario —repitió por décima vez, con ese tono paciente que consideraba su mayor virtud. Si hubiera sido enemiga de la sutileza quizá la habría zarandeado por insistir en endosarle un ricachón sin abolengo—. Y es demasiado grande y feroz para mi gusto. Es decir... No es que me halle precisamente en situación de buscarle defectos a los posibles pretendientes, pero preferiría no casarme con un hombre que a simple vista me aterroriza.

Sí, definitivamente, ese hombre le daba miedo. Era más alto que el índice de pobreza del East End y tenía la clase de mirada capaz de darle a entender a su interlocutor que era un despreciable bufón. Los motivos de su popularidad llamaban tanto la atención de las descaradas como repelía a las modestas muchachas que dedicaban su vida a la complacencia, tal y como ella. Y por si fuera poco, la temible cicatriz que le cruzaba la mejilla le confería el aspecto de un pendenciero pirata, aire que desde luego no la incitaba a hacer buenas migas con él. En todo caso, hacer como el resto de los presentes: huir como si de la peste se tratase.

No, Sebastian Talbot no era para ella... 

...pero Jess se daba golpecitos en el labio, meditándolo.

—A mí me parece muy atractivo, pese al evidente defecto físico. Y parece sano: podría darte muchos hijos.

—No lo dudo. Pero también parece capaz de arrearles palizas para educarlos —añadió, imprimiéndole toda la dulzura posible—. Y desgraciadamente no estoy preparada para lidiar con un maltratador en potencia.

Jess la miró sin parpadear.

—No me termino de acostumbrar a tus exageraciones, Abigail Appleby. De veras que no lo consigo. Pero he cogido el punto —repuso enseguida, recuperando el buen ánimo—. Así que… Adiós, Talbot.

Tachó alegremente el nombre de la lista que reposaba en su regazo, captando la atención de algunos curiosos. 

Un baile no era el mejor sitio para ponerse a tramar perversas estrategias de conquista. Entre otras cosas porque ningún lugar o acontecimiento social era bueno para maquinar… Pero la Comitiva del Cortejo seguía sus propios métodos, y dado que daban resultado —Viviana era el claro ejemplo—, Abigail no estaba por la labor de menospreciarlos. Bastaba con ignorar las miradas interesadas y quizá censuradoras de los invitados, del mismo modo que lo hacía lady Jezabel, y continuar escrutando a lo lejos con la esperanza de hallar un milagro.

—Sin Talbot nos quedan tres nombres más —anunció—. Doyle, también empresario; Leverton, al que no tocarás porque es mío, y...

Entre las muchas y curiosas características personales que definían a Jess, a Abigail le maravillaba su determinación a salirse con la suya. A veces, sirviéndose de grandes argumentos; otras, de algo tan simple como «porque lo digo yo». Aunque admiraba su resolución a quedarse con lord Leverton a literalmente cualquier precio, le asustaba que también echara mano de esa virtud tan suya para casarla con quien ella dijera.

—En tu lista solo hay caballeros altos como un campanario y más ricos que Creso. ¿No has pensado que quizá... —tanteó, muy despacio—, podría interesarme otra clase de hombre? Me es indiferente si no es joven, no cuenta con una asignación anual desproporcionada o se le cae el pelo. Tengo veintisiete años y ni una libra que ofrecer; ¿no crees que debería bajar el listón?

Jess la miró como si acabara de sugerir que se metieran desnudas en una pira ardiendo.

—Por supuesto que no —decretó, refunfuñando.

—Vale, de acuerdo. —Alzó los brazos en señal de rendición—. Pero, Jess... En tu lista solo hay candidatos que representan tu ideal. Es decir —se apresuró a explicar, temiendo ofenderla. Mo

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