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CóMO LIGAR CON UN DUQUE (AMANTES REALES 1)

Megan Mulry

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Fragmento

1

SI UN AÑO ANTES ALGUIEN LE HUBIERA DICHO a Bronte Talbott que iba a dejar su trabajo y su vida en Nueva York por algún motivo y en concreto por una relación, por una relación romántica, ella habría respondido inmediatamente y sin asomo de duda: «¡Y una mierda!». Bronte no buscaba que ningún hombre la conquistara y pusiera su mundo patas arriba. No tenía pensamientos absurdos sobre vivir su propio cuento de hadas y feliz para siempre. Había tenido que luchar mucho y le gustaba demasiado su trabajo de publicista para tirarlo todo por la borda por un hombre. Pero esa noche en la fiesta de despedida de David y Willa Osborne se produjo el principio de la transformación que convirtió a Bronte en una persona que tenía poco que ver con la de antes.

Acababa de cruzar el abarrotado vestíbulo del apartamento que David y Willa tenían en Tribeca y vio a «mister Texas» al otro lado de la proverbial habitación atestada de gente. Demasiado llena, con mucho humo y no menos ruido. Justo en ese momento él dejó de mirar a la persona con la que hablaba, como si su tardía llegada le hubiera desencadenado una reacción inesperada pero muy bienvenida, y le dedicó una medio sonrisa que tuvo el efecto de hacer desaparecer de repente el ruido y las distracciones que había a su alrededor.

¡Zas!

Se habían visto solo un par de veces. En los últimos años se había convertido en un invitado intermitente dentro de su círculo de amigos. Vivía y trabajaba en Chicago, pero venía a la ciudad de vez en cuando a pasar lo que él llamaba «fines de semana a lo grande». Él y David se habían hecho amigos cuando trabajaron juntos en un asunto financiero y descubrieron su amor mutuo por el ambiente musical de la capital de Texas, Austin, y por el alcohol.

Al principio Bronte no le prestó mucha atención porque hablaba demasiado alto y se tomaba demasiadas confianzas. Es que era de Midland, Texas, por el amor de Dios. Pero ese momento de intimidad a contracorriente, en medio de aquella marabunta, le hizo darse cuenta de que le apetecía tener algo que ver con alguien que hablaba demasiado alto y se tomaba demasiadas confianzas. Por una vez no tenía ganas de ser ella la que llevara todo el peso de la conversación. O de su equipaje, para qué negarlo.

Su parte racional con voz de Gloria Steinem le decía: «¿Mi madre se manifestó en Washington para esto?». Se puso hecha una furia, pero la ignoró. Esa era la vergonzosa verdad: había en ella un deseo latente de convertirse en la atractiva acompañante de alguien. De tener a alguien que se ocupara de ella.

—Hola —saludó él.

Había abandonado la conversación de la que hasta entonces había sido el centro de atención, como era habitual, y ahora estaba allí a su lado en la improvisada barra. Había botellas medio vacías de vodka Belvedere, Johnnie Walker Blue y ron Myers’s desperdigadas por la encimera de granito negro de la estrecha y moderna cocina de David y Willa.

—Hola —le respondió Bronte mientras se servía una copa de vino tinto.

Los dos estaban temporalmente solos en un espacio bastante tranquilo.

—¿Y qué? —preguntó—. ¿Crees que irás a visitar a Willa y David a Londres cuando se vayan para allá?

—Eso espero. Solo he ido una vez a Londres, pero me encantó. —Le dio un sorbo al vino y esperó a que él continuara la conversación.

—¿Qué te pareció el concierto?

—¿Qué concierto?

—¡El del Madison Square Garden! —exclamó sonriendo—. Creía que todos los de aquí habían ido.

—Oh, yo no.

Un amigo borracho entró tambaleándose en la cocina y sacó un refresco de la nevera. Después pasó haciendo eses entre ellos.

—Hola, Bronte.

Ella sonrió mientras miraba a ese pobre tipo chocar con el marco de la puerta al salir y a continuación levantó la vista para encontrarse a mister Texas observándola entre interesado y travieso.

—¿Y cómo has podido perdértelo? —dijo arrastrando un poco las palabras.

Ella miró su copa y después a él.

—Lo eché a cara o cruz y finalmente tocó la exposición de Rothko en el MoMA en vez de ir al concierto. Mi prima se muda a Los Ángeles y era la última vez que podíamos salir juntas antes de que se marchase.

—No creo que yo me hubiese perdido ese concierto por nada del mundo, mucho menos por una aburrida exposición en un museo. Estuve en la Capilla Rothko de Houston, nena, y me pareció un sitio bastante pobre.

Bronte se rió. Nunca había oído una mala crítica de Rothko. Ni tampoco que la llamaran «nena». Si su padre, el intelectual, estuviera vivo para conocer a ese tío, le habría odiado desde el primer momento.

—¿Y qué tipo de arte te gusta? ¿Los cuadros de perros jugando al póquer?

Sonrió.

—Sí, claro, me encanta el bulldog con el cigarrillo colgando. Estoy seguro de que lo que tiene entre manos es un full.

—Te estás haciendo el cateto… —le dijo.

—La vida es genial, ¿por qué malgastarla con todos esos expresionistas abstractos suicidas?

Si lo hubiera dicho cualquier otra persona se habría sentido ofendida, pero él había demostrado tener una extraña forma de hacer que sus intereses intelectuales parecieran, si no estúpidos, al menos innecesariamente difíciles.

—Ya, claro. —Lo miró por encima de su copa y se preguntó si estaría borracho. Tenía un pequeño temblor en la boca y la mirada algo desenfocada. Pero parecía lo bastante sobrio para no apartar la atención de los labios de Bronte.

—¿Quieres ir a dar un paseo?

Ella volvió a reír.

—Son casi las dos de la madrugada. ¿Adónde íbamos a pasear?

—No lo sé. Se me había ocurrido que podía acompañarte a casa y todo eso, ya sabes.

Exageró el acento texano al decir esa última frase y ella tuvo que admitir que era muy sexy. Llevaba muchísimo tiempo sin sentirse atraída por nadie. Y ahora le gustaba ver su mirada fija en ella. Había estado tan centrada en ascender uno o dos escalones en el negocio de la publicidad que había tenido las miras puestas en otras cosas. Era una experta a la hora de compartimentar. Si estaba centrada en el trabajo, no había más que trabajo; no podía estar el noventa por ciento centrada en su profesión y el diez en seducir a alguien.

Bronte consideraba estos años tras acabar la carrera como el capítulo de su vida en que se iba a dedicar a «ir subiendo peldaños». Estaba decidida a hacer todo lo que hiciera falta para ganarse el respeto de su jefa y sus colegas, para demostrar que no era una cabeza de chorlito que solo quería trabajar unos años hasta encontrar un marido o pasarse después a otra industria. Costara lo que costase ella iba a convertirse en una agresiva ejecutiva de cuentas de publicidad. No estaba dispuesta a esperar a que llegara el hombre perfecto para conquistarla.

Pero…

La verdad es que este hombre estaba demostrando ser increíblemente bueno en eso de la conquista. Y era fuerte, rubio, seguro de sí mismo, divertido. Le recordaba al Kim de Kipling, el pequeño amigo de todo el mundo, pero grande.

—¿Has leído Kim de Rudyard Kipling?

—¿Es como El libro de la selva? He visto los dibujos con mis sobrinas. —Su sonrisa era contagiosa y traviesa.

Todos los hombres que entraban en la cocina a por una cerveza le saludaban con una mezcla de respeto y camaradería. Una sarta de «Hola, tío» y «¿Qué hay, compañero?» salpicados de momentos de chocar esos cinco y asentimientos de cabeza enfáticos interrumpían constantemente su incipiente conversación.

—¿Por qué te felicitan por el concierto? —le preguntó Bronte en un momento de calma.

Él soltó una carcajada y fue como si hubieran rasgueado las cuerdas de un bajo dentro de ella.

—No me están felicitando. Es solo que todos estamos de acuerdo en que fue increíble. El placer compartido y todo eso.

Había dicho eso último más despacio, justo eso y en ese momento, y aunque ella sabía que era un truco de seducción que seguramente tenía ensayado (o ya no necesitaba ensayarlo porque le salía natural), se dejó llevar por la cálida ola de deseo que le provocó.

—Me gusta como suena eso —dijo Bronte en voz baja.

«El placer compartido y todo eso», repitió en su mente. Le gustaría saber algo más sobre ese «todo eso».

Él estiró el brazo y le quitó a Bronte la copa casi vacía de la mano. Un gesto algo machista que le molestó y a la vez le encantó. Se odió un poquito por ello.

—¿Y si quería tomarme otra copa de vino? ¿O beberme el último sorbo de esa?

Pero él sabía (y ella sabía que él sabía) que no le importaba abandonar el final de esa copa o la posibilidad de tomarse otra por la oportunidad de salir de esa fiesta de la mano de ese tío bueno carismático, imponente y poco aficionado a Rothko.

Él ya empezaba a tirar de ella en dirección a la puerta cuando Willa y David entraron en la cocina bastante borrachos y agarrándose el uno al otro de la cintura. Bronte le soltó la mano al texano.

—¡Estás aquí! —exclamó Willa casi cantando. Y le dio a Bronte un abrazo emotivo.

—Willa, hoy hemos comido juntas, pero actúas como si llevara

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