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CóMO MATé A MI PADRE

Sara Jaramillo Klinkert  

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Fragmento

 

Me han disparado muchas veces, pero nunca me muero. Me despierto cada vez que la bala va a impactarme. Me pregunto qué pasará el día que no me despierte. Tal vez muera de verdad. Tal vez no. Las cosas que no pueden saberse por adelantado. Yo, por ejemplo, no sabía que iban a matar a mi padre. Ningún niño cree que algo así pueda pasar. Pero pasa. Todavía me cuesta creer que apenas treinta y cinco gramos de acero y un gramo de pólvora hayan podido acabar con una familia. Doy fe de ello. Acabaron con la mía.

Mi sueño con la bala es recurrente, debe de ser de tanto imaginarla impactando el cuerpo de mi padre. Y, también, porque me han apuntado con un arma varias veces. Una para robarme, otra para volver a robarme, otra más para advertirme que diera media vuelta, la vez que vi a un hombre a punto de asesinar a otro. Pero la que más recuerdo fue la primera vez. Ocurrió a través de la ventanilla de nuestro propio carro. Odié la fragilidad del vidrio, la lentitud del motor, la velocidad de la motocicleta que nos perseguía a lo largo de la autopista. La primera vez que un arma me apuntó fue también la primera vez que odié a mi padre por habernos obligado a hacer ese viaje a Girardota. Ya tendría el resto de la vida para recriminarle que se hubiera tragado las razones que lo motivaban a llevarnos hasta allá para rezarle al Señor Caído.

No era un hombre de silencios, mi padre, todo lo contrario, se sabía todas las palabras del mundo y, cuando no le alcanzaban, se inventaba las suyas propias. Hablar con él era toda una experiencia, le parecía a uno que el mundo se iba inventando a medida que nombraba las cosas. Mencionaba lugares que no aparecían en los mapas y esos lugares se nos plantaban en la mente con la misma firmeza que si hubiéramos pasado allí las vacaciones. Lo que más le gustaba era ponerle apodos a la gente y hacer muecas. Sobre todo, eso. No había quien le ganara.

Nos escondía nuestros objetos más preciados y, a su manera, cobraba por devolvérnoslos: nos hacía caminar con las manos, quedarnos en patasola durante diez minutos, cargar un recipiente con agua sobre la cabeza sin que se derramara ni una gota, repetir trabalenguas imposibles sin equivocarnos y también nos ponía a arrancar maleza. Era obsesivo con el tema de la maleza. Aunque teníamos mayordomo, a él le encantaba llegar de la oficina y ponerse a podar la grama, abonar los árboles, coger las frutas maduras y arrancar las malas hierbas. Yo, a veces, le ayudaba, no es que me preocuparan las malas hierbas, sino que era mi excusa para pasar toda la tarde a su lado.

Era abogado y no perdía ni un solo caso. Cuando los preparaba, la sala de nuestra casa se volvía un lugar intransitable entapetado con hojas, libros y apuntes. De las paredes colgaban cartulinas en las que apuntaba cosas que no entendíamos, per

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