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CóMO ROBAR EL CORAZóN DE UN MARQUéS (LA COMITIVA DEL CORTEJO 3)

Eleanor Rigby  

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Fragmento

Prólogo

«Nunca he comprendido por qué se dice que las mujeres no tienen madera de operarias. No hay negocio más delicado que amar al hombre inadecuado, y toda mujer ha invertido en ello alguna vez».

Extracto de La cara oculta de la luna, firmado por Lady V.

Denton Park, Cornualles

Inglaterra, diciembre de 1880

Jezabel Ashton no era una mujer fácil de alterar.

Cuando le tocaba enfrentar una situación difícil, hacía balance contraponiendo ventajas y desventajas, y tal era su convencimiento al tomar una decisión, que consideraba una completa rebuznada arrepentirse más tarde.

Sin embargo, había ciertas sentencias que no podía dictar sin que le temblase la mano, y era porque en esas en concreto existía el conocido «margen de error». El mayor y peor enemigo de una mente racional.

Una ecuación solo podía resolverse de una manera. Se podía hacer bien o se podía hacer mal, no había grises en esa paleta de extremos. Pero cuando se trataba del corazón, no había nada blanco o negro. Los sentimientos eran una compleja amalgama de tonalidades. No existían unas palabras mágicas o un procedimiento concreto para lograr lo que se proponía. Todo estaba al aire: ese era el pensamiento más repetido mientras esperaba ansiosamente a que Leverton apareciese.

Tenía muy presentes dos cosas. La primera, que estaba quebrando al menos diez mandamientos, quince leyes sociales y veinte normas del decoro... a falta de una. Y la segunda, que nada ni nadie la había empujado a hacerlo salvo ella misma. Ni siquiera había necesitado la aprobación de Viviana Radcliff, su compañera de maquinaciones, ni la suave regañina de Abby Appleby, quien solía apelar a la razón base que cualquier persona decente debía poseer... Lo que significaba que nadie conocía sus planes concretos a excepción de sí misma.

Si triunfaba, sería su victoria. Si caía, sería su gran fracaso. No podría culpar a nadie de haberla inducido a comportarse como una total libertina, ni tendría que agradecerle a nadie que la hubiese empujado a los brazos de la feliz equivocación.

Siendo directos, había sido lady Jezabel Ashton en todo su esplendor romántico, y sin ayuda de ningún miembro de la Comitiva del Cortejo, quien se había colado en la habitación de lord Leverton con poco más que un batín. También fue solo lady Jezabel Ashton quien se puso nerviosa tras el crujir de la puerta. Sin ayuda de nadie. Pero como nada fue tan importante como disimularlo, logró fingir que guardaba la calma.

Era su primera y última oportunidad de hacer las cosas bien. De confesarle al hombre de sus sueños que llevaba enamorada de él desde que tenía uso de razón.

Tanto tiempo de meditación al respecto confluyó en una migraña. ¿Cómo se le decía a un hombre que se le amaba de manera que nunca pudiera olvidarlo? La familia Ashton jamás hacía las cosas a medias; más bien se esforzaban en llevar el concepto «a lo grande» a un nuevo nivel. O más bien las mujeres Ashton, porque solían ser ellas las que abrían antes su corazón. Que se lo dijeran a su propia madre, quien le declaró su amor al marqués de Denton cantando un soneto delante de todo un salón atestado a invitados.

Fuera por motivos familiares o razones personales, Jess no se había conformado con la posibilidad de cogerlo del brazo y conducirlo a un pasillo para decirle cuatro tonterías sacadas de un poema de Lord Byron. Tampoco le gustó la idea de asaltarlo durante la transición entre la cena y la hora de acostarse. Y ni mucho menos servirse de una carta de su puño y letra, entre otras cosas porque la poesía, junto con el baile y mantener la boca cerrada durante debates masculinos, era una de las cosas que peor se le daban. También renunció a aquello por un motivo superior: necesitaba ver su cara cuando se lo dijera.

Y fue su cara lo que vio al cabo de un instante, cuando después de cruzar el umbral, Leverton frenó secamente al toparse con su figura inmóvil.

Se quedó mirándola con esa fingida expresión de tenerlo todo controlado. Thane Galbraith no era indolente o calculador: todo lo contrario. Era de fácil irritación. Pero al mismo tiempo era dueño de todo y de todos. No tenía el porte esperado de un hombre de su posición, y aun así, no le hacía falta. Su desproporcionada estatura, sus labios siempre fruncidos y su mirada de marcada superioridad convertían a cualquier otro a su lado en un mindundi sin nada que hacer. Esa era una de las cosas que Jess admiraba tanto. No era carismático ni tenía ninguna labia; la mayoría de veces su discurso era demasiado virulento para tener la razón. Pero de una manera u otra, lograba salirse con la suya. Quizá porque siempre quería ganar, y no se contentaba con quedar en segundo lugar en ningún aspecto, una ambición que era común en sus personalidades.

—No debería estar aquí, milady. —No añadió ese «aunque no me extraña» que evidentemente estaba pensando, pero flotó entre los dos mecido en el silencio. Jess estuvo punto a de sonreír condicionada por ese lady tan remarcado y pronunciado casi con desdén, subrayando una vez más que le sorprendía que ese fuera su rango—. ¿Puedo ayudarla en algo?

«Es el momento».

—Sí, puedes ayudarme en algo.

Leverton frunció el ceño, y Jess supo por qué. No le agradaba ninguna expresión de confianza —aunque ella en concreto siempre lo había tratado con cercanía y no se quejó hasta aquellos nuevos días—; suponía, pues, que menos gracia le hacía el tuteo a altas horas de la noche. Pero ese no debió ser su mayor problema cuando Jess redujo el espacio entre los dos, le echó los brazos al cuello y, poniéndose tan de puntillas que parecía que estaba volando, lo besó en los labios... O casi. Estuvo tan cerca de hacerlo que la excitación le jugó una mala pasada y creyó que había alcanzado uno de sus deseos más inútiles, pero la cruda realidad fue que Leverton la cogió de los hombros y la apartó con brusquedad.

—¿Qué está haciendo? —masculló por lo bajo, mirándola con una mueca—. ¿Ha vuelto a beber?

—Por supuesto que no —repuso, envalentonada. Debería haberle prestado atención a las señales, mas tenerlo delante hizo que se olvidara de lo que gritaba su lado coherente. Aquel hombre tenía algo que la ponía a vibrar en cuanto su aliento se mezclaba con el mismo aire que la rozaba—. Estoy... Estoy haciendo algo que debería haber hecho hace muchísimo tiempo.

—¿Colarte en mis aposentos? Jezabel. —Se estremeció al oír el nombre en sus labios, ese que llevaba años sin utilizar—. No estoy de humor para...

—No —cortó. Lo miró directamente a los ojos y procuró que no le temblara la voz al hablar—. Escúchame, porque necesito que sepas lo que siento. Estoy aquí para decirte que te quiero, te pertenezco y te necesito, y deseo que me correspondas en la misma medida…

Habría seguido vomitando lo que se había estudiado de memoria horas antes si hubiera percibido el más mínimo atisbo de interés.

Leverton era la viva imagen del espanto. La miraba en silencio, con las cejas ondulando sobre sus ojos bien abiertos. Era justo decir que

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