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COLORADO KID

Stephen King  

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Fragmento

1

Tras concluir que no obtendría nada interesante de los dos ancianos que componían la totalidad de la plantilla del The Weekly Islander, el periodista del Globe de Boston miró el reloj, comentó que si se apresuraba podía tomar el transbordador de la una y media, les dio las gracias por el tiempo que le habían concedido, dejó algún dinero sobre la mesa, lo pisó con el salero para que no se lo llevara la considerable brisa marina y descendió a toda prisa la escalinata de piedra de la terraza del Grey Gull en dirección a Bay Street y el centro del pueblo. Excepción hecha de algunas ojeadas subrepticias a sus pechos, apenas si había reparado en la joven sentada entre ambos ancianos.

En cuanto el periodista del Globe se hubo marchado, Vince Teague alargó la mano y cogió los dos billetes de cincuenta de debajo del salero para guardarlos en un bolsillo de su vieja pero aún servible americana de tweed con una expresión de satisfacción manifiesta.

—¿Qué hace? —inquirió Stephanie McCann, sabedora de cuánto le gustaba a Vince escandalizarla (cuánto les gustaba a los dos, de hecho), pero incapaz en aquel caso de disimular una nota de sorpresa.

—¿A ti qué te parece? —replicó Vince con cara más complacida que nunca.

Una vez guardado el dinero, alisó la pestaña del bolsillo y dio cuenta del último bocado de su panecillo de langosta. Acto seguido se enjugó los labios con la servilleta de papel y, haciendo gala de una gran destreza, cazó el babero del periodista de Boston cuando una ráfaga de salado viento marino intentó llevárselo. Su mano era un amasijo retorcido de aspecto casi grotesco a causa de la artritis, pero ello no le restaba velocidad.

—Pues que acaba de coger el dinero que el señor Hanratty ha dejado para pagar la comida —observó Stephanie.

—Buen ojo, Stephanie —alabó Vince al tiempo que guiñaba uno de los suyos al hombre sentado frente a él.

Se trataba de Dave Bowie, que aparentaba más o menos la edad de Vince, pero en realidad tenía veinticinco años menos. Toda era cuestión de lo que te tocaba en la lotería, era lo que siempre afirmaba Vince. Tu maquinaria funcionaba hasta que se caía a pedazos. Te pasabas la vida remendando rotos y descosidos, y Vince estaba convencido de que aun a aquellos que vivían hasta los cien años, edad que él tenía toda la intención del mundo de alcanzar, en definitiva la vida no se les antojaba más que un efímero paseo al sol.

—Pero ¿por qué?

—¿Tienes miedo de que monte un lío y le carguen el muerto a Helen? —preguntó Vince.

—No… ¿Quién es Helen?

—Helen Hafner es nuestra camarera —explicó Vince al tiempo que señalaba con la cabeza a una mujer rolliza de unos cuarenta años que retiraba platos en el otro extremo de la terraza—. Son

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