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COMO DOS EXTRAñOS (LOS RAVENEL 4)

Lisa Kleypas  

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Fragmento

1

Londres, verano de 1876

 

Alguien la estaba siguiendo.

La inquietante certeza le provocó a Garrett un escalofrío en la nuca, de manera que el vello se le puso de punta. De un tiempo a esa parte tenía la impresión de que alguien la vigilaba cada vez que visitaba la enfermería del asilo para pobres. De momento, no había encontrado evidencia alguna que justificara su inquietud, no había visto a nadie que la siguiera ni había oído sus pasos, pero podía sentir su presencia en las cercanías.

Siguió caminando a paso vivo con el maletín en la mano derecha y un bastón de nogal en la izquierda. Su mirada analizaba todos los detalles del entorno. La barriada de Clerkenwell, situada en East London, no era un buen lugar para mostrarse descuidada. Por suerte, estaba a dos manzanas de la calle principal, de reciente construcción, donde podría parar un coche de alquiler.

Los malolientes vapores que ascendían desde Fleet Ditch hicieron que se le saltaran las lágrimas mientras caminaba por la rejilla metálica que lo cubría. Le habría gustado taparse la boca y la nariz con un pañuelo perfumado, pero ningún residente haría algo así, y quería pasar desapercibida.

Los bloques de viviendas, ennegrecidos por el hollín, estaban tan juntos como hileras de dientes y tan silenciosos que resultaba alarmante. Casi todos los ruinosos edificios habían sido declarados inseguros y pronto serían derribados para construir una nueva barriada. La luz de las farolas que flanqueaban la calle relucía entre la niebla que cubría la serena noche estival, ocultando casi por completo una luna roja. Faltaba poco para que el surtido habitual de vendedores ambulantes, carteristas, borrachos y prostitutas abarrotara las calles. Tenía la intención de estar bien lejos cuando eso sucediera.

Sin embargo, aminoró el paso al ver que unas cuantas siluetas emergían de entre la niebla. Se trataba de un trío de soldados fuera de servicio tal como delataban sus uniformes, riéndose a mandíbula batiente mientras se acercaban a ella. Garrett cruzó la calle en dirección a la otra acera sin alejarse de las sombras. Demasiado tarde. Uno de ellos la había visto y la siguió.

—Mirad qué suerte —dijo, dirigiéndose a sus compañeros—. Una ramera que va a alegrarnos la noche.

Garrett los miró con gesto gélido mientras aferraba con fuerza la empuñadura del bastón. Era evidente que estaban borrachos. Seguro que se habían pasado todo el día bebiendo en una taberna. Los soldados contaban con pocos entretenimientos de los que disfrutar durante sus días libres.

Sintió que se le aceleraba el corazón al verlos acercarse.

—Caballeros, déjenme pasar —dijo con voz cortante al tiempo que cruzaba la calle de nuevo.

Los soldados la interceptaron entre carcajadas y haciendo eses.

—Habla como una dama —comentó el más joven de los tres, un pelirrojo de pelo rizado que no llevaba sombrero.

—Qué va a ser una dama —replicó otro, de rostro alargado y expresión hosca, que iba en mangas de camisa—. ¿No ves que va sola por la calle a estas horas? —Miró a Garrett con una sonrisa lasciva que dejó a la vista sus dientes amarillentos—. Acércate a la pared y súbete las faldas, pimpollo. Estoy de humor para echar uno de pie por tres peniques.

—Se equivocan —se apresuró a decir Garrett, que trató de sortearlos. Ellos la interceptaron de nuevo—. No soy prostituta. Sin embargo, aquí cerca hay burdeles donde pueden pagar por ese tipo de servicios.

—Pero yo no quiero pagar —replicó el grandullón con voz desabrida—. Lo quiero gratis. Ahora.

Esa no era ni mucho menos la primera vez que Garrett había sufrido insultos y amenazas mientras visitaba las zonas más desfavorecidas de Londres. Había recibido entrenamiento de un maestro de esgrima para defenderse en ese tipo de situación. Pero estaba agotada después de atender a más de una veintena de pacientes en la enfermería del asilo para pobres y enfadada por tener que enfrentarse a un trío de matones cuando lo único que quería era irse a casa.

—Como soldados al servicio de su majestad —repuso con mordacidad—, ¿no se les ha pasado por la cabeza que su deber es defender el honor de una mujer en vez de mancillarlo? —Para su espanto, la pregunta suscitó un coro de carcajadas y no logró avergonzarlos.

—Hay que bajarle los humos —dijo el tercero, un tipo gordo de aspecto rudo con la cara marcada por la viruela y los párpados hinchados.

—Yo sí que necesito que me la bajen —comentó el más joven, acariciándose la entrepierna y tirando de la tela del pantalón para exhibir su tamaño.

El grandullón de expresión hosca la miró con una sonrisa amenazadora.

—Contra la pared, señora elegante. Puta o no, es lo que te toca.

El gordo sacó la bayoneta de la funda de cuero que llevaba al cinto y la levantó para dejar a la vista la hoja serrada.

—Haz lo que te dice o te corto como si fueras un trozo de beicon.

Garrett sintió un desagradable vuelco en el estómago.

—Desenvainar un arma cuando están fuera de servicio es ilegal —les recordó con frialdad, aunque tenía el pulso desbocado—. Eso, sumado a los delitos de ebriedad y de violación, supondría unos cuantos latigazos y al menos diez años de cárcel.

—Pues a lo mejor te corto la lengua y así no se lo cascas a nadie —dijo el soldado con desdén.

Garrett no dudaba de que fuera capaz de hacerlo. Siendo la hija de un antiguo policía, sabía que si había sacado el arma, era para usarla contra ella. En más de una ocasión, había cosido las heridas provocadas por un arma blanca en la mejilla o en la frente de las mujeres cuyos violadores habían querido asegurarse de que nunca los olvidaran.

—Keech —dijo el más joven—, no hace falta que aterrorices a la pobre muchacha. —Después, se volvió para hablarle directamente a Garrett—. Déjanos hacer lo que queremos. —Guardó silencio—. Será mejor para ti si no te resistes.

Envalentonada por la furia, Garrett recordó el consejo de su padre sobre evitar las confrontaciones.

«Mantén las distancias. Evita que te rodeen. Habla y distrae a tu atacante mientras se presenta el momento oportuno.»

—¿Por qué forzar a una mujer reacia? —preguntó, al tiempo que se agachaba para dejar el maletín en el suelo—. Si es por falta de dinero, puedo darles el suficiente para que visiten un burdel. —Con mucho cuidado, introdujo una mano en el bolsillo lateral del maletín, donde guardaba los escalpelos en la funda de cuero. En cuanto dio con el mango de uno de ellos, se incorporó al tiempo que lo ocultaba en su mano. El conocido peso del instrumento quirúrgico la consoló.

Con el rabillo del ojo vio que el gordo armado con la bayoneta la rodeaba. Al mismo tiempo, el grandullón se acercó a ella.

—Nos llevaremos el dinero —le aseguró—. Después de divertirnos contigo.

Garrett aferró mejor el escalpelo, colocando el pulgar en la parte plana de la empuñadura. Con cuidado, acarició el borde de la hoja con la yema del dedo índice.

«Úsalo», se dijo.

Echó la mano hacia atrás para tomar impulso y lanzó el escalpelo, asegurándose de no doblar la muñeca para que la hoja no girara. El afilado instrumento se clavó en la mejilla del soldado, que soltó un rugido, presa de la furia y de la sorpresa, y se detuvo al instante. Acto seguido, Garrett se dio media vuelta para enfrentarse al gordo de la bayoneta. Blandió el bastón en el aire con un movimiento horizontal que golpeó al soldado en la muñeca derecha. Sorprendido, el hombre gritó y soltó el arma. El primer golpe fue seguido por un segundo al costado izquierdo, y Garrett oyó el crujido de una costilla al romperse. Sin pérdida de tiempo, le clavó el extremo del bastón en la entrepierna, lo que lo dobló por la cintura, facilitándole la labor de noquearlo al golpearle la barbilla con la empuñadura.

El soldado cayó desmadejado al suelo, como si fuera un suflé poco hecho.

Garrett se apresuró a coger la bayoneta y se volvió para enfrentarse a los otros dos hombres.

Sin embargo, la sorpresa la paralizó y se quedó donde estaba, con el pecho agitado por la respiración.

La calle estaba en silencio.

Los dos soldados yacían en el suelo.

¿Sería una treta? ¿Fingían estar inconscientes para que se acercara a ellos?

Se sentía invadida por una energía vibrante e intensa mientras su cuerpo asimilaba que el peligro había pasado. Despacio y con tiento, se acercó a los dos soldados para echarles un vistazo, cuidándose de mantenerse fuera de su alcance. Aunque el escalpelo le había dejado al grandullón una marca sangrienta en la mejilla, la herida no era suficiente para que hubiera perdido el conocimiento. Tenía una marca roja en una sien, provocada posiblemente por un golpe con un objeto contundente.

Examinó al segundo y vio que le sangraba la nariz, que parecía que le hubieran roto.

—¿Qué diantres...? —musitó al tiempo que miraba hacia uno y otro extremo de la calle. Experimentó de nuevo la inquietante sensación de que alguien la observaba. Tenía que haber alguien en algún sitio. Era evidente que esos dos soldados no se habían golpeado entre ellos hasta acabar en el suelo—. Muéstrese ahora mismo —le ordenó a la presencia invisible, aunque se sintió un poco ridícula—. No hace falta que se esconda como una rata en un armario. Sé que lleva semanas siguiéndome.

Se oyó una voz masculina, procedente

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