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COMPASIóN (BUCHANAN 2)

Julie Garwood  

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Fragmento

Prólogo

La chica era absolutamente increíble con el cuchillo. Poseía un talento natural, un don divino, o eso le dijo su padre, Big Daddy Jake Renard, cuando, a la tierna edad de cinco años y medio, la pequeña destripó su primera trucha de arroyo con la precisión y la pericia de un profesional. Su padre, henchido de orgullo, la levantó, la sentó sobre sus hombros —las flacas piernecillas a ambos lados de su cara— y la llevó hasta su bar preferido, el Swan. Una vez dentro, la dejó en el suelo y llamó a sus amigos para que la vieran destripar otro pescado que él llevaba metido en el bolsillo trasero de su desgastado mono. Milo Mullen se quedó tan impresionado que pretendió comprar a la niña por cincuenta dólares en efectivo allí mismo, en el acto, y se jactó de poder triplicar dicha cantidad en una semana si alquilaba a la niña a las casuchas de los pescadores de los pantanos.

Sabiendo que Milo sólo trataba de ser obsequioso, Big Daddy Jake no se sintió ofendido. Además, Milo lo invitó a una ronda y le propuso un brindis por su talentosa hija.

Jake tenía tres hijos. Remy, el mayor, y John Paul, un año menor, ni siquiera eran adolescentes aún, pero el padre ya veía que serían más altos que él. Los chicos eran pura dinamita, siempre tramando diabluras, y ágiles como liebres los dos. Estaba orgulloso de sus muchachos, pero lo cierto es que la pequeña Michelle era la niña de sus ojos. Ni una sola vez le tuvo en cuenta que estuviera a punto de matar a su madre al nacer. Su dulce Ellie sufrió lo que los médicos denominaron «apoplejía cerebral aguda» justo en medio del empujón final, y después de que lavaran a su hija y la envolvieran en mantas limpias, a Ellie la sacaron del lecho conyugal y la llevaron al hospital local, en el otro extremo de St. Claire. A la semana, cuando se determinó que no volvería a despertar, la trasladaron en ambulancia a una institución estatal. El médico que atendía a Ellie llamó a aquel lugar inmundo «casa de reposo», pero al ver el lúgubre edificio de piedra gris rodeado de una cerca de hierro de tres metros de alto, Big Daddy supo que el médico le estaba mintiendo. No era ninguna casa. Era el purgatorio, lisa y llanamente, un lugar intermedio donde las almas pobres y perdidas hacían penitencia antes de que Dios las acogiera en el cielo.

Jake lloró la primera vez que fue a ver a su mujer, pero después nunca más. Las lágrimas no mejorarían la enfermedad de Ellie ni restarían un ápice de desolación al horrible lugar en que yacía. El largo pasillo que atravesaba el centro del edificio daba paso a una hilera de habitaciones de paredes verde mar, austeros suelos de baldosas grises y viejas camas desvencijadas que chirriaban cada vez que se subían o bajaban los laterales. Ellie estaba en una gran habitación cuadrada con otros once pacientes, algunos lúcidos, mas la mayoría no, y ni siquiera había bastante espacio para acercar una silla a su cama y charlar un rato con ella.

Jake se habría sentido peor si su mujer hubiese sabido dónde se encontraba, pero su cerebro dañado la mantenía en un estado de ensoñación perpetuo. Lo que no sabía no podía afectarla, decidió Jake, hecho que le proporcionaba bastante tranquilidad.

Todos los domingos por la tarde, después de levantarse y sacudirse los achaques, llevaba a Michelle a ver a su madre. Cogidos de la mano, ambos se quedaban a los pies de la cama de Ellie mirándola durante unos diez o quince minutos, y luego se iban. A veces Michelle recogía un ramo de flores silvestres, las ataba con bramante y hacía un bonito lazo. Lo dejaba en la almohada de su madre, para que pudiera aspirar su dulce fragancia. Un par de veces hizo una corona de margaritas que colocó en la cabeza de su madre. Su padre le dijo que la diadema hacía que mamá estuviera preciosa, como una princesa.

La suerte de Jake Renard cambió a los pocos años, cuando ganó sesenta mil dólares en una lotería privada. Como no era legal y el gobierno desconocía su existencia, Jake no tuvo que pagar impuestos por aquella ganancia inesperada. Se planteó utilizar el dinero para trasladar a su mujer a un entorno más agradable, pero en algún rincón de su cabeza oyó la voz de Ellie regañándole por ser poco práctico, por pretender gastar el dinero en algo que no le haría ningún bien a nadie. De modo que, en su lugar, decidió emplear parte del dinero en comprar el Swan. Quería que sus muchachos tuvieran un futuro trabajando en el bar cuando dejaran de ir en busca de faldas y sentaran la cabeza con mujeres e hijos a los que habría que mantener. El resto del dinero lo guardó para su jubilación.

Cuando Michelle no estaba en la escuela —Jake no creía que necesitara una educación, pero el Estado creía que sí—, él la llevaba consigo allá donde fuera. Los días de pesca, ella se sentaba a su lado y pasaba el tiempo hablando como una cotorra o leyéndole historias de los libros que ella le mandaba sacar de la biblioteca. Mientras él sesteaba después de comer, ella ponía la mesa y sus hermanos preparaban la cena. La pequeña era toda una amita de casa. Mantenía su hogar impecable, toda una hazaña teniendo en cuenta que su padre y sus hermanos eran decididamente desastrados. En los meses de verano, siempre tenía en las mesas flores recién cortadas en tarros de conservas.

Por la noche, Michelle acompañaba a Big Daddy al Swan para que hiciera el último turno. Algunas noches la pequeña se quedaba dormida, aovillada como un gato, en un rincón del local, y él tenía que llevarla al almacén que había en la parte de atrás, donde le había instalado un catre. Atesoraba cada minuto que pasaba con su hija, ya que suponía que, al igual que muchas de las chicas del condado, se quedaría embarazada y se casaría al cumplir los dieciocho.

No es que tuviera pocas esperanzas en Michelle, pero era realista, y en Bowen, Luisiana, todas las chicas bonitas se casaban jóvenes. Así eran las cosas, y Jake no creía que su hija fuera a ser diferente. En el pueblo, los chicos y las chicas no tenían mucho que hacer salvo tontear entre sí, y era más que inevitable que ellas acabaran preñadas.

Jake poseía un pequeño terreno donde había construido una cabaña de un dormitorio cuando se casó con Ellie, y le fue añadiendo habitaciones a medida que su familia aumentaba. Cuando los chicos fueron lo bastante mayores para echar una mano, construyó una buhardilla para que Michelle pudiera gozar de cierta privacidad. La familia vivía en medio del pantano, al final de un serpenteante camino de tierra llamado Mercy Road. Había árboles por todas partes, algunos centenarios. En el jardín trasero se alzaban dos sauces llorones casi cubiertos de un musgo que pendía de las ramas cual bufandas de ganchillo y llegaba hasta el suelo. Cuando los envolvía la neblina procedente de los pantanos y el viento se levantaba y empezaba a gemir, el musgo adoptaba el misterioso aspecto de fantasmas a la luz de la luna. En semejantes noches, Michelle bajaba de la buhardilla y se metía en la cama de Remy o John Paul.

Desde la casa, la vecina ciudad de St. Claire quedaba a unos veinte minutos a buen paso. Allí había calles pavimentadas y festoneadas de árboles, pero no era tan bonita ni tan pobre como Bowen. Los vecinos de Jake estaban acostumbrados a la pobreza. Sobrevivían como podían y los miércoles por la noche arañaban un dólar para jugar a la lotería con la esperanza de recibir un golpe de suerte como el de Jake Renard.

La vida dio otro sorprendente giro para los Renard cuando a Michelle, en el tercer curso del colegio Horatio Herbert, le tocó una maestra recién llegada, la señorita Jennifer Perine. Durante la cuarta semana de clase, la señorita Perine repartió las pruebas de nivel, obtuvo los resultados y a continuación envió a casa a Michelle con la petición de que su padre se reuniera con ella a la mayor brevedad.

Jake nunca había asistido a una de esas reuniones. Supuso que su hija se había metido en algún lío, quizás una pequeña pelea. Podía ser irascible cuando la ponían contra las cuerdas. Sus hermanos le habían enseñado a defenderse. Era bajita para su edad, y ellos temían que fuese un blanco fácil para los bravucones del colegio, de modo que se aseguraron de que aprendiera a pelear, y sucio.

Jake creyó que tendría que calmar a la maestra. Se puso el traje de los domingos, añadió un toque de Aqua Velva, que únicamente utilizaba en ocasiones especiales, y recorrió los tres kilómetros que lo separaban de la escuela.

La señorita Perine resultó una plasta, cosa que Jake esperaba, pero también era bonita, y eso era algo que no esperaba. Desconfió al instante. ¿Por qué una mujer atractiva, joven y soltera iba a querer dar clases en aquel agujero de Bowen? Con su belleza y sus curvas, seguro que podía conseguir un empleo en cualquier parte. Y ¿cómo es que aún no estaba casada? Aparentaba veintitantos años, y en el condado eso la convertía en una solterona.

La maestra le aseguró que no tenía malas noticias que darle. Antes bien, quería comunicarle lo excepcional que era Michelle. Jake se puso tenso. Interpretó que las observaciones de la mujer querían decir que a su hija le fallaba algo en la cabeza. Todo el condado decía que Buddy Dupond era un niño excepcional, incluso después de que la policía se lo llevara y lo encerrara en un loquero por prenderle fuego a la casa de sus padres. Las intenciones de Buddy no eran malas, y no quería matar a nadie, simplemente le fascinaban los incendios. Provocó unos doce de cuidado: todos en el pantano, donde el daño daba igual. Le dijo a su madre que le encantaban los incendios, sin más. Le gustaba cómo olían, cómo resplandecían, todo aquel naranja, amarillo y rojo en la oscuridad, y sobre todo le gustaban los chasquidos, el crepitar, los ruiditos que hacían. Igual que los cereales. El médico que reconoció a Buddy debió de pensar que era un niño excepcional, vaya si lo era. Le dio un extraño nombre: pirómano.

Al final resultó que la señorita Perine no pretendía insultar a la pequeña de Jake, y cuando éste se dio cuenta, se relajó. La señorita le dijo que, después de recibir las primeras pruebas y ver los resultados, había hecho que unos expertos evaluaran a Michelle. Jake no tenía la más remota idea de coeficientes intelectuales o de cómo esos expertos podían calcular la inteligencia de una niña de ocho años, pero no le sorprendió que su Michelle fuera —como le dijo a la señorita Perine con orgullo— más lista que el hambre.

Era necesario que él hiciera lo mejor para la niña, explicó la maestra, y dijo que Michelle ya leía literatura para adultos y que el lunes siguiente iba a saltar el equivalente a dos cursos completos. ¿Sabía él que Michelle tenía talento para las ciencias y las matemáticas? Resumiendo, Jake concluyó que toda aquella charla culta quería decir que su pequeña era un genio nato.

La señorita Perine añadió que se consideraba una buena maestra, pero, así y todo, creía que no sería capaz de estar a la altura de las necesidades educativas de Michelle. Así pues, quería que la niña ingresara en un colegio privado donde pudieran cultivar sus aptitudes y establecer su curva de aprendizaje (que a saber qué demonios sería).

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