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CON LA MUERTE EN SUS TACONES (MORIR POR AMOR 1)

Iris Romero Bermejo  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

La desnudez en bici

Alargo la mano con delicadeza para coger otro martini seco de la bandeja del camarero. Al hacerlo, me quedo maravillada por mi nuevo regalo, brillante, imponente y regio.

«Mi querido Alfonso no ha escatimado ni un céntimo en el anillo de pedida», pienso mientras sonrío distraída.

Doy un pequeño sorbo, con cuidado de que no se me corra el pintalabios y manche la copa de cristal, seguramente carísima. Siempre he considerado vulgares a las mujeres que dejan una mancha de carmín en las copas de los restaurantes de alto standing.

—¡Creo que a esta mujer le está dando un ictus! —grita de repente una camarera. Suelta la bandeja y corre hacia mí como una loca.

No entiendo lo que está pasando ni me da tiempo a reaccionar hasta que me sujeta con fuerza, tira mi copa por los aires y me tumba en el suelo. Forcejeamos durante unos segundos, ella empujándome hacia abajo y yo intentando escapar.

—¡Un médico! ¡Un médico! —grita la camarera.

—Estoy bien, estoy bien —digo al fin, soltándome. Miro alrededor y me doy cuenta de que solo unas pocas personas se han dado cuenta del incidente.

—No sabes cómo lo siento —se disculpa la chica, tras mirarme un momento—, pero he visto que ponías la boca en una posición extraña, ya sabes, con la mitad del labio levantado y enseñando los dientes…

La muy desgraciada lo escenifica, mostrando unos dientes algo amarillentos y necesitados con urgencia de una limpieza bucal.

—Estoy bien, gracias —consigo decir algo abochornada.

—Pero ¿por qué estabas con la boca así? Debería verte un médico —me aconseja.

No quiero explicarle mi teoría de la vulgaridad con las copas de cristal, ya que es obvio que no lo entenderá. Así que me dispongo a darle una excusa más simplificada cuando mi querido amor aparece, como siempre, para salvarme.

—Pilar, por fin te encuentro —dice Alfonso, visiblemente aliviado.

«Menos mal que no se ha enterado del ridículo malentendido de hace medio segundo», pienso mientras me coge de la mano y lo acompaño.

—¿Qué ocurre? —pregunto, sospechando que esta noche va a pasar algo especial.

Estamos en el Thyssen, disfrutando de una noche mágica en compañía de gente con buen gusto. Mi Alfonso no me hubiera traído a tomar unos cócteles si no hubiese una buena razón, y sospecho cuál puede ser…

Llegamos a la mesa donde están reunidos nuestros amigos. Están Laura, Paula, Sofía y mi mejor amiga, Ruth. Todas con novio, menos la última. Bueno, aún no ha encontrado a su alma gemela, pero cuando la halle estoy segura de que será ideal.

—Os he reunido aquí para celebrar un triunfo personal —comienza Alfonso, levantando la copa hacia sus amigos y hacia mí—. Me ha costado mucho convencerla y ha sido casi un milagro que aceptase, pero tras suplicarle y suplicarle…

Me preparo, recordando el discurso para el momento en qu

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