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CON LA VERDAD LLEGARá EL FIN (SEEKER 1)

Arwen Elys Dayton

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Fragmento

1

Quin

«No estaría mal salir viva de esta», pensó Quin. Se agachó hacia la derecha, mientras la espada de su adversario pasaba silbando a su izquierda, a punto de rebanarle un brazo. Ella tenía su propia arma en la mano, recogida en la forma de un látigo. Lo abrió de un golpetazo y se convirtió en una larga espada. «Sería una pena que me abriera la cabeza ahora que estoy a punto de conseguirlo.» El gigantón con el que luchaba parecía encantado con la idea de matarla.

Le daba el sol en la cara, pero se la cubrió con el arma por instinto y detuvo el mandoble de su oponente antes de que le partiera la cabeza en dos. La fuerza del golpe sobre su espada, como un árbol que le caía encima, hizo que le temblaran las piernas.

—Ya te tengo, ¿sí o no? —bramó su adversario.

Quin no conocía a ningún hombre que pudiera hacerle sombra a Alistair MacBain. Ahí estaba, de pie ante ella, con su pelo rojo resplandeciendo como el halo de un demonio escocés entre los polvorientos rayos de sol que entraban por el tragaluz. Era también su tío, pero eso carecía de importancia en ese momento. Quin se escabulló hacia atrás. El enorme brazo de Alistair blandía su descomunal arma como si fuera la batuta de un director de orquesta. «Quiere matarme de verdad», pensó.

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Barrió la habitación con la mirada. John y Shinobu, sentados en el suelo del granero, la miraban aferrados a sus espadas látigo como si les fuera la vida en ello, pero ninguno de los dos podía ayudarla. Ese era su combate.

—No sirven de mucho, ¿verdad? —comentó su tío.

Quin se apoyó sobre una rodilla y vio como Alistair, con un golpe de muñeca, cambiaba la forma alargada y esbelta de su enorme espada látigo por un grueso y amenazante espadón, el arma favorita de los escoceses para asestar el golpe de gracia. El oscuro material del que estaba hecha se derritió como si fuera aceite y luego se solidificó. Quin se preguntó a cuántos de sus ancestros habrían hecho picadillo con espadas como esa.

«Estoy pensando y eso provocará mi ruina», se dijo.

Un Seeker no piensa cuando lucha. Y a menos que Quin dejara de dar vueltas a la cabeza, Alistair esparciría sus sesos sobre la limpia paja que había en el suelo del granero. «Y encima, acabo de barrerlo —pensó. Y luego—: ¡Por Dios santo, Quin, para ya!»

En cuanto apretó el puño con fuerza se centró. De repente se hizo la calma.

El espadón de Alistair pendía sobre su cabeza. La miró desde arriba, blandiendo la espada con ambas manos, los pies ligeramente separados, uno detrás del otro. Quin apreció un minúsculo temblor en su pierna izquierda, como si perdiera por un breve momento el equilibrio. Con eso bastaba. Era vulnerable.

En el preciso instante en que la espada de Alistair habría tenido que atravesarle la frente, Quin se agachó, se deslizó hacia él y giró la muñeca para transmutar su espada látigo, que se derritió sobre sí misma, convirtiéndose durante un segundo en un líquido negro aceitoso para después tomar la forma sólida de una gruesa daga.

El espadón de su tío erró el golpe e impactó tras ella pesadamente sobre el suelo del granero. Quin se abalanzó sobre Alistair y le clavó la daga en la pantorrilla izquierda.

—¡Ah! —gritó el gigantón—. ¡Me has pillado!

—Te he pillado, tío. ¿Sí o no?

Quin esbozó una sonrisa de satisfacción.

En lugar de separar la carne del hueso, su espada látigo se hizo líquida al tocar el cuerpo de Alistair, ya que las armas de ambos estaban configuradas en modo de entrenamiento y no podían dañar realmente a su adversario. Pero si hubiera sido un combate real, y así lo había sentido ella, Alistair habría quedado impedido.

—¡Punto! —gritó desde el otro lado de la sala el padre de Quin, Briac Kincaid, marcando el final del combate.

Quin oyó los vítores de John y Shinobu. Apartó el arma de la pierna de su tío y esta retornó a su forma de daga. La espada de Alistair había quedado incrustada un par de centímetros en la compacta superficie del granero. Giró la muñeca y transmutó la espada látigo, que se retorció y salió del suelo para volver a formar una espiral sobre su mano.

El combate había tenido lugar en la pista central del inmenso granero de entrenamiento, cuyos viejos muros se alzaban alrededor del suelo de tierra, cubierto de paja. Pasaba luz natural a través de las cuatro grandes claraboyas del tejado de piedra y la brisa entraba por las puertas abiertas del granero, que dejaban ver un extenso prado.

Cuando su padre, el instructor principal, saltó al centro de la pista, Quin se percató de que el combate con Alistair había sido solo un calentamiento. La espada látigo que Briac blandía en la mano derecha era un juguete comparada con el arma que llevaba colgada sobre el pecho. La llamaban el «perturbador». Forjada en un metal iridiscente, parecía el cañón de un arma enorme, como un mortero. Quin clavó la vista en el arma, observando como destellaba el metal a medida que su padre se movía hacia la luz.

Miró a Shinobu y a John, que parecieron entender lo que pensaba: «Preparaos. No tengo ni idea de lo que pasará a partir de ahora».

—Ha llegado el momento —advirtió su tío Alistair a los tres aprendices—. Ya tenéis la edad. Alguno —añadió mirando a John— es incluso mayor de lo que debería.

John tenía dieciséis años, uno más que Quin y Shinobu. Según la cronología habitual ya tendría que haber prestado su juramento, pero él había comenzado a entrenarse más tarde, a los doce, en tanto que Quin y Shinobu se iniciaron a la edad de ocho años. Esto le suponía una fuente constante de frustración y, al escuchar el comentario de Alistair, se sonrojó, lo cual tuvo un efecto evidente sobre su pálida piel. John, un chico guapo de rasgos finos, ojos azules y pelo castaño con tímidos reflejos dorados, era fuerte y rápido. Quin estaba enamorada de él desde hacía un tiempo. John le dirigió una mirada interrogativa: «¿Estás bien?». Quin asintió.

—Hoy tenéis que haceros valer —continuó Alistair—. ¿Sois Seekers? ¿O sois unos pequeños trozos de boñiga de caballo que tendremos que barrer del suelo?

Shinobu alzó la mano y Quin sospechaba que diría: «Pues resulta que soy un trozo de boñiga de caballo, señor...».

—No estamos de broma, hijo —repuso Alistair, interrumpiendo el chiste de Shinobu antes de que pudiera empezar.

Shinobu, hijo del gigante pelirrojo que había intentado decapitarla, era su primo. Su madre era japonesa y en su rostro confluía lo mejor de Oriente y Occidente en una mezcla cercana a la perfección. Tenía el pelo lacio y de color rojo oscuro, y un cuerpo musculoso que superaba ya la media japonesa habitual. Bajó la vista al suelo a modo de disculpa por haberse tomado ese momento a la ligera.

—Para Quin y para ti puede que sea el último combate de prácticas —explicó Alistair a Shinobu—. Y tú, John, tienes la oportunidad de demostrar que este es tu sitio. ¿Entendido?

Todos asintieron. Sin embargo, los ojos de John estaban fijos en el perturbador que Briac llevaba atado al torso. Quin sabía lo que estaba pensando: «Es injusto». Y tenía razón. John era el mejor guerrero de los tres..., salvo cuando había un perturbador en juego.

—¿Te preocupa esto, John? —preguntó Briac golpeando la extraña arma que llevaba en el pecho—. ¿Te desconcentra? Ni siquiera lo he conectado todavía. ¿Qué pasará cuando lo haga?

John tuvo la sensatez de no responder.

—Poned vuestras armas en modo de combate real —les ordenó Alistair.

Quin miró el mango de su espada látigo. En el extremo de la empuñadura había una ranura minúscula. Se llevó la mano a un bolsillo cosido en el viejo cuero de su bota derecha y sacó un pequeño objeto parecido a un cilindro aplastado que estaba hecho del mismo oscuro material aceitoso que la espada. Lo introdujo en la ranura de la empuñadura y ajustó automáticamente los pequeños diales del artilugio. Cuando el último de esos discos estuvo en su lugar, la espada látigo emitió una delicada vibración y Quin notó la diferencia instantáneamente, como si el arma se preparara para realizar su verdadero cometido.

Tocó la punta con la mano izquierda y observó cómo se derretía diluyéndose por su piel. No podía dañar su propio cuerpo, ni siquiera en estado «real». Pero no mostraría piedad en la carne de cualquier otro.

Se le aceleró el pulso al ver como Alistair y su padre ponían sus espadas látigo en modo real. Un combate de verdad no era tarea fácil. Pero si tenía éxito estaría a unos minutos de la aprobación de Briac, de unirse a sus ancestros en las nobles actividades de los Seekers. Había oído las historias que Alistair contaba sobre Seekers que usaban sus artes para hacer un mundo mejor desde su más tierna infancia. Y desde que tenía ocho años se había entrenado para desarrollar esas artes. Si pasaba la prueba, se convertiría al fin en uno de ellos.

John y Shinobu habían terminado de ajustar sus espadas látigo y el granero estaba impregnado de una nueva energía, unas ganas terribles de que empezara todo. Quin cruzó una mirada con John que decía: «Podemos hacerlo». John asintió sutilmente. «Prepárate, John —pensó—. Haremos esto los dos juntos y permaneceremos unidos...»

Un sonido estridente atravesó el granero, tan penetrante que Quin se preguntó por un momento si solo lo oía ella. No tuvo más que mirar a John para percatarse de lo contrario. El perturbador, esa especie de cañón extraño que llevaba su padre, había entrado en acción. La base le cubría todo el pecho y tenía que llevar unas cintas enganchadas a la espalda y los hombros para asegurarlo. El cañón tenía un diámetro de treinta centímetros, pero, en lugar de un solo agujero, había cientos de pequeños orificios en el metal iridiscente. Esas aberturas estaban colocadas al azar y tenían diferentes tamaños, lo que en cierto modo le daba un aspecto más terrorífico. Cuando el perturbador estuvo funcionando a pleno rendimiento el estridente aullido que emitía el arma se transformó en un chasquido eléctrico.

Shinobu sacudía la cabeza como si quisiera sacarse ese sonido de los oídos.

—¿No es un poco peligroso usar ese juguetito en un combate tan numeroso? —preguntó el chico.

—Si perdéis el combate es muy probable que salgáis heridos —repuso Alistair—, o incluso... perturbados. Hoy todo vale. Pensadlo bien.

No era la primera vez que los aprendices veían el perturbador en acción; incluso habían aprendido a esquivarlo en sesiones de tiro individuales, pero nunca habían practicado con él en un combate real. La función del perturbador era inspirar miedo, y estaba consiguiéndolo. «Nuestro propósito es noble —repetía Quin para sí—. No tendré miedo. Nuestro propósito es noble. No tendré miedo...»

Alistair enganchó a su espada un objeto que sacó de un abrevadero al otro lado del granero. Se trataba de un pesado disco metálico de unos dos centímetros de ancho cubierto con una gruesa lona y embadurnado de brea. Lo lanzó al aire.

Mientras el disco de hierro se alzaba por encima de su cabeza, Alistair encendió una cerilla. Después, el aro cayó sobre él y volvió a ensartarlo con la espada látigo. Los tres aprendices observaron como le prendía fuego. Alistair hizo girar el disco sobre su espada con un brillo maligno en la mirada.

—Cinco minutos —advirtió mirando el reloj que había en la pared—. Que no se extiendan las llamas, manteneos a salvo y que el disco esté en vuestra posesión al final.

Los aprendices echaron un vistazo por el granero. Había balas de paja contra las paredes, paja suelta sobre el suelo, pies de madera que sostenían equipos de combate, cuerdas de escalada colgando del techo. Por no hablar del granero en sí, cuyos muros de piedra se sostenían gracias a vigas de madera y travesaños. En breve, estarían lanzándose ese disco en llamas en una sala llena de leña.

—¡Que no haya llamas! —musitó Shinobu—. Tendremos suerte si no arde el edificio entero.

—Podemos hacerlo —susurraron Quin y John al mismo tiempo.

Intercambiaron una rápida sonrisa y Quin sintió como John pegaba su cálido y fuerte brazo al de ella.

Alistair lanzó el disco hacia los travesaños.

—¡Demostrad lo que valéis! —bramó Briac, sacando su propia espada látigo.

Tras esto, Alistair y él se lanzaron hacia los aprendices con sus armas en alto.

—¡Voy por él! —gritó Shinobu, apartándose de la trayectoria de Alistair para correr al centro del granero, donde el disco caía dando vueltas hacia el suelo cubierto de paja.

Quin advirtió que Briac iba directamente a por John. Transmutó la forma de su espada látigo por la de una cimitarra y cortó el aire en un amplio arco con la intención de partirlo por la mitad. Observó como John sacaba su espada látigo para bloquearlo y enseguida lo tuvo encima.

—¡Lo tengo! —gritó Shinobu al tiempo que ensartaba el disco con su espada látigo.

El objeto se deslizó hasta su mano y el fuego le quemó los dedos, así que tuvo que devolverlo a la punta de la espada.

Alistair arremetió contra Quin y ella se hizo a un lado, transmutando su espada en una de hoja más pequeña para golpear a su espalda. Pero él ya esperaba ese movimiento y neutralizó el ataque fácilmente.

—¡Demasiado lento, muchachita! —exclamó—. Has dudado al golpear. ¿Por qué? Un día tendrás el artefacto más preciado de la historia de la humanidad en tus manos, ¿o no? No puedes dudar. Cuando estés en el Allá, cuando saltes al intermedio, la duda será fatal.

Ese era el mantra de Alistair con el que llevaba años martilleándoles la cabeza.

John y Briac intercambiaban golpes. Briac parecía empeñado en matarlo en cuanto se presentara la oportunidad. John mantenía el tipo; era un guerrero extraordinario cuando se concentraba. Pero Quin supo en cuanto lo miró que John luchaba con rabia y que el perturbador lo aterrorizaba. A veces podías transformar la rabia y el miedo en energía útil. Pero en condiciones normales cualquier tipo de emoción era una desventaja. Te hacía dispersarte, gastar energía inútilmente.

De pronto, Quin se percató de que Alistair la había hecho retroceder hasta John para luchar contra ambos. Briac quedaba libre para enfrentarse a Shinobu. El ronroneo del perturbador se intensificó hasta alcanzar un volumen insoportable.

—¡Voy a soltar el disco! —gritó Shinobu.

Justo entonces el perturbador que llevaba Briac sujeto al pecho disparó. Shinobu lanzó el aro hacia los travesaños que había por encima de las cabezas de Quin y John mientras el cañón del perturbador liberaba miles de furiosas chispas eléctricas. Las centellas corrían por el aire hacia Shinobu, zumbando como un enjambre de abejas.

Este se arrojó bajo la descarga y rodó por el suelo. Como no tenían un humano al que alcanzar, las chispas chocaron contra la pared trasera del cobertizo en una explosión de luces de los colores del arcoíris.

—¡Lo tengo! —gritó John apartándose del combate con Alistair para enganchar el disco con su espada.

Una gotita de brea se desprendió del aro de metal y cayó sobre una bala de paja, que se prendió al momento. John apagó las llamas con los pies mientras el disco bajaba hasta su mano y se la quemaba.

—¡Shinobu! —gritó lanzándolo otra vez hacia los travesaños.

Saltó frente a Quin y la sustituyó bajo la lluvia de golpes de Alistair, mientras Shinobu cogía el disco al otro lado de la sala.

Quin intentó descansar el brazo un momento, pero Briac se acercaba con el perturbador. Las centellas se abalanzaban hacia ella entre chasquidos y zumbidos.

Si dejaba que esas chipas la alcanzaran jamás se libraría de ellas. No la matarían, pero significarían su fin. «Un campo perturbador es peor que la muerte.» Quin dejó de pensar en eso. Pronto sería una Seeker, una exploradora de las sendas ocultas. Solo importaba el combate; las consecuencias no existían.

Saltó a un lado, agarró una cuerda de escalada y se balanceó hasta quedar fuera del alcance del perturbador. Las chispas pasaron de largo y danzaron por todo el muro que había detrás, dispersándose sin causar daños.

Se plantó en el suelo junto a su padre, que ya estaba girándose para atacarla y transmutando su arma en una diabólica espada de hoja fina. No le dio tiempo a recuperar el equilibrio y el metal se le introdujo en la camisa por el antebrazo, atravesándole la piel.

Su brazo empezó a sangrar y tal vez le doliera, pero no tenía tiempo para pensar en ello. El aullido histérico del perturbador volvía a entrar en acción.

Shinobu luchaba ahora contra Alistair. John tenía de nuevo el disco en su poder y lo giraba alrededor de la espada para evitar quemarse la mano al tiempo que saltaba sobre otra bala de paja para apagarla.

Briac se giró y disparó el perturbador una vez más, apuntando a John en esta ocasión.

—¡John! —gritó Quin.

Este, al ver que las chispas se dirigían hacia él, lanzó el disco sin mirar.

Quin esperaba que se tirase a un lado, pero John se había quedado paralizado mirando las centellas, súbitamente perdido.

—¡John! —volvió a gritar.

En el último momento, Shinobu abandonó su combate con Alistair para lanzarse sobre él. Ambos aprendices cayeron a salvo de la trayectoria del perturbador. Las centellas golpearon el muro contra el que John tenía apoyada la cabeza y desaparecieron entre resplandores.

Presa de la preocupación por John, Quin había olvidado el disco y el voraz anillo rebotaba en el suelo de paja, prendiendo fuego a su paso.

El perturbador volvía a aullar a la máxima potencia. Quin observó la cara de satisfacción de su padre al dirigirlo de nuevo contra John.

Este se volvió, paralizado. Contemplaba las chispas que se dirigían hacia él, hipnotizado por su espantosa belleza. Para siempre, así era el perturbador. Cuando las chispas te alcanzaban se apoderaban de tu mente para no salir jamás de ella. Y John parecía aguardar su llegada.

Vio que Shinobu lo apartaba de una patada, sacándolo de la trayectoria del perturbador por segunda vez.

John cayó al suelo y esta vez permaneció allí.

Quin recuperó el disco en llamas y saltó sobre el fuego que había dejado a su paso. Por primera vez en el combate sintió que la furia se apoderaba de ella. Su padre arremetía exclusivamente contra John. Aquello no era justo.

Arrojó el disco a Shinobu, corrió al otro lado del granero y se lanzó contra Briac, que cayó al suelo con el perturbador. Las chispas salieron despedidas hacia el techo y rebotaron entre los travesaños, creando un dibujo caótico.

Quin se disponía a atravesar a su padre con todas sus fuerzas.

—¡Punto! —gritó Briac antes de que llegara a golpearlo.

Obedeció la orden instantáneamente y plegó su espada látigo.

Shinobu atrapó el disco llameante por última vez. Quin miró el reloj, sorprendida de que solo hubieran pasado cinco minutos. Le había parecido una eternidad. John se levantó lentamente del suelo. Todos intentaban recuperar el resuello.

Briac se puso en pie. Ambos instructores compartieron una evaluación silenciosa del combate. Alistair sonrió. Entonces Briac les dio la espalda y se dirigió hacia la sala de equipamientos cojeando levemente.

—¡Quin y Shinobu, a medianoche! —gritó sin darse la vuelta—. Nos veremos delante del monolito. Tendréis una noche ajetreada. —Se detuvo a la puerta del almacén—. John, has superado a los otros y a mí mismo en muchas ocasiones, pero no he visto pruebas de esa destreza aquí. Nos veremos en la campiña a la hora de la cena. Tendremos una charla sincera.

Y con eso, cerró la puerta con fuerza tras de sí.

Quin y Shinobu se miraron. Quin ya no estaba furiosa. En el fondo quería gritar de alegría. Nunca había luchado así. Esa noche prestaría su juramento. Al fin comenzaría la vida que había soñado desde niña. Pero también compartía el dolor de John, que se había quedado cabizbajo en el centro del granero.

2

John

John se alejó del granero de entrenamiento a medida que el sol desaparecía sobre el cielo de la hacienda escocesa. Quin y él se habían marchado por separado, como siempre hacían, pero sabía que ella estaría esperándolo.

Hacía mil años, en esos dominios hubo un castillo que pertenecía a una rama lejana de la familia de Quin. Se había quedado en ruinas y sus torres semiderruidas se cernían sobre el ancho río que rodeaba las tierras. Mientras caminaba, veía la punta más alta en la distancia.

Actualmente la hacienda estaba formada por antiguos caseríos, la mayoría de ellos construidos a lo largo de los siglos con piedras sacadas del propio castillo. Las casas estaban diseminadas alrededor de un vasto prado al que llamaban «la campiña». Era primavera y la campiña rebosaba de flores silvestres. Más allá del prado comenzaban los bosques, una alta arboleda llena de robles y olmos que daban sombra a las casas y se extendían hasta sobrepasar los límites de las ruinas del castillo.

En uno de los extremos de la campiña había establos. Algunos albergaban animales, pero otros, como el enorme granero de entrenamiento, servían a los aprendices para practicar sus habilidades como futuros Seekers.

John bordeó el bosque a través de las sombras y luego se sumergió en las profundidades de los árboles. Se le aceleró el pulso, pese al abatimiento que sentía por su clamoroso fracaso en las prácticas. Cuando estaba en el bosque con Quin, entraba en otro mundo, lejos de aquellos fragmentos de su vida que solían eclipsar todo lo demás. Hacía días que no estaba a solas con ella y reunirse con ella le parecía lo más importante en ese momento.

Nunca elegía el mismo sitio para esperarlo, pero no debía de andar muy lejos. John se encontraba en la parte del bosque que más les gustaba, donde las copas de los grandes árboles se tocaban, tapaban el sol y daban sombra y paz al suelo del bosque. Al poco de estar allí sintió que unas manos le rodeaban la cintura y una barbilla se apoyaba sobre su hombro.

—Hola —le susurró Quin al oído.

—Hola —contestó él con una sonrisa.

—Mira lo que he encontrado...

Lo cogió de la mano. Quin tenía el pelo moreno, cortado a la altura de la barbilla y una bonita cara de piel clara y grandes ojos negros. Esos ojos que lo miraron con picardía y lo invitaron a seguirla. Lo llevó hasta un lugar en el que la forma de los robles creaba un pequeño espacio oculto en el centro. Quin pasó a través de un hueco entre dos árboles y llevó a John de la mano.

Un momento después estaban juntos en la espesura.

—No es precisamente la habitación más cara del hostal del pueblo... —murmuró ella.

—Es mejor —dijo él—. En un hostal no estaríamos tan juntitos.

En realidad no cabían los dos y John se veía obligado a pegarse a ella, algo que no le disgustaba en absoluto. Se agachó para besarla, pero Quin le puso ambas manos en las mejillas para detenerlo.

—Estoy preocupada —susurró.

John lo sabía. Sentía las vibraciones que emanaba su cuerpo, como el calor que desprende el asfalto en verano. Tenía razones para estarlo, obviamente. Los conocimientos que ponían en sus manos eran antiguos y estaban fuertemente protegidos. En el caso de John, solo la perfección en las tareas asignadas le haría ganarse el privilegio de aprenderlos. No era precisamente uno de los favoritos de Briac y seguramente su reciente fracaso en el combate fuera la excusa que este había estado buscando.

—Nunca había oído a mi padre decirte algo tan... definitivo... —susurró—. ¿Y si quiere echarte?

Tenía tantas ganas de encontrarse con ella en el bosque que había olvidado su temor durante unos minutos, pero entonces volvió a sentirlo con toda su intensidad. Era el mejor guerrero de los tres y sin embargo había fracasado en el combate. Había fallado en el momento menos oportuno.

Dejó caer la cabeza sobre un tronco. Luchó durante un instante contra la imagen de una piedra enorme que tiraba de él hacia el fondo del océano. «No, no puedo fracasar. No fracasaré», pensó.

Toda su vida giraba en torno a la ceremonia de juramento. Su nombre era John Hart. Conseguiría recuperar lo que le pertenecía y no estaría a merced de nadie nunca más. Había jurado conseguirlo y mantendría su promesa.

—Briac tiene que tomarse esto en serio —dijo a Quin, esforzándose por sonar convincente, tanto para ella como para sí mismo. Tenía que superar su desazón—. He estado... fatal en el combate, ¿verdad? Tiene que ser estricto. Es el protector de las sendas ocultas y todo eso. Pero ha pasado años entrenándome. Estoy a punto de conseguirlo. No estaría bien que me echara ahora.

—Claro que no estaría bien. Estaría fatal. Pero dice que...

—Tu padre es un hombre honesto, ¿no? Hará lo que es debido. No me preocupa. Y a ti tampoco debería preocuparte.

Quin asintió, pero sus ojos negros zozobraban en un mar de dudas. No podía culparla. Ni siquiera él creía lo que había dicho sobre Briac. Sabía perfectamente qué tipo de hombre era el padre de Quin, pero se aferraba a la esperanza de que cumpliera su palabra. Cuando hizo esas promesas había testigos presentes. Si Briac no cumplía su compromiso...

Intentó pensar en otra cosa. Su vida en esas tierras junto a Quin había sido buena, mucho mejor de lo que jamás habría imaginado, y no quería que eso cambiara.

Quin y John se habían hecho amigos el mismo día que se conocieron. Entonces eran unos críos —John solo tenía doce años—, pero, aun así, lo primero que pensó fue en lo guapa que era.

Durante ese primer año, Shinobu y ella iban frecuentemente a visitarlo a su propio caserío, pero disfrutaba más cuando estaba a solas con ella. A Quin le encantaban sus descripciones de Londres, y ardía en deseos de mostrarle el resto de la hacienda.

Cuando la madre de John aún vivía, le advirtió de que no bajara la guardia con nadie y él había seguido su consejo. Pero disfrutaba escuchando historias de la familia de Quin, las leyendas de esas tierras. Y a Quin parecía gustarle su compañía, no porque tuviera dinero o porque su familia fuera importante, sino simplemente porque le caía bien. Solo por ser quien era. Era la primera vez que le pasaba algo parecido, pero incluso a sus doce años John se negaba a que eso lo enterneciera. Tal vez Quin solo fingiera interesarse por él para superar sus defensas y aprender sus secretos. A pesar de eso, pasaba tiempo con ella. Mientras que con Shinobu hacía prácticas de combate, con Quin daba paseos.

Y un día a ella habían empezado a salirle... curvas. No se había percatado de lo que podían distraer esas curvas. Supo que aquello era un problema cuando a los catorce años, estaba sentado en la clase de lengua y se descubrió a sí mismo mirando cómo la esbelta cintura de Quin se redondeaba hasta formar sus caderas. Tenían que leer neerlandés en voz alta, pero él estaba imaginando cómo su mano acariciaba el contorno de su cuerpo. Intentaba quitársela de la cabeza, seguir siendo frío y calculador, como a su madre le habría gustado, pero le resultaba imposible creer que la amistad de Quin fuera una farsa.

Después, cuando ella casi había cumplido los quince, los emparejaron en un combate de prácticas especialmente complicado en el granero de entrenamiento. Alistair los hacía luchar juntos una y otra vez, pidiéndoles siempre que combatieran hasta el límite de sus fuerzas.

—¡Vamos, John! ¡Pégale! —gritaba Alistair, al parecer pensando que John daba facilidades a Quin.

Tal vez sí estuviera poniéndoselo fácil. Era invierno, ella tenía las mejillas sonrosadas y sus ojos brillaban con el esfuerzo del combate mientras danzaba ágilmente con su espada.

Quin le pegó con fuerza y John cayó al suelo. Puede que se dejara, porque no le importaba caer. Se imaginaba en el suelo con ella... Después, el combate acabó y ambos se quedaron recuperando el resuello, mirándose desde el otro extremo de la zona de prácticas.

Cuando Alistair les dio permiso para marcharse, John salió aturdido del granero, intentando alejarse de ella todo lo posible. No era capaz de ver hacia dónde se dirigía. Solo la veía a ella. El deseo de estar con Quin lo superaba.

Se detuvo detrás del edificio y se escondió tras los troncos de los yermos árboles caducos. Y se quedó allí apoyado contra la piedra, echando vaho por la boca.

No quería sentir lo que estaba sintiendo. Su madre lo había prevenido contra el amor en muchas ocasiones. «Cuando amas, expones tu pecho a una daga», le había dicho hacía muchos años. «Cuando amas con todo tu ser, clavas esa daga en tu corazón.» El amor no entraba en sus planes. Pero ¿cómo podía uno anticiparlo? No era solo su belleza lo que deseaba. Era toda ella: la chica que hablaba con él, la que se mordía el labio cuando se concentraba profundamente, la que sonreía cuando caminaban juntos por el bosque.

Apoyó la mejilla contra la fría piedra del establo y sintió como se le aceleraba el corazón mientras intentaba librarse de su imagen.

Entonces Quin apareció, a la vuelta de la esquina del granero, a pocos metros de él. Miraba al frente, hacia el bosque, también aturdida. Sus miradas se cruzaron y John se percató al momento de que había ido a su encuentro.

La cogió por la manga del abrigo y la atrajo hacia sí. Luego los brazos de ella lo rodearon. A pesar de que ninguno de los dos había besado a nadie con anterioridad, John se descubrió besando a Quin. Era suave y cálida, y le devolvía sus besos.

—Me moría de ganas de que hicieras esto —susurró ella.

A él le habría gustado decir algo romántico y controlado como: «Eres preciosa», pero, en lugar de eso, le salió la pura verdad:

—Te necesito —le susurró al oído—. No quiero estar solo... Te quiero, Quin.

Y se besaron de nuevo.

Luego se oyeron unas fuertes pisadas que se acercaban y ramitas que se partían. Era Alistair. Habrían reconocido su forma de caminar en cualquier parte.

Se separaron automáticamente y se alejaron el uno del otro. Quin lo miró una última vez más antes de desaparecer enseguida por la otra esquina, sin dar tiempo a que Alistair llegara a esa parte del granero.

Ese fue el comienzo de sus encuentros furtivos en el bosque. Quin estaba bastante segura de que sus padres no lo aprobarían, así que mantenían sus sentimientos en secreto. Pero al final resultaba obvio que todos los habitantes de la hacienda estaban al corriente del cambio en sus relaciones. Al cabo de poco tiempo notó que la mirada de Briac era más fría y que Shinobu se mostraba un tanto irritado con él. John intentaba justificar sus sentimientos. Aunque fuera amor lo que sentía, ¿no podía convertirse en una ventaja? ¿No tendría Briac que sentir más aprecio por él cuando supiera cuánto significaban el uno para el otro? ¿No era cierto que si conseguía convencer a Briac para casarse con ella se crearía una alianza? Tener a Briac como aliado no sería agradable, pero tal vez fuera un modo de que cumpliera su promesa, al menos por un tiempo.

John estaba convencido de que un sentimiento que lo hacía tan feliz no podía ser malo. Le maravillaba lo bien que se sentía en ese momento abrazando a Quin entre aquellos árboles. Cuando estaban a solas imaginaba que ella permanecería a su lado para siempre. Al final, Quin lo comprendería todo, incluso lo de su propio padre...

—No quiero que te preocupes —dijo obligándola a que lo mirara a los ojos—. Seré un Seeker, igual que tú. Aunque tarde un poco más en conseguirlo. Así está escrito que sea, juntos los dos.

Quin pareció tranquilizarse un poco. Casi sonreía.

—Así ha de ser —coincidió—. Pues claro que sí. —Su seguridad animó a John—. Mira —continuó—; tú eres más fuerte que Shinobu y mucho más que yo. Seguramente seas el más inteligente de los tres. Solo hay alguna cosilla que no haces tan bien.

—Si te refieres al perturbador...

—Sí, me refiero al perturbador. A todos nos da miedo.

—No era solo miedo —respondió John, reviviendo el momento en su cabeza—. Estaba paralizado, Quin. Imaginaba esas centellas alrededor de mi cuerpo...

—Basta. —Lo dijo con firmeza, y John sintió que la desazón volvía a embargarlo. Tenía que centrarse, especialmente ese día—. No quieres acabar agonizando y luchando contra tu propia mente —añadió—. Pues claro que no. Pero tienes que ver el perturbador como si fuera cualquier otra arma. Nosotros utilizamos nuestro control mental para evitarlo en combate.

—«Mi mente es un músculo que ha de estar siempre alerta» —contestó John citando a Alistair, el instructor preferido de ambos—. Pero no estoy seguro de que eso me funcione cuando hay un perturbador de por medio.

—Intenta concentrarte en el alto propósito de nuestro entrenamiento —le aconsejó ella con un tono amable—, en la suerte que tenemos de que esta sea nuestra vocación. Convertirse en Seeker es más importante que nuestras vidas, más importante que los miedos personales. —Su voz era apasionada, como siempre que hablaba de ese tema—. Formamos parte de algo... excepcional. A mí me asusta tanto como a ti, pero combato mi miedo pensando en eso. Ya sabes, no es solo por los perturbadores. Cuando visites el Allá necesitarás tener ese control mental. O, de lo contrario, jamás regresarás.

John se dio cuenta de que la miraba con compasión. Era una chica con brillo en los ojos, nacida en la familia y siglo equivocados. Sí, formaban parte de algo excepcional, algo más importante que ellos mismos, pero él lo describiría con palabras diferentes: «despiadado» y «mezquino», eso se ajustaba más a la realidad. Briac era ambas cosas. John sabía que esa noche ella visitaría el Allá y después, cuando prestara su juramento, traspasaría esa barrera. Seguramente Quin no estaba al tanto de qué sucedería entonces, pero John sí. Su madre al menos había sido sincera con él, al contrario que el padre de Quin.

¿Cómo se sentiría cuando descubriera la verdad, cuando supiera que la nobleza de los Seekers había existido en otro tiempo pero que ese ya no era el propósito de Briac y que sus habilidades se usarían con unos fines completamente diferentes?

John le preguntó con ternura:

—¿Tú qué piensas que haréis esta noche tras prestar juramento?

—Briac ha dicho que sería una operación para la que necesitaremos toda nuestra destreza. —Observó como se perdía su mirada—. Sea lo que sea, siento que cada una de las generaciones de mi familia de los últimos mil años espera a que me reúna con ellos —añadió—. Llevo toda la vida esforzándome para alcanzar este objetivo.

John también sentía esas generaciones a su espalda que esperaban el día de su juramento. Lo había prometido. «Recupéralo y véngate por lo que nos han hecho. Nuestra casa resurgirá.»

—¿Y qué pasa con el athame? —preguntó John en voz baja, pronunciando la palabra «A-dza-mey».

Quin se sorprendió, tal y como él esperaba, ya que John no tenía acceso todavía al conocimiento secreto que habían recibido Quin y Shinobu. Se quedó mirando como lo tanteaba, preguntándose dónde habría aprendido esa palabra.

—Si sabes eso ya estás a medio camino de saberlo todo.

—Sé que de eso habla Briac cuando dice «el artefacto más preciado de la historia de la humanidad». Y sé que es una daga de piedra.

—Tan solo lo he visto, John. Un par de veces. Ni siquiera yo lo he usado todavía.

—Hasta esta noche —apuntó él.

—Hasta esta noche —coincidió Quin, que sonrió, embargada de nuevo por la emoción del momento que estaba a punto de vivir.

Oyeron estruendosos gritos de alegría en la distancia. Quin se agachó y se asomó por el hueco entre los árboles para echar un vistazo a la campiña. Las voces procedían de los caserones situados al otro lado del prado. Shinobu y su padre festejaban el éxito en las pruebas de combate. Alistair podía ser brusco y brutal sobre la pista de prácticas, pero cuando compartía el tiempo libre con su hijo mostraba su lado más entrañable.

John siempre había creído que Shinobu estaba enamorado de Quin, pero eran primos lejanos, y a ella jamás se le habría ocurrido tener una relación amorosa con él.

—Están celebrándolo —susurró John—. Nosotros también deberíamos hacerlo.

—¿Y qué tenías en mente? —preguntó ella en voz baja.

John la atrajo hacia sí con delicadeza y la besó. Esta vez Quin no volvió la cara.

Nunca habían querido pasar a mayores.

Quin esperaba el momento oportuno. Todavía tenía que prestar su juramento y le quedaba al menos un año bajo la tutela de sus padres hasta que la considerasen adulta. Pero John y ella soñaban con acampar en el río, o con una habitación en algún hostal, algún día, cuando pudieran al fin entregarse el uno al otro.

Sin embargo, algo parecía haber cambiado. Tal vez fuera su emoción por lo que sucedería esa noche, o el brillo que le daba el triunfo en el combate, pero John sintió algo diferente en la manera en que lo besaba. «Me ama —pensó—. Y yo la amo a ella. Quiero que estemos juntos, incluso cuando lo sepa todo.»

Con el paso de los años el suelo del bosque se había cubierto con las hojas caídas de los árboles y John la recostó sobre el suave lecho.

—Vamos a mi casa... —susurró.

—¡Chist! —susurró ella llevándose una mano a los labios—. Mira.

Desde donde estaban tumbados vieron una silueta que salía de las profundidades del bosque y se dirigía hacia ellos. John levantó a Quin y se ocultaron tras las ramas. Observaron cómo la figura se acercaba hasta hacerse reconocible. Era la Joven Dread, que llevaba una ristra de conejos muertos colgada a la espalda.

Por su cara, siempre habían imaginado que tenía unos catorce años, pero por supuesto, con los Dreads el tema de la edad era delicado. La Joven Dread había llegado a la hacienda hacía unos meses, junto al otro, al que llamaban el Gran Dread, un hombre corpulento con pinta de pocos amigos que parecía rondar los treinta.

Briac no había explicado mucho sobre qué hacían allí esos Dreads, pero al parecer su misión era supervisar el ritual del juramento. Briac, que no mostraba deferencia prácticamente hacia nadie, parecía extrañamente respetuoso con el Gran Dread. Los aprendices habían decidido que un Dread era como un juez del adiestramiento Seeker, con una historia detrás que solo podían imaginar, ya que sus instructores no daban más pistas.

Si la Joven Dread tenía realmente catorce años, era pequeña para su edad. Su cuerpo era tan delgado que parecía malnutrido, pero sus músculos decían justo lo contrario. Eran como delicados cables de acero que sujetaban su pequeño cuerpo. Tenía el pelo de un color marrón corriente, pero era abundante y le llegaba casi hasta la cintura. Parecía que no se lo hubiera cortado nunca y que rara vez se hubiera peinado, como si recibiera todos los consejos de belleza del Gran Dread, que obviamente no tenía ni idea de cómo educar a una chica.

Caminó ha ...