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CONEXIóN

Julian Gough  

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Fragmento

1

Ella entra en la habitación de Colt sin llamar.

Su hijo se ha puesto el casco otra vez y está moviendo los brazos, la cabeza. Jugando en su mundo lúdico. Totalmente real para él.

El plástico negro le cubre las orejas, la nariz y los ojos. Lo justo para mantener el universo a raya.

No la oye. No la ve.

Naomi detesta encontrarlo así, pero no puede dejar de mirarlo. Se parece tanto a su padre. Es igual de apuesto que él. Más todavía.

Colt dispara contra alguien. Apoya una rodilla en el suelo. Dispara contra otro objetivo. Se agacha para esquivar el fuego enemigo. Qué bien conoce Naomi esos gestos. Lo ha visto así a menudo.

Los ha eliminado ya a todos. Desata a la chica y la besa, o quizá es ella la que lo besa a él. Los sonidos que salen del casco no lo dejan muy claro. En cualquier caso, su madre sabe exactamente lo que él está viendo ahora. A su mujer ideal, apenas vestida. Diseñada por él y sus amigos, adolescentes rusos y americanos en su mayoría, lo cual significa: nariz pequeña, pechos sobresalientes, cintura de avispa, nalgas rotundas.

Mientras permanece de pie al lado de su cama individual, el pijama del muchacho comienza a abultarse a la altura de la entrepierna, y la prominencia, cada vez más visible, cambia de ángulo.

En la vida real, apenas le ha dirigido la palabra a alguna chica.

Naomi aparta la mirada, parpadeando. Echa un vistazo a la pequeña habitación de su hijo, en penumbra; las persianas mantienen alejado el radiante amanecer del desierto.

El pequeño escritorio está sepultado bajo una montaña de herramientas y componentes electrónicos.

La ropa sucia se acumula encima de la silla, en el suelo…

Menudo desorden.

Vaya: seis, siete vasos vacíos asoman entre las sombras que anidan bajo la cama. Todos los que hay en la casa. En fin, ya los recogerá ella más tarde.

Gira sobre los talones y sale de la habitación en silencio, desnudas las plantas de los pies contra el suelo de madera. Cierra la puerta sin hacer ruido.

Avanza por el breve pasillo en dirección al cuarto de baño.

Carga el cepillo.

«Pasta para dientes sensibles.»

Dedica los tres minutos siguientes a frotar con esmero. Se inclina para enjuagarse la boca bajo el grifo. Tras enderezarse de nuevo, aclara el cepillo y pasa el pulgar por las cerdas para terminar de secarlas. Deja el cepillo tumbado en el borde del lavabo. Junto al de su hijo.

Dieciocho años casi y nadie lo ha besado nunca. Ay, Colt.

Vuelve a coger el cepillo. Respira hondo y cierra los ojos.

Empieza a restregar de nuevo, esta vez con más brío, con el cepillo seco, hasta que le sangran las encías.

2

En la cocina, Naomi cuelga la chaqueta de seda en el respaldo de su silla. La prenda había pertenecido a su madre, una de las escasas posesiones que la acompañaron desde Nankín. Acaricia una hombrera con delicadeza, sin darse cuenta, como si su madre todavía la llevara puesta.

—¡Que no se te olvide tomar la pastilla! —exclama la nevera a su espalda, con esa voz risueña y jovial que hace que a Naomi le rechinen los dientes.

En fin. A Colt le hace gracia. Creo…

A saber.

Se dirige al frigorífico, saca el estuche de los comprimidos y cierra la puerta.

El sellado hermético de la tapa cede con un chasquido cuando tira de ella hacia arriba. Se chupa el meñique y usa la punta del dedo mojado para extraer una diminuta píldora verde. La engulle sin beber nada. Titubea un instante.

Vuelve a abrir la nevera y saca la fría lata plateada que utiliza para que el café recién molido conserve todo su aroma.

Vigila la puerta de la cocina por el rabillo del ojo. Colt le echaría la bronca si estuviera presente. Por lo general, es su sombra. Seguro que aún anda absorto en el juego. Bien.

—El café inhibe la absorción —le advierte el frigorífico, y Naomi sabe que solo está proyectando sus pensamientos en él, aunque… el electrodoméstico parece apenado; lo que es peor, decepcionado con ella—. Se aconseja no tomar café durante la primera hora de…

—Pero ¿te quieres callar de una vez? —dice Naomi.

La nevera enmudece.

Deja el bote plateado en la encimera, despacio. Retira la tapa con el mayor sigilo.

Se inclina sobre la lata para aspirar el cálido aroma, acre, reconfortante, complejo y rico en matices.

Busca la cafetera italiana mientras su mente consciente se encrespa y protesta, indignada: no, no, no.

Oh, sí. En la balda de arriba…

Alcanza la pequeña cafetera de aluminio. Desenrosca la parte superior.

De forma automática, sus manos vierten el agua, añaden el café con la cuchara y vuelven a cerrar el recipiente mientras su mente consciente sigue diciendo no, no, no.

Enciende la antigua cocina eléctrica.

En realidad, no es una buena idea…

Calienta un poco de leche. Se vale de unas varillas de batir para formar una firme capa de espuma mientras el café sube y borbotea en la cafetera de aluminio.

El café interfiere en la absorción…

Sus manos montan el cappuccino.

Debería controlar mis niveles…

Le prepara un batido a Colt y lo coloca encima de la mesa.

A su lado deja una caja de cereales.

Se acerca al armario y elige un tazón. Espera, no; los cereales saben raro con el café. Y preferiría tomarse este último. Vuelve a dejar el tazón en su sitio.

Ya comeré algo en el laboratorio.

Se sienta con un suspiro y se acerca el cappuccino a los labios.

Colt entra en la cocina. Aún lleva puesto el casco, pero ha apagado el juego y el visor está claro. Puede verla.

La mano de Naomi salta instintivamente hacia delante para ocultar la taza de café tras la caja de cereales. La sacudida hace que se desborde la espuma caliente, que se derrama sobre el asa y su mano antes de gotear con parsimonia en la mesa.

A la mierda.

Recupera la taza y da un sorbo, despacio, paladeándolo. Está delicioso.

—Tienes el batido en la mesa —dice.

Colt observa fijamente el café que ella sostiene en la mano.

—¿Qué pasa, te has tomado la pastilla antes de tiempo? —le pregunta.

—Tómate el batido, anda.

Colt va a buscar una pajita. Verde, a juego con el batido. Se sienta frente a ella.

—No deberías tomar café con las pastillas. Interfiere en la absorción.

Naomi suelta la taza para lamerse la espuma que tiene en la mano, la coge de nuevo y da otro sorbo.

—A lo mejor es que quiero que me interfieran —replica, arrastrando las palabras con acento francés.

Colt frunce el ceño.

—Eso no tiene sentido, mamá.

Naomi levanta el brazo y, girando una rueda invisible, se limita a decir:

—Clic.

Últimamente es lo único que hace cuando de verdad quiere cambiar de tema. Cuando proseguir con la conversación desembocaría en gritos y llantos.

Colt cambia de tema.

—¿Ya tienes tu chimpancé?

Naomi emite un gemido y hace ademán de buscar el dial invisible de nuevo.

Colt comienza a mecerse de forma casi imperceptible en la silla.

La mano de Naomi se detiene en el aire. No. La pregunta es pertinente. Deja caer el brazo al costado.

—No van a darme ningún chimpancé.

El chico le pega un sorbo al batido.

—¿Por qué no?

—Demasiado caro. Demasiado papeleo. Los del Comité de Ética no estaban nada contentos. Me pusieron como quince excusas distintas.

Colt esboza esa sonrisita preocupada suya que significa: ¿en serio?

Naomi ensaya ese despreocupado encogimiento de hombros suyo que significa: no, exagero.

—Cinco, seis razones —matiza.

—Podrías solicitarlo otra vez —dice Colt.

—Podría, sí.

—Vas a tirar la toalla.

—Exacto.

—Mamá, podrías probarlo conmigo.

¿Será una broma? Pero si no bromea nunca.

Santo cielo, habla en serio.

—NO, Colt.

—Confío en ti.

—Colt, se trata de un procedimiento experimental en absoluto probado…

—Sí que se ha probado, y funciona.

—¡En ratones! No con personas.

—Pero…

—Tardé meses en conseguir que funcionara con los ratones, y eso que no son tan complejos. No tuve que preocuparme de preservar sus recuerdos, ni su personalidad…

—Pero has resuelto el problema de la integridad de la membrana celular.

—¿Y tú eso cómo lo sabes? —su reacción es muy brusca, demasiado, y el muchacho hace una mueca, encoge los hombros—. ¿Colt?

Pero él ya ha cerrado los ojos y está empezando a tararear.

Esto podría terminar mal…

A Naomi le gustaría rodear la mesa y reconfortarlo, tocarlo, abrazarlo, pero no puede (cuando se pone así, reacciona a su contacto como si le aplicaran una descarga eléctrica, pataleando y profiriendo alaridos), de modo que se limita a mecerse en la silla, imitándolo, atenta a la tensión que se ha cincelado en sus facciones. Dios, sí que está esforzándose por interactuar hoy.

Ay, Colt, gracias, te quiero, vuelve, eso es…

El muchacho abre los ojos y, sin mirar a su madre, dice:

—Leí tu último artículo.

—Colt, no puedes… —se esfuerza en modular la voz, para no bloquearlo con sus emociones, aunque se siente inexplicablemente atemorizada. Y furiosa.

Mira de reojo la encimera de la cocina, hacia su pantalla, pero está apagada y plegada como una hoja de papel. No, claro, debe de haberlo leído en el despacho. La única copia está en su caja fuerte de datos.

—Te lo ruego, Colt, tienes que dejar de hackearme los archivos. No es justo. Necesito un poco de espacio. Privacidad.

—Has resuelto el problema —murmura él, sin levantar la cabeza—. Ya estás lista para pasar a los primates. Por favor.

—He resuelto los viejos problemas. Pero surgen otros nuevos —Naomi se rebulle en la silla, intenta captar su atención—. Escucha: siendo realistas, lo más probable es que el primer par de primates fallezcan. La evaluación de riesgo oficial no era satisfactoria. Por eso el Comité de Ética no…

—No saben lo importante que es esto.

—Les he proporcionado un esquema general…

—Ya he visto el dosier. No les has contado que…

—Colt, ni siquiera estoy segura de querer hacerlo.

—¿Por qué? ¿Crees que Dios va a enfadarse contigo?

Ahora le toca a ella crisparse.

—Mira, operar en la gente unos cambios tan… radicales… —no puede empezar a hablar ahora del carácter sacrosanto de la creación humana, así lo provocaría más, de modo que tendrá que reformularlo—. No se trata solo de un dilema religioso. Incluso en términos seculares, éticos, cuando se tienen dos tipos de personas…

—No, estás alterando los términos —tras dos años de debates religiosos, Colt se ha vuelto un experto en combatirla utilizando su propia lógica—. Si Dios te ha creado, podría actuar a través de ti.

Sí. Ya lo había pensado. Pero ¿y si no fuera así?

—Aparquemos el tema de la religión, ¿vale? Siempre acabamos enzarzados en dos juegos dialécticos diferentes. Así no se llega a ninguna parte.

—Vale.

Se conocen al dedillo los «vale» del otro. Y ese no ha sido de los buenos. Naomi observa su rostro. Colt agacha la cabeza y sorbe un poco más de batido.

—¿Aceptaron tu artículo original en la StemCellCon? —pregunta el chico.

—No.

No tiene por qué darle más explicaciones.

Colt sigue tomándose el batido.

Se prolonga el silencio.

—¿Llegaste a enviarlo?

Por favor, esto es absurdo. ¿Quién es el padre de quién aquí?

—Cariño, no le des más vueltas, ya ha pasado la fecha de entrega.

—Pero si…

—Estabas peleando otra vez —lo interrumpe Naomi.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—Ah, sí. Y les repetí mil veces que no quería luchar, pero se empeñaron.

Naomi exhala un suspiro tan hondo que se forma un cráter en la espuma de su cappuccino.

—Bueno, ¿y qué hiciste? —da un tercer sorbo; pasable. El primero siempre es el mejor, con diferencia.

—Me di munición infinita, me los cargué a todos y les quité a sus mujeres.

—No me gusta que hagas esas cosas.

—No son mujeres reales, mamá. Bueno, una de ellas resultó serlo pero…

—No, lo que no quiero es que mates a las personas que te fastidian.

—Solo es un juego, mamá.

Espera un momento, vuelve atrás. Ha detectado una nota extraña en su voz.

—¿A qué te refieres con eso de que una de ellas resultó ser real?

Pero Colt se limita a sacudir la cabeza con fuerza, no le apetece hablar de ello ahora.

Naomi experimenta un escalofrío abrasador, reflejo del azoramiento que siente el muchacho, al imaginárselo intentando actuar como un hombre frente a una mujer de verdad; lo archiva junto con todas las demás cosas en las que no quiere pensar. Si le apetece hablar de ello más adelante, ya sacará él el tema.

Pega otro sorbo, despacio; se esfuerza por saborearlo.

Ojalá todos fuesen como el primero.

—Ese es el problema, Colt. En la vida real no se puede hacer eso.

—¿El qué?

—Cambiar las reglas como a ti te convenga.

—Pero tú también quieres cambiar las cosas, mamá. Es lo que haces en el laboratorio, cambiar las reglas de la vida.

—No, yo no quiero cambiar nada. Soy científica. Me limito a observar las cosas e intentar comprenderlas.

Colt niega con la cabeza.

—No se puede observar algo sin alterarlo. Formas parte del universo. El mero hecho de extraer información adicional constituye un cambio de por sí.

¿Por qué ha tenido que meterse en este embrollo? Ahora el niño ha dejado de tomarse el batido.

—Existe una diferencia fundamental, más bien muchas —replica Naomi—, entre echar una partida a un juego y llevar a cabo una investigación.

—Vale, estupendo, son dos cosas distintas. Pero ¿por qué no puedo cambiar las reglas? Es mi juego. Y a veces las normas resultan estúpidas.

—En la vida real no tienes munición infinita. En la vida real te pueden matar.

—Conozco la diferencia, mamá.

Naomi consulta el reloj de soslayo. Hay tiempo de sobra. En fin, ya que van a discutir, por lo menos que sea sobre algo importante. Se bebe medio café de golpe. Lo empuja hacia delante con la lengua, lo vuelve a filtrar entre los dientes, traga.

—Me parece que pasas demasiado tiempo dentro del casco.

Colt ha empezado a mecerse adelante y atrás otra vez, pero está interactuando, no cerrándose en banda. Es una mejora.

El muchacho carraspea.

—En China hay un tío que se tiró seis días seguidos jugando. Sin dormir ni nada. Ostenta el récord mundial.

Santo cielo.

—Bueno, seguro que se quitó el casco en algún momento…

—No —Colt está imprimiéndole velocidad a su balanceo—. No se lo quitó.

—¡Vale, de acuerdo! No se lo quitó —así no van a llegar a ninguna parte. Se sabía desde el principio.

—Hubo otro que lo llevó puesto ocho días seguidos —concluye el muchacho—, pero ese se murió.

3

Colt regresa a su cuarto después de que la discusión haya toc

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