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CONFINES

Javier Reverte  

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Fragmento

1

Prohibido morirse en Spitsbergen

 

Finalizaba el mes de mayo del año 2011, y desde la proa del navío Jan Mayen, un buque oceanográfico noruego, veía tenderse la larga superficie moviente de los hielos eternos, las desoladas placas blancas que cubrían el mar y que, bajo el sol acerado y el cielo sin nubes, resplandecían como los albos escudos de los ángeles en la iconografía religiosa. Habíamos cruzado los 80º de latitud norte y el radar no detectaba la presencia de ninguna nave más arriba de donde nos encontrábamos. De modo que, en ese momento, los tripulantes y pasajeros de nuestro barco rompehielos éramos, de entre todos los habitantes de la Tierra, los humanos más cercanos al Polo Norte, a menos de novecientos kilómetros de distancia. Y puesto que, en ese instante, yo me acodaba en la punta de la proa, al aire libre, me sabía el hombre más próximo al extremo boreal del planeta: un privilegio. Detrás de mí, miles de millones de personas respiraban, dormían, caminaban, comían, nacían, morían, peleaban o amaban. Delante no había nadie, sólo hielo y animales salvajes, ahora invisibles.

Unos días antes, mi avión había aterrizado en el aeropuerto de Longyearbyen, en la isla de Spitsbergen, capital del archipiélago de las Svalbard. El científico español Carlos Duarte, un estupendo amigo y uno de los hombres más inteligentes que he conocido en mi vida, me había invitado a unirme a una expedición científica hispano-noruega, financiada en parte por la Unión Europea, que durante algo más de una semana recorrería las regiones del norte de la isla analizando la contaminación del océano.[1] A bordo del Jan Mayen viajaban científicos, algunos periodistas invitados y un nutrido grupo de jóvenes becarios españoles del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Era el día séptimo del viaje, una espléndida jornada soleada, y las placas de hielo crujían, quejumbrosas, bajo la quilla de la nave. La brisa fría me mordía la nariz, pero yo no quería apartarme de aquel lugar privilegiado de la proa. Nunca antes, en toda mi vida, me había sentido tan íntima y emotivamente solo. Y pensé que la soledad del universo de las regiones marinas congeladas es mucho más profunda y abisal que la del vacío rojo de los desiertos.

El barco se mecía detenido ante la gran llanura de la banquisa[2] y algunos pasajeros habían bajado hasta la cubierta de proa. Y Christian, uno de los tripulantes del Jan Mayen, se acercó a mí, señaló hacia el horizonte y me dijo:

—¿Lo ha visto?

—No sé a qué se refiere.

Me ofreció sus prismáticos. Los ajusté a mi vista y miré hacia la lejanía, moviéndolos con lentitud sobre la extensa planicie congelada. Finalmente pude distinguirlo. A cosa de un kilómetro de distancia, una forma teñida de un leve color amarillo se movía sobre el blancor del hielo. Era un oso polar que, a trote cochinero, venía hacia nosotros.

Su imagen transmitía salvajismo y libertad. Corrí hacia mi camarote en busca de la cámara fotográfica mientras la borda de la proa se llenaba de pasajeros emocionados.

La ciudad es, en su más sustancial sentido, una forma de redención, un intento de perpetuidad, una voluntad de victoria sobre la implacable naturaleza. La ciudad trata de ser aquello que no alcanzará a ser nunca el hombre como individuo: una afirmación de la eternidad de la obra humana, un esfuerzo de carácter casi bíblico por combatir la idea de la muerte. Y muchas ciudades han sido construidas para gloria de Dios o de las artes, para embellecer el mundo o para dominarlo, para representar la gloria o la virtud, tal vez como expresión del poder o como un aliento de fe en el más allá. París, por ejemplo, creció semejante a un reto artificial frente a la hermosura natural del Edén; y Nueva York, cual retrato del destino manifiesto de una nación poderosa y nueva, o quizá como representación de la portentosa energía del hombre americano. Sin embargo, Longyearbyen, la capital de la isla de Spitsbergen, es una ciudad construida por una razón mucho más sencilla: para sobrevivir en condiciones climatológicas extremas. Nada es allí bello o trascendente, sino sencillamente útil: un desafío al clima más horroroso del planeta.

De los tres mil habitantes que pueblan el archipiélago, más de dos tercios viven en la capital. Y todos son hombres y mujeres llegados allí para trabajar por propia voluntad y, desde luego, por dinero, en los empleos que generan la investigación, la minería, el turismo y los servicios. ¿Qué otra cosa puede llevar a la gente a un territorio donde las temperaturas bajan en invierno a –50 ºC y en verano no suelen pasar de 16 ºC? Tal vez el hecho de que hay trabajo para todos, que no se pagan impuestos y que uno puede alzar la casa donde le apetezca. Aunque el archipiélago se encuentra, en principio, bajo la soberanía noruega, su estatus no está claramente definido por la ONU, lo que significa que cualquiera puede instalarse allí con total libertad. Y existe gente, imagino, que prefiere la libertad al calor.

Eso sí, desde hace unos setenta años están prohibidos los enterramientos de gente en las Svalbard. Al parecer, el frío de la tierra congelada impide que los cuerpos se corrompan. Y, por lo visto, hay bastantes supersticiosos en el mundo que todavía creen en la resurrección de la carne, el perdón de los pecados y la vida perdurable.

Amén.

Los habitantes del archipiélago deben irse con la música a otra parte para morir. Y quizá sea ésa la razón por la que los viejos no son bienvenidos a estas islas ni hay para ellos ninguna suerte de atención privilegiada, ni siquiera rampas por las que acceder en silla de ruedas a los locales p

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