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CONSPIRACIóN VERMú

Aitor Marín  

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Fragmento

Capítulo 1

Nadie mejor que Víctor para saber que las 12.47 p.m. no es la mejor hora para estar tomando vermús en El Alambique. Pero, qué carajo, tampoco los días le dan muchas más opciones desde que, hace tres años, lo despidieron de Seguros Plus Ultra. Desde entonces, como a él le gusta decir, su vida pende del alambri-que. Ese tipo de chistes le había abierto puertas y cuentas corrientes en sus años de comercial, pero ahora eso quedaba al otro lado del cristal de su bar de cabecera, donde la vida continuaba para los demás, mientras él permanecía varado en la barra, dando la tabarra a Antonio, el dueño, o sumergiéndose en las sobadas páginas de la prensa deportiva.

Víctor Vaporús colecciona mañanas, tardes y noches en blanco como quien colecciona sellos o monedas antiguas. Aún no es capaz de explicarse cómo se ha podido ir todo a la mierda, y eso que tiene una versión diferente para cada oyente que consigue enganchar y, si ya de paso, le saca una caña o un vermú, mejor y más florida le sale su historia. No es solo el despido tras uno de esos ERE que te dejan el cuerpo y la mente tan machacados que al final firmas cualquier acuerdo que logre el comité de empresa, con tal de que se acabe esa tensión insoportable, sino, sobre todo, esa pegajosa y falsa solidaridad entre compañeros que, unas semanas antes, aún se entretenían afilando cuchillos sobre las espaldas del resto. Si por lo menos no hubiera invertido sus ahorros en el Fórum Filatélico… Lo dicho, él creía que coleccionaba sellos de gran valor y al final, se dice, solo le quedan agujeros, una indemnización ridícula que María, su mujer, protege de él con esmero y un subsidio de desempleo que le da para no tener que pedirle dinero a su señora cuando la marea de su frustración lo arrastra hasta la orilla del bar.

«No nos hagamos trampas al calendario», se dice Víctor en un intento de sacudirse la autocompasión, «que los hay que todavía están peor que yo». Pasea la vista por las cientos de botellas que decoran a su manera las estanterías detrás de la barra. Hay de todo y se da cuenta de que las ha probado todas. Las observa, identifica sus contenidos y, mentalmente, se propone un juego. «Me pongo de espaldas, digo un número al azar; luego cuento las botellas desde la esquina de arriba a la izquierda y cuando llegue a la que he elegido, esa es la copilla que me toca. Venga… el 69, que siempre promete». Víctor Vaporús inicia la cuenta con los ojos, pero no tarda en perderse entre una botella de Karpy, con más polvo que una momia egipcia recién rescatada, y otra de Ponche Caballero que parece haber regresado de su tumba. Vuelve a empezar a contar, ahora apuntando cada botella con el dedo, pero las etiquetas bailan ante sus ojos. Además, Antonio, apoyado al otro extremo de la barra, lo está mirando raro.

—¿Te pongo otra?

—Sí, pero dame algo más fuerte, que tengo el cuerpo hoy raro y el vermú no me está cayendo bien. Dame un licor café, a ver…

—Tú mismo. Marchando ese licor café.

Víctor tiene ya el morro caliente y eso solo se arregla abrasándolo a conciencia. Sabe cómo va a acabar, pero el desprecio que en ese momento siente hacia sí mismo no es mayor que el que dedica a todos los demás. El espejo detrás del otro lado del espejo de la barra le devuelve la imagen de un tipo mal afeitado y de cara flácida. Cada día tiene más arrugas en la frente, más entradas y más canas, pero se consuela pensando que esos son justo los pelos que no se caen. O, al menos, los últimos en abandonar el barco. «Son unos cobardes que se quedan pálidos y paralizados por el terror que provoca envejecer», se dice con un humor negro que hasta hace poco no sabía que tenía.

Con el segundo licor café intenta asomarse a las páginas del Marca, esa ventana que le ofrece celebrar los éxitos que su vida ya no puede ni prometerle. Va directo a la sección del Real Madrid, cuyas páginas aún sacan brillo a la décima Copa de la Liga de Campeones, recién conquistada. Gloria deportiva que campea por España y que, a pesar de que los cronistas no dudan de que es el mejor equipo del mundo, ya está pensando en gastarse millones de euros en nuevas estrellas para ser todavía mejor. Víctor, que apenas tiene dónde caerse muerto, lamenta que su equipo del alma no tenga aún más pasta para fichajes. Le encantaría que su poderoso presidente se pusiera a pagar cláusulas de rescisión a mansalva para teñir de inmaculado blanco las almas de algún que otro crac del eterno rival. «Pero para

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