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CONSTANTINOPLA

Baptiste Touverey  

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Fragmento

23 de septiembre

1

Ni un soplo de aire. Ni siquiera allí, a la orilla del mar, a un extremo de la ciudad, en la desembocadura del Cuerno de Oro, donde acababa Europa. Suponía que por las noches se levantaría viento y refrescaría el ambiente irrespirable. Pero hacía días que, pese a no verse, el sol se dejaba notar. El calor seguía siendo asfixiante.

Se acercó al agua. Pero no demasiado, no sabía nadar. Y a esa hora tardía no se podía descartar que algún gracioso te arrojara a las oscuras aguas, por puro aburrimiento, por reírse un poco. Durante unos instantes le pareció divertida la idea de desaparecer así, de repente, en la Propóntide, sin dejar más rastro que el cadáver que pescarían (o no) al cabo de unos días. Nadie sabía que estaba allí. Al día siguiente se preocuparían, lo buscarían. Otros se limitarían a esperar.

Se volvió y comprobó que ninguno de los grupos que vagaban por el muelle tuviera un aspecto demasiado amenazador. Uno de ellos se acercaba hacia él. Le entró miedo y se ajustó la capucha. Se ahogaba, se sentía como si tuviera la cabeza metida en una estufa, la frente le chorreaba sudor. Un mal menor.

Eran cuatro. Azules. Pasaron sin mirarlo. Respiró.

Esos repentinos ataques de pánico... Decididamente, nunca aprendería a controlarlos. Miedo a morir, hiciera lo que hiciese. Las salidas nocturnas tampoco lograban apaciguarlo.

Incluso sumida en las tinieblas, Constantinopla nunca dormía del todo. Los barcos seguían llegando al Cuerno de Oro. Los vio acercarse a remo y descargar su mercancía a la luz de las antorchas un poco más allá. El centro del mundo. Ahí era donde estaba, después de todo. La Nueva Roma. El último milagro de un imperio que, cuando muchos lo daban por muerto, había sabido renovarse, reconstruirse lejos, sobre bases diferentes, alrededor de una nueva capital.

Unos marineros charlaban junto a una hoguera. Como si no hiciera bastante calor... Aun así, se acercó. Parecían pacíficos, y la charla era animada. Estaban asando pescado. El olor llenaba el muelle. A lo lejos se adivinaban los oscuros montes de Asia al otro lado del estrecho, el comienzo de esas extensiones vitales, inmensa reserva de hombres y riquezas.

Los pueblos bárbaros habían devorado Europa. Se había perdido todo, y lo que no, Grecia, Tracia, partes de Italia y de Hispania, no tenía gran valor. Provincias debilitadas o periféricas. De la Antigua Roma quedaba poco más que un nombre demasiado pesado, demasiado glorioso para la modesta ciudad en que se había convertido. En cuanto a la lejana África y su capital, Cartago, más dinámicas, ya no cuestionaban su pertenencia al Imperio, pero desde hacía algún tiempo escapaban al control de la Nueva Roma. Hizo una mueca. Quedaba Asia. Hacia ella miraba Constantinopla, con los pies bien plantados en Europa. Como él en esos momentos. Las olas que chocaban contra los muelles a solo unos pasos no eran cuerpos extraños a los que tuviera que temer, se dijo, sino la sangre del Imperio, lo que hacía latir su corazón; no solo le traían medios de subsistencia, sino un fasto que seguramente ni la Antigua Roma había conocido jamás.

Comprobó que por debajo de la capucha no le asomaba ni un mechón de pelo y se unió a los marineros. Habían bebido, y apenas se percataron de su presencia. Buena cosa. Comentaban las últimas noticias: el irresistible avance del general rebelde Nicetas, sobrino del gobernador Heraclio. Dos días antes, uno de los marineros lo había visto cruzando el Helesponto, el otro estrecho que cerraba la Propóntide, a unas cuantas jornadas en dirección sur. Doce mil hombres que pronto amenazarían la capital. Unos locos. Sobre un promontorio, rodeada de mar por todas partes menos por una, protegida por las murallas más altas jamás construidas, Constantinopla era inexpugnable. Al menos, eso quería pensar él.

Agachó la cabeza. Un exceso de prudencia. Pese a la proximidad de la hoguera, nadie advertiría su palidez, ni su cicatriz. Pero no podía descartarse que el marinero hubiera participado en la operación del general Nicetas, se dijo. Procuró quedarse con su cara. Para más adelante.

Dos perros ladraron a lo lejos. Se volvió y los vio. Detrás de ellos, en la oscuridad, distinguió la prodigiosa cúpula de Santa Sofía, que coronaba el templo más imponente de la Cristiandad. Un desafío a las leyes de la naturaleza, el culmen de una eclosión anormalmente tardía.

Durante un milenio, la enorme urbe que se alzaba ante él había sido poco más que una población grande. Pero una población magníficamente situada en la encrucijada de todo, en los confines de dos continentes, de dos mares. ¿Por qué se había necesitado tanto tiempo y la clarividencia de un emperador genial para que se impusiera la evidencia, para que se convirtiera en aquello a lo que su excepcional emplazamiento la destinaba a ser, una metrópolis, una capital? Trescientos años antes, Constantino, el genial emperador en cuestión, la había bautizado con su nombre. La pequeña Bizancio se convirtió en Constantinopla. Una de las ciudades más deslumbrantes jamás vistas. El centro del Imperio, a partir de ese momento. El lugar en el que convergían las riquezas del Mediterráneo y del Ponto Euxino, las aceitunas de Hispania, el vino de Creta, el trigo de Sicilia y Crimea. El de Egipto ya no, era cierto. Apretó el puño. Tampoco las telas ni los cueros de Antioquía. Por no hablar de los dátiles de Cartago: aunque no llegaba nada de Cartago desde hacía años. Desde la rebelión del gobernador Heraclio y Nicetas. Habría escupido, pero se contuvo: más valía no llamar la atención.

Aún llegaba suficiente trigo. Eso era lo único que importaba. El suficiente para alimentar a una masa humana de un millón de habitantes. Decían que, en tiempos, la Antigua Roma había tenido otros tantos. Roma, la que había conquistado el mundo y ahora parecía un pueblo de provincias abandonado a su suerte.

Aquellos hombres no estaban tan locos como para declararlo abiertamente; sin embargo, le daba la sensación de que distaban de odiar al general Nicetas, su juventud y sus hazañas tanto como deberían. Fue más fuerte que él. Escupió. En ese momento advirtieron su presencia. Las sonrisas desaparecieron, y se oyó la palabra «espía». Una hostilidad sorda, nada más, ni golpes ni insultos. Hombres prudentes, estaba claro. Lo contrario que él.

Como era de suponer, la conversación dio un giro. Ya no había esperanzas de que hablaran del emperador, al que muchos se empeñaban en llamar el «Usurpador». Soltaron nimiedades sobre la ofensiva de los persas en el este. Noticias de tercera o cuarta mano. Nada aprovechable. Mencionaron las carreras del día siguiente. Prestó atención. Por supuesto, pensaban aprovechar su llegada a la ciudad para ir al hipódromo y, por qué no, para apostar. Por Porfirio, naturalmente. Sonrió.

El hipódromo estaba allí, sobre sus cabezas, sobre los tejados, un poco a su izquierda, ovalado e inmenso, revestido de mármol y rematado por magníficos arcos: el pulmón de la ciudad, su válvula de escape, lo que impedía que un millón de seres amontonados en una península se mataran unos a otros. Por mucho que el pueblo apoyara a cuadras opuestas —los azules y los verdes—, en lo fundamental vibraba al unísono. Allí las gentes se olvidaban de todo lo que no corriera por la pista tirado por cuatro caballos. Que en cuestión de días doce mil soldados rebeldes procedentes de Cartago estarían al pie de las murallas, por ejemplo. O que, aprovechando las disensiones, el rey de reyes Cosroes, soberano de todos los persas, se había apoderado de la Mesopotamia romana. Pero mañana, se dijo, aunque ninguno de aquellos imbéciles lo sospechara, en esa pista estaría en juego algo más que una carrera.

Mañana. Ahora había que volver a casa. Ya se había arriesgado bastante. Acababa de darles la espalda cuando una mano se posó bruscamente en su hombro y lo retuvo a la fuerza.

—¿Adónde vas?

Se le heló la sangre. Debería haber desconfiado. No eran tan pacíficos como creía. ¿Lo habrían reconocido? ¿Habían esperado hasta el último momento para desenmascararlo? Le arrancaron la capucha. Sí, estaba perdido. No tardarían en llegar los golpes, la muerte. No, risas. Le señalaban el pelo con el dedo. Su color escandalizaba hasta de noche.

—¡Pelirrojo, como Focas! —chilló un larguirucho al que le faltaban todos los dientes de delante.

Miró a su alrededor: ni un vigilante en el horizonte. Estaba solo con aquellos botarates. A su merced. Una solución, la única:

—¡Pelirrojo como el Usurpador, para mi desgracia! ¡Maldito sea! —replicó bajando la cabeza.

Contuvo la respiración. Era una temeridad absoluta, lo sabía. Si se daban cuenta, la situación degeneraría rápidamente. Pero el larguirucho asintió con la cabeza y lo gratificó con una palmada en la espalda.

—¡Que nos ofrezca carreras y juegos, y todo irá bien!

Le dejaron ir. Estaban demasiado borrachos para fijarse en algo más que en su pelo. En cierta cicatriz, concretamente. Eran de los verdes, evidentemente, arrogantes y ciegos. Volvería a encontrárselos mañana, en el hipódromo.

Franqueada la muralla marítima, una calleja ascendía hasta el corazón de la ciudad. La tomó a toda prisa, azorado, temiendo que los marineros corrieran tras él en cualquier momento. Aquel laberinto no tenía secretos para él. Pese a la oscuridad, conocía cada esquina, cada callejón. En Constantinopla, se podía andar durante dos días seguidos sin pasar dos veces ante el mismo edificio. Más que una ciudad, era un mundo. Adivinó las tejas anaranjadas sobre su cabeza, el derroche de colores de las fachadas, el mármol, el oro, los gigantescos edificios. En las esquinas, las antorchas acababan de consumirse. En unas horas, una muchedumbre ruidosa y caótica inundaría aquellas calles vacías. La gente se apelotonaría ante tenderetes con manjares inimaginables, más delicados y mejor preparados que en ningún otro sitio. Sería una explosión de lujo y de miseria en la que las túnicas más espléndidas se rozarían con los harapos, los perfumes de las jóvenes (y no tan jóvenes) patricias se mezclarían con el hedor de los mendigos y las joyas y los brazos de una blancura irreal contrastarían con los sucios muñones y las tripas hinchadas por el hambre. Los palanquines intentarían abrirse paso entre la multitud. Se escucharían insultos y súplicas. Y habría muertos, seguramente.

No había nada comparable al esplendor de aquella ciudad, a la frenética vida que la animaba. Una vez la conocías, se dijo, ya no podías ser feliz en ningún otro sitio. Más allá de las murallas de Constantinopla se extendía un mundo inmenso, pero insípido y casi inútil. Todo lo que hacía que la vida mereciera la pena se concentraba en aquella lengua de tierra barrida por los vientos. Allí hasta los indigentes eran afortunados, en cierto sentido. Era el reino de las alegrías intensas y, a veces, también violentas. Pero fuera erraban seres humanos que ignoraban que solo eran fantasmas.

Llegó al fin. A lugar seguro. Ante él, el edificio más espléndido de la ciudad, después de Santa Sofía. Aplastaba con su masa las calles de alrededor. Rivalizaba con el mismo hipódromo. Los guardias de la entrada surgieron de la garita y le cerraron el paso. Sonrió. Hacían bien su trabajo. Se bajó la capucha, y la reacción de los soldados fue la previsible: se inclinaron y se deshicieron en disculpas. Resultaba cómico. Y también agotador. Era tarde. Se despidió con un gesto de la mano y entró al palacio imperial, su casa.

Unas horas después, cuando el sol apenas había salido, las gradas del hipódromo ya estaban llenas. Cien mil personas, la décima parte de la población, se concentraban alrededor del óvalo. Más gente de la que vivía en la mayoría de las ciudades del Imperio. Más de la que quedaba en las legiones. Una muchedumbre de humor cambiante, de movimientos peligrosos, difícil de contener. Pobres, aristócratas, partidarios de los azules y partidarios de los verdes, jóvenes, viejos y también mujeres, a veces con sus hijos en brazos o mamando de sus pechos, muchos hombres hechos y derechos, unos astrosos, casi desnudos, ot

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