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CONTANDO ESTRELLAS

Christina Birs

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Fragmento

1.ª edición: julio, 2017

© 2017 by Christina Birs

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-811-2

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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«Duda de que sean fuego las estrellas,

duda de que el sol se mueva,

duda de que la verdad sea mentira,

pero no dudes jamás de que te amo».

Hamlet, William Shakespeare

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Epílogo

Agradecimientos

Nota de la autora

Promoción

Prólogo

Cerca de Sestri Levante, República de Génova. Finales del siglo XV.

—La hermana Leonilde la acompañará —indicó la abadesa con una sonrisa, satisfecha tras comprobar que la bolsita de cuero que le había dado a cambio contenía cinco monedas de oro.

—Es por aquí. —En silencio, siguió a la religiosa.

Mencía daba gracias a Dios por encontrarse a refugio. A lomos de su caballo había recorrido a galope tendido las últimas tres leguas en medio de la desapacible noche invernal. Debía llegar cuanto antes a la iglesia de Santa Maria Ligure. El cardenal Severini, amigo personal de su tío y quien había cuidado de ella durante los últimos años, le había dado instrucciones claras de lo que debería hacer en caso de peligro, y sabía que en ese lugar estaría a salvo. No podía arriesgarse a continuar con el cofrecillo el largo trayecto que le restaba. La estaban vigilando de cerca desde que había salido de Roma hacía una semana, y tenía la sospecha de que la atacarían en cualquier momento para arrebatarle el contenido del pequeño baúl de madera.

—Ha hecho bien haciendo un alto en el camino, el frío llama a ello. ¿Hacia dónde se dirige?

—Al norte —respondió escueta. Sabía que el único motivo por el que aquella huesuda y encorvada mujer de cara avinagrada le daba conversación era indagar sobre la pieza que portaba.

—¿Va a visitar a algún pariente?

—No —mintió.

—Es extraño que alguien confíe el depósito de un objeto en nuestra iglesia a no ser que lleve rumbo sur. Imagino que ha de ser de gran valor.

El templo, situado en el camino costero que unía Santiago de Compostela con Roma y, además, de forma estratégica, en las cercanías de la Vía Francígena, principal vía de peregrinación a la urbe romana desde el norte de Europa, era el lugar elegido por muchos romeros, sobre todo los acaudalados, para depositar las valiosas ofrendas que llevaban consigo al Vaticano y así evitar que fuesen robadas en caso de asalto. No en vano aún distaban casi doscientas sesenta millas de la Ciudad Santa, las que había que salvar por arduos senderos, a menudo llenos de vándalos y saqueadores. A cambio de un donativo, bien fuese en forma de limosna, objetos litúrgicos o incluso reliquias de santos, como había cedido algún noble, las agustinas se encargaban de que dichos dones llegasen a su destino sin percance alguno.

—Malditas ratas —escupió la monja con tono agrio nada más abrir la robusta puerta de madera que conducía al exterior. Cogió la antorcha del aplique rudimentario de forja situado junto a esta, la encendió y le hizo seña para que la siguiese escalerilla abajo por el abrupto acantilado—. Tenga cuidado, los peldaños están resbaladizos. Agárrese aquí —añadió en referencia a una cuerda que hacía las funciones de pasamanos.

Ya dentro de la inhóspita oquedad rocosa donde guardaban las piezas, tanto propias como en custodia, el sonido de una gota al caer desde el techo y chocar contra el suelo hizo estremecer a Mencía. Había algo en el ambiente que la inquietaba. Inconscientemente, apretó las piernas con fuerza al recordar las palabras de Su Eminencia previas a su partida: «antepón su salvaguarda a tu propia vida». A pesar de que podía encontrarse con la muerte en el trayecto de regreso a casa, asumió con gusto la misión. No podía fallar a su familia romana ni a su tío, don Beltrán de Cusanza, vicario de la Diócesis de Compostela.

—Los cuervos llevan varias noches rondando el huerto.

A sus espaldas quedaba la boca de la cueva, por la que se filtraban rayos de luz provenientes de la luna llena. Por ella también se colaban al interior unos espeluznantes chillidos de pajarraco, que retumbaban en las paredes de piedra.

—Esos graznidos

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