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CONTIGO HASTA EL FINAL (#KISSME 4)

Elle Kennedy  

0


Fragmento

1
Sabrina

—Mierda. Mierda. Mierda. Mieeeeeerda. ¿Dónde he puesto las llaves?

El reloj del estrecho pasillo me dice que tengo 52 minutos para hacer un trayecto de 68 minutos en coche si quiero llegar a tiempo a la fiesta.

Miro otra vez en el bolso, pero las llaves no están ahí. Recorro a toda velocidad las distintas estancias de la casa. ¿Vestidor? No. ¿Cuarto de baño? Acabo de entrar. ¿Cocina? Tal vez…

Estoy a punto de darme la vuelta cuando oigo un tintineo metálico detrás de mí.

—¿Estás buscando esto?

El desprecio se aferra a mi garganta mientras me giro para entrar en un salón tan pequeño que los cinco viejos muebles que lo ocupan —dos mesas, un sofá de dos plazas, un sillón y una silla— se agolpan como sardinas en lata. El trozo de carne sentado en el sofá agita mis llaves en el aire. Ante mi suspiro de irritación, él sonríe y se las mete debajo de su culo cubierto con un pantalón de chándal.

—Ven a por ellas.

Me paso la mano con frustración por el pelo recién alisado y miro fijamente a mi padrastro.

—Dame las llaves —exijo.

Ray me mira de forma lasciva como respuesta.

—Joooder. Sí que estás buena esta noche. Te has convertido en una nenita de verdad, Rina. Tú y yo deberíamos hacerlo.

Ignoro la mano carnosa que cae a su entrepierna. Nunca he conocido a un hombre tan desesperado por tocarse sus propios huevos. Hace que Homer Simpson parezca un caballero.

—Tú y yo no existimos el uno para el otro. Así que no me mires, y NO me llames Rina. —Ray es la única persona que me llama así, y lo detesto con toda mi alma—. Y ahora, dame las llaves.

—Ya te lo he dicho... Ven a por ellas.

Apretando los dientes, meto la mano debajo de su culo de vaca y palpo en busca de mis llaves. Ray gime y se retuerce como el asqueroso de mierda que es hasta que mi mano hace contacto con el metal.

Tiro de las llaves y me vuelvo a girar hacia la puerta.

—¿Por qué le das tanta importancia? —se burla a mi espalda—. No somos familia, así que no hay incesto.

Me detengo y uso treinta segundos de mi precioso tiempo para mirarlo con incredulidad.

—Eres mi padrastro. Te casaste con mi madre. Y… —Me trago un torrente de bilis—, y ahora te estás acostando con la abuela. Así que, no, no tiene nada que ver con que tú y yo no seamos familia. Tiene que ver con que eres la persona más asquerosa del universo y tu sitio debería ser la cárcel.

Sus ojos color avellana se entrecierran.

—Cuidao con lo que dices, señorita, o un día de estos vas a llegar a casa y las puertas van a estar cerradas.

Ya, claro.

—Pago un tercio del alquiler —le recuerdo.

—Bueno, pues igual tienes que pagar más.

Se vuelve a la televisión y dedico otros valiosos treinta segundos a fantasear con darle un golpe en la cabeza con el bolso. Perder esos segundos merece la pena.

En la cocina, la abuela está sentada a la mesa, fumando un cigarrillo y leyendo la revista de cotilleo People.

—¿Has visto esto? —exclama—. Kim K sale desnuda otra vez.

—Guay para ella. —Cojo mi chaqueta del respaldo de la silla y me dirijo a la puerta de la cocina.

He descubierto que es más seguro dejar la casa por la parte de atrás. Normalmente hay bandas que se congregan en las escaleras de entrada de las estrechas casas de nuestra calle. Una calle cuanto menos acaudalada, en esta parte cuanto menos acaudalada de South Boston. Además, nuestro aparcamiento está detrás de la casa.

—He oído que Rachel Berkovich se ha quedado preñada —comenta mi abuela—. Debería haber abortado, pero supongo que va en contra de su religión.

Aprieto otra vez los dientes y me giro para mirar a mi abuela. Como de costumbre, lleva una bata desgastada y unas zapatillas rosas de pelo, pero su cabello rubio teñido está peinado a la perfección y su rostro está completamente maquillado, aunque rara vez salga de casa.

—Es judía, abuela. No creo que vaya en contra de su religión, pero incluso si lo fuera, es lo que ella ha decidido hacer.

—Probablemente quiere esos cupones extra de comida que dan por maternidad —concluye mi abuela, echando un largo hilo de humo en mi dirección. Mierda. Espero no oler como un cenicero cuando llegue a Hastings.

—Seguro que esa no es la razón por la que Rachel ha decidido tener el bebé. —Ya tengo una mano en la puerta. Me muevo con inquietud esperando una oportunidad para despedirme de mi abuela.

—Tu madre pensó en abortar de ti.

Ya estamos.

—Vale, hasta aquí —murmuro—. Me voy a Hastings. Vuelvo por la noche.

Su cabeza se aleja de golpe de la revista y su mirada se estrecha mientras observa mi falda negra de punto, mi jersey negro de manga corta con cuello barco y mis zapatos de tacón de ocho centímetros. Puedo ver las palabras formándose en su cabeza antes incluso de que salgan de su boca.

—Qué esnob vas. ¿Vas a esa universidad pija tuya? ¿Tienes clases un sábado por la noche?

—Voy a un cóctel —le respondo de mala gana.

—Oooh, un cóctel. Espero que los labios no se te agrieten al besarle el culo a todos ahí en el pueblo.

—Vale, gracias, abuela. —Abro de un tirón la puerta de atrás, forzándome a añadir—: Te quiero.

—Yo también te quiero, pequeña.

Y es verdad que me quiere, pero a veces ese amor está demasiado contaminado, tanto que no sé si me hace daño o me ayuda.

No hago el trayecto al pequeño pueblo de Hastings en cincuenta y dos minutos ni en sesenta y ocho. Me lleva una hora y media de reloj porque las carreteras están fatal. Pasan otros cinco minutos antes de que encuentre un sitio para aparcar y, cuando llego a la casa de la catedrática Gibson, estoy más tensa que las cuerdas de un piano… y me siento igual de frágil.

—Buenas, señor Gibson. Siento mucho llegar tarde —le digo al hombre con gafas que aparece en la puerta.

El marido de la catedrática Gibson me ofrece una leve sonrisa.

—No te preocupes, Sabrina. Hace un tiempo horrible. Permíteme el abrigo. —Eleva una mano y espera pacientemente mientras yo me peleo con mi chaqueta de lana.

La catedrática Gibson llega cuando su marido está colgando mi chaqueta barata entre todos los abrigos caros del armario. Parece tan fuera de lugar como yo. Rechazo de una patada mi complejo de pobre y consigo sacar una amplia sonrisa.

—¡Sabrina! —grita la catedrática Gibson. Su dominante presencia me sobresalta—. Me alegro de que hayas llegado sana y salva. ¿Sigue nevando?

—No, solo llueve.

Hace una mueca de horror y me coge del brazo.

—Peor aún. Espero que tu plan no sea volver a la ciudad esta noche. Las carreteras serán una gran placa de hielo.

Como tengo que trabajar por la mañana, tendré que hacer ese recorrido independientemente de cuáles sean las condiciones de la carretera, pero no quiero que se preocupe así que le dedico una sonrisa tranquilizadora.

—Estaré bien. ¿Sigue aquí?

La catedrática me aprieta el antebrazo.

—Sí, aquí sigue. Y tiene unas ganas locas de conocerte.

Genial. Cojo aire profundamente por primera vez desde que llegué y dejo que me guíen, atravesando la habitación, hasta una mujer de pelo corto y canoso vestida con una americana larga y recta en color pastel sobre unos pantalones negros. El atuendo es más bien soso, pero los diamantes que brillan en sus orejas son más grandes que mi dedo pulgar. Y además… parece demasiado simpática para una catedrática de Derecho. Siempre me los había imaginado como criaturas serias y duras. Como yo.

—Amelia, permíteme que te presente a Sabrina James. Es la estudiante de la que te he hablado. De las primeras de la clase; tiene dos trabajos y ha sacado un 77 en sus exámenes de acceso a la facultad de Derecho. —Gibson se vuelve a mí—. Sabrina, te presento a Amelia Fromm, catedrática en Harvard, una investigadora extraordinaria en Derecho Constitucional.

—Es un placer conocerla —digo, extendiendo mi mano y rogando a Dios que esté seca y no sudada. He estado estrechando mi propia mano una hora antes de venir para ensayar este momento.

Amelia me aprieta la mano con ligereza antes de dar un paso atrás.

—Madre italiana y abuelo judío, de ahí la extraña combinación de mi nombre y apellido. James es un apellido escocés, ¿de ahí viene tu familia? —Sus brillantes ojos me analizan de arriba a abajo, y resisto el impulso de moverme con nerviosismo con mi ropa barata del Target.

—No lo sé, señora. —Mi familia viene de la alcantarilla. Escocia parece demasiado agradable y real para ser nuestra patria.

Ella agita una mano.

—No es importante. Apartemos la genealogía a un lado. Así que has pedido que te admitan en Harvard para tu postgrado, ¿no? Es lo que me ha comentado Kelly.

¿Kelly? ¿Conozco a alguna Kelly?

—Se refiere a mí, querida —dice la catedrática Gibson con una carcajada.

Me sonrojo.

—Sí, lo siento. Pienso en usted como la catedrática Gibson.

—¡Qué formal, Kelly! —le acusa la catedrática Fromm—. Sabrina, ¿a dónde más has enviado la solicitud de admisión?

—Boston College, Suffolk y Yale, pero Harvard es mi sueño.

Amelia eleva una ceja al oír las dos primeras, ambas facultades de segundo y tercer nivel en Boston.

Gibson acude en mi defensa.

—Quiere estar cerca de su casa. Y obviamente debería estar en algún lugar mejor que Yale.

Las dos catedráticas resoplan de forma despectiva a la vez. Gibson se graduó en Harvard, y por lo que parece, una vez te gradúas en Harvard, te conviertes en una persona antiYale.

—Según todo lo que Kelly ha compartido conmigo, parece que sería un honor para Harvard contar contigo.

—Estudiar en Harvard sí que sería un honor para mí, señora.

—Las cartas de admisión se van a enviar pronto. —Sus ojos brillan traviesos—. Me aseguraré de… recomendarte.

Amelia ofrece otra sonrisa y casi me desmayo de feliz alivio. No estaba lamiéndola el culo. Harvard es de verdad mi sueño.

—Gracias —consigo decir con voz quebrada.

Gibson señala la comida.

—¿Por qué no comes algo? Amelia, quiero hablar contigo sobre el informe ese que según me dicen ha salido de la Universidad de Brown. ¿Has tenido ocasión de echarle un vistazo?

Las dos se alejan, profundizando sobre la interseccionalidad del feminismo negro y la teoría de la raza, tema en el que Gibson es experta.

Voy a la mesa de los aperitivos, que está cubierta con un mantel blanco y repleta de quesos, crackers y fruta. Dos de mis mejores amigas, Hope Matthews y Carin Thompson, ya están ahí. Una de tez oscura y la otra de tez clara, son los dos ángeles más hermosos e inteligentes del universo.

Me acerco a ellas y casi colapso en sus brazos.

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