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CONTRA LOS HIJOS

Lina Meruane  

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Fragmento

LA MÁQUINA DE HACER HIJOS

La máquina reproductora sigue su curso incesante: despide hijos por montones. Y muere gente por montones también, pero por cada muerto, por cada desahuciado, hay dos-puntotres cuerpos vivos lanzados al mundo a probar suerte. Se rumorea por todas partes que la pulsión de los hijos es una respuesta instintiva contra la extinción que nos acecha. El llamado a sumar niños, que serán adolescentes, que se volverán algún día adultos, mantendría en marcha a la especie. Pero los hijos, lejos de ser los escudos biológicos del género humano, son parte del exceso consumista y contaminante que está acabando con el planeta.

He ahí una paradoja, no es la única.

La congoja por la aparente «crisis de fertilidad» no tiene sentido. Europa podrá afligirse por el envejecimiento de su población,1 podrá fantasear con el surgimiento de una tropa de futuros europeos que active la industria, que sustente con sus ingresos la hiperactividad de los mercados y que sostenga, con sus prestaciones, un número desproporcionado de viejos cada día más centenarios que los Estados poscapitalistas se niegan o se han vuelto incapaces de cuidar. Pero Europa, si la miramos bien, si le ponemos encima una lupa y un ojo abierto, es apenas un pedacito de tierra con un puñado de gente. Un trozo minúsculo del globo que podría, si quisiera, si se creyera su propio relato apocalíptico y abriera sus vigiladas fronteras, solucionar el problema haciéndole hueco a tanta persona apretujada en otros lugares de la geografía.

He ahí otra paradoja.

¡Son tantos los condenados por la guerra que huyen buscando asilo! ¡Tantos los que buscan trabajo fuera de sus países! ¡Tantos los hombres y mujeres del desborde poblacional! En la India y en China, donde tras cuatro décadas de la controvertida política del hijo único ahora las parejas pueden tener dos.2 Y son sin duda tantos los que se suman a los índices de procreación en las naciones menos industrializadas. Difícil no mencionar a algunos pueblos de América Latina. Imposible no pensar en África como un enorme país parturiento (aun cuando pensemos, igualmente, en su alta tasa de muertos). Y el exceso de hijos en esos lugares forma parte de sus aprietos: ese es otro sinsentido.

La máquina de hacer hijos es nuestra condena.

Que nadie se engañe, sin embargo. No abogaré, en estas páginas, por el cese absoluto de la industria filial. No suscribo la deprimente tesis malthusiana ni la idea de que sólo las plagas y la abstinencia pondrían freno a la multiplicación natalicia.3 No creo en el darwinismo poblacional ni proclamo en lo que sigue ningún sistema de eugenesia. ¿Soluciones finales? ¡De ninguna manera!

Y no es tampoco la intención de esta arenga defender el cruel arranque de un tal Herodes, ni el vengador filicidio de la tal Medea, que según dicen las malas lenguas del canon, habría asesinado a sus vástagos como lo han hecho, también, fuera del mito y desde la Antigüedad, tantas madres en los sufridos delirios del posparto y tantas otras en su sano juicio.

No escribo a favor del infanticidio por más que el recién nacido de al lado interrumpa mi sueño, por más que los menores de arriba zapateen mi techo y mi trabajo diurno.

No defiendo la eliminació

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