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CONTRA TODO ESTO

Manuel Rivas  

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Fragmento

 

Cada vez que nace algo nuevo

salen detrás todas las jaulas.

FRANZ KAFKA

¿No notas que se ha movido el silencio?

LUIS PIMENTEL

Hoy es preciso un alto en la derrota.

JAVIER EGEA

—Hola —dijo el controlador—,

sáquese las alas y siéntese.

PHILIP K. DICK

En el cielo, pavimentado de indiferencia, las jaulas andan detrás de las palabras que aún quieren decir. Extraña esta palabra furtiva que se posa en mi hombro, y que se deja escribir sin miedo: vergüenza.

Ya no puedes dejar de mirar lo que no está «bien visto».

Lo que no se deja ver, lo que no se puede ver, lo que sería mejor no ver.

La vergüenza te ayuda a ver.

No es un desenlace, es el principio.

El primer paso para detectar una injusticia es que comparezca el sentido de la vergüenza. Es lo que va a hacerla visible como injusticia. Hay un sensor muy especial que transforma ese golpe óptico de la vergüenza en partícula de conciencia. Ese desequilibrio eficaz que Victor Hugo vislumbró como «la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley», en una de esas épocas miserables, distópicas, en que la tarea de la verdadera justicia no es cumplir la ley, sino liberarla de ella misma. Fue la vergüenza, en estos últimos años en España, la que desactivó la suspensión de las conciencias ante injusticias miserables como la de los desahucios de personas ancianas y familias pobres, las mismas que enferman o mueren por un mal fuego, el «incendio de frío» de la pobreza energética.

¿Por qué ahora? ¿Por qué escribir esto contra Todo Esto? ¿No estarías mejor en tu torre de marfil? Lo que escribió en una carta Gustave Flaubert a Iván Turguéniev en 1872: «Siempre he procurado vivir en mi torre de marfil, pero una marea de mierda bate sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política, sino del estado mental de Francia». ¿Cuál es la causa de semejante malestar? En la carta, Flaubert cita un síntoma del malestar: el desdén cultural, y en concreto por la literatura, en el nuevo programa de instrucción pública.

Qué contemporáneo suena. El desdén por la enseñanza y las llamadas «humanidades». Por la enseñanza que consiste en enseñar a pensar. Pero Todo Esto va más allá. El estado mental es un Estado de Vergüenza. Una avalancha de mierda que sacude el mundo. Pero en las torres de marfil, como en los camarotes de lujo de los Titanic del presente, están acomodadas las conciencias en suspensión. Los pasajeros de una modernidad regresiva. El triunfo del pensamiento grosero, descivilizador, de entusiasmo halconero. El avance de un progreso retrógrado, en el que las grandes cifras en vuelo ocultan a las personas y oscurecen el cielo. Un nuevo autoritarismo ebrio de popularidad y gloria estadística y virtual. Un régimen de la distopía.

Nacimos en un país destartalado, donde no había mejor lugar para vivir que el futuro. Mis mayores habían conocido la guerra y el hambre de posguerra. La vida en nuestra infancia era todavía muy precaria. La emigración, el trabajo a destajo, y una atmósfera política y cultural humillante, donde la boca era para callar y los ojos para no mirar, y donde el refugio era la música, la lengua secreta y la risa popular. Los barcos y los trenes solo eran puntuales para marchar. Hacia América o Europa. Cuando mirabas la Línea del Horizonte, a veces pensabas que estaba más cerca América que Europa. Pero el futuro, estuviese donde estuviese, estaba con nosotros. Era algo que nos pertenecía, un tiempo que podíamos producir. La propiedad más valiosa.

Podría decir ahora que esa producción de tiempo tenía el sentido de la utopía. Me encontré con esa palabra en el instituto, estudiando bachillerato, pero es verdad que resultaba próxima, casi táctil. Cada descubrimiento, cada libro que abrías y te abría, cada amistad creativa, cada abrazo en la orilla, la primera revista poética en ciclostil, la mirada de Anna Magnani en el teleclub, el concierto de Zeca Afonso antes del 25 de Abril, aquel recital de Uxío Novoneyra en un hospital («Todo lo que le ha pasado al ser humano me ha pasado a mí»), todo parecía pertenecer, o así lo recuerdo, a una producción utópica. También la memoria laboriosamente rescatada, como el tiempo en el reloj de Kropotkin, el príncipe anarquista de La conquista del pan, ese reloj que le regalaron las cigarreras coruñesas en huelga y que llevaba como única posesión el día de su muerte. El mapa borrado de la ciudad, de las escuelas racionalistas y laicas, de los ateneos libertarios y las bibliotecas populares, con los tomos de la geografía ecológica de Eliseo Reclus («El ser humano es la naturaleza tomando conciencia de sí misma») en el centro justo del asombro, y luego enterrados para no ser quemados. Y Eliseo Reclus, que lo inspiró, nos llevó a Ebenezer Howard y su Tomorrow (Mañana: un paso pacífico hacia una reforma real), la propuesta de ciudad-jardín, una utopía táctil, sí, que casi podías tocar: la ciudad ideal de los círculos concéntricos con su escuela, su biblioteca y el espacio de la asamblea, en el centro. También ese pasado formaba parte del futuro. De la misma manera que las huelgas por los derechos laborales en los combativos astilleros de Ferrol o las luchas estudiantiles en la Universidad de Santiago, en el frío del invierno del 68, antes de estallar la primavera en Francia. Había también caminos dispares, miserias, sectarismos, pero eran parte de ese afán de utopía. Los «errores equivocados». Se debatía mucho, el día y la noche, pero nadie hubiera desahuciado la esperanza.

En aquel tiempo no se hablaba nunca de distopía. Cómo se iba a hablar, si en España estábamos librándonos de ella, de una distopía de décadas, pesada como una losa sepulcral con epitafio nostálgico de un imperio fracasado. La democracia, el Estado de bienestar, «entrar» en Europa, eso, entonces, era pensamiento utópico. En mi vecindario, y doy un salto atrás, había un anciano cascarrabias que vigilaba día y noche su higuera, de los mirlos y los niños, y que, el primer día de verano, al terminar la escuela, cuando íbamos cantando y estrenando alegría hacia la playa, «Gira, il mondo gira, nello spazio senza fine», era él quien giraba el bastón y gruñía apocalíptico: «¡Ya vendrá el invierno, ya!». Teníamos la uto

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