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CONVERSACIONES ENTRE AMIGOS

Sally Rooney

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Fragmento

1

Bobbi y yo conocimos a Melissa en la ciudad, en una velada poética en la que actuamos juntas. Nos hizo una foto en la calle en la que Bobbi salía fumando y yo sujetándome tímidamente la muñeca izquierda con la mano derecha, como si temiera que fuese a escaparse. Melissa usaba una cámara profesional grande y llevaba un montón de objetivos distintos en un estuche especial. Charlaba y fumaba mientras tomaba las fotos. Comentó nuestra actuación y hablamos de su obra, que conocíamos de internet. A eso de la medianoche cerraron el bar. Empezaba a llover y nos invitó a tomar una copa en su casa.

Nos subimos las tres al asiento trasero de un taxi y nos abrochamos los cinturones. Bobbi iba en medio, con la cabeza girada para hablar con Melissa, así que pude admirar su nuca y su pequeña oreja con forma de cucharilla. Melissa le dio al taxista una dirección de Monkstown y yo me puse a mirar por la ventanilla. En la radio, una voz anunció: «Clásicos… del pop… de los ochenta…». Y luego sonó una sintonía. Yo estaba emocionada, lista para afrontar el reto de visitar la casa de una desconocida, y ya preparaba cumplidos y ciertas expresiones que me hicieran parecer encantadora.

Era una casa adosada de ladrillo rojo, con un sicómoro en el exterior. A la luz de las farolas, las hojas se veían anaranjadas y artificiales. A mí me encantaba ver el interior de casas ajenas, sobre todo si eran de gente vagamente famosa como Melissa. En ese momento decidí memorizar cada detalle de su hogar, a fin de poder describírselo más tarde a nuestros amigos y que Bobbi pudiera mostrarse de acuerdo.

Cuando Melissa nos hizo pasar, una pequeña spaniel de pelaje rojizo vino corriendo por el pasillo y se puso a ladrarnos. Hacía calor en el recibidor y las luces estaban encendidas. Junto a la puerta había una mesita baja sobre la que alguien había dejado un montón de calderilla, un cepillo para el pelo y un pintalabios destapado. En la pared de la escalera colgaba una reproducción de Modigliani, una mujer desnuda recostada. Toda una casa, pensé. Aquí podría vivir una familia.

Tenemos invitados, anunció Melissa desde el pasillo.

Nadie salió a recibirnos, así que la seguimos hasta la cocina. Recuerdo que vi un cuenco de madera oscura lleno de fruta madura, y que me fijé en la galería acristalada. Gente rica, me dije. En esa época pensaba todo el tiempo en la gente rica. La perra nos había seguido hasta la cocina y nos olisqueaba los pies, pero como Melissa no dijo nada nosotras tampoco.

¿Vino?, preguntó. ¿Blanco o tinto?

Melissa lo sirvió en unas copas enormes del tamaño de boles y las tres nos sentamos en torno a una mesa baja. Nos preguntó cómo habíamos empezado a hacer recitales de spoken word. Acabábamos de concluir nuestro tercer año de universidad, pero llevábamos actuando juntas desde el instituto. Habíamos terminado los exámenes. Estábamos a finales de mayo.

Melissa tenía la cámara sobre la mesa y de cuando en cuando la cogía para sacar una foto, al tiempo que se reía despectivamente de sí misma por ser una «adicta al trabajo». Encendió un cigarrillo y sacudió la ceniza en un cenicero de cristal de lo más kitsch. La casa no olía a tabaco, y me pregunté si fumaría allí habitualmente.

He hecho un par de amigas, dijo.

Su marido estaba en el umbral de la cocina. Alzó la mano a modo de saludo y la perra se puso a ladrar y gañir correteando en círculos.

Esta es Frances, dijo Melissa. Y esta, Bobbi. Son poetas.

Él sacó un botellín de cerveza del frigorífico y lo abrió sobre la encimera.

Ven y siéntate con nosotras, dijo Melissa.

Me encantaría, contestó él, pero será mejor que intente dormir un poco antes del vuelo.

La perra se subió de un brinco a una silla cercana y él alargó la mano con gesto ausente para acariciarle la cabeza. Preguntó a Melissa si le había dado de comer, ella contestó que no. Entonces cogió a la perra en brazos y dejó que le lamiera el cuello y la barbilla. Dijo que ya se encargaba él y volvió a salir por la puerta de la cocina.

Nick tiene un rodaje en Cardiff por la mañana, dijo Melissa.

Nosotras ya sabíamos que su marido era actor. Melissa y él eran fotografiados a menudo en actos sociales, y teníamos amigos de amigos que los conocían. Nick poseía un rostro grande y atractivo, y parecía capaz de cargarse tranquilamente a Melissa bajo un brazo mientras con el otro rechazaba a una horda de intrusos.

Es muy alto, comentó Bobbi.

Melissa sonrió como si «alto» fuera un eufemismo para referirse a otra cosa, algo no necesariamente halagador. Seguimos charlando. Entablamos un breve debate sobre el gobierno y la Iglesia católica. Melissa nos preguntó si éramos creyentes y contestamos que no. Dijo que las ceremonias religiosas, como los funerales o las bodas, le parecían «reconfortantes de una manera en cierto modo sedante». Son actos comunitarios, dijo. Tienen cierto encanto para los neuróticos del individualismo. Y además fui a un colegio de monjas, así que todavía recuerdo muchas de las oraciones.

Nosotras también fuimos a un colegio de monjas, dijo Bobbi. Y eso nos planteó ciertos problemas.

Melissa sonrió de oreja a oreja y preguntó: ¿Como cuáles?

Bueno, yo soy lesbiana, contestó Bobbi. Y Frances es comunista.

Y no creo que recuerde ni una sola oración, añadí.

Estuvimos horas charlando y bebiendo. Recuerdo que hablamos sobre la poeta Patricia Lockwood, a la que admirábamos, y también sobre lo que Bobbi llamaba despectivamente «feminismo gay de pacotilla». Empecé a sentirme cansada y un poco borracha. No se me ocurría nada ingenioso que decir y me costaba poner caras que expresaran mi sentido del humor. Creo que reía y asentía sin parar. Melissa nos dijo que estaba trabajando en un libro nuevo de ensayos. Bobbi había leído el primero, pero yo no.

No es muy bueno, me dijo Melissa. Espera a que salga el próximo.

Hacia las tres de la madrugada nos acompañó a la habitación de invitados y nos dijo lo mucho que se alegraba de habernos conocido y de que nos quedáramos a pasar la noche. Cuando nos metimos en la cama me quedé mirando fijamente el techo y me di cuenta de lo borracha que estaba. La habitación daba vueltas en espirales breves, consecutivas. En cuanto mis ojos se acostumbraban a una rotación, empezaba la siguiente. Le pregunté a Bobbi si le pasaba lo mismo, pero me dijo que no.

Es fantástica, ¿no crees?, comentó Bobbi. Melissa.

Me cae bien, dije.

Oímos su voz en el pasillo y el sonido de sus pasos que la llevaban de habitación en habitación. En un momento dado la perra ladró y oímos que ella gritaba algo, y luego la voz de su marido. Pero después nos quedamos dormidas. No lo oímos marcharse.

Bobbi y yo nos habíamos conocido en el instituto. Por aquel entonces ella no se mordía la lengua y con frecuencia la castigaban por una falta de comportamiento que nuestra escuela catalogaba como «perturbación del normal desarrollo de la clase». Cuando teníamos dieciséis años se puso un piercing en la nariz y empezó a fumar. Le caía mal a todo el mundo. En cierta ocasión la expulsaron temporalmente por escribir «¡Que se joda el puto patriarcado!» en la pared junto a un crucifijo de escayola. Este incidente no despertó solidaridad alguna. A Bobbi se la consideraba una numerera. Hasta yo tuve que reconocer que durante la semana que expulsaron a Bobbi las clases fueron mucho más apacibles.

A los diecisiete años asistimos a un baile para recaudar fondos en el salón de actos del instituto, con una bola de discoteca medio rota arrojando destellos sobre el techo y las ventanas con barrotes. Bobbi se había puesto un vaporoso vestido veraniego y daba la impresión de no haberse cepillado el pelo. Estaba radiante, lo que implicaba que todo el mundo tenía que esforzarse mucho para no prestarle atención. Le dije que me gustaba su vestido. Me dio a beber vodka de una botella de Coca-Cola y me preguntó si habían cerr

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