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CORAZóN DE HIELO (SAGA DE LOS KNIGHT 3)

Gaelen Foley  

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Fragmento

Prólogo

Londres, 1814

–Mírate. Otra vez borracho. Eres patético —le dijo lord Hubert a su hermano pequeño.

El mayor Jason Sherbrooke se limitó a soltar una risita insolente a modo de respuesta. Mirando fijamente el fuego, se arrellanó en su raído sillón y dio otro trago a la botella de ginebra.

Mientras se abría camino con cuidado a través del caos que reinaba en la sórdida habitación de soltero del mayor, Algernon Sherbrooke, vizconde Hubert, sacó un pañuelo meticulosamente doblado con sus iniciales y se tapó los orificios nasales para evitar respirar el hedor que flotaba en el aire.

—Que Dios nos ampare, esta habitación huele a queso podrido, a orines o a algo igualmente apestoso. ¿Es que nunca limpias lo que ensucias?

—Desde luego, soy la pulcritud personificada —farfulló Jason.

Algernon frunció los labios. La causa del malestar de su hermano era evidente. Miró la manga vacía de la chaqueta del desaliñado uniforme rojo de Jason. El mayor había perdido el brazo derecho durante la brutal carga de la caballería en la batalla de La Albuera. Había tenido suerte de escapar con vida. Algernon acercó una tosca silla de madera al fuego y se sentó con cautela.

—Tal vez deberías contratar a una criada en lugar de quedarte ahí sentado compadeciéndote de ti mismo.

—Y un cuerno. La última me robó —masculló su hermano.

—No me extraña, teniendo en cuenta dónde vives. —La pensión de Jason no quedaba lejos de los cochambrosos pisos que Algernon poseía, muy en secreto, en una zona peligrosa del East End. Por desgracia, aquella inversión todavía no había rendido los beneficios que él esperaba, pese a que había subido el precio de los alquileres el mes anterior. Le daba igual que solo faltaran quince días para Navidad. Estaba dispuesto a echar a todo aquel que no le pagase el importe completo—. ¿Por qué sigues en esta ratonera? Ambos sabemos que puedes permitirte algo mejor.

Jason lo miró con expresión aburrida.

—¿Qué importa eso?

—¿Acaso no tienes orgullo?

—¿Qué demonios quieres, Algy? Dudo que esta visita se deba a un repentino arrebato de amor fraterno. ¿Te has contagiado del maldito espíritu navideño o has venido por alguna razón?

Algernon escudriñó con recelo el rostro bronceado de Jason, con su desaliñado bigote de color cobrizo. Iba a tener que proceder con cuidado. Incluso estando borracho, su perspicaz hermano no era un hombre a quien se pudiera engañar fácilmente; estaba muy curtido por los años que había pasado en la guerra.

—Tal vez he venido para evitar que te mates con la bebida.

—Pierdes el tiempo. —Mientras alzaba nuevamente la botella, Jason le lanzó una mirada de reojo—. Pero dudo que ese sea el motivo de tu visita.

Algernon le dirigió una mirada penetrante durante un largo rato; luego suspiró dándose por vencido.

—No. No he venido por eso.

—En el ejército respetamos a los hombres que van directos al grano.

—Muy bien. —La delgada cara de Algernon se estiró al hacer una pausa, y sus ojos de color avellana se volvieron todavía más fríos—. Necesito la dote de Miranda.

Los ojos legañosos de Jason se despejaron de la sorpresa.

—Me encuentro en una situación difícil…

—Oh, no. No sigas. Me niego rotundamente.

—Escúchame…

—No hay nada de que hablar.

—¡Jason!

—No te puedo dar ese dinero porque no es mío, Algy, y desde luego tampoco tú puedes gastarlo. Richard se lo dejó a su hija…

—¡Su hija bastarda! Maldita sea, Jason, ella no es una de los nuestros.

—Puede que Miranda sea ilegítima, pero eso no cambia el hecho de que sea la hija de nuestro hermano.

Su hermano mayor, Richard, había sido el vizconde Hubert antes de que el título pasara a Algernon, el segundo en nacer. Richard, que era soltero y muy mujeriego, había muerto sin descendencia legítima; tan solo había dejado una hermosa niña que había tenido con su amante, la famosa actriz Fanny Blair. Pero Fanny murió con él un día de verano en que su barco de recreo se hundió en el lago. Solo sobrevió su hija, Miranda, que por aquel entonces tenía ocho años, tras ser rescatada por un pescador.

—Es nuestra sobrina —concluyó Jason con firmeza.

—No según la ley —dijo Algernon fríamente.

—Pero sí según la sangre.

—No le debemos nada. ¡Deja que se busque la vida!

—Dios, ¿estás oyendo lo que dices? Siempre has sido un cretino insensible.

—¿Cómo puedes ponerte sentimental con esa cría? ¡Su madre no era mucho mejor que una fulana!

—Pues da la casualidad de que a mí me gustan las fulanas —dijo Jason con una sonrisa de satisfacción, cruzando los talones de las botas ante el fuego.

Conteniendo unas palabras de las que sabía que se arrepentiría, Algernon se levantó repentinamente de la silla y se paseó por la abarrotada y mugrienta habitación, pasó por encima de un escabel roto, unas botellas vacías y montones de ropa sucia. Apartó un libro de una patada y se detuvo junto a la pared del fondo, parpadeando mientras se esforzaba por dominar su irritación. Maldita sea, ¿cómo iba a hacer entrar en razón a aquel borracho? Cerró la mano sobre el puño de encaje de su camisa.

—Si acabo arruinado, toda la familia quedará deshonrada, incluido tú.

—No te preocupes, Algy, no te arruinarás —dijo Jason, riéndose entre dientes—. Eres listo como un zorro y tienes los principios de una serpiente. Tengo fe en ti. Encontrarás alguna forma de evitarlo. Pero no quiero volver a oírte hablar en contra de Miranda. Da la casualidad de que le tengo mucho cariño a esa niña.

—Ah. —Algernon se dio la vuelta—. ¿Y cuándo fue la última vez que fuiste a visitarla a la escuela? ¿Hace un año? ¿Dos? ¿Cinco? —le espetó, mientras Jason parpadeaba, visiblemente sorprendido—. ¡Antes de lo de La Albuera, seguro!

Jason le lanzó una mirada de advertencia.

—En la escuela se ocuparán de ella hasta que esté lista para su presentación en sociedad.

—¿Presentación en sociedad? —gritó su hermano—. En primer lugar, es una bastarda y no tendrá ninguna posibilidad de…

—Sí que la tendrá. Para eso está el dinero.

—Pues no va a recibir ninguna ayuda por mi parte —gruñó—. Me aseguraré bien de que ni mi mujer ni mis hijas la saluden en sociedad. En segundo lugar, ¿te has parado a pensar que el momento de esa gran puesta de largo que imaginas ha pasado ya? Miranda tiene diecinueve años. Si te preocupara tanto su bienestar, te habrías dado cuenta de que la edad adecuada para ello fue hace un par de años.

Jason se lo quedó mirando fijamente, sorprendido.

—¡No tiene diecinueve años!

—Sí que los tiene. ¡Despierta! ¡Deja la botella y piensa! Es una mujer adulta, una mujer a la que no puedes pretender hacer entrar en nuestro círculo. La sociedad no la aceptará. ¿No te das cuenta de que sería cruel ponerla en una situación tan incómoda?

—Saldrá adelante, Algy. No conoces a Miranda. Es muy valiente. Además, siempre ha tenido la belleza de su madre. Una cara bonita puede hacer que una mujer llegue lejos en «nuestro círculo».

Algernon hizo un esfuerzo por mantener la calma.

—Escúchame. Si realmente es una buena escuela, habrán preparado a Miranda para que ocupe un puesto de institutriz u otro empleo digno de una mujer respetable y que se ajuste a su posición. Dime, ¿por qué debemos hacernos responsables de la hija bastarda de Richard?

—No hables en plural. Soy yo quien debe hacerse responsable. —Jason movió la cabeza con gesto de disgusto—. Richard sabía que la tratarías como si fuera basura si la dejaba a tu cargo.

—¿Dónde está tu lealtad, maldita sea? ¡Soy tu hermano y me enfrento a la ruina! La cosecha del año pasado fue mala. La bolsa ha bajado…

—Deja que adivine: tienes que volver a cubrir las pérdidas de tu querido Crispin en las mesas de juego.

Algernon lo miró con los ojos entornados.

—Crispin es mi hijo, mi heredero. ¿Pretendes que lo deje a merced de unos prestamistas criminales?

—Entiendo. Así que prefieres quitarle a Miranda la dote, su futuro, para que tu hijo no pierda su reputación en el club. No, Algy. Tú y tu hijo podéis iros al infierno.

—Jason…

—Algy, de todas formas solo son cinco mil libras. Crispin es capaz de perder esa cantidad en cinco minutos. Sin embargo, ese dinero cambiaría el futuro de Miranda.

—Idiota. —Algernon empezó a pasear por la estancia, volvió a sentarse en la silla situada junto a él y examinó intensamente el rostro macilento de su hermano—. ¿Cinco mil libras? ¿Es que no dejas la botella ni para fijarte en tus propias cuentas?

Jason se removió incómodo en su sillón.

—¿A qué te refieres?

—Antes de marcharte a la guerra invertiste la mayor parte del dinero de la herencia en una pequeña empresa llamada Fundiciones Waring, ¿recuerdas?

—Sí, ¿y qué?

—Jason. —Algernon sacudió la cabeza—. Fundiciones Waring consiguió tantos contratos de guerra que la compañía se ha convertido en un imperio. Esas cinco mil libras valen ahora cincuenta mil.

Jason se quedó boquiabierto. Dejó la botella y se quedó mirando a Algernon, estupefacto.

Algernon no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica al ver la expresión de sorpresa de su hermano. Quizá ahora el muy tonto entraría en razón. Se hizo un largo silencio, interrumpido únicamente por el silbido del viento invernal en los aleros y el chisporroteo del fuego de la chimenea.

—¿Cincuenta mil libras? —gritó de repente Jason al recobrar el habla.

—¡Sí! ¡Tú lo hiciste, Jason! —susurró Algernon en tono febril—. Tú eres quien merece ese dinero. ¿Ves de lo que eres capaz cuando no tienes el cerebro empapado en alcohol?

—¡Cielo santo, cincuenta mil libras! —Jason echó la cabeza atrás al tiempo que se daba una palmada en el muslo y empezó a reírse como un borracho. Se levantó del sillón, volvió a coger la botella y la alzó alegremente—. ¡Oh, Miranda, muchacha! ¡Cincuenta mil libras! ¡Dios, podrá casarse con un duque! —Pasó por delante de Algernon dando un traspiés, con la cara colorada de la emoción—. Dios mío, es un milagro. —Sacó el macuto del ejército y, empleando torpemente la mano izquierda, empezó a meter algunas prendas de ropa.

—¿Qué estás haciendo?

—¡Me voy a Warwickshire a buscarla a la escuela, eso es lo que voy a hacer! Y si tiene diecinueve años… ¿De verdad tiene diecinueve años? —preguntó, alzando la vista.

Algernon no respondió a la pregunta.

—No vas a ir a ninguna parte.

Jason se enderezó con cautela y dejó lo que estab

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