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CORAZóN DESNUDO (TRILOGíA CORAZóN 3)

Elena Montagud

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Fragmento

1

Muchos años antes…

Cariño, nos vamos un rato al parque, ¿vale?

Blanca alzó la vista del peluche que tenía entre las manos y observó a su madre, que llevaba en las suyas una camiseta infantil y una faldita rosa que a ella no le gustaban nada. Sin embargo, no protestó. Era una niña obediente. También bastante seria y silenciosa. Se pasaba las horas en su dormitorio, con sus juguetes, hablando con ellos y consigo misma. No le gustaba mucho ir al parque. Nunca conseguía conectar con los otros chiquillos. Se quedaba apartada mirando cómo saltaban a la comba o jugaban al escondite. Casi nunca la invitaban a unirse a ellos. Además, allí a veces también iba él. Ese niño que le había dado alguna patada en el trasero y que un día le gritó que era la más fea de la escuela.

Se dejó hacer mientras su madre la vestía con esa ropa y le peinaba luego la larga melena hasta que le quedó lisa. Ya por ese entonces Blanca tenía un cabello bastante difícil de dominar.

—Quiero que conozcas a alguien.

—¿A quién? —preguntó la niña mientras toqueteaba la nariz del peluche con nerviosismo.

—A un niño y a su mamá. Ya verás, son muy simpáticos. Te van a gustar.

—¿Puede venir Señor Lobo? —Zarandeó el muñeco.

—Que se quede aquí hoy. ¡Podrás jugar mucho con ese niño!

—A lo mejor él no quiere jugar conmigo.

—¿Por qué dices eso? —Su madre se agachó y la miró con expresión seria.

Blanca desvió la mirada y se encogió de hombros. En realidad, María era consciente de que su hija era, en cierto modo, distinta a los demás críos. Ya desde muy pequeña, según le habían explicado las maestras, le costaba relacionarse con los otros niños del colegio y, al parecer, se pasaba las horas en clase dibujando tonterías en los cuadernos o, simplemente, distraída con mirada soñadora. A María le preocupaba. Su marido era así desde que se conocieron de jóvenes: serio, taciturno, callado, muy nervioso. Como Blanca. A veces incluso tenía tics. Y lo que ella quería era que su hija se animara, se divirtiera y se riera. Le costaba tanto… Casi nunca veía una sonrisa en su carita.

—Cojo el bolso y nos vamos.

Cinco minutos después tres figuras bajaron en el ascensor. La tercera era Javier, el hermano menor de Blanca, quien por ese entonces tan solo era un bebé. A él tampoco le prestaba demasiada atención, y a María le inquietaba que tuviera celos, aunque los médicos le aseguraban que se debía a que su hija era «un poco cerrada». Al salir a la calle se toparon con un espléndido sol. La mujer se hizo visera con una mano para protegerse los ojos y sonrió.

—¿Has visto qué fantástica tarde?

Blanca asintió con semblante serio y María chascó la lengua. Cualquier otra niña de su edad se sentiría eufórica por conocer a un chiquillo con quien jugar y se pondría a dar brincos bajo ese maravilloso sol. La cogió de la mano y se dirigieron al parque, con el cochecito de Javi por delante. Mientras esperaban en el semáforo la algarabía infantil llegó hasta sus oídos.

—¿No quieres saber cómo se llama el niño al que vas a conocer? —le preguntó María.

De nuevo, Blanca se encogió de hombros en un gesto de indiferencia. Su madre suspiró. El pedagogo de la escuela le había aconsejado que intentara relacionar a la pequeña con alguien nuevo. La llegada de esa mujer y su hijo al pueblo era una excelente oportunidad. Ella misma se llevaba genial con Nati. En poco tiempo habían hecho buenas migas.

Entraron en el parque y caminaron hasta la zona infantil. Pasaron por el corrillo de unas compañeras de Blanca. Las niñas detuvieron su juego y las miraron. María apreció que su hija se encogía un poco, pero no quiso darle mucha importancia. Además, había divisado a lo lejos a su nueva amiga y a su hijo en un banco.

—¡Hola! —exclamó al llegar.

—¿Qué tal, María? —Nati se levantó mientras el crío se quedaba sentado, observando la escena con gesto risueño.

—Muy bien. ¿Y vosotros?

—Todavía no habíamos venido aquí, y eso que lo tenemos al lado. Es un parque muy bonito.

—Es perfecto tanto para los pequeños como para los adultos —coincidió María.

Blanca se encontraba al lado de su madre, cogiéndola de la mano con mucha fuerza. Conocer a personas nuevas, de la edad que fuera, la ponía nerviosa. Justo en ese instante, Nati desvió la atención de su hermanito y volvió la cabeza hacia ella.

—Tú debes de ser Blanca, ¿a que sí?

Asintió en silencio cuando su madre le apretó ligeramente la mano.

—Yo soy Nati. Y este… —Señaló al niño que permanecía en el banco—. Este es mi hijo, Adri.

Blanca lo miró. Tenía el cabello castaño oscuro y revuelto, un poco más largo que el resto de los niños que conocía. Dominaban su cara unos ojos grandes y redondos, brillantes. Se levantó y se acercó a ella. Y le dedicó una sonrisa.

—¿Por qué no vais a jugar mientras nosotras hablamos? —María soltó la mano de su hija, y esta intentó cogérsela de nuevo.

—Cuéntale a Blanca lo que te gusta hacer, Adri. —Nati dio un beso en la cabeza a su hijo. A continuación, ambas mujeres ocuparon el banco.

Blanca se quedó muy tiesa, retorciéndose las manos, sin saber qué hacer o decir. Adrián la miraba con curiosidad, también en silencio, pero después echó a caminar. Al ver que ella no lo seguía, le hizo un gesto para que lo acompañara. Una vez que se separaron de las madres el chiquillo le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—Casi diez. ¿Y tú?

—Once.

—Nunca te he visto en el cole.

—Yo no voy al tuyo. El tuyo es más pijo que el mío.

Sin poder evitarlo, Blanca esbozó una tenue sonrisa. Caminaron hasta dos columpios libres y se sentaron. Durante unos minutos callaron, pero ella se dio cuenta de que, a diferencia de lo que le sucedía siempre, le apetecía hablar con él.

—¿Qué es eso que decía tu madre?

—¿A qué te refieres? —El niño ladeó la cabeza hacia ella y la miró con el ceño fruncido.

—Decía que hay una cosa que te gusta hacer.

—¡Ah, sí! —Se rio. Y Blanca, por unos segundos, quiso ser capaz de reírse también de esa forma. Tan tranquila, tan inocente—. Me gusta tocar.

—¿Tocar? —Parpadeó sin entender.

—La guitarra.

La chiquilla abrió mucho los ojos y la boca, sorprendida. En clase de música tocaban la flauta, pero nada más. La guitarra la tocaban los cantantes famosos.

—¿Tienes una guitarra?

—Sí, pero es muy vieja. Me la regaló mi abuelo.

Blanca no supo qué decir. En ocasiones envidiaba a las niñas de su clase, tan parlanchinas todas. A ella se le daba bien poner palabras sobre un papel, pero le costaba un mundo soltarlas por la boca. Tomó impulso y se balanceó en el columpio. Adrián hizo más de lo mismo.

—¡Puedo enseñártela algún día! —exclamó él mientras se columpiaban.

—Vale —murmuró Blanca, y no tuvo claro si Adrián la había escuchado.

Un par de minutos después el chiquillo aminoró un poco la velocidad del columpio y, sin detenerlo por completo, saltó. Blanca lo miró con fascinación y deseó poder imitarlo, aunque le daba miedo. Al final paró alzando una nube de polvo con los pies y se bajó también, preguntándose qué era lo que se proponía Adri.

—¿A qué quieres jugar? —le preguntó este.

Se encogió de hombros. Los juegos no le llamaban mucho la atención porque no se consideraba buena en ninguno. Era muy torpe saltando a la comba, corría despacio y la pillaban siempre porque nunca sabía dónde esconderse.

—¿Hacemos como que somos cantantes famosos?

—Yo no sé cantar —murmuró Blanca.

—Pues canto yo y tú bailas —le propuso él.

—Tampoco sé.

Adrián alzó las cejas y la miró como si fuera un bicho raro. Blanca agachó la cabeza, pero, al levantarla, se topó con una sonrisa como la de antes. Amistosa, enorme, cálida. Y se sintió bien. Pensó que a ese niño no le molestaría que cantara o bailara mal.

—Vale, vamos a cantar —accedió.

—¿Te sabes alguna de Queen?

Blanca arqueó las cejas. ¿Quién era Queen? No había oído ese nombre nunca. Su madre le había regalado por Navidad un casete de Bom Bom Chip!, y a ella le gustaba mucho una canción que se titulaba Miércoles que hablaba de una niña muy rara. En ocasiones también escuchaba a Laura Pausini y, a veces, a los BackStreet Boys, que estaban muy de moda.

—Vale, no lo sabes. —Adrián meditó durante unos segundos—. ¿Y Guns N’ Roses?

Blanca volvió a negar con la cabeza. Le dio miedo que él se enfadara y ya no quisiera jugar con ella. Sin embargo, Adri dijo:

—Pues elige tú una.

Con un poco de vergüenza, le propuso la de Bom Bom Chip!, pero Adrián no tenía ni idea de cómo sonaba. Para su sorpresa, le pidió que se la enseñara. Media hora después, sentados en el suelo, ambos tarareaban la canción. Cuando se cansaron se pusieron a jugar a piedra, papel o tijera. Él era mucho mejor que ella, todas las veces parecía adivinar lo que iba a sacar.

—¿Cómo es tener un hermano? —le preguntó el niño.

—No lo sé. ¿Tú no tienes?

—No. ¿Piensas que tu madre quiere más al bebé que a ti?

Blanca se encogió de hombros. Jamás se lo había planteado. Ella también lo quería, por supuesto, pero nunca había sabido cómo expresarlo. Y no era porque le molestara en absoluto. Simplemente no le salía cogerlo en brazos, aunque su madre siempre insistía en ello, ni tampoco hacerle carantoñas como veía que hacían las mujeres cuando paseaban por las calles. Javi era un bebé muy mono y sonriente, y eso a ella le provocaba desconcierto. Tan solo alguna noche, a escondidas, se acercaba a la cuna y le daba un beso, aspirando el olor a Nenuco y a polvos de talco que tanto le gustaba, y sentía en el pecho una sensación extraña, como de tranquilidad.

—A mí me encantaría tener uno —continuó Adri, que en ese momento hacía figuras con la tierra del parque—. Cogerlo, abrazarlo, besarlo, jugar con él.

Desde el banco, María, que observaba a los chiquillos, tenía por su parte también en el pecho una sensación de sosiego. Era la primera vez que veía charlar tanto a su hija. Es más, hasta había esbozado alguna que otra sonrisa.

—Parece que se llevan bien, ¿no?

—Se me quita un peso de encima —respondió María, contenta—. Blanca no tiene demasiados amigos, que digamos. A decir verdad… nunca quiere jugar con los otros niños.

—Bueno, es que Adri no es como los otros. —A Nati se le oscureció el semblante—. Ha sufrido mucho y creo que, por eso, es bastante empático.

María cayó en la cuenta de que Nati no había mencionado a su marido en las conversaciones que habían mantenido, y se preguntó si el sufrimiento del pequeño guardaba alguna relación con eso. No quiso interrogarla, pero su nueva amiga se explicó.

—Es que Adri no tiene padre.

—¿Eres madre soltera?

—Más o menos.

—¿Murió? —Al fin, la curiosidad venció a María.

—Podría considerarse así.

Y ahí quedó todo. Sin embargo, en encuentros posteriores, cuando ambas mujeres estrecharon su relación de amistad, se confesarían un montón de cosas, entre ellas que el padre de Adrián los había abandonado.

—No se lo cuentes a tu hija —le rogó Nati con lágrimas en los ojos—. Para Adri ese hombre está muerto. Es más fácil para él pensar eso, y casi que para mí también. Si algún día quiere, él se lo dirá a Blanca.

—Tranquila, soy una tumba —declaró María.

Meses después, tras pasar una tarde en la plaza Mayor, en la que Adrián había conseguido que Blanca jugara con él a la pelota, María preguntó a su hija:

—¿Te cae bien Adri?

La

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