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CORAZóN ELáSTICO (TRILOGíA CORAZóN 1)

Elena Montagud  

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Fragmento

1

Intento alcanzar el orgasmo, pero cada vez se aleja más. Me revuelvo bajo el peso del hombre que tengo encima, tratando de que conquiste mis entrañas y me dé algo de placer. No es muy agradable aceptar que esto empieza a aburrirme.

Un molesto pensamiento revolotea en mi mente, y me obligo a apartarlo como tantas veces he hecho. Es lo que siempre me aconseja mi psicóloga. «Blanca, tienes que ahuyentar los malos pensamientos, no te hacen ningún bien. Es difícil, pero todo el mundo puede conseguirlo. Incluso tú. La próxima vez que algo malo aparezca en tu cabeza prueba a concentrarte en algo que te guste.»

Sigo su consejo, pero Eternal Flame de The Bangles acude a mi mente. Trato de apartarla, pero no funciona, y me sorprendo tarareándola, algo que me da rabia, pues querría olvidarla. Mi compañía masculina se da cuenta y se detiene. Aparta el rostro de mi pecho y me observa con gesto extraño.

Reparo en su semblante sudoroso y congestionado y me parece muy atractivo, pero simplemente es un tío más con el que me enredo entre las sábanas de vez en cuando. Esta es la tercera vez, y lo más probable es que no se repita nunca más.

—Blanca…

—¿Qué? —Lo miro muy seria.

—¿Estabas… estabas cantando?

—Sí.

—¿Estabas cantando Eternal Flame mientras hacemos el amor?

Vaya. En esa frase hay algo bueno y algo terrible. Punto positivo para él porque ha reconocido la canción. Punto negativo porque ha dicho que estamos «haciendo el amor», y odio esa expresión; de hecho, jamás he llegado a entenderla. Yo nunca hago el amor. Yo mantengo relaciones sexuales. Y lo que estábamos haciendo hasta hace un minuto era eso, nada más. Por mucho que digan que no, nosotras también podemos. Y está bien. No hay que ponerse en plan moralista ni sentir pena. Lo hacemos porque queremos y punto, porque viene bien relajarse acostándose con alguien y gozar un rato.

Aunque, por otra parte, si mi psicóloga me oyera decir esto me miraría con esa cara imperturbable que pone cuando le cuento mis anécdotas y me diría que he vuelto a caer, que sigo mintiéndome a mí misma y que, si no pongo de mi parte, ella no puede ayudarme.

No es una mujer retrógrada, ni mucho menos. Lo que pasa es que está convencida de que el origen de mi comportamiento es un trauma de la infancia que…

—Blanca, ¿te ocurre algo? Estás rara esta noche… ¿No estás disfrutando? —me pregunta mi amante esporádico con aire preocupado, observándome con esos ojazos azules que, junto con un par de cosas más, me convencieron de que sin duda follaba bien. En serio, la mirada de un hombre puede resolver muchas dudas en cuanto a su experiencia sexual.

Nacho, que así se llama el tío que tengo ahora mismo entre las piernas, es de lo más atractivo. Tiene un culo perfecto, unos brazos poderosos y un abdomen envidiable, una espalda por la que navegar y unos brazos en los que sostenerme y clavar las uñas. Pero eso es todo para mí. Un cuerpazo, a pesar de que también parece ser un hombre de lo más inteligente. Y ni siquiera me interesa. Dios mío, algo va mal en mí. O no… Porque simplemente quiero pasarlo bien, gritar cuando llegue el orgasmo y después fumarme el pitillo de la gloria.

—Sí, sí, estoy disfrutando mucho, de verdad. —Le dedico una de esas sonrisas de mujer fatal que los vuelve locos.

—¿Y por qué cantas? ¿Es que tienes una filia de esas extrañas?

Me dan ganas de decirle que mejor se calle la boca, que la está fastidiando. De modo que, para no pecar de maleducada y quedarme sin mi sesión de sexo, enlazo las manos en su nuca y lo atraigo hacia mí. Lo beso, y me gusta. Sus labios son cálidos y húmedos al mismo tiempo.

Nacho me responde con ardor, traspasándome ese sabor inconfundible a deseo, a ganas de comerme, y empiezo a excitarme de nuevo, a sentir unas agradables cosquillas en la parte baja del vientre.

—Eres una mujer increíble —jadea entre beso y beso.

¡Por favor, que se calle! Y si abre la boca, que sea para susurrarme alguna guarrada de las que me ponen a mil. Vuelvo a besarlo con ganas, casi con rabia, y le muerdo el labio inferior con tanta fuerza que hasta le hago daño, ya que se queja. Cuando nos apartamos, me mira con una sonrisa ladeada.

—Eres una chica traviesa, ¿eh?

—No lo sabes tú bien —respondo con voz ronca, un poco más animada porque tengo la impresión de que, por fin, será ese macho que me cabalgó con tanto ímpetu en nuestro primer encuentro.

Sin embargo, en el momento en que empieza a besarme de nuevo, lo hace con más tranquilidad, muy suave, casi con algo parecido a la ternura. Abro los ojos y mientras muevo los labios me dedico a mirar el techo y en mi cabeza vuelve a resonar Eternal Flame. ¡Maldita sea! Trato de que no se me escape en voz alta y joda el beso. Uno que, aunque es más soso de lo que a mí me gustaría, ya es más que nada y consigue que esté callado.

Decido tomar las riendas y sacarlo de mí, para ver si la cosa se anima. Nacho se muestra sorprendido cuando lo aparto y lo empujo contra el colchón. Pero en cuanto comprende lo que me propongo, esboza una sonrisa.

—Quiero comerte entero —le susurro al tiempo que me deslizo por su perfecto abdomen.

Él jadea en cuanto poso mi lengua en sus abdominales y se los recorro. Le dejo un reguero de saliva y bajo un poco más, hasta llegar a su vientre. Uno magnífico, para qué mentir. Marcado, con ese camino que te indica a la perfección cuál va a ser tu destino.

Antes de que llegue a su sexo, posa una mano en mi cabeza y me anoto un tanto. «Sí, esto se anima», pienso. Le doy unos besos en el pubis, que, por cierto, lleva rasurado, algo que me sorprendió ya en nuestro primer encuentro, aunque no sé por qué. Debería parecerme perfecto porque así no hay nada que estorbe. Sin embargo, tanta desnudez me abruma… Mi psicóloga diría, si se lo contara, que es una de mis «extrañas manías», como las denomina. Vale, es posible.

—Joder, Blanca, lo haces tan bien… —gime Nacho. Y aún no he hecho nada. Tan solo le he cogido la polla.

En silencio, me la meto en la boca muy despacio para que ambos sintamos la intensidad de este momento. Está dura otra vez bajo mi lengua, acoplándose a mi paladar. Me excita jugar a esto, tener este poder sobre los tíos con los que me acuesto, y observarlos mientras se la chupo y mordisqueo.

—No pares —me pide con los ojos cerrados.

Los abre, se da cuenta de que estoy mirándolo y dibuja una sonrisa temblorosa.

Ahora se la acaricio de arriba abajo con fuerza, buscando su placer y tratando de encontrar el mío. La boca me sabe a él, y también a mí, y me dan ganas de tocarme y provocarme el orgasmo mientras lo masturbo. Pero me concentro en su glande. Se lo lamo y le doy un mordisquito que recibe con un gruñido. Me agarra del pelo y tira de él con suavidad. Me gusta. Me excito más. Noto que vuelvo a estar húmeda y que me apetece tenerlo entre las piernas de nuevo.

—Cielo, si no paras me iré enseguida… —jadea él.

«Cielo…» ¡Cielo! ¿Qué? Por favor, ¿desde cuándo esto funciona así? No sé, preferiría que me llamara «nena», aunque no sea uno de mis apelativos favoritos, o simplemente por mi nombre. Hago caso omiso de su intervención y sigo a lo mío. Deslizo la lengua por todo su pene hasta su glande. Me lo introduzco en la boca, bien adentro, y continúo acariciándolo con la lengua y la mano. Nacho tira de mi pelo una vez más, gruñe, los músculos de sus piernas se tensan.

Antes de que se vaya en mi boca, me aparto, rebusco en el cajón hasta dar con otro preservativo, se lo pongo con destreza y me coloco a horcajadas sobre él. Me atrapa de las caderas y me sitúa justo sobre su pene, que palpita y me busca. Me muevo hacia delante y hacia atrás, rozándome con su sexo, humedeciendo más el mío. Se me escapa un gemido que espabila a Nacho, pues se incorpora y se abalanza sobre mis pechos. Me mordisquea un pezón mientras me aprieta las caderas, y me gusta, pero quiero más ímpetu, más dureza, tanta que me lleve al borde de la inconsciencia y solo note la sangre recorriendo mi cuerpo y ansíe el placer que vaya a darme.

Le aprieto contra mis pechos, tan pequeños como bonitos, eso dicen todos. Su cálida lengua en mi pezón me arranca un jadeo tras otro. Dejo de frotar mi sexo sobre el suyo y, para su sorpresa, tras auparme un poco me dejo caer sobre su pene y lo hago entrar en mí, y ambos gemimos y sudamos. Por fin estoy disfrutando de verdad, como siempre ha sido y debe continuar siendo.

Los dedos de Nacho se hincan en mis nalgas y me las masajea, me besa con ganas, metiéndome la lengua. Enrosco la mía en la suya, lo saboreo, y me dejo ir de una vez. Consigo apartar todo tipo de pensamientos: los relacionados con el trabajo, mis amigas, la familia y… el pasado. Solo soy, de nuevo, la Blanca que goza con un hombre.

Nacho se deja caer en la cama, y continúo moviéndome, trazando círculos con las caderas. Apoyo las manos en su pecho y le sonrío. Él también a mí. Y, visto y no visto, soy yo quien está debajo. Se coloca de rodillas en la cama, me levanta las piernas y apoya mis pantorrillas en sus hombros. Su sexo se introduce en lo más profundo de mis entrañas, y se me escapa un grito que habrán oído, seguro, los vecinos de arriba. Mañana tendré una nota pegada en la puerta, en la que me pedirán que no haga tanto ruido.

—No pares, Nacho. Dame más —suelto entre gemidos, con las uñas clavadas en sus antebrazos.

Me penetra con tanta fuerza que la cabecera de la cama se sacude. Me noto al borde del precipicio y cierro los ojos sonriendo. Nacho sale y entra de mí a una velocidad inaudita, como hizo las dos veces anteriores. Si esto sigue así, se habrá ganado otro encuentro en mi cama.

—¡Más fuerte, joder! —le pido entre gritos.

—Te… romperé, Blanca —jadea, con el cabello revuelto y el cuerpo perlado de sudor.

Me dan ganas de decirle que no me importa, que lo haga, que lo único que quiero es olvidarme de todo durante unos segundos, flotar en la agradable inconsciencia que me provocan los orgasmos. Me suelta las piernas, y las bajo por sus brazos hasta su cintura. Se la rodeo con ellas, apoyando los talones en su duro trasero, y me muevo a su ritmo hasta que su pene entra aún más en mí, algo que creía imposible.

—No me falta mucho… —gimotea. Lo sé. Lo noto por las contracciones de su sexo en mi interior—. ¿Y a ti…?

—No. Tampoco. Sigue —susurro, y soy incapaz de formar una frase completa.

Mis piernas resbalan por su cuerpo, sudorosos los dos, y de inmediato vuelvo a subirlas y alzo el trasero. Él empuja hacia delante y toda yo vibro. Nacho jadea mientras se derrama y, por fin, yo también me suelto. Me cojo los pechos y me los estrujo al tiempo que noto cómo me tiemblan las piernas. El orgasmo me atraviesa de arriba abajo, navega por mi vientre y se enrosca en mis dedos. Tiemblo… Sin embargo, unos segundos después noto una opresión y abro los ojos. Una vocecilla interior que odio me recuerda que es un simple orgasmo, uno más de los que he ido coleccionando durante todos estos años. Uno que no es sincero, que no es real, que me estremece el cuerpo pero no el alma, que ni siquiera roza un poquito mi corazón.

—Dios, ha sido tan…

Antes de que Nacho termine la frase, lo corto con un beso rápido. No me apetece oír ese adjetivo, cualquiera qu

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