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CORONA

Pablo Simón  

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Fragmento

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Política y pandemia

El 14 de marzo de 2020 fue uno de los días políticamente más intensos de la historia reciente de España. El día anterior el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, había declarado que se celebraría un Consejo de Ministros extraordinario con un único punto en el orden del día: la aprobación del estado de alarma. Mediante este mecanismo de excepción el Gobierno confiaba en asumir los instrumentos necesarios para lidiar con la pandemia de la COVID-19, y reforzar así los sistemas de salud, coordinar a todas las administraciones y limitar severamente la movilidad de las personas para frenar la expansión de los contagios. El anuncio se retrasó durante largas horas el sábado, todo en un Consejo de Ministros que parecía interminable y, según parece, tenso. Finalmente, no fue hasta la noche cuando el presidente del Gobierno compareció en televisión y anunció que las medidas adoptadas entrarían en vigor a las cero horas del día siguiente. España quedaba, oficialmente, confinada.

Todos los países del entorno ya habían iniciado esa senda o estaban en vías de hacerlo. Algunos estados, como Italia, ya tenían en vigor el estado de alarma, concretamente desde el 31 de enero y con una duración de seis meses. Era el primer lugar de Europa en el que la pandemia había golpeado con fuerza, muy especialmente en las regiones del norte del país. En Portugal las medidas de excepción entraron en vigor el lunes 16 de marzo, pese a que su número de contagios era bastante inferior al nuestro. En cualquier caso, en cuestión de días la situación se fue precipitando en toda Europa occidental, cuyos gobiernos recurrieron a poderes excepcionales para el confinamiento de la población. Prácticamente todas las naciones tuvieron que recurrir a instrumentos que no estaban pensados para lidiar con una pandemia de semejante alcance, con lo que pasaron a operar sin manual de instrucciones. Durante semanas, la improvisación fue la tónica dominante.

El escenario era totalmente incierto ante una nueva enfermedad de la que se sabía muy poco y que amenazaba con provocar un colapso sanitario en cascada. Esto hizo que el panorama cambiara por completo en cuestión de días. Virólogos, epidemiólogos, sanitarios e investigadores saltaron a la arena con una población cada vez más preocupada no solo por el avance del virus, sino también por las consecuencias económicas y sociales de una pandemia que no se había visto en generaciones. Todo, eso sí, hacía de esta crisis la primera gran experiencia compartida del siglo XXI, pues nunca en un mundo cada vez más desarrollado y próspero había existido un «tema de conversación» único. En todos los idiomas y latitudes la palabra era siempre la misma: «coronavirus».

A lo largo de nuestra historia como especie hemos convivido con calamidades de todo tipo, de guerras a hambrunas o enfermedades. Algunas de ellas fueron autoinfligidas, otras se debieron a la mala fortuna. Ahora bien, todas ellas han tenido siempre una vertiente política, ya fuera en su origen o en sus consecuencias. El propósito de este libro es explicitar parte de esos dilemas políticos en un contexto en el que ha estado y está en juego no solo la vida de las personas, sino también su propio futuro en años venideros.

ENFERMAR ES HUMANO

Uno de los médicos más famosos de la Antigüedad, Galeno, fue el encargado de describir una de las primeras pandemias de las que se tiene memoria en Occidente: la peste antonina. Esta plaga —por lo que se sabe, de viruela— azotó al Imperio romano del 165 al 180 y llegó a matar incluso al corregente de la época, Lucio Vero, lo que dejó solo en el trono al emperador Marco Aurelio.[1] El nombre de la enfermedad, antonina, se acuñó en recuerdo de la dinastía imperial bajo la que acaeció. Según cuentan los historiadores de la época, esta plaga tuvo su origen en Seleucia, en Mesopotamia, y se extendió a lo largo de la Galia, desde la cuenca del Rin, y luego a todo el imperio. Aunque no está del todo claro, parece ser que las legiones romanas, con sus viajes, habrían sido uno de los principales focos transmisores. No hay acuerdo sobre si los brotes que hubo posteriormente fueron de otra enfermedad (en concreto, sarampión) o de la misma, pero sí en que los muertos de la peste antonina fueron incontables. Además, esta plaga también podría haber tenido un enorme impacto en el imperio, pues habría debilitado su defensa y lo habría abocado a una inexorable decadencia.

Las enfermedades y las plagas son un fenómeno consustancial al ser humano, así como, por supuesto, el deseo de acabar con ellas.[2] Para la medicina griega y romana, se enfermaba porque una fuerza nociva era capaz de vencer a la phýsis (naturaleza) individual. Esto podía suceder por dos razones: porque era inevitable y fatal o por ser fruto del azar. Para la medicina clásica, solo en este último ca

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